XXIII
Hart
Mi hermana baila una contradanza con un coadjutor sin parroquia en el salón de la duquesa viuda de Storr y lleva puesta una seda del color del vino de Borgoña.
Ni el salón ni la seda son míos. El vestido le cae desde los hombros como si la tela hubiera esperado diecisiete años a que Posy la estrenase, con un fajín de un tono más oscuro que le marca una cintura que yo, hasta esta noche, seguía creyendo de niña.
Cada vez que gira, la falda se abre como una flor de las que ella dice que no se dan en nuestra casa.
Sé de dónde ha salido ese vestido. Lo que no sé todavía es cómo se paga, y lo cierto es que esta noche me importa un pimiento.
Halliwell la lleva de la mano con la cara de un hombre que ha subido una montaña descalzo y ve por fin el valle.
Ha reaparecido en cuanto la vio, de compras en Bond Street, del brazo de la viuda de Merrow, como un perro que oye silbar a su amo después de una semana de orgullo.
Tropieza con sus propios pies una vez cada tres figuras.
Posy se ríe a carcajadas y le corrige el paso sin dejar de sonreír.
Se me hincha algo en el pecho. Lo dejo estar un rato, que en la mía hace falta alimentar de vez en cuando a la ilusión.
Yo, mientras tanto, busco.
Recorro con la mirada la sala de baile entera, que es un lujo de espejos, arañas y flores cortadas, porque la duquesa de Storr no es mujer que dé una fiesta para ser comparada: la da para que nadie ose compararse.
Paso por encima de plumas, diamantes y cuellos almidonados hasta dar con el estrado del fondo, donde la duquesa, instalada como un buitre de seda negra en su sillón con el bastón de ébano entre las rodillas, vigila la contradanza con cara de catadora a la que han servido vinagre.
Me ve. Inclina la cabeza un grado, sin sonreír.
Se lo devuelvo. Es una tregua de siglos entre dos personas que no se han dirigido la palabra.
A Sabine todavía no la veo. La esperaba de gris, de plata, de esa niebla elegante que se pone para que nadie sospeche que debajo arden leños. La espero con el estómago hecho un nudo y el corazón en un puño.
Esta noche se lo cuento todo.
Lo he jurado mil veces durante el camino, con el sombrero entre las rodillas y Posy tarareando a mi lado en el carruaje alquilado.
La apuesta de White’s, el pagaré que me aprieta el cuello, la primera vez que entré en su salón con una sonrisa falsa y el modo exacto en que dejó de ser falsa.
No pienso omitir ni una coma. Después, si me deja, le diré lo otro.
Lo que anteayer, en un palco del King’s Theatre, con la boca de ella pegada a la mía detrás de una cortina de terciopelo, estuve a punto de decirle de nuevo y me mordí la lengua a tiempo.
«Pasado mañana te cuento algo», me pidió con la voz ronca en el carruaje de vuelta, con mis manos apretadas contra su pecho.
«Y después tú me cuentas lo que quieras».
Dos confesiones en una noche. Un hombre que ha pasado la vida eludiendo cuentas encuentra una cita con la suya y no ve la hora de que dé el reloj.
Tenía los labios hinchados, aquella noche.
Se los toqué con el pulgar. No dijo nada, cerró los ojos y dejó que le recorriera la boca como si leyera en ella una lengua que ya sabía de memoria.
Todavía noto el hormigueo en el pulgar. Llevo dos días conservándolo como un avaro conserva una moneda.
Anoche, como un colegial, me paseé bajo su ventana con el sombrero en la mano.
La vi detrás del cristal, con la palma abierta contra el vidrio, y no me atreví a cruzar la calle. Había prometido esperar.
—Vaughan.
Una mano se me posa en el hombro. Sé de quién es antes de volverme: en este condenado reino solo existe un hombre que toca a otro como si lo hubiera comprado a plazos.
—Qué puntualidad, amigo. —Pell luce un traje de color gris perla, el sello de oro en el meñique y un brillo nuevo en la mirada, el del gato que por fin ha puesto la zarpa sobre el canario.
Huele a clavo y a vino—. Concédeme un minuto, anda, antes de que sigas soñando despierto entre tanta debutante.
Vas a agradecérmelo. O no. Pero yo, desde luego, voy a disfrutarlo como hacía mucho que no disfrutaba de nada.
—Si es sobre mi hermana...
—Es sobre ti. Es un asunto de ahorro: te va a evitar muchas tardes. —Me guía por el codo hacia una puerta lateral—. Ven.
Debí sospechar en ese momento. Un hombre como Pell no regala minutos por amistad, pero esta noche no tengo la cabeza para aritmética.
Lo sigo hasta un saloncito minúsculo y mal ventilado, con una chimenea apagada, dos sillones de damasco y un cuadro de un antepasado de la duquesa con cara de haber perdido una apuesta.
La música se filtra por la puerta como el ruido del mar tras una pared.
Pell echa el pestillo con una parsimonia que no augura nada bueno y se apoya en la madera con los brazos cruzados.
—Voy a contarte un cuento, Vaughan. Escúchalo entero antes de intentar romperme la cara, que sé que es lo que te va a pedir el cuerpo cuando llegue al final.
—Tienes dos minutos.
—Me sobran uno y medio. —Sonríe—. Érase una vez una viuda muy lista que se aburría de muerte.
A principios de marzo, en el reservado de White’s, con ocho testigos y una copa en la mano, Edmund Ashcombe soltó como quien habla del tiempo que lady Merrow estaba cansada de los tontos y que solo había mirado dos veces a un hombre en dos temporadas.
Un hombre. El conde de Vaughan. —Hace una pausa de actor—.
¿Quién es Ashcombe, preguntarás? El hermano de la señora Calloway, que a su vez es el perro guardián de la viuda.
Bee, la llaman. Hace años que no se separan.
Algo se me afloja en las rodillas. Conozco a Ashcombe: un buen chico que presentó a la viuda en un baile de lady Ellsby al hombre que ahora se halla plantado en este saloncito como un pasmarote.
Lo conozco y me cae bien. La presentación formal de aquella noche, tan impecable, tan natural, la hizo él.
Con la mejor de las intenciones. O con la peor.
—¿Y qué?
—Que yo llevo el libro con Ashcombe, ¿no lo sabías?
El sábado siguiente recogí aquella frase del suelo, vi el nombre y vi la ocasión.
Subí la bolsa a cuatro mil libras, que es una cifra que da vértigo y se te quedó grabada.
Metí una cláusula nominal con tu apellido, porque la frase de Ashcombe ya traía el nombre puesto.
—Se mira el sello—. Después te la ofrecí.
A ti, que no podías decir que no. ¿Quién sembró la apuesta que aceptaste hace un mes, Vaughan?
No fui yo. Yo puse la voz y el papel. El cebo y el anzuelo los puso ella, hasta el último detalle.
Se me seca la boca. La sangre me baja de la cara hasta los pies y se queda allí, sin ánimo de volver.
—Mientes.
—Encima se te nota. —Ladea la cabeza como un ave de presa—.
Pregúntate una sola cosa y respóndetela con la honestidad que no has tenido en toda tu vida.
Aquel primer encuentro en casa de lady Ellsby, el que lo empezó todo, ¿lo buscaste tú o apareció ella frente a ti como llovida del cielo?
Cada vez que creíste ganar una casilla en este tablero, ¿no era, qué casualidad, justo aquella a la que ella quería que avanzaras?
Hasta me atrevo a adivinar la de hoy. Dime que no te ha pedido que esperaras hasta esta noche para hablar de nada serio.
No contesto. El silencio es una confesión, como saben todos los jugadores.
—Claro que te lo ha pedido. —Pell asiente satisfecho—.
Esta noche, en el baile de la duquesa de Storr, ante todo Londres, con el brazo apoyado en el tuyo y tu nombre en todas las bocas.
Es el escenario ideal para llevarte al borde del altar, o al borde de la declaración, o al borde de lo que fuera, y dejarte allí.
Un hombre que cree que va a ser querido y que descubre que va a ser exhibido.
Humillación simétrica. Tú la cazabas por dinero y ella a ti por deporte.
Hacéis una pareja perfecta, la verdad. Qué lástima que uno de los dos no sepa que el otro juega.
Ahí, en un saloncito prestado, con la música del baile colándose por debajo de la puerta como una burla de cuadrilla, se me desmorona la vida entera de estos meses.
Cada recuerdo que guardaba como un tesoro se me vuelve moneda de hojalata entre los dedos.
El temblor de su mano bajo las varillas del abanico en Ellsby, ¿real o puro cebo?
La mano que me subió a la cintura en el vals de Almack’s.
La risa de Rotten Row. Aquel segundo de cabeza inclinada en el invernadero.
La tarde en su gabinete, con mi levita en el suelo y su pelo suelto sobre mi pecho, que me arrancó un «Te...
» que me mordí por no mancharle el instante con mis propias mentiras.
Menos mal, pienso con una risa que me ahoga.
Menos mal que me mordí la palabra. Habría sido la única frase sincera de toda la tarde, dicha en un cuarto lleno de fingimientos.
Desnudé el alma delante de mi enemiga, tomándola por aliada. Se la ofrecí con las manos abiertas y con las lágrimas de gratitud en los ojos.
—Es posible que hayas entendido mal —digo. La voz me sale ronca, de otra persona—. Que Ashcombe hablara no prueba que ella...
—Sir Hugh Danforth estaba en la mesa de al lado aquella noche y se atragantó con el brandy, ¿sabes?
Anda, pregúntale. Los hombres como él dicen la verdad cuando se les paga con una copa.
—Se aparta de la puerta por fin, con los hombros de quien se ha quitado un peso de encima—.
También puedes preguntárselo a ella. Hazme un favor y fíjate si es capaz de negártelo a la cara.
Yo apuesto lo que quieras a que ni lo intentará.
Esa mujer jamás miente cuando la mentira ya no le sirve de nada.
—¿Por qué me lo cuentas?
Se encoge de hombros con una naturalidad escalofriante.
—Porque me aburre ver a un hombre inteligente tropezar dos veces con la misma piedra.
Porque estaba harto de imaginarte vestido de novio —sonríe—.
Cada cual tiene sus pequeños placeres. No te preocupes por ella.
Una dama a la que su amante abandona en público necesita un apellido, y siempre hay caballeros dispuestos a ofrecer uno viejo, descolorido y un poco usado.
No será la primera viuda que se consuela con un título de segunda mano. Anda, ve. Te está esperando.
No lo oigo bien. Sé que lo ha dicho, lo guardo como se guarda una piedra en el bolsillo sin saber aún para qué sirve, pero lo que más me hiere, lo que me dobla en dos como un puñetazo bajo el esternón, no es la burla ni el cálculo ajeno.
Es el sabor limpio y terrible de lo que encaja.
Un embustero deja costuras. Esto está cosido demasiado bien.
En mi mesa de juego jamás he fallado un farol a diez pasos, y desde aquí lo huelo sin hacer esfuerzo: por una vez en su vida Pell no miente.
Dice la verdad porque sabe que, puesta en las manos adecuadas y en el momento justo, destruye mucho más que la mejor de las mentiras.
Descorro el pestillo y abro la puerta. El ruido de la fiesta me cae encima en una ola: violines, risas, tacones, un centenar de abanicos agitando el aire como alas de polilla.
Salgo al salón con una calma espantosa, la de un hombre al que ya le han dicho el final de la novela y solo aspira a que le lean en voz alta la última página con la única voz que importa.
La encuentro al otro extremo del salón.
Acaba de apartarse de una columna. Va de verde tan oscuro que parece negro hasta que lo toca la luz, con las perlas grises de su madre y el abanico negro anudado a la muñeca.
Descubro con un vuelco amargo en el estómago que ella también me busca a mí.
Viene hacia aquí a través de las parejas, sorteando bandejas, plumas y diplomáticos, con una determinación extraña y grave en la cara, como si cargara con algo urgente que decirme y se le acabara el tiempo.
Tiene los ojos grises muy abiertos. Tiene la barbilla alta.
La misma barbilla que besé en un palco, detrás de una cortina.
Camino hacia ella con el corazón partido en dos pedazos que no volverán a encajar.
Se me ocurre que podría ahorrarme esto. Torcer a la derecha, tomar la puerta, irme a casa, conservar la ilusión un día más.
Es una de esas tentaciones con las que se convive toda la vida y de las que uno nunca se arrepiente a tiempo.
Pero soy un Vaughan. Siempre llegamos tarde a todo, y esta noche pienso llegar al menos a la verdad.
En el puño derecho, sin darme cuenta, llevo apretado el guante.
Lo he arrugado hasta dejarlo hecho un trapo.
Lo desdoblo con cuidado de relojero mientras avanzo y me lo calzo despacio, dedo a dedo, sobre una mano que hasta este momento llevaba desnuda para tocar la suya.
Es la primera vez en semanas que dos dedos de cabritilla me parecen una frontera necesaria.