La trampa de terciopelo XXVII #2
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XXVII #2

Gil Halliwell se presenta a las cuatro de la tarde, llamado por una nota de Posy que Tom ha llevado corriendo hasta su pensión.

Entra en el salón con el sombrero entre las manos y la misma levita limpia, gastada, hermana gemela de la mía.

Se queda de pie. Tiene la mala costumbre de ponerse derecho cuando está asustado.

—Lord Vaughan. Posy dice que quiere hablarme.

—Quiero pedirle perdón. —No lo he ensayado y se nota. Voy directo, como quien salta un seto—. Hace tres semanas usted pidió permiso para cortejar a mi hermana y yo le puse dos condiciones como a un criado. Después se retiró y no pregunté por qué. Preferí pensar que se había asustado de nosotros.

—Me asusté —lo dice con una franqueza que me gusta—.

Fue la semana de las orquídeas. Lord Pell se me acercó a la salida de una iglesia, con muchísima amabilidad, y me comentó que una muchacha sin dote es un mueble caro y que un coadjutor sin parroquia tendría que pensárselo mucho antes de comprarlo.

Lo dijo sonriendo. No tengo tanto orgullo como se cree.

Pensé que lo mejor para ella era alguien con más medios.

—Era justo lo que pretendía.

—Ya lo sé. Posy me ha dado un sermón de media hora en el recibidor, con un abanico en la mano. —Respira hondo—. No tengo queja alguna. Usted ha hecho lo que haría cualquier hermano: sospechar de un hombre. Pero tengo una condición. Quiero que me enseñe a bailar el vals.

Lo miro. Él me sostiene la mirada con una seriedad de mártir.

—Posy baila como un ángel y yo como un ganso con muletas.

En el baile de Storr me pisé a mí mismo dos veces y a ella otras tantas, y me ha dicho que fingió que no le dolía, que es más de lo que mi orgullo soporta.

Usted, según dicen, bailó en Almack’s un vals que aún se comenta.

Enséñemelo antes de que pase otro mes o me retiro otra vez.

Me río de verdad, con la cabeza echada hacia atrás, la primera vez desde el viernes. Me río de este muchacho tímido y absurdo que juega la mano de mi hermana a cambio de una lección de baile. Alargo la mano.

—Es la condición más terrible que me han puesto en la vida. Acepto.

—Una cosa más, milord. —Me aprieta los dedos.

Tiene la palma callosa de remar en el río los días de fiesta—.

Posy dice que quiere usted a lady Merrow y que han reñido.

De amor sé poco, pero de sermones sé un rato, y hay uno que dice «amad a vuestros enemigos».

Usted se ha enamorado de la suya. Va por buen camino.

Cuando se va, silbando bajito un vals que ya empieza a pisarse a sí mismo, me quedo un rato mirando la puerta con una sonrisa idiota que me dura hasta la cena.

Por la noche, en el despacho, cuando todo el mundo duerme y me quedo a solas con media botella de brandy y el aire de la casa respirando por las rendijas, llega la rabia.

Me atrapa con retraso, como una resaca. Pell usó a Posy.

La hizo bailar con su mano de buitre, le dio limonada, le dijo que sus ojos eran los más despiertos del salón, con la misma mano que sostenía mi deuda.

Agarro la copa de cristal que tengo delante, de las tres que nos quedan de un juego de doce, y la estrello contra la chimenea.

El estruendo retumba en la casa dormida. Un trozo me corta la palma de la mano derecha, un tajo largo y fino que sangra sin dolor. Lo miro con curiosidad científica. En la puerta aparece Tom, el único lacayo que nos queda, en camisa de dormir y con un atizador en la mano, pálido como una vela.

—¿Milord?

—Perdóname, Tom. —Es lo único que me sale. La voz se me quiebra y se me llenan los ojos de agua sin que pueda evitarlo—. Perdóname, hombre. Era de las tres que quedaban.

El pobre muchacho no sabe dónde mirar. Me envuelve la mano en un pañuelo con la torpeza de un oso que jamás ha curado a nadie y recoge los cristales mientras yo me quedo mirando la chimenea.

Posy ya me vio llorar el viernes y no pienso darle una segunda función.

Lloro de noche, con testigos de poco peso.

El miércoles voy a White’s. Tardo en decidirme a cruzar la puerta, porque no tengo dinero para jugar, apenas para un brandy, pero llevo tres días con la cabeza llena de Pell y, si hay un lugar en Londres donde los hombres como él se dejan ver, es ese.

Voy a mirar. Es lo único que sé hacer cuando no sé qué hacer.

Humo, tapetes verdes, un murmullo de dinero y chismes.

Me siento de espaldas a la sala, en un sillón de orejas, con una copa que estiro media hora, y escucho.

De dos mesas más allá me llega mi nombre en boca de un desconocido —«la viuda de hielo...

lo dejó plantado en mitad de un baile...

a una dama así habría que ahorcarla por mal gusto»— y aprieto el brazo del sillón con la mano vendada hasta que los nudillos se me ponen blancos.

Quiero levantarme y romperle algo. Pero tengo en la cabeza la voz de una mujer que me enseñó que las cartas no se enseñan hasta que llega el momento de cobrarlas. Aguanto.

Entonces oigo la otra voz.

Es la de Pell, a diez pasos, detrás del respaldo de mi sillón.

Suave, untuosa, de las que se usan para vender caballos con tara.

No me ha visto. Está de pie junto a la chimenea con un caballero de patillas blancas y mal humor visible: lord Crandall, sesenta y tantos años, de los que juegan al whist por rabia y hacen de la paciencia un deporte cruel.

—Dos años, Pell —gruñe Crandall—. Dos mil libras. Dos años de que me prometa que la semana que viene.

—Una semana, mi querido amigo. Se lo juro por mi honor.

—Su honor lo conozco. Es el que le pagó los trajes.

—Una semana. —Pell baja la voz hasta un susurro de confesor—. En confianza: entra en mi familia una fortuna que dará para pagarle a usted y para todo lo demás. Antes de San Juan tendrá sus dos mil con intereses y una botella de mi mejor oporto.

—¿Qué fortuna?

—Eso, mi querido Crandall, es todavía un secreto.

Me quedo clavado en el sillón. Sé qué fortuna es.

Hay un nombre cosido a cada sílaba de esa frase con hilo gris, con perlas de su madre, con un abanico negro anudado a la muñeca.

Pell cuenta con el jueves, con las puertas cerradas de Londres, con el apellido viejo y descolorido, con la mujer sola y desacreditada.

Tiene a Crandall paciente con el dinero de Sabine, a Crabbe callado con mi embargo, a mí humillado y a ella sin salida.

Reparte promesas con dinero ajeno, como un tahúr que paga una apuesta con las fichas que le prestó el contrario.

Espero a que se vayan. Espero un rato más, porque soy un cobarde con buenos reflejos, y salgo cuando la sala vuelve a ser un mar de humo sin caras.

En St. James’s Street anochece. Los faroleros trabajan con sus pértigas, la lluvia ha dado paso a un cielo morado y mojado.

Estoy a punto de torcer hacia Piccadilly cuando un carruaje negro, sin escudo, se detiene a mi altura.

La ventanilla baja. No asoma una cabeza: asoma un abanico de nácar y, detrás, una cara conocida, de las que sirven para ahuyentar a los tontos.

—No, no subas —dice la señora Calloway antes de que yo abra la boca—. Mira al frente. Haz como si me preguntaras la hora. Soy un coche anónimo, un cochero sordo y una señora de edad que se ha equivocado de calle.

—Señora Calloway...

—Bee. Calla. No te lo he dicho yo. Nadie me ha visto hablar contigo, y menos que nadie la persona que me dio un recado de viva voz con la orden expresa de no darlo.

Pero la lealtad mal entendida me parece lo más estúpido del mundo cuando se trata de gente a la que quiero.

Mañana, a mediodía, lady Merrow recibe en su salón a lord Pell.

No en el gabinete. En el salón, con las puertas abiertas.

Le ha mandado decir que traiga sus amenazas bien afiladas porque ella pondrá las suyas sobre la mesa.

—Una pausa—. Yo no te lo he dicho. Si te lo hubiera dicho, te habría dicho también que Fossett está de duelo y que no anuncia a nadie, que la puerta de la cocina no tiene cerrojo desde antes de que Bonaparte se fuera a Elba y que a las doce menos cinco, que es cuando llegan los canallas puntuales, hay una señora con un chal al otro lado del recibidor que ve y oye muy bien y no tiene la costumbre de cerrar las puertas.

—Bee...

—Me voy. —Sube la ventanilla hasta la mitad—. Una última cosa. Hace diez semanas, cuando Sabine me dijo que iba a cazarte, le advertí que las trampas de terciopelo atrapan también las manos de quien las fabrica. Me quedé corta. Atrapan las manos de los dos. Anda, ve a ver cómo se te cierran.

El coche arranca. Me quedo plantado en mitad de St. James’s Street, con el sombrero calado, la mano vendada y el pulso desbocado en la sien, mirando cómo los faroles del coche se pierden en la oscuridad.

Mañana, a las doce menos cinco.

A las doce menos cuarto estaré en la esquina de Merrow House, con las manos vacías, que es lo único que tengo, para quitarle el arma a un hombre delante de la mujer a la que le debo diez mil perdones.