La trampa de terciopelo XXV #2
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XXV #2

—Usted es el conde —dice sin preámbulos—. El de la levita remendada.

—Soy un hombre de mala memoria, buena mujer, pero no recuerdo habernos presentado.

—No hace falta. La señora Hale lleva once años en esta casa y jamás ha dejado de contar cuándo le brillan los ojos a la señora.

Le brillaron el domingo por la tarde, cuando usted vino, y se quedó hasta el atardecer, y se marchó tan tarde que el cochero se durmió.

—Me sirve el té sin mover un músculo de la cara—.

El miércoles por la noche, cuando volvió de la ópera, traía cara de haber visto el mar por primera vez.

Se la oyó tararear en la escalera. Mire que a la señora no le da por tararear.

El té se me queda en la garganta. Ella, tarareando. Me pregunto qué cantaría. Me pregunto si la canción tenía palabras.

—¿Y después?

—Después, nada bueno. —Se limpia las manos en el delantal—.

Ese lord de las sortijas, el del sello, vino el domingo por la mañana, antes que usted, y se estuvo con ella un cuarto de hora a puerta cerrada.

Salió sonriendo. Ella no almorzó. La señora Hale, que estaba puliendo el pasamanos de la escalera —tan casualmente—, oyó el final.

Que había cinco días, dijo. Que era hasta el baile.

Pronunció un nombre de mujer. La niña. —Sacude la cabeza—.

«No volverá a ver un baile», repitió el lord. Ese hombre no debería estar suelto.

—Posy —digo con la boca seca.

—Si es su hermana, sí. Ese día lloró la señora.

Con perdón. En once años, la señora Hale no la había visto llorar ni cuando enterró al difunto vizconde, y ese día, a las nueve de la mañana, cuando creía que no la oía nadie, sollozó detrás de la puerta.

—Baja la voz—. El jueves, de madrugada, había luz en su cuarto y el baúl de los viajes abierto.

La señora Hale lo vio con sus ojos: tres vestidos de viaje dentro.

Los desembaló ella sola. Esa mujer es de las que no pide ayuda ni para guardar un vestido.

Me levanto sin saber cómo. Doy las gracias, creo.

Doy dos monedas a la cocinera, que las rechaza con una dignidad de duquesa.

Salgo a la calleja con las piernas hechas agua.

El chico de los caballos me mira pasar sin preguntarme nada, que es la mayor muestra de tacto que me ha dispensado nadie esta semana.

Dudas ya no tenía, y ahora tampoco me quedan excusas.

La idea de que ella haya estado encerrada en un gabinete con un chantajista antes de que yo llegase con mi confesión, de que me abriese la puerta con la cara serena y me escuchase hablar de mis penas sabiendo lo que le caía encima, me dobla el estómago.

Me recibió. Me preguntó qué me ocurría. Me dijo «Tráigamela», habló de amadrinar a mi hermana, bajó sus murallas delante de mí, sin pasarme la cuenta.

Estaba, en ese mismo momento, con la amenaza de Pell colgándole del cuello.

Voy a verlo.

Las habitaciones de lord Pell están en Jermyn Street, en un primero con las ventanas a la calle y una puerta negra con aldaba de delfín.

Me abre un ayuda de cámara con cara de pocos amigos que, tras un cruce de miradas, resuelve que no puede impedirme el paso sin montar una escena.

Lo encuentro desayunando a las once de la mañana, en bata de seda azul, con la placidez de un hombre que se cree vencedor de todas las partidas del mundo.

—Vaughan. —Ni se molesta en levantarse. Unta con calma una tostada de mantequilla—. Qué insistencia la tuya. Creí que habíamos cerrado nuestras cuentas anoche, en el baile.

Una cosa más que he aprendido de ella: la compostura es un arma. Me aseguro de que la sonrisa, la de moneda falsa, me salga perfecta antes de abrir la boca.

—Vengo a darte la enhorabuena, Pell, como un caballero. —Me siento sin que me inviten, cojo una tostada de su fuente y le doy un mordisco, para que vea que puedo—. Vengo también a que me aconsejes, que es tu especialidad. ¿Qué hace un hombre con una mujer que lo ha tomado por tonto de feria?

—Se busca otra. —Se ríe, encantado—. O se busca una botella, que es más fiable.

—Es que no entiendo una cosa. —Dejo la tostada a medias—. Me contaste lo de la apuesta justo anoche y en pleno baile, con un esmero de artista. Tú no das una puntada sin hilo. ¿Qué sacabas?

Se recuesta en la silla con una satisfacción de gato. Sé, antes de que abra la boca, que va a hablar de más. Los hombres que se creen a salvo siempre hablan de más.

—Digamos que apartarte del tablero era una pieza de un plan más amplio y bastante más rentable.

—Se mira el sello—. La ingeniosa viuda cometió un pequeño descuido al elegirte para su jueguecito: dejó un cabo sin atar, y ese cabo era yo.

El domingo pasado me presenté en su gabinete y le expuse, con mucha cortesía, una elección de lo más simple.

O me daba su mano y su fortuna, o le contaba a todo Londres, empezando por ti, qué clase de araña se escondía bajo tanta seda gris.

Cinco días le di. Hasta el baile de la duquesa.