XXIV
Sabine
Lo veo calzarse el guante cuando me quedan diez pasos.
Es un gesto pequeñísimo, de esos que nadie más en el salón registraría: un hombre alto, con una levita oscura remendada con maña, estirando los dedos dentro de la cabritilla blanca, uno a uno, con la meticulosidad de quien se arma.
Un hombre no se pone un guante para tocar a una mujer.
Se lo pone para no tocarla. Me detengo con un pie levantado, a mitad de camino entre la columna donde he esperado y el punto del parqué donde él se ha parado, y el aire me abandona el pecho con la misma delicadeza con que se retira el mantel de una mesa de la que ya nadie va a comer.
Llego tarde. Lo sé antes de verle la cara, y cuando se la veo ya no me queda nada que averiguar.
Habría podido imaginarlo todo menos esto.
Había ensayado durante dos noches su furia, su estupor, hasta la risa amarga que los hombres usan cuando les arrancan una muela.
No había previsto la cortesía. Hart me mira desde esa altura que me saca con una atención perfecta, correcta, sin un solo temblor en la comisura de la boca, como se mira a una desconocida a quien se tiene que ceder el paso en una escalera.
La orquesta toca algo alegre, cruel de puro alegre.
A mi alrededor la gente gira, se abanica, murmura; la duquesa viuda de Storr ocupa su sillón del estrado con el bastón de ébano atravesado en el regazo; a lo lejos, entre un remolino de seda color vino de Borgoña, Posy se ríe del baile con la cabeza echada hacia atrás.
La seda la elegí yo. Me duele que la vea feliz.
Me duele mucho más que no sepa que está bailando sobre un suelo que se acaba de partir.
Detrás de una columna de mármol, con una copa a medio alzar, lord Pell nos mira como se mira una función de pago.
Ha hablado. Lo sé por el modo en que me mira Hart, con esa mezcla exacta de asco y de dolor que ni se improvisa ni se finge.
Pell no ha esperado a mi respuesta ni a su propio plazo: me ha ganado por la mano, le ha vaciado la verdad en el oído antes de que yo pudiera vaciársela y con ese solo gesto me ha robado lo único que me quedaba por dar, que era decirla yo con mis propios labios.
—Ahórrese el paseo, milady —su voz llega baja, cortés y por eso mismo más terrible que un grito—. Acabo de mantener una conversación de lo más instructiva con lord Pell.
—Milord...
—Sonría, por favor. Nos miran. Es la única cosa en la que usted y yo hemos sido siempre excelentes: sonreír con la cara mientras el resto trabaja por debajo.
Le hago caso. Es lo más obediente que he hecho en mi vida y lo hago por reflejo, con los dientes, desplegando el abanico sin prisa para que un tercio de mi cara quede a salvo detrás del encaje. Una sonrisa, a veces, es solo una herida con buenos modales.
—Le debo una felicitación —continúa—. He conocido a muchos jugadores de ley, pero a ninguno tan fino.
Edmund Ashcombe, una frase en el reservado de White’s a principios de marzo, ocho testigos.
Cuatro mil libras con una cláusula nominal que lleva mi apellido.
—Su voz no sube un grado—. Ni siquiera me vi caer, y eso que llevo doce años sin fiarme de nadie.
Podría negarlo. Tengo la negativa a flor de labio, redonda, verosímil, una de esas que me han salvado el pellejo mil veces sin despeinarme.
«Pell miente, milord. Pell ve conspiraciones donde hay casualidades y es un jugador arruinado que habla por boca de una derrota».
Sería tan fácil, y tan limpio. Me la sé de memoria.
Me juré hace dos noches, con el aria todavía en los labios, no volver a mentirle. De modo que hago lo más difícil que he hecho en toda mi vida de embustera: le sostengo la mirada, aunque ya no me miren, y le doy la razón.
—Es cierto.
La palabra me cuesta un año de vida.
—Yo sembré la apuesta. Yo pedí la frase a Edmund y la dejé caer en el oído de White’s como quien suelta una semilla en un surco abierto.
Todo lo que le ha contado lord Pell es verdad, milord, hasta la última coma.
—Me tiembla la voz y no la reprimo—. Pero no es todo.
Hay una parte que a Pell no le cabe en la cabeza de tahúr, y es que cruzaba este salón entero, ahora mismo, para decírselo yo misma, antes de que él...
—Qué oportuno. —Se ríe, seco, sin una brizna de alegría—. La cazadora arrepentida. Justo la noche en que la descubren.
—No me han descubierto. Venía a...
—Al salir de la ópera me pidió usted que esperase.
—Un músculo le salta en la mandíbula—. Hasta hoy.
Me lo pidió mirándome a los ojos, con mis manos prisioneras de las suyas, y yo, imbécil de mí, di mi palabra y la cumplí.
Pasé el día de ayer hecho un colegial y anoche, para colmo, me paseé bajo su ventana como un alma en pena.
Lo he cumplido tan bien que casi me matan las ganas de hablar.
¿Para qué quería usted que esperase, lady Merrow?
¿Para cuándo tenía previsto el final? Dígame, por Dios, que quiero entender la jugada.
—Para poder decírselo con la cabeza serena. Para tener un día más de... —La frase se me desmorona sola. Para tener un día más de ti, iba a decir, y no tengo derecho a esa palabra—. Para tener valor.
—Valor. Ya. —Asiente con una parsimonia insoportable—. Es una palabra que usted maneja muy bien. Pero miente usted demasiado bien para que ahora, de repente, la crea. Usted misma me ha enseñado, y con qué esmero, a no creer una sola palabra de esa boca.
Esa boca. Hace dos noches la tenía él pegada a la suya.
Doy un paso y él retrocede otro, medio paso de nada, lo bastante para hacerme entender que acaba de trazar una línea sobre el parqué con la punta del zapato.
Mi mano, que había subido sin permiso hacia el puño de su levita, se queda en el aire a dos dedos de la tela.
Dos dedos de distancia. Es la medida exacta de lo que ya no se puede cruzar.
El calor de su cuerpo me llega por esa rendija, un calor de pan recién sacado del horno, de hombre que huele a cuero, a jabón y a lluvia, y es la clase de dolor que no se cura con ironías.
Retiro la mano. La escondo detrás del abanico.
—Escúcheme una sola vez —le pido, y es la primera vez que le pido algo a un hombre sin ninguna estrategia que lo respalde—.
Una vez. Después puede despreciarme todo lo que quiera.
Sé cómo suena. Sé que lo tengo todo en contra, hasta mi propia fama, que me he labrado a conciencia como se labra una cantería.
Pero no le tendí esa trampa para reírme de usted, milord.
Al principio ni yo misma sabía para qué la tendía.
Ahora lo sé. —Trago saliva—. Fue por rabia y por miedo.
Porque a los diecinueve años me vendieron como se vende una yegua de cría y juré que nadie volvería a decidir por mí.
Lo elegí a usted entre todos los hombres de Londres por una única razón, ¿quiere saberla?
: porque me pareció el más fácil de no llegar a querer nunca.
No hay triunfo en su respuesta. Ni rencor siquiera. Es un cansancio infinito, peor que cualquier desprecio.
—Ya ve qué bien le ha salido el cálculo. —Se arregla el puño del guante, con cuidado—. Reciba mi enhorabuena. Otra vez.
Aquí está, servido en bandeja de plata, el castigo más perfecto que podían darme: que la única vez que digo la verdad desnuda, sin nada que ganar con ella, no me cree nadie.
No me cree porque me he pasado años enseñándole al mundo entero, y ahora a él, que soy incapaz de decirla.
Podría añadir lo de Pell. Está ahí, en la punta de la lengua, con su peso de plomo y toda su explicación: me dio cinco días, me quería de esposa o de caja fuerte, amenazó con arruinar a Posy.
Una sola frase y todo lo que ha parecido calculado pasaría a ser lo que fue: una mujer acorralada que corre a confesarse antes de que la ahorquen.
La dejo en la boca. No porque me falten palabras, sino porque le conozco las orejas al orgullo: la frase «me estaban chantajeando» suena, dicha por quien ya ha sido pillada, exactamente igual que «no fue culpa mía».
Él oiría una excusa, no una explicación.
Ya me ha llamado embustera esta noche con la cortesía de un caballero; no pienso comprar su perdón con una coartada.
O me cree por lo que hice o no me cree. Es la única manera de que, si algún día me cree, valga algo.
Esa decisión es lo más tonto, lo más caro y lo más mío que he hecho nunca.
—Concédame una sola cosa. —Por primera vez algo se le quiebra en la voz, una grieta finísima en el barniz por la que asoma, durante un segundo, el hombre que fue conmigo. Baja el tono hasta un hilo—. Aquella tarde, en su gabinete, con mi levita en el suelo... ¿También formaba parte del plan?
Si le digo que no, no va a creerme. Si me callo, tomará mi silencio por un sí. Hay preguntas que son trampas de las que no se sale ni diciendo la verdad. Aun así se la digo, a sabiendas de que no me servirá de nada, que es la definición más pura de la valentía y también de la derrota.
—No. —Ahora la voz se me rompe a mí, sin permiso—. Aquello fue lo único de estos meses que no calculé. Aquello, milord, fue lo más verdadero que he hecho en años.
Lo veo cerrar los ojos un segundo. Un parpadeo largo, hondo, de los que se dan para no mirar un cuadro. Cuando los abre vuelve a ser el desconocido cortés.
—Ojalá pudiera creerla —dice muy bajo, sin mirarme ya—. Pero no puedo permitirme ese lujo. Me sale demasiado caro y ando escaso de todo.
En ese «ojalá» cabe entero todo lo que hemos perdido esta noche.
—Una cosa más —añade con la mirada fija en un punto a mi derecha, donde baila Posy—. Mi hermana. Ella no tiene culpa de nada y la quiere a usted. Si va a retirarse de su vida, se lo ruego, hágalo despacio. Es muy joven y se encariña.
—No pienso retirarme de nadie.
—Qué generosa.
—No es generosidad. Es... —No encuentro el final de la frase. Creía tenerlo.
Hace una reverencia impecable, de las que se hacen a una desconocida en una presentación de salón, me da la espalda y se aleja.
Lo veo cruzar el mismo parqué que hace semanas cruzamos juntos girando en un vals, esquivar las mismas parejas, recorrer el mismo camino hasta la puerta.
Cada paso suyo que lo aleja me arranca un hilo de la trama de terciopelo que tejí con tanto esmero y tanta soberbia, hasta que no queda de ella nada, ni la trampa ni la cazadora, solo una mujer de treinta años en mitad de un baile, que lo tenía todo previsto en su tablero menos lo único que importaba.
Me quedo plantada con trescientos testigos empolvados alrededor y la obligación sagrada de no desmoronarme delante de ninguno.
Hago lo único que sé hacer de verdad: cierro el abanico, lo abro otra vez despacio, levanto la barbilla un dedo y sonrío como si alguien acabara de susurrarme una galantería sin importancia.
Por dentro me deshago sin ruido. Ni un músculo de esta cara, amaestrada para la guerra, se mueve de sitio.
Por encima del hombro de una marquesa que cuchichea me alcanza una mirada. Alzo los ojos hacia el estrado.
La duquesa de Storr lo ha visto todo. Está sentada en su sillón de terciopelo, las dos manos sobre el puño de plata del bastón, la barbilla apoyada en el dorso de una de ellas.
Lleva cuarenta años de luto y de ojos fijos y sabe, mejor que ninguna mujer de este salón, qué aspecto tiene una escena cuando acaba de partirse en dos.
No se levanta. No hace una seña. No mueve el bastón ni una pulgada, que es el único gesto que habría puesto a todo Londres en marcha.
Me mira como se mira un tablero cuando se descubre una jugada inesperada: sin piedad, sin condena, aguardando a ver cómo la remato.
Es lo más terrible que me ha hecho nadie en la vida: no rescatarme.
—Querida. —Bee se materializa a mi lado, me toma del brazo con firmeza de sargento y se me pega al costado—.
Qué casualidad. Justo iba a quejarme de este calor.
Tengo las horquillas hechas una desgracia y el turbante de lady Bascombe me está dando jaqueca solo de mirarla.
Vámonos a tomar el aire antes de que me dé algo.
Habla sin pausa de naderías, de quién baila con quién, de las plumas de la marquesa, de las ostras del bufé, cubriéndome la retirada con su cháchara igual que un buen soldado cubre a otro que sangra, y yo me dejo llevar, muda y agradecida, sostenida en pie solo porque su mano me sostiene por debajo del codo.
Hay una sola forma de amor que no me ha fallado nunca y no es la que acabo de perder en este salón: es la que me saca ahora de él sin hacer preguntas.
Cruzamos el vestíbulo. Las puertas, los criados con las capas.
Fuera, la noche huele a lluvia y a caballos.
Bajamos los dos primeros peldaños de la escalinata de la entrada con el pulso desbocado en las muñecas y entonces lo veo, apoyado en la barandilla, el sello de oro brillando en el meñique, con una copa de vino que ha llevado consigo como quien lleva un trofeo.
— Lady Merrow. —Pell se inclina con un respeto de teatro—. Mi más sincera admiración. Cruzar un salón entero para confesarse. Una dama de arrojo, no cabe duda, y de muy mal gusto en cuanto a la puntualidad.
Bee tira de mi brazo. No me muevo.
—No le pido respuesta esta noche —continúa él—.
Sería indecoroso cobrarle a una dama en mitad de su naufragio.
Le doy una semana para que Londres le enseñe cuánto pesa un nombre cuando todos le cierran la puerta.
Para ser exactos, el jueves próximo. A mediodía, si no le incomoda.
Volveré a por su respuesta y confío, con el cariño que le profeso, en que habrá aprendido para entonces cuán cómodo resulta un apellido viejo y descolorido.
No le contesto. Mi respuesta, cuando se la dé, se la daré en su propio idioma.
Bajo los peldaños que me quedan con la espalda recta y sin apresurar el paso, como quien tiene una cita en otra parte, y subo al carruaje apoyándome en la mano de un criado que ni mira.
Solo cuando la puerta se cierra detrás de nosotras y el cuero oscuro nos traga, desanudo el abanico negro de la muñeca y lo dejo en mi regazo.
Me tiembla la mano.
Delante de Bee, de la calle entera, de quien quiera mirarme por la ventanilla. Por primera vez en mi vida, no la escondo.