La trampa de terciopelo XXII
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XXII

Sabine

La tapa del baúl pesa más de lo que recordaba.

La sostengo con las dos manos, abierta como la boca de una ballena, y paso revista a lo que cabe dentro con la atención de un general que inspecciona unas tropas que no piensa llevarse a ninguna parte: tres vestidos de viaje, el estuche de las perlas grises, un neceser, la pistolita de nácar que Merrow me regaló en lugar de una conversación y la sensatez entera de una mujer que sabe huir.

Son las cuatro de la madrugada del jueves.

A estas horas, créeme, hasta la idea más descabellada tiene un aire de lógica irreprochable.

Tengo hecho el cálculo. Un coche de posta hasta Dover sin más paradas que las de cambiar caballos, el paquebote del viernes con la marea de la mañana, una casa de huéspedes en Calais cuya dueña me debe un favor desde hace años y no gasta preguntas.

Sé qué cochero se calla por cuánto. Sé cuánto dinero puede cambiar de banco sin que lo huela el primer sabueso con sombrero de copa.

Lo único que no sé calcular es el peso de lo que dejaría tirado en el suelo de esta casa.

Anoche, en un palco del King’s Theatre, detrás de una cortina de terciopelo carmesí —el terciopelo, siempre el maldito terciopelo—, un hombre me besó mientras una soprano se rendía en italiano.

Besaba con la boca y con la mano abierta en mi nuca, y yo, que llevo meses midiendo cuánto doy, lo di todo y no medí nada.

Todavía tengo el aria clavada en los labios.

En el intermedio, Pell se coló en el palco con la excusa de saludar y habló del baile de Su Gracia como de un acontecimiento «que cambia la vida de las personas».

Lo dijo mirándome a mí. Después, en el carruaje de vuelta, con Bee ya camino de casa en el coche de los Aldous, le tomé las manos a Hart, se las apreté contra mi pecho y le pedí que esperase.

—Que no me cuentes nada todavía. Pasado mañana, en el baile de Storr, te cuento yo algo. Después tú me cuentas lo que quieras.

Dijo que sí. Dijo que sí como quien firma sin leer un documento que le va a costar la hacienda, con una sonrisa torcida que no era la moneda falsa de los salones, sino la otra, la que no sabe que tiene.

Le pedí dos días como se le pide una prórroga a un verdugo.

El verdugo me ha concedido los dos días, y encima con un beso en la sien.

—Si vas a robar la cubertería, llévate la de los primos de Merrow, que esa siempre me cayó mal.

Bee se apoya en el marco de la puerta con un chal sobre el camisón, una vela en una mano y el pelo recogido en una trenza de colegiala que no le he visto en once años.

Tiene la cara arrugada de sueño y los ojos despiertísimos.

Ha visto el baúl, el neceser, la pistola.

Ha hecho la suma antes de cruzar el umbral.

—Calculo —contesto sin soltar la tapa.

—Calculas con una pistola al lado, que es peor.

—Deja la vela sobre la cómoda y se sienta en el borde de mi cama con el crujido de quien se ha sentado ahí mil noches—.

Once años llevo vigilándote el sueño, querida, y jamás te he visto hacer un equipaje.

Ni cuando enterraste a Merrow, que motivos no te faltaban.

—Entonces no te hacía falta preguntar.

—Pregunto igual. Es lo que hacemos las amigas cuando nos despiertan los portazos. —La tapa ha caído sola de mis manos con un estruendo que le ha dado la razón—. ¿Adónde?

—Dover. Calais. Después ya veremos, adonde el camino se acabe.

Se lo cuento todo en tres frases porque no tengo resuello para más: el ultimátum de Pell, el plazo que vence mañana por la noche con los violines de la duquesa viuda de Storr de fondo, el palco, el beso, la prórroga.

Bee escucha con las manos entrelazadas sobre las rodillas.

No me interrumpe. No suelta una sola de sus pullas.

Esa es la señal más seria de que la cosa va mal.

—Cuarenta horas —resumo al final—. Un baúl y una mala idea.

—Una mala idea con su lógica. —Asiente despacio—.

Yo la tuve una vez, ¿sabes? A los dos meses de enterrar a Calloway me subí a un coche camino de Brighton con la cabeza llena de brisa marina y ningún destino.

Aguanté hasta la primera posada. Me bajé a cenar y descubrí que aquello de lo que huía se había sentado a mi mesa y se había pedido el mismo guiso.

—No es lo mismo.

—Nunca es lo mismo. Todas somos únicas cuando nos da por salir corriendo. —Sacude el pie dentro de la zapatilla—. Dime una sola cosa, y si me mientes se lo cuento a la duquesa. ¿Qué piensas decirle a Hart?

—Todo.

—Todo es mucho.

—Todo lo mío. —Me siento en el taburete del tocador, frente a ella, con los codos en las rodillas, como una niña en la sala de castigo—. La apuesta. Edmund. Marzo. La bolsa que engordé yo sola desde detrás de una columna. Lo que pretendía conseguir con él y el modo exacto en que me fui al garete.

—Lo tuyo. —Bee deja caer la palabra con un peso nuevo—. ¿Y lo de Pell?

—Lo de Pell, no.

—Sabine.

—No.

—Es justo la mitad que te absuelve. —Se inclina hacia mí y baja la voz, que es lo que hace cuando quiere gritar—.

Dile que te tienen cogida por el cuello.

Dile que cada paso de esta semana lo has dado con un cuchillo en la espalda.

Que el único día que has decidido ser valiente, el miedo ya estaba sentado en tu sillón.

—Por eso mismo no se lo digo. —Me froto los ojos con el dorso de la mano—.

Piénsalo. Si le suelto «te tendí una trampa y, además, me estaban chantajeando», ¿cuál de las dos frases va a oír?

La segunda. Oirá una excusa. Lo que yo hice no necesita excusa, necesita nombre.

Quiero que me juzgue por lo que hice, no por lo que me obligaron a hacer.

Si me perdona, que me perdone a mí. No a una pobre mujer acorralada que da pena.

—Tú no das pena. Da pena el orgullo, que te sostiene la casa como una viga maestra hasta el día que llueve.

—Llueve hace semanas, Bee.

Se queda mirándome. Después alarga la mano y me recoge un mechón detrás de la oreja, un gesto de madre que ninguna de las dos habrá tenido nunca como es debido. Suspira.

—Hay algo peor que tu orgullo, y es tu confianza en la palabra de ese reptil. Pell te dio hasta el viernes. Si yo fuese Pell y oliese que la presa está a punto de contarlo todo por su cuenta, no esperaría al viernes.

—Pell es un jugador. Los jugadores respetan los plazos, que es lo único en lo que creen.

—Los jugadores respetan los plazos de los demás. Los propios los acomodan.

No le contesto. Pensar en Pell me produce una náusea fina, de las que se aguantan con la espalda recta.

Miro el baúl cerrado. A mi pesar me viene a la cabeza otra imagen, mucho más tonta y más cierta que las cuentas de Dover: una levita oscura tirada en la alfombra del gabinete, una mano de hombre con callos de espadachín apartándome el pelo de la frente, un pecho que sube y baja bajo mi mejilla.

No existe un paquebote en el mundo capaz de dejar eso al otro lado del mar.

Me lo llevaría conmigo cosido a las costillas, igual que me traje el baile de máscaras.

—No me voy —digo.

—Lo sé. —Bee coge la vela—. Hace un cuarto de hora que lo sabes. Estabas esperando que yo te dijese que sí podías, para tener un motivo para decir que no.

—Eres insoportable.

—Soy tu amiga, que viene a ser lo mismo con mejor prensa. —Desde la puerta se vuelve—. Ábrelo y vacíalo. Duerme dos horas, aunque sea con los ojos abiertos.

Obedezco la mitad. Vacío el baúl pieza a pieza, sin prisa, devolviendo cada vestido a su percha como quien restituye pertenencias a un difunto, y dejo la pistola para el final por no saber dónde meterla.

La coloco en el cajón de la mesilla, junto a las horquillas.

Duerme un arma a mi lado, lo cual me tranquiliza menos de lo que debería.

La mañana trae un cielo blanco, un desayuno que no pruebo y a Edmund Ashcombe.

Fossett lo anuncia a las once con la solemnidad de quien presenta a un deudor.

El hermano de Bee entra dando vueltas al sombrero entre los dedos y con la cara de un spaniel al que han pillado sobre la colcha.

Tiene el pelo rubio revuelto, la corbata atada por un hombre con prisa y la mala costumbre de ser, en el fondo, el caballero más decente de White’s.

—Sabine. —Ni se sienta—. Tengo que decirte una cosa y vas a querer tirarme algo.

—Dímela y decido después qué tiro.

—Ayer, en el club, Pell me arrinconó junto a la chimenea.

—Traga saliva—. Muy amable. Con la copa en la mano.

Me preguntó, así, como quien pregunta la hora, si me acordaba de lo que dije a principios de marzo sobre cierta dama y cierto conde.

Le contesté que había bebido de más esa noche.

Me dijo: «Ashcombe, usted no bebe nunca cuando miente».

Sabine, te lo juro, mi bocaza lo ha estropeado todo.

—No ha estropeado nada tu bocaza. —Lo hago sentarse a la fuerza empujándole el codo hacia el sillón—. Soltaste una frase, Edmund. Una. Yo fui quien eligió dónde quería que cayese. Si hay un culpable de esta historia, lo tienes sentado ante ti con un abanico negro.

—Cuando me pediste aquello, creí que era una broma. Una de las tuyas.

—Todas las mías son en serio. —Le sirvo un té que no se bebe—. Escucha. Si Pell te vuelve a preguntar, dile la verdad: que lo dijiste porque yo te lo pedí.

—¿Que le diga...? Por el amor de Dios, ¿para qué?

—Porque mañana por la noche lo sabrá el que debe saberlo y quiero que lo sepa por mí, no por él ni por ti. —Me inclino—. Si a ti te cuesta una pelea con alguien, prefiero que la tengas con tus pies en el suelo.

—Una pelea —repite con un hilo de voz y la nuez en movimiento—. ¿Con Vaughan?

—Con quien se tercie.

—Maravilloso. —Suspira, se pasa la mano por la cara y consigue una media sonrisa que es lo mejor que le sale a un Ashcombe en apuros—.

Si me pide un duelo, acudiré. Pero avísame con tiempo, que tengo que arreglar el testamento.

No tengo a quién dejarle nada, salvo el reloj, así que será un trámite breve.

—Te lo prometo.

—Una cosa más, Sabine... —Se levanta y se detiene en el umbral con el sombrero aplastado contra el pecho—.

Es buen tipo. Lo digo en serio. No de los que uno querría para hermana, sino de los que uno querría para amigo, que es más difícil de encontrar.

Pásalo bien cuando se lo cuentes. Quiero decir...

no. Que no lo pases bien. Que salga como tenga que salir.

Se va aliviado de haberlo dicho y angustiado de cómo.

Me quedo sola con el té frío, la ventana blanca y la certeza de que cada minuto de este jueves va a pesar como un yunque.

Pell no sabe lo que sé yo, pero sabe lo suficiente para pasear las preguntas por el club con la mano en el bolsillo.

Un hombre así no pregunta por curiosidad. Pregunta para colocar las piezas.

Me paso la tarde fingiendo vivir. Despacho al cocinero.

Reviso un contrato de arrendamiento con el administrador de las lanas del norte, que me habla de ovejas con una pasión conmovedora y sin que yo retenga una cifra.

Me pruebo el vestido de mañana, un verde botella tan oscuro que parece negro hasta que le da la luz, y la doncella me abrocha los corchetes sin atreverse a comentar que me quedan holgados.

Me veo en el espejo alto del vestidor y la mujer que me devuelve la mirada es la misma de siempre, la que lleva el mentón como una bandera.

Solo que ahora lo sostiene con los dientes.

Pienso en sus manos. Es un pensamiento ridículo, una debilidad de colegiala, y lo hago con el pulso en la garganta: las puntas de los dedos con que me rozó anoche la muñeca, desnuda porque yo misma me había quitado el guante, en la penumbra del palco, y el modo de sostenérmela como quien sostiene algo que puede romperse.

Un hombre que sabe pedir permiso con los ojos es más peligroso que cien canallas.

A mí me ha desarmado más con esa cortesía muda que con todo lo demás.

Quiero que me toque. Quiero, con tanta urgencia como miedo, que mañana, dentro de un salón, delante de trescientas personas, me pregunte si me falta el aire.

Sé de sobra que no habrá preguntas. Habrá una cara de piedra y una reverencia.

Cae la noche. Despido a la doncella. Dejo la vela encendida y me asomo a la ventana del gabinete, que da a la calle, para ver cómo se va la luz del día sobre los tejados mojados de Mayfair. La lluvia ha parado y el empedrado devuelve el reflejo de los faroles recién encendidos.

Hay un hombre en la acera de enfrente.

No lo reconozco por la cara, que apenas veo, sino por el andar: el paso largo de quien no quiere llegar: se da la vuelta en un extremo del recorrido, vuelve sobre sus pasos, otra vez hacia delante.

Tres idas y tres venidas. A la cuarta, el hombre se detiene bajo un farol y levanta la cabeza hacia mi ventana.

Tiene el sombrero en la mano. La luz le cae sobre el pelo oscuro peinado hacia atrás y sobre una levita remendada que conozco como conozco las líneas de mi propia mano.

No me muevo. Detrás del cristal, con la vela a mi espalda, sé que soy una silueta a contraluz y que él sabe exactamente quién soy.

Un caballero que ha prometido esperar y no puede.

Nos miramos de acera a acera, sin una palabra, sin una seña.

Mi mano sube sola hasta el cristal y se queda allí, plana, abierta, donde mañana mismo dejaré de tener derecho a ponerla.

Él inclina la cabeza. Lentamente. Con un gesto de reverencia que es mitad saludo y mitad despedida, aunque él todavía no sepa cuál de las dos.

Después se pone el sombrero, se da la vuelta y se pierde calle abajo con el paso de un hombre que ha prometido esperar y ha cumplido por los pelos.

Retiro la mano del cristal. Queda en la superficie la huella borrosa de mi mano, que se va evaporando despacio. Mañana, milord. Mañana sin falta, delante de la duquesa de Storr, de trescientos testigos y de Pell. Solo me falta rezar para que nada ni nadie llegue antes que yo.