La trampa de terciopelo XXI #2
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XXI #2

Mi mano libre sube hasta la cortina que nos separa del palco de Pell. No me lo pienso. La corre hacia ella y la sombra del carmesí nos cubre como un telón.

—Hart —susurra, con un hilo de voz y un tono de aviso que tiene menos fuerza que un suspiro.

—Dímelo ahora, si quieres que pare.

No lo dice.

Mi boca encuentra la suya en la oscuridad, y esta vez no es como las otras.

No es el hurto del invernadero, ni la risa tras la máscara, ni la entrega dorada del domingo, ni la urgencia de la despensa.

Es un beso largo, hondo, sin prisa y sin descanso, el más ardiente que le he dado a nadie.

Su mano libre se aferra a mi nuca y me atrae hacia sí con una fuerza que me hace gemir; mi mano se pierde en su pelo, deshace una horquilla, le acaricia el cuello.

Todo su cuerpo se inclina hacia mí, su pecho contra el mío, las perlas de su madre clavándose entre los dos.

Cuando mis labios descienden por su garganta, hasta el hueco que late justo debajo de la oreja, la oigo respirar a sacudidas, con un temblor que le sube por la espalda y me llega en las yemas.

Su pierna se aprieta contra la mía bajo la seda.

Me muerde el labio inferior con una suavidad que es una amenaza.

Me olvido de Pell, del pagaré, de Cheapside, de la verdad.

Me olvido de que estamos en un teatro, de que hay quinientas personas a nuestro alrededor, de que ni siquiera sé qué va a pasar mañana.

Sobre nosotros cae, como una lluvia fina, la voz de Zerlina cediendo con un «sì» tembloroso, y el mundo se reduce a un hueco de terciopelo en el que ella sabe a vino, a miedo y a deseo, y yo ya no cuento ni los segundos.

Cuando por fin nos separamos, jadeantes, nuestras frentes se tocan. Sabine tiene los labios hinchados, el pelo suelto sobre un hombro y los ojos más grises que he visto jamás.

—Eso —murmura— no estaba en la partitura.

—Mozart no tenía imaginación.

Su risa es un temblor suave. Se retoca un mechón. Pero cuando levanto los ojos para volver al escenario, mi mirada se desvía por inercia hacia el palco contiguo y se me hiela el pecho.

La cortina que separa nuestro palco del de Pell, la misma que corrí yo, está ahora apartada la anchura de una mano.

Entre los pliegues hay un rostro. No se mueve.

No sonríe. Solo mira, con la fijeza de quien contempla un asunto bien encaminado, y cuando advierte que lo he descubierto, levanta una copa a modo de brindis y deja caer la cortina.

—¿Qué ocurre? —Sabine ha seguido mi mirada y se pone rígida de golpe—. Nos ha visto.

—Que nos vea. —Me sale una voz que no reconozco—. Que se atragante.

—Hart...

—No me importa.

—A mí sí.

El resto del primer acto no existe. Existe una mano en la mía bajo la sombra de un abanico y un nudo de plomo en el estómago. Cuando la ópera llega al intermedio, Bee reaparece con una bandeja de limonadas y una sonrisa de oreja a oreja que se apaga al instante al ver nuestras caras.

—¿Qué ha pasado?

—Nada —dice Sabine.

La cortina del palco se abre antes de que nadie diga otra palabra.

— Lady Merrow. Vaughan. Señora Calloway. —Pell se inclina con una gracia que me da ganas de lavarme—. Qué cuadro tan hermoso. Siempre digo que lo mejor de un palco es la perspectiva. Se ven tantas cosas desde el contiguo...

—Salga de aquí —le digo.

—Pero si he venido a saludar. —Abre los brazos con una sonrisa de inocencia que no le conocía—. Hay que ser educado con los vecinos. Lady Merrow, me ha parecido que sufría usted algo de calor.

—He sufrido un acceso de música —replica ella. La voz no le tiembla. Tiene la cara pálida y los ojos como dos punzones.

—Mozart tiene esa virtud. —Pell inclina la cabeza—. Les deseo un final de velada tranquilo. Faltan dos días para el baile de Su Gracia, ¿no? Todos esperamos ese baile con impaciencia, ¿verdad, milady ? Es de esos acontecimientos que cambian la vida de las personas.

Hay algo en la cadencia de esa frase que me eriza el vello. Sabine no responde. El abanico, en su regazo, ha dejado de moverse.

—Buenas noches —añade, y se retira con una última mirada a mi cuello, a la marca que ya sé que me ha dejado una boca.

Bee suelta el aliento.

—Qué hombre tan desagradable. ¿Alguien quiere limonada?

Nadie quiere. La bebemos igual.

Al terminar la ópera, la multitud nos arrastra hacia el vestíbulo en una marea de seda, perfumes y gemelos de nácar.

Bee, con un tacto exquisito, anuncia que se vuelve a casa con los Aldous, que tienen sitio y una hija casadera a la que quiere estudiar de cerca, y desaparece entre los abrigos antes de que podamos protestar.

Bajo el pórtico, mientras un lacayo de los Merrow va a buscar el carruaje, Sabine me toma las manos con las suyas, enguantadas de nuevo, y las aprieta contra su pecho.

—Hart. Escúchame.

—Dime.

—Anoche dijiste que hoy me lo contarías todo. —Respira hondo—. Pues te pido que no lo hagas. Todavía no.

—¿Todavía no?

—Que no me cuentes nada todavía. Pasado mañana, en el baile de Storr, te cuento yo algo. Después tú me cuentas lo que quieras. Lo que sea. No te interrumpiré ni te juzgaré. Te lo juro.

La miro. Veo en su cara el pánico de la mujer que ha estado a punto de ahogarse dos veces y sigue nadando, y siento la tentación feroz de soltarle ahora mismo toda mi culpa, hasta las migajas, y que ella decida.

Pero me ha pedido tiempo, y llevo semanas aprendiendo lo que cuesta negarle algo a esta mujer.

—De acuerdo —digo.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo. —Se me encoge el estómago como si me hubieran encajado un puñetazo—. Pasado mañana, tú. Después, yo.

Me besa la sien con una ternura que me desarma, y yo le beso el pelo, y así, apretados, subimos al carruaje de los Merrow.

Un lacayo cierra la portezuela, las ruedas arrancan sobre el empedrado y vamos en silencio hasta que el carruaje se detiene un instante en un cruce. Aparto la cortina para respirar.

Al otro lado de la calle, bajo un farol de gas, dos hombres hablan junto a un coche cerrado.

Uno es alto, delgado, con el sombrero ladeado y un sello de oro en el meñique.

El otro es bajo, pálido, con un chaleco raído y los dedos manchados de tinta hasta la primera falange.

Pell sostiene un sobre pequeño y abultado y se lo tiende a Crabbe sin dejar de sonreír.

Crabbe mira a ambos lados. Lo guarda dentro de la casaca.

Después levanta la vista, sin una sola de esas sonrisas de dientes que me ha dedicado cada vez que me ha prestado dinero, y me ve.

Pell se vuelve, sigue su mirada y me encuentra detrás del cristal. Alza el sombrero con una cortesía infinita.

El carruaje arranca. Sabine, con la mejilla contra mi hombro, no ha visto nada.

Algo se cuece, y la olla, por lo que parece, es mía.