XXVIII
Sabine
Los canallas son puntualísimos cuando creen que vienen a cobrar.
A las doce menos cinco, con el reloj de la repisa carraspeando ya para anunciar la hora, la puerta del salón se abre sin ceremonia.
Fossett, que lleva seis días de duelo riguroso por la dignidad de esta casa, pronuncia el nombre de lord Pell con el sonido de un hombre atragantándose con un hueso.
Pell entra con el sombrero puesto. Es un detalle de mala educación que me dedica a conciencia, para recordarme que ya no me considera una dama a la que se debe respeto, sino una deudora a la que apretar las clavijas.
Viene de gris perla, con el sello de oro en el meñique y un clavel fresco en el ojal, un clavel de invernadero, con un tallo tan limpio que alguien ha tenido que pagar por él.
Se deja caer en el sillón sin esperar invitación y cruza las piernas.
— Lady Merrow. —Me dirige una sonrisa de cirujano—.
Confieso que su recado me ha complacido.
Esperaba tener que ir a buscarla a un rincón y la encuentro en el centro de su salón, con las puertas abiertas, como una anfitriona.
Londres le ha enseñado cuánto pesa un nombre, ¿verdad? Tres tarjetas en seis días, me dicen.
—Dos —lo corrijo—. Una fue de pésame.
He preparado el salón como un campo de batalla, que es lo único que sé preparar.
Las puertas, de par en par, para que no quede un solo rincón donde caber un secreto.
La luz de las ventanas a mi espalda, de modo que a él le dé de frente en la cara y a mí me recorte como una silueta.
El sillón de Pell, el más bajo y blando de la casa, a tres varas de mi silla, que es la más alta.
Fossett lo ha dispuesto todo con un gesto de sepulturero.
Bee ha desaparecido en dirección a la cocina, con el chal mostaza y un aire de inocencia tan sospechoso como el de un gato junto a una jaula.
Me siento frente a él, muy erguida, y abro el abanico negro con parsimonia.
Lo observo repantigarse como si fuera el dueño de la casa.
En algún lugar de mi interior, en un cuarto que creía clausurado, nace algo que llevaba semanas sin sentir y que había dado por muerto: no es miedo, es apetito.
El apetito limpio de la cazadora que ve por fin a su pieza pastar confiada justo donde ella quería.
Pell cree que ha venido a rematarme. No ha entendido que ha entrado solito en mi terreno.
—Vamos al grano, que los dos apreciamos nuestro tiempo. —Se quita un guante, dedo a dedo—. Su mano o su bolsa. Soy flexible en la forma. En el fondo, como ya me conoce, nada.
—Ni lo uno ni lo otro.
—No me haga reír.
—No pretendo hacerlo. —Dejo que el silencio se estire el segundo exacto—.
He pasado estos días de encierro repasando viejas cuentas, milord.
El insomnio da mucho de sí. Por ejemplo, he recordado las dos mil libras que le debe a lord Crandall desde hace dos años y que él, por pura delicadeza, no ha reclamado en voz alta.
Un caballero de mi confianza le ha rogado esta misma mañana que siga callado hasta que yo le dé permiso.
Es una petición que un viejo cascarrabias concede con gusto cuando se le explica por qué.
Pell deja de sonreír. Era justo lo que yo buscaba.
—Después está la coronela Hargreave —continúo—, que se echó a llorar en un rincón del baile de los Bascombe delante de un caballero con la lengua más suelta que la suya.
Mil quinientas libras perdidas en su mesa.
Dos pagarés más con una firma que ella jura no haber escrito en su vida, por un total que triplica lo perdido.
Hay, además, un mazo de naipes del estuche que usa usted en casa de los Danbury, con una raya de uña a un tercio del borde que cualquiera que sepa dónde mirar reconoce. Le enseñaré la raya cuando lo desee.
Se pone pálido por debajo del rubor del vino.
Sus manos, que descansaban sobre el brazo del sillón, se cierran un punto sin que él lo advierta: el gesto mínimo e involuntario del jugador que descubre a media mano que su contrario llevaba mejores cartas y las ha jugado mejor.
Conozco ese gesto. Se lo he sacado a un centenar de hombres y me sabe a néctar.
—Veamos cómo lo veo yo, y dígame si me equivoco.
—Cierro el abanico de un golpe seco que lo hace parpadear—.
Usted puede contarle a Londres que urdí una apuesta para cazar a un conde.
Es cierto, es feo, y me costaría la temporada.
Yo puedo contarle a Londres que es usted un tramposo con deudas de honor sin saldar y la mano larga con las firmas de las esposas de sus amigos.
A usted eso no le cuesta una temporada. Le cuesta el pan de cada día, porque vive de que lo sigan invitando.
Yo sobrevivo a un escándalo, que para eso tengo dinero.
Usted, no. Si abre la boca, la abro yo a continuación, y le garantizo que mi voz llega mucho más lejos que la suya.
—Es un farol.
—Es un secreto, milord. Su arma es un secreto y los secretos solo valen algo mientras siguen siéndolo.
Si hiciera falta, subiría yo misma a lo alto de la escalinata del próximo baile y contaría lo que hice, con todas sus letras y sin que me temblara la voz, antes que pagarle un solo chelín.
Un secreto que su propia dueña está dispuesta a gritar a los cuatro vientos no hay quien lo compre.
Se ha quedado sin mercancía. Un chantajista sin mercancía es solo un hombre desagradable de visita.
Por un momento creo que he ganado la partida al ver cómo se le desmorona el cálculo detrás de los ojos. Entonces, acorralado, rabioso, saca la última carta que le queda. La más sucia. La única que de verdad me daba miedo.
—Puede que a usted la traiga sin cuidado su reputación, gran dama.
Ya la tiene amortizada. —Su voz se vuelve un siseo—.
Pero la de la pequeña Vaughan es mucho más tierna y fácil de marchitar.
Una insinuación bien colocada sobre por qué la todopoderosa viuda de Merrow amadrina ahora a una don nadie sin dote.
Un comentario en un baile. La niña queda acabada antes de empezar.
Su amadrinamiento, en lugar de salvarla, la hunde del todo.
A usted ya no puedo tocarla. Lo reconozco. A ella sí, y usted lo sabe.
Voy a contestarle con el corazón encogido porque en eso lleva razón. Me falta el aire. Es la única flecha que no tengo cómo parar, la que me quitaba el sueño entre las cuatro paredes del vestidor, y la tiene en el puño con una sonrisa de monaguillo.
Por las puertas abiertas del salón, sin que nadie lo anuncie, llega una voz.
—A ella tampoco, Pell.
No hace falta que me vuelva. Conozco esa voz hasta en sueños.
Es baja, pareja, de una calma terrible, la voz de un hombre que ha dejado de tener miedo porque ya no le queda nada que perder.
Me vuelvo de todos modos, despacio, con el abanico cerrado entre los dedos, y allí está en el umbral, con el sombrero en la mano izquierda y una venda de lienzo manchada de rojo en la derecha.
Ha adelgazado en seis días lo que otros en un año.
Tiene la barbilla recién afeitada, con un corte de prisa en la mandíbula, la levita remendada impecable y los ojos fijos, no en mí, sino en la nuca de Pell.
Por el rabillo del ojo, al fondo del recibidor, veo un chal de lana color mostaza que se retira detrás de una columna. El juramento de Bee por la salud de su hermano acaba de convertirse en perjurio. Ya la estrangularé luego.
—Vaughan. —Pell se levanta con la torpeza de quien nunca imaginó que el telón se alzaría desde el otro lado—. Qué sorpresa. Yo creía que a estas horas estarías llorando en un rincón.
—Lo hice el viernes y el martes. —Hart entra sin prisa, cruza el salón y se detiene a mi lado, no delante, no detrás, a mi lado.
Hay un palmo de aire entre su hombro y el mío y me arde en la piel como un horno abierto al otro lado de una pared.
Huele a jabón, a lluvia y a una herida limpia.
No me mira—. He pasado una semana haciéndome una pregunta, Pell: cómo se le arranca el arma a un chantajista sin que se dispare en el forcejeo.
Resulta que la respuesta es de una sencillez que da risa.
Tu arma se reduce a que yo perseguí a lady Merrow por una apuesta escrita en un libro.
Estupendo. Dentro de poco lo sabrá todo Londres, porque pienso contarlo yo mismo, en voz bien alta, en cuanto una puerta se me abra.
Diré que el Diablo de Vaughan fue tan miserable como para apostar por seducir a una viuda y que la viuda, mucho más lista que él, se la devolvió con creces.
Quedaré como un necio y como un canalla, que es lo que fui. Tú te quedarás con las manos vacías.
Lo escucho ofrecerse en sacrificio. Lo escucho inmolar su nombre en la plaza pública, con tal de blindar el mío y el de su hermana, y no doy crédito.
Es justo lo contrario de lo que habría hecho cualquier hombre que yo haya tratado en mi vida, hombres que a la hora de la verdad salvaban primero el propio pellejo y luego, si sobraba, el de las mujeres.
Este, en cambio, tiende el cuello sin que se lo pidan.
Lo tiende por mí, que le mentí y lo cacé por deporte.
Se me forma en la garganta un nudo del tamaño de una nuez y me cuesta la vida disimular que está ahí.
Mi mano, la que sostiene el abanico, deja de temblar.
Es el temblor el que se me ha mudado al pecho.
Pell nos mira, de uno a otro, y ve por fin lo que tiene delante: dos personas dispuestas cada una a prenderle fuego a su propia casa con tal de no dejarle ni una chispa con la que chantajear.