La trampa de terciopelo XXV
55%

XXV

Hart

Saco a Posy del baile con la excusa de una jaqueca que no se cree ni el lacayo que nos sujeta la portezuela. Ella protesta con la boca llena de la última cuadrilla, con las mejillas rojas y la seda de Borgoña arrugada en el regazo como una bandera que ha ganado una batalla pequeña.

—Pero si me quedaban dos bailes. Gil me había pedido el vals. Es horrible, Hart, no sabe ni dónde poner el pie derecho, pero me lo pidió con unos ojos que...

—Mañana habrá otros bailes.

—Mañana habrá otro Gil. Hoy tenía este. —Se acomoda en el rincón del carruaje alquilado, que huele a cuero rancio y a abuelo, y me mira con la cabeza ladeada—. ¿Has hablado con ella?

—No.

—Estabas pálido. Cuando saliste del saloncito con lord Pell, estabas pálido como un cirio. Os he visto de lejos, a los dos, ahí, parados como estatuas con tanta gente alrededor. Yo creí que...

—Cuéntame lo de los bailes, gorrión.

Me lo cuenta. Me pone al corriente de quién miró su vestido y quién no se atrevió, de lo que dijo la hija de lord Bascombe al verla llegar del brazo de lady Merrow, del turbante de una marquesa y de una condesa que le ofreció su abanico de nácar para que se lo probara.

Yo asiento donde toca, sonriendo y celebrando, muriéndome por dentro con una serenidad que no sabía que poseía.

Cuando llegamos, la dejo a salvo en su dormitorio, le beso la frente, cierro la puerta despacio y, solo entonces, en la penumbra del pasillo de esta casa que se apaga, me permito venirme abajo.

Me apoyo contra la pared y me dejo resbalar hasta el suelo como un borracho cualquiera.

Llevo sin llorar desde la noche en que enterré a mi padre entre deudas y pagarés, a escondidas de Posy, y descubro que el llanto de un hombre adulto es una cosa silenciosa, fea y amarga.

No tiene el alivio limpio del llanto de los niños.

Es apenas un temblor seco que sacude por dentro sin mojar casi la cara, un hipo de animal herido.

Me aprieto la boca con el guante, el mismo que me calcé esta noche para no tocarla.

La he tocado varias veces esta semana. Es el dato que me persigue.

En un palco, con las yemas de los dedos, en la nuca.

Después, con el pulgar en el labio inferior, que tenía hinchado de besos y tembloroso.

La noche anterior solo pude mirarla: una silueta detrás de un cristal y una mano plana contra el vidrio, a veinte pasos de mí y a una vida de distancia.

He tocado a esa mujer con una avaricia de condenado a muerte, he memorizado el sitio exacto donde le late el pulso bajo la muñeca, esa vena azul que siempre le delata los nervios, y ahora ese mismo pulso lo tengo en la sien, golpeándome.

Lo peor, lo que me avergüenza más que ninguna otra cosa, es que la deseo.

Después de todo. De haber visto la cara de la cazadora, de haber oído la confesión, aquí sigo, tirado en el suelo de mi pasillo, con las manos vacías de ella y una necesidad física, bestial, de volver a ponérselas encima.

Hay traiciones que se curan con odio. A esta le hace falta otra medicina y no la tengo.

Cuando se me pasa el sofoco me sacudo los pantalones y me levanto. Tengo decisiones graves que tomar antes del amanecer y las lágrimas, que yo sepa, nunca han resuelto nada por nadie.

Bajo a la biblioteca. Enciendo la última vela decente que nos queda y abro el cajón de la mesa con la llave pequeña que llevo en la cadena.

El pagaré está arriba del todo, doblado en tres, con la caligrafía temblorosa de aquel día que no me gusta recordar.

Lo extiendo bajo la luz. Mil ochocientas libras.

A nombre de Josiah Crabbe, agente de negocios, Cheapside.

Vence el día de San Juan, veinticuatro de junio.

Dieciocho días. Si no pago, ejecución sobre Vaughan House, que es poco más que un cascarón con aldabón brillante, y subasta de Vaughan Court, que es la única tierra que me queda y que ya tiene la hipoteca hasta la veleta.

Un papel que pensaba saldar —que Dios me perdone la vileza— con la fortuna de la mujer a la que amaba.

No existe dinero en este mundo que lo cubra ni viuda que venga a rescatarme. Esta noche lo he perdido todo de una vez: a la mujer y a la única salida. Me quedan Posy sin un penique de dote, esta casa llena de corrientes de aire y un título que no vale ni el pergamino donde fue escrito.

—Estás llorando.

Posy ha bajado descalza, sin hacer ruido, con el camisón y un chal por encima, y me mira desde el umbral con esos ojos despiertos que lo adivinan todo por mucho que intente disimularlo.

—No es nada, gorrión. Vuelve a la cama, que aquí no queda lumbre.

—No te había visto llorar jamás. Ni cuando murió papá.

Se acerca. Se sienta a mis pies en la alfombra, como cuando era una chiquilla y venía a que le contara cuentos, y recoge sin preguntar el papel que me ha resbalado de la mano.

Lo mira un momento. Lo deja doblado sobre la mesa, con una delicadeza de cirujana.

No dice nada. A veces mi hermana tiene la sabiduría de callarse y es lo que más miedo me da.

—Es por la viuda, ¿verdad? —Apoya la mejilla en mi rodilla—. En el baile os mirabais de esa manera en que solo se miran los que se han hecho mucho daño y todavía se quieren. Os vi. ¿Qué ha pasado?

—Que resultó no ser la persona que yo creía. —Le acaricio el pelo, que es lo único limpio y bueno que me queda al alcance de la mano—. O a lo mejor fue que yo no fui el hombre que ella esperaba. A estas alturas ya ni lo sé.

—Pues averígualo.

—Gorrión...

—Averígualo antes de darte por vencido. —Alza la cara.

Tiene los ojos serios, sin una gota de la niña que se probaba el abanico de una condesa—.

Tú siempre me estás diciendo que no dé nada por perdido sin haber peleado hasta el último aliento.

Ya va siendo hora de que te apliques tu propio cuento, hermano.

Me planta un beso en la mejilla húmeda y sube las escaleras arrastrando el camisón. Me deja más solo que antes y, a la vez, un poco menos. Un hombre con una hermana así conserva algo por lo que luchar, aunque haya perdido en una velada todo lo demás.

Su lógica de diecisiete años me persigue después, a solas con la vela y el pagaré.

Tiene razón, la condenada: he dado la partida por perdida escuchando una sola versión, la de Pell.

Pell, que yo recuerde, nunca ha regalado una verdad en su vida.

¿Por qué esa noche? ¿Por qué ahí, en mitad del baile, en un saloncito prestado, cuando podía haberme dejado llegar al final de mi propia confesión?

Un tipo así no suelta una bomba de ese calibre por el puro placer de ver sufrir a otro.

Lo hace porque le conviene. Solo le puede convenir una cosa: que la viuda y yo rompamos para siempre.

Hay otro detalle que la rabia me había tapado y que ahora veo con claridad: si ella hubiera querido ganar su apuesta, humillarme a placer y cobrarse la victoria, le habría bastado con quedarse quieta en un rincón y dejar que Pell hiciera el trabajo sucio.

En lugar de eso cruzó el salón entero hacia mí, con la barbilla alta y las manos pálidas, para adelantarse.

Una jugadora que acaba de ganar no corre a confesar la jugada. Solo confiesa quien ha dejado de jugar.

Queda un tercer detalle, que me aprieta en la nuca como una mano fría: el nombre de la letra pequeña.

Josiah Crabbe. Lo conozco en persona, claro: un hombre bajo y pálido, de chaleco raído y dedos manchados de tinta.

Lo vi en Almack’s la noche del vals, medio escondido detrás de una columna, junto a Pell, que me miraba con cara de acreedor.

No tenía nada que hacer en un baile de señoritas y lo aparté de la cabeza porque tenía otra cosa en los brazos: a ella.

El miércoles volví a verlo, a la salida del King’s Theatre, entre la multitud de capas y sombreros, recibiendo de manos de Pell un sobre pequeño y abultado.

Me vio verlo y se puso del color del yeso.

Dos veces en dos semanas. Yo, que me creo contable, sin sumar.

Me quedo mirando la llama hasta que se acaba el pabilo.

Subo a mi cuarto sin esperanza ninguna de dormir.

Pero ya no lloro. Lo único que sé, con una terquedad absoluta, es que no puedo dejar esto así.

Le debo a esa mujer —sea culpable o víctima— la justicia de averiguar cuál de las dos es antes de enterrarla en mi memoria.

Me lo debo a mí. Un hombre que se rinde sin haber buscado la verdad no es noble: es un cobarde.

A las ocho de la mañana estoy en la acera de enfrente de Merrow House con el sombrero en la mano, sin haber dormido, sin haber desayunado y con la barba de un día.

No pienso llamar a la puerta. No tengo derecho a ello.

Me han bastado cinco minutos delante de esos cristales para saber que si cruzo esa calle será para pedir perdón a una mujer que acaba de pasar la peor noche de su vida por culpa mía y que me lo agradecerá cerrándome la puerta en las narices.

Con razón. De palabras bonitas van servidos los dos.

Voy por la parte de atrás. Es una calleja de servicio con una cuadra, un pozo y un chico con las manos en los bolsillos, sujetando por la brida a un tronco de caballos de alquiler que no pertenecen a esta casa. Le enseño una moneda de seis peniques y él me enseña los dientes.

—¿Es de la casa, muchacho?

—Yo, no, señor. —Mira la moneda—. Mi tía friega ahí dentro. Lady Merrow tiene a mi tía de fregona, es lo mismo.

—¿Y tú tía habla?

—Cuando le pagan con dulces. A mi tía le gustan los dulces.

Le doy los seis peniques. Me quedan dos monedas en el bolsillo.

Me indica con el mentón la puerta de la cocina, donde una mujer enorme, de brazos como odres, saca una alfombra a sacudir.

Se llama Dorcas y es la cocinera, no la tía del chico.

Cuando le pregunto por lady Merrow se pone en jarras, me mira de arriba abajo y decide, no sé por qué, que merezco una taza de té en el patio.