La trampa de terciopelo XXVI
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XXVI

Sabine

Cinco días de bruma, y esta mañana se me ha metido hasta en el gabinete.

Desde la ventana no distingo el farol de la esquina, apenas la mancha amarilla de un par de luces que flotan sin dueño.

Londres, que cuando quiere es un gato, se ha enroscado sobre sí mismo y ronronea chismes en los salones.

Lo sé porque no los oigo. La bandeja de plata de Fossett, que en circunstancias normales rebosa tarjetas como un aparador de pastelería, ha estado esta semana tan vacía como el corazón de un banquero.

Dos visitas, y una de ellas fue para mirarme.

La otra, de lady Bascombe, se limitó a preguntar por mi salud con la voz de quien pregunta por la de un caballo cojo.

Es el método de Pell, claro. Una semana para que Londres me enseñe cuánto pesa un nombre cuando ya no lo pronuncian con miedo.

Tiene su gracia. Durante años he fabricado ese miedo a conciencia, ladrillo a ladrillo, y ahora resulta que la fortaleza era de papel y solo la sostenía el respeto de quienes necesitaban mi dinero.

Me quedan, eso sí, los que me temen. Se fueron los que me admiraban. No sabía que fueran distintos.

Me dejo caer en el sillón de siempre, frente a la parte de la alfombra donde una tarde estuvo tirada una levita.

Es una idea idiota y pertinaz: miro el lugar donde estuvo y se me cierra la garganta.

Tres veces he mandado a la doncella que cambie la alfombra y tres veces me he desdicho antes de terminar la frase.

Anoche ensayé un discurso. Lo apunté a lápiz, en tres hojas, con la letra apretada de las apuestas serias: lo que le diría a Pell cuando se presentara a cobrar, desde las deudas hasta los nombres, con su cadencia, sus pausas, el golpe de abanico en el momento justo.

A las cuatro de la madrugada lo leí en voz alta, de pie, ante el sillón vacío, y me sonó a lo que era: una función.

Hablaba una mujer que ensaya su papel de mujer fuerte para no tener que serlo.

Rompí el papel en cuatro y lo eché a la lumbre, y vi cómo se retorcía en las llamas antes de convertirse en una ceniza negra y liviana que subió por la chimenea.

A los jueces se les ensayan los discursos. A Pell se le habla de frente.

—Si sigues mirando esa chimenea así, acabarás encendiéndola con los ojos.

Bee entra con una bandeja de té y una expresión de haber sobornado a la cocinera. Detrás de ella, apretando el sombrero contra el pecho con la gracia de un pasante de abogado, viene su hermano. Edmund Ashcombe lleva una caja de cartón bajo el brazo.

—Fossett no me ha anunciado —se excusa—. Dice que la casa está de duelo y que hasta nueva orden no se anuncia a nadie.

—Qué lealtad. —Les señalo el diván—. Sentaos. ¿Qué traéis?

—Un mazo de naipes —contesta Edmund con una solemnidad desproporcionada—.

Del estuche de Pell. El que usa en casa de los Danbury y en su cuarto de Jermyn Street, cuando invita a gente que no conoce.

Un criado del club me lo ha prestado por cinco guineas y una promesa que no pienso cumplir.

—Abre la caja sobre la mesa y despliega las cartas como un ilusionista—. Mira.

—Son cartas.

—Mira el dorso. No, así no. Inclínalo hacia la luz.

—Me pone un as de picas entre los dedos—.

¿Ves la raya? Una línea finísima, a un tercio del borde.

En los reyes es más corta. En los ases, más larga.

Es un punzón de sastre, o una uña bien afilada.

Cualquier hombre que sepa dónde mirar sabe con qué cartas se está jugando. Pell lo sabe porque las ha marcado él.

Lo observo un momento sin hablar. Hay una belleza seca en esto: un hombre que presumía de ingenio resulta que ha vivido de un rasguño de uña. Paso la yema del dedo por el dorso y no hallo nada. Hay que saber verlo.

—Con esto —digo despacio—, un tribunal no lo condena. Un club sí.

—Un club lo echa a patadas. —Edmund asiente—. Lo que me interesa a mí, ahora, es lo otro. Lo de la señora Hargreave.

Bee deja la tetera en la mesa con un tintineo.

—Hay que contarlo todo, Edmund.

—La coronela Hargreave. —Traga saliva y se pasa una mano por el pelo rubio—. Perdió en la mesa de Pell, el año pasado, más de lo que tenía.

Lo cuenta a trompicones, con la vergüenza de un caballero que habla de una dama.

Mil quinientas libras, una barbaridad para una mujer a la que el coronel da setenta al mes para alfileres.

Pell le propuso firmar pagarés a plazos sin que su marido se enterase y ella firmó.

La parte sucia llegó cuando quiso saldar el primero: Pell sacó otros dos, con su firma imitada, por una suma que triplicaba lo perdido, y desde entonces la tiene con el agua al cuello.

La pobre mujer se echó a llorar en un rincón del baile de los Bascombe, delante de Edmund, y no se atrevió a decir nada más.

—Falsificación —murmuro.

—Es el nombre feo que le dan en los tribunales. Si esa mujer se atreviera a declarar...

—No se atreverá. Pero tal vez tenga a alguien que se atreva por ella. —Dejo el as sobre la mesa—. Las dos mil libras que Pell le debe a Crandall desde hace dos años, ¿siguen en pie?

—Crandall dice en el club que no pasa del verano. Pell le jura que se casa con dinero y que le paga antes de San Juan.

—Con mi dinero.

Edmund me mira con una mezcla de pudor y rabia que le sienta muy bien. Se ofrece a hablar con la coronela esa misma tarde, con calma, sin asustarla, y a llevar a Bee de carabina para que la mire con esa cara de «aquí no ha pasado nada» que tiene.

—En cuanto a Crandall, que no cobre todavía —ordeno, y doy una palmada sobre la mesa—.

Que espere a que se lo diga yo. Si Pell huele que el viento cambia, se esfuma con las deudas y deja a la coronela con sus falsificaciones en el aire.

Quiero que le caiga todo de una vez y delante de la gente que le importa.

Bee me mira con una expresión rarísima, mezcla de orgullo y de pena.

—Estás disfrutando.

—Un poco. —Sonrío, y la sonrisa me sale de las muelas—. Es la primera cosa que me da gusto desde el viernes.

—No te hace mejor persona.

—No pretendo ser mejor persona. Pretendo ser una persona que gane.

Edmund recoge el mazo con pulcritud y lo guarda en su caja. En el umbral se vuelve, como el jueves.

—¿Y si tu plan falla?

—Entonces tendrás que arreglar tu testamento de verdad. —Le tiendo la mano y él la besa con un rubor de adolescente—. Gracias, Edmund. Por no preguntarme si lo hago por él.

—Es una pregunta que uno no hace a una mujer armada.

Se va. Bee y yo nos quedamos entre el té y la bruma. Estoy a punto de decir algo, sin saber qué, cuando llaman a la puerta con tres golpes tímidos que no son de Fossett.

—La señorita Vaughan —anuncia Fossett desde el umbral—. No tiene cita. Ruega ser recibida.

Posy entra en mi gabinete con el vestido de diario, un gris de sacristía remendado con más ilusión que hilo, y se queda de pie junto a la puerta retorciéndose los guantes con esa mezcla de coraje y susto que solo tienen los muy jóvenes cuando vienen a decir algo que los aterra.

— Lady Merrow. Perdone que venga sin avisar. —Traga saliva—. No sabía a quién más acudir. Cuando salí de casa, se me ocurrió que usted era la única persona de Londres que no iba a mirarme con lástima.

—Siéntate, Posy. Bee, el té.

Bee sirve la taza y se escabulle hacia la ventana con un aplomo de espía.

Posy se sienta al borde del sillón, con la espalda recta y las manos pegadas a las rodillas.

La miro con el ojo de tasadora que me ha dado la vida.

Trae los guantes zurcidos dos veces, un sombrerito sin pretensiones y esa piel de las muchachas que llevan semanas durmiendo mal: transparente, con dos sombras malvas bajo los ojos.

Se parece a su hermano de un modo que me incomoda.

Tiene su misma manera de levantar la barbilla cuando el miedo le aprieta.

Espero en silencio, que es lo único sensato ante el pudor ajeno.

—Es por mi hermano —lo suelta de golpe, sin aliento—.

Ayer me contó una cosa. Lo de lord Pell.

Que las flores de este mes no eran flores: eran una correa.

Que me ha estado usando para atarlo a él, que me sacó a bailar dos veces, que me trajo una limonada, que...

—Se muerde el labio—. Me puse furiosa. Luego lloré.

Luego mandé llamar a Gil y me confirmó que lord Pell lo amenazó, con una sonrisa, a la salida de una iglesia.

—Ay, Posy.

—Lo peor no es eso. Lo peor es que me dijo que usted lo sabía.

Que lord Pell la amenazó con arruinarme si no hacía lo que él quería.

Que usted soportó eso sola, días enteros, y que no me dijo una palabra para que yo siguiera siendo feliz.

—Alza la cara y tiene los ojos anegados—.

Yo no sabía nada. Yo me probaba vestidos, y usted pagaba mi seda con un cuchillo en la garganta.

—Fue decisión mía —le digo—. Tu hermano no tiene por qué haberte contado tanto.

—Mi hermano no me cuenta nada. Esta vez le salió entero, a empujones.

—Respira—. Bebe a todas horas, lady Merrow.

No duerme. Anoche rompió una copa de cristal contra la chimenea, se cortó la mano y le pidió perdón al criado con los ojos llenos de agua.

Antes del viernes no lo había visto llorar nunca.

Desde el viernes tengo la impresión de que ha olvidado cómo se deja de hacerlo.

—Los hombres rompen cosas cuando no saben qué hacer con lo que sienten —escojo las palabras con cuidado—. No siempre es grave.

—Tengo miedo. —La voz le sale pequeña y dura—. De que se arruine del todo por mi culpa. De que se venda, o venda lo que haga falta, con tal de conseguirme una dote y casarme bien. Lleva toda la vida cargándome a la espalda. No quiero ser la piedra que lo hunda en el pozo.

Me quedo sin palabras, que es cosa que rara vez me ocurre. Esta cría de diecisiete años, con su vestido remendado, acaba de nombrar en voz alta el mismo miedo que me quita el sueño. Lo ha hecho con una pureza que yo, con todos mis años y mis garras, olvidé hace tiempo.

—Escúchame muy bien. —Le tomo las manos entre las mías y me sale una voz que no reconozco, un tono cálido que nunca había usado con nadie—.

Tú no eres la piedra de nadie. Un hombre que se arruina por alguien a quien quiere no lo hace por debilidad.

Lo hace porque ha decidido que esa persona merece la pena.

Eso no es una carga. Es la única clase de suerte que no se compra con dinero.

—¿Y si se hunde de verdad?

—Entonces lo sacamos del agua entre las dos. —Le aprieto los dedos con firmeza—. Para eso estoy yo. De sacar a la gente del agua sé un rato. De hundir a quien haga falta, muchísimo más.

Se le escapa una risa entre las lágrimas. Es una risita mojada, torpe, agradecida. La conozco: es la que habría tenido yo a su edad si alguien me hubiese ofrecido una mano sin pedirme el guante a cambio.

—¿Usted lo quiere? —pregunta en un susurro, sin dejar de mirarme—. A Hart.

Podría decirle que no es asunto suyo. Podría interponer el abanico entre las dos y fabricar una frase elegante, de esas que me han servido de coraza en mil salones.

Cuento los recursos: una evasiva, una broma, un silencio con cara de ofensa.

Los tengo todos a mano. La miro a ella, a esa muchachita con las ojeras de una noche en vela y el pelo recogido con una cinta descolorida, y sé que ninguno funcionaría, porque no se los merece. Me falla la estrategia.

—Sí —digo.

—Entonces no es verdad lo que dicen. Que es usted una araña.

—Lo soy, querida. Pero hasta las arañas tienen sus debilidades. —Me levanto y la acompaño hasta la puerta—. Vete a casa. Dile a tu hermano que coma algo. No hagas preguntas a nadie sobre mí, ni a Gil ni a ese tahúr de Pell, ni al turbante de lady Bascombe. No tardarás en saberlo todo.

—¿Puedo volver?

—Cuando quieras. Fossett tiene órdenes de dejarte pasar, aunque se esté incendiando la casa.

Se me abraza de golpe, con la fuerza torpe de los adolescentes, y yo me quedo tiesa como un poste, con las manos en el aire y la coronilla de ella contra mi barbilla, hasta que consigo, con el tacto de un oso, devolverle el abrazo.

Huele a jabón de lavanda y a hilo. Cuando se marcha, bastante más entera que cuando vino, me quedo un rato largo contemplando la puerta cerrada.

Es una sensación nueva, tibia, desconocida: la de tener, a mis treinta años, algo parecido a una hermana pequeña.

Yo crecí sola entre adultos que negociaban conmigo como si fuera un terreno.

Llega tarde y de la mano de la persona más inesperada, pero llega.

La decisión que llevaba cinco días esquivando se ha tomado sola mientras la veía cruzar el umbral. A esta niña no me la toca Pell ni con el pensamiento.

—Tienes cara de almirante en la víspera de la batalla. —Bee se aparta de la ventana, donde ha fingido durante todo este rato no escuchar—. Hace un cuarto de hora eras un fantasma.

—Ahora soy un fantasma con plan. —Me ajusto el broche del cuello—. Fossett.

Aparece de la nada, como siempre. Le encargo un recado de viva voz, sin una sola línea escrita que Pell pueda guardarse y usar después en mi contra: que la viuda de Merrow lo espera mañana a mediodía, como él mismo dispuso, pero en el salón y no en el gabinete, y que traiga consigo todas sus amenazas bien afiladas, porque ella pondrá las suyas sobre la mesa.

Fossett se inclina, sin moverse un músculo de la cara, y se retira con una dignidad de mantel almidonado.

—Mañana a mediodía —repite Bee.

—Mañana. —Me coloco ante el espejo de la chimenea.

La mujer que me devuelve la mirada no es la enamorada rota de estos días, sino otra que creía haber jubilado: la viuda de hielo en persona, con la barbilla alta y los ojos sin una gota de piedad.

La he sacado del fondo donde la tenía guardada porque para lo que voy a hacer necesito a esa mujer, y no a la otra—.

Por una vez la dureza sirve a alguien que lo merece.

Nunca me había sentido tan peligrosa. Nunca me había sentido tan limpia.

—Prométeme una cosa, querida.

—Dime.

—Si en mitad de la batalla descubres que todavía queda un pozo con agua... —Bee me alisa un pliegue del vestido con un gesto de madre—. No lo dejes secarse solo por orgullo.

—No prometo lo que no sé cumplir.

—Entonces prométeme la otra: que no se lo dirás a nadie. Lo del pozo.

—Lo del pozo, a nadie. Lo de mañana, tampoco. —La miro con intención—. Tú, Bee, ni una palabra de la cita a quien no deba oírla. A Vaughan, en particular.

—Ni una palabra. —Se lleva la mano al pecho—. Lo juro por la salud de mi hermano Edmund.

Dos minutos después, sin tomar el té ni el chal que había dejado en el diván, sale de la casa con una prisa tan escandalosa para una dama de su compostura que me quedo contemplando la puerta con el abanico negro en la mano, sin saber si reír o gritarle que vuelva.

El juramento de Bee vale lo que el de un contrabandista.

Me anudo el abanico a la muñeca. Sin pensarlo. La mano que lo lleva, compruebo, no tiembla lo más mínimo.