XXVII
Hart
El despacho de Josiah Crabbe huele a sebo, a tinta barata y al miedo de los demás.
Está en un primer piso de Cheapside, al fondo de una escalera tan estrecha que hay que subirla de lado, con una placa de latón en la puerta que reza AGENTE DE NEGOCIOS en mayúsculas orgullosas y un pasante con manguitos que me corta el paso en el rellano como quien guarda la entrada de una cripta.
—El señor Crabbe no recibe sin cita.
—El señor Crabbe me ha recibido siempre que me hacía falta dinero. —Lo aparto con dos dedos, sin brusquedad, como se aparta una cortina—. Ahora lo recibo yo.
Son las ocho y diez del lunes. He venido andando desde Marylebone, una hora y cuarto a paso de condenado, porque no tengo para un coche de alquiler y porque a ciertas conversaciones conviene llegar con las piernas calientes.
La puerta del fondo da a una sala diminuta con un escritorio, una caja fuerte, un reloj de pared que se atrasa y un hombre bajo y pálido, de chaleco raído y dedos manchados de tinta, que se levanta tan deprisa que le tiembla la papada.
—Milord. —Josiah Crabbe aprieta el cartapacio contra el pecho como un escudo—. ¡Qué sorpresa tan grata! No lo esperaba hasta San Juan. Siéntese, por favor. Un jerez. Mi pasante le...
—Nada de jerez. —Me quedo apoyado en el borde de su escritorio, con los brazos cruzados.
Le saco más de una cabeza y el mueble se queja.
Lo he descubierto hace años: la gente que vive de arruinar a otros reacciona muy bien a cualquier cosa que le recuerde la existencia de la fuerza física—.
Quiero saber para quién trabaja usted, señor Crabbe.
—Para mí mismo, milord. Como todos los hombres honrados.
—Lo vi el sábado entrar en casa de lord Pell.
Antes, en Almack’s, escondido tras una columna.
El miércoles, a la salida del King’s Theatre, recibiendo de él un sobre abultado.
Me vio usted verlo. —Dejo caer cada fecha como una moneda en una bandeja—.
Tres veces en tres semanas, para un hombre que no sale de Cheapside. Usted no compra entradas para la ópera.
Se pone del color de la manteca. El reloj de pared chasquea.
—Soy un hombre de negocios. Presto con interés y cobro con interés. Si tiene alguna queja...
—Mi queja es el tiempo que he tardado en preguntárselo. —Me inclino hasta tenerlo a un palmo—. ¿Quién tiene mi deuda?
Traga saliva. La mirada se le va hacia la puerta, hacia el pasante, hacia la caja fuerte. Hay que tener muy poca vergüenza o muchísimo miedo para guardar un secreto delante de un deudor, y él está usando las dos cosas.
—Yo —susurra—. El pagaré está a mi nombre.
—Hay una diferencia entre el nombre de un pagaré y el dueño de la deuda, y usted lo sabe mejor que yo. —Subo la voz un grado, solo uno—. Josiah.
Es el nombre de pila lo que lo quiebra. Un hombre que ha vivido de ser un apellido sobre un recibo reacciona al nombre de pila como al filo de una navaja.
—Me prometió cuarenta guineas —dice de golpe, con un hilo de voz—.
Lord Pell. Hace año y medio vino con una lista de sus proveedores, milord.
El sastre, el vinatero, el viejo Hallam de Salisbury.
Todo lo que usted debía y alguien se hubiera cansado de cobrar.
Me pidió que lo comprase sin hacer ruido, con descuento, y que después lo reuniese en un solo pagaré a plazo fijo.
Con mi dinero, claro. Lord Pell no puso un penique.
Me dio su palabra de caballero y la promesa de que se casaría pronto con una fortuna y me lo devolvería todo, más la mitad de lo que se sacase en el embargo.
—Se palpa el pecho como buscando el bolsillo donde guarda la conciencia—.
Usted venía cada tres meses a renovar y se sentaba ahí mismo, con esa sonrisa que tiene, y yo le ofrecía un jerez y me daba una pena de campeonato.
Me quedo quieto. Es la única manera de no hacer algo peor.
Lo que acaba de decir no es nuevo. Es lo que mi cabeza lleva días sabiendo sin atreverse a sumarlo.
Pell, en White’s, aquella noche de abril, con su sello de oro y su voz de miel, ofreciéndome la bolsa de la viuda como un favor entre caballeros.
El mismo Pell que sabía desde hacía año y medio que mi deuda vencía en San Juan, que yo no podía decir que no, que me tenía agarrado por la bolsa.
Cuando me miraba en Almack’s con cara de acreedor yo no imaginaba nada.
Contaba su dinero. Me ha tenido en la mano desde mucho antes de que existiera una Sabine.
La apuesta, el cuento de la viuda y la araña: un tablero en el que yo creí ser jugador y era, para él, el caballo con el que se cobra la jugada.
—¿Hay más? —pregunto, y me sorprende lo tranquila que me sale la voz.
—Hace tres semanas me preguntó por la hipoteca de Vaughan Court. No pidió comprarla. Preguntó quién la tenía. Un banco de Salisbury, le dije. Contestó que estaba bien saberlo.
—Si traigo mil ochocientas libras el veinticuatro de junio, aquí, a las nueve de la mañana, con sus intereses, ¿las acepta?
—Soy un hombre de negocios. —Por primera vez desde que entré, algo se le recompone en la cara.
No es valor. Es el reflejo del tendero que oye tintinear monedas—.
Si usted presenta el principal, la ley me obliga a recibirlo y a darle recibo.
Ni siquiera lord Pell puede impedirlo. A mí que me devuelvan lo mío.
Lo del embargo, le confieso, nunca me gustó. Da mala reputación.
—Entonces nos entendemos. Si Pell viene a pedirle que se niegue a aceptar el pago, o que lo retrase, usted le dirá que sí. Me lo contará a mí.
—Milord, yo no puedo...
—Puede. Es cuestión de pensar a quién le debe más miedo. —Sonrío, la moneda falsa de siempre, con unas gotas de otro metal en el borde—. A mí me conoce de sobra. De él solo conoce las promesas.
Bajo la escalera de lado, a oscuras, con una calma que no sé de dónde sale.
En la calle llueve a mares. Es un alivio.
Me cala el sombrero, el cuello, la levita remendada, y camino hacia el oeste entre carros y paraguas con algo duro y útil dentro del pecho, por primera vez en una semana.
Ya no es una sospecha. Es un dato, y con un dato hasta un hombre sin un chelín puede empezar a hacer cuentas.
La primera que me sale es la más cruel. Si no hubiera aceptado la apuesta, Pell habría esperado a San Juan, ejecutado el embargo y yo estaría igual de arruinado, pero sin haberla conocido a ella.
La segunda me sale mejor. Sin la apuesta, Sabine seguiría siendo la viuda de Merrow que me despidió con una réplica afilada a la salida de un salón, una cifra en un libro.
No habría habido invernadero, ni vals, ni risas en Rotten Row, ni ese segundo de cabeza inclinada que yo robé y ella me regaló.
Hay deudas que, cuando uno las mira de cerca, resulta que valían cada penique.
Esa noche no pego ojo. A la mañana siguiente, un martes gris que huele a pan quemado, bajo a la cocina a pedirle a la señora Pruitt un huevo y la encuentro con Posy.
Están en la mesa grande, frente a frente, como dos conspiradoras.
Mi cocinera, que tiene sesenta años, el pelo blanco bajo una cofia y unas manos como mazas, sostiene en una el cuchillo de pelar nabos y en la otra una taza humeante.
Mi hermana tiene la cara que pone cuando le dicen que ha de dejar de ser una niña.
—...no digo yo que la señorita no deba alegrarse de las flores —va diciendo la señora Pruitt—.
Pero con todo respeto, mi niña, llevo cuarenta años en cocinas y sé lo que cuesta una orquídea en mayo.
Las que le mandó ese lord valían tres meses de carbón.
Nadie manda eso por amistad. Eso se manda cuando se quiere comprar algo.
—Se interrumpe al verme. La cofia le tiembla de vergüenza—. Milord.
—Siga, señora Pruitt. Se me ha acabado la costumbre de proteger a los míos de las cosas ciertas. —Me siento en el banco al otro lado de la mesa—. Gorrión. Te lo cuento todo, si quieres oírlo.
—Cuéntamelo, Hart. Entero.
No hay modo de contarlo a medias. Le hablo de la correa, de por qué Pell la sacó a bailar dos veces en casa de los Danbury y le trajo limonada y le habló de caballos.
De que a mí me tiene agarrado por un papel que vence en San Juan y que ella era la manera de apretar la cuerda sin mancharse las manos.
Le hablo también, sin nombrarla del todo, de una dama que ha cargado días con la misma amenaza sin soltar palabra, para que mi hermana siguiera sonriendo.
Posy no me interrumpe. A medida que hablo se le va desencajando el rostro.
Primero se pone blanca. Luego, roja. Después se levanta de golpe, tira la silla y empieza a caminar por la cocina con los puños apretados.
—Lo mato. Con una aguja. Con una de las grandes, las de zurcir calcetines.
—Con mi sartén, señorita, que pesa más —interviene la señora Pruitt sin levantar la vista de los nabos.
—Me ha usado como a un tiesto que se pone en la ventana para que miren. Yo, tonta de mí, tarareando. —Se agarra al respaldo de una silla—. Gil se retiró por esto, ¿verdad? Pell le dijo algo.
—Pues se lo cuento yo. —Alza la barbilla.
Es una barbilla Vaughan, terca, de las que en mi familia solo se ven en los retratos de los antepasados que ganaron una batalla perdiendo todo lo demás—.
No quiero que se entere por ti ni por una criada ni por lord Pell.
Si después de saberlo quiere seguir cortejándome, lo hará sabiendo que me han usado de correa y que mi hermano debe hasta el aire que respira.
No pienso casarme con un hombre que no sepa a qué casa viene.
—Estoy harta de que me protejáis tanto —añade, y lo dice con tal rabia contenida que me río.
Una risa corta, rota, que me sale del fondo de los pulmones sin saber qué hacer en una cocina.
Ella me mira sin sonreír y, después, sí.
Viene a abrazarme por encima de la mesa con los codos metidos en la mantequilla.