XXV #3
El suelo se me mueve bajo los pies. Con las manos aferradas al borde de la mesa, oigo caer una por una todas las piezas y recolocarse en su nuevo orden, el verdadero.
—Su mano.
—Es lo más sensato. Un marido, aunque sea de segunda mano, protege mucho el patrimonio.
—Se limpia los dedos en la servilleta—. Es una mujer sola, rica y con un pasado, y una mujer así no se casa con un hombre limpio: se casa con uno sin escrúpulos que sepa lo que vale.
Para eso hacía falta que quedase sola, desacreditada y casadera.
Tú me hacías falta, mi querido Vaughan, por partida doble: eras la prueba viviente de que yo no faroleaba y eras, además, el único medio de que ella no pudiera decir «voy a confesar» con crédito.
—Se ríe—. Las damas que confiesan antes de que las descubran conservan algo de nombre, pero las que son descubiertas lo pierden de golpe.
Le robé la confesión. La vi en su cara en ese palco. Iba a hacértela anoche.
Posy tenía razón. Respiro hondo para que no me tiemblen las manos.
—¿Y qué te contestó?
—Todavía nada en firme. Le di de plazo hasta el baile y anoche, en lugar de pagar, ha hecho el ridículo.
—Encoge un hombro—. Le concedo la semana, que es de caballeros.
Hasta el jueves, a las doce. Londres se encargará de enseñarle lo que pesa un nombre sin amigos.
Se casará conmigo o me comprará el silencio a precio de oro y, en cualquier caso, gano yo.
De paso, la niña no verá un baile en su vida si la señora se pone terca.
—Me mira con un fulgor de lucidez—. Tú, pobre amigo mío, eras la parte del experimento que me quedaba por probar.
Ya has visto lo redondo que me ha salido.
Podría matarlo. Lo pienso con una limpieza insólita, como se piensa en el menú de una cena: el cuchillo de la mantequilla en la mano, la silla tumbada, la seda azul de la bata manchada.
Pero todo lo que me ha enseñado esa mujer cabe en una sola idea: las cartas no se enseñan hasta que llega el momento de cobrarlas.
Es cuestión de aguantar el rostro. Le devuelvo la sonrisa.
—Sutil —digo—. No tenía idea de que fueras tan sutil.
—Soy muchas cosas, Vaughan. Algunas, incluso útiles. —Alza la taza hacia mí con un gesto de brindis—. Cuando vuelvas a ser un hombre libre y acabes de llorar, ven a verme. Siempre hay sitio para un amigo con título.
Le hago una reverencia burlona. Me despido de sus habitaciones con la calma de un hombre que va a salvar un barco del fuego y no tiene tiempo de quitarse el abrigo, y bajo las escaleras a saltos, con el corazón acelerado por primera vez en días.
Ella cruzó el salón con el cuchillo de este hombre en la garganta.
Sabiendo que la delatarían de todas formas.
Sabiendo que, dijera lo que dijera, el único que no la creería sería yo.
Aun así, vino a decírmelo, para no mentirme en el único momento en que mentir le habría salido baratísimo.
Yo, ciego de orgullo herido, le escupí encima a lo más valiente que ha hecho nadie por mí en toda mi vida.
Le pregunté por la tarde de su gabinete.
Le pedí, sin pedírselo, una prueba de amor y me la dio entera, en mitad de un salón y a costa de su reputación.
La hice trizas delante de trescientos testigos y me marché sintiéndome el agraviado.
El primero en tratarla como mercancía fue su marido, que la compró a los diecinueve años.
El segundo he sido yo. No sé si me dejará reparar semejante daño, ni siquiera si me abrirá la puerta.
Pero no pienso volver a esa calle con los bolsillos vacíos.
Una disculpa sin un arma que ofrecerle es otra palabra bonita.
Voy a quitarle a Pell la suya, cueste lo que cueste, y cuando lo haya hecho, iré a buscar a la viuda de Merrow, me arrodillaré donde haga falta y le pediré perdón las veces que sea necesario.
Si me cierra la puerta, la aporrearé. Si me echa, volveré.
Los Vaughan llegamos tarde a todo, pero cuando por fin llegamos ya no nos vamos, aunque nos echen a patadas.
En la calle, mientras me ajusto el sombrero, un coche de alquiler se detiene frente a la puerta negra que acabo de cruzar.
Se apea un hombre bajo y pálido, de chaleco raído, con un cartapacio bajo el brazo y la cara de un papel de deudas.
Mira a los lados como quien teme que lo vean entrar.
No me ve. Sube los escalones con una prisa de rata y desaparece tras la aldaba de delfín.
Crabbe. Josiah Crabbe, de Cheapside, que cuando firmé el pagaré me ofreció un jerez malo y me aseguró, sin mirarme, que mi deuda estaba en buenas manos.
Podría subir tras él, pero no tengo un chelín para sobornar al ayuda de cámara, ni un arma, ni un plan, y su despacho de Cheapside cierra los sábados a mediodía, de modo que me quedo clavado en la acera con una sonrisa de lobo que hace cambiar de acera a una niñera con un crío de la mano.
El lunes, antes de que su portero descorra los cerrojos, estaré en su puerta.