XXI
Hart
Es la primera vez en mi vida que un conde acompaña a una dama a su propio palco.
Me lo repito mientras pago al cochero de alquiler con las tres últimas monedas que me quedan hasta fin de mes, y el hombre, que ha visto muchas desgracias, las cuenta dos veces y me desea buena noche con una pena que me ofende.
—Es mi palco —me recuerda Sabine desde lo alto de la escalinata del teatro, con los ojos brillándole bajo la luz de las lámparas—. Mis entradas, mi carruaje esperando a veinte pasos. Podría haberlo traído yo.
—Tenía que traerla yo. —Le ofrezco el brazo y ella lo toma—. Es una cuestión de principios.
—¿Sus principios consisten en llegar en un coche de alquiler que huele a pescado?
—Mis principios consisten en llegar con las manos limpias de deuda. Aunque sea por cinco minutos.
Hace un ruido que quiere pasar por tos y es una carcajada.
Está deslumbrante y no me ha avisado: un vestido de seda azul medianoche con el escote justo para provocar a doscientos hombres con gemelos de ópera y ni un solo adorno salvo las perlas grises de su madre, que le reposan sobre la clavícula como una promesa.
Se me cruza por la cabeza el recuerdo de esa misma clavícula bajo mi boca, y tengo que mirar al techo del vestíbulo para recordar cómo se respira.
El King’s Theatre es una colmena dorada, un mar de abanicos, un incendio de joyas.
Dan Don Giovanni , que llevan dos meses aclamando en Londres como si fuera una novedad, y a mi paso por el vestíbulo, del brazo de la viuda de Merrow, se cruza un aleteo de abanicos que me hace sentir un bailarín de circo.
Alguien susurra mi apellido. Alguien, el suyo.
Una matrona de pecho prominente se vuelve tan de golpe que se le cae el impertinente.
—Hoy sí que van a hablar —le digo al oído.
—Que hablen. —Su pulgar me aprieta el antebrazo—. La viuda escandalosa y el Diablo. Es un cartel de lo más taquillero.
El palco está en el segundo piso, con cortinas de terciopelo carmesí a ambos lados y una barandilla de madera dorada.
Bee nos acompaña de carabina con un abanico de plumas y una expresión de angelical inocencia que nadie en la historia de la humanidad se ha creído jamás.
Se sienta en el fondo del palco, a medio paso de la cortina, y apenas suena la obertura murmura:
—Qué sed me ha dado. Voy a buscar una limonada.
—Acabamos de llegar —señala Sabine.
—Es una sed urgente. Me temo que va a durarme todo el primer acto.
—Bee.
—Querida, tengo cuarenta años y una vejiga caprichosa. Vosotros haced como si yo no existiera, que es lo que mejor se me da. —Me guiña un ojo de un modo que haría sonrojar a un marinero—. Lord Vaughan, se la entrego. No me defraude.
Se va, cerrando la cortina tras de sí con un frufrú de seda tan elocuente que podría usarse como declaración jurada.
Nos quedamos solos. El teatro oscurece, un murmullo de expectación sube desde el patio de butacas y la orquesta ataca los primeros acordes, esos compases graves, solemnes y amenazadores que anuncian a un Comendador con cuentas pendientes. Me inclino hacia Sabine.
—Es una ópera sobre un moroso —susurro.
—¿Perdón?
—Don Giovanni. Lleva toda la obra seduciendo y burlando acreedores. Al final viene un muerto de piedra a cobrarle. —Sonrío—. Me siento muy identificado.
—Yo me siento mucho más reconfortada. Si usted acaba mal, nadie podrá decir que no estaba advertido.
—¿Mal? Se lo lleva el diablo a una cena. Es una muerte muy elegante.
Me da un codazo disimulado con el abanico negro.
En el palco de abajo, un señor con peluquín se vuelve a mirarnos con la expresión de quien lamenta que alguien hable en el teatro.
Nos quedamos callados, sofocando risas como colegiales.
Ella se ha puesto las manos en el regazo y yo las mías sobre los muslos y, aunque entre las dos manos que más me importan en este mundo hay una distancia de un palmo de terciopelo, siento cada pulgada de esa distancia como si fuera un abismo.
En el escenario, Leporello despliega su aria del catálogo, un libro entero de mujeres conquistadas por su amo.
«En Italia, seiscientas cuarenta; en Alemania, doscientas treinta y una; cien en Francia; en Turquía, noventa y una; pero en España...
en España, ya mil y tres». El público ríe con ganas. Sabine me mira de reojo.
—Mil y tres, en España —susurra—. ¿Cuántas ha coleccionado usted, lord Vaughan?
—Cuarenta y dos. Todas en Inglaterra, que soy un patriota. —Me inclino un poco más—. Ninguna, desde el invernadero de los Hargreave, que cuente.
—Qué modesto.
—Qué sincero.
—Es la misma cosa en usted, por lo que veo.
Me quedo sin respuesta, que es lo que ocurre cuando la mujer que amas te acierta en el centro del pecho y sonríe al hacerlo.
Es entonces cuando se abre una cortina a nuestra izquierda, en el palco contiguo, con un siseo de seda, y me llega un perfume dulzón que conozco de sobra.
Pell. Se instala en el sillón delantero con la elegancia de un gato que se acomoda frente a un pajarillo.
Lo acompaña una dama de unos cuarenta años, rígida como una estatua, de rostro afilado y cuello cargado de diamantes, que se sienta a su lado sin una sola mirada hacia el escenario.
Tiene los ojos de quien lleva una sentencia en el bolso.
La reconozco: la señora Hargreave, la esposa del coronel.
La he visto en bailes, siempre pegada a la pared, siempre con diamantes de más y sonrisa de menos.
Pell vuelve la cabeza. Nos descubre. Alza su monóculo con un gesto de saludo.
—Pell —murmuro.
Sabine ha dejado de mover el abanico.
—Lo he visto.
—Está con la mujer de un coronel —hablo sin mover los labios, como un conspirador de novela barata—. Una que parece que acaba de firmar su testamento. Hay algo raro en ella.
—Muchas cosas son raras en torno a lord Pell. —Su voz es un hilo—. Debería usted ignorarlo.
—No puedo. —La miro. La luz tenue del escenario le recorta el perfil, la mandíbula en tensión, la mano apretando el abanico hasta que los nudillos se le ponen blancos—. Sabine, esta mañana he ido a Cheapside.
Es verdad. Fui a las diez, con una excusa inventada, y me quedé ante la puerta de un despacho con una placa de latón que decía «J. CRABBE, PRESTAMISTA» sin atreverme a llamar. Estuve media hora. Después me di la vuelta y regresé a casa. Es de las cosas de mi vida que menos me enorgullecen.
—Creo que Pell tiene mi pagaré —prosigo—.
No sé cómo. Lo compró a través de un prestamista, o a través de varios, y tiene el vencimiento en la punta de la lengua.
Lo sabe todo: la fecha, la cantidad, el nombre.
Me lo dijo el jueves en White’s, delante de media docena de testigos, con la sonrisa de quien enseña una carta.
Eso, y Posy, y los rumores... —Cierro el puño sobre mi rodilla—.
Tengo la sensación de que ha ido tejiendo una red durante meses y yo caminando dentro como un idiota, sin ver un hilo.
Sabine no contesta. Mira al frente, con la barbilla alta y una expresión que se parece mucho a la de una mujer a la que le acaban de dar una noticia que ya conocía y que esperaba no oír. Su pulso late en el cuello con la fuerza de un martillo.
—Sabine —insisto, más bajo—. ¿Lo sabías?
—¿Qué debería saber?
—No lo sé. Dímelo tú.
Se vuelve hacia mí. En la penumbra, sus ojos grises tienen un brillo de lágrimas que no se derraman.
Abre la boca y yo me preparo para escuchar.
Esta noche. Después de la ópera. Lo dije yo: «mañana te lo cuento todo».
Ella, que ha ensayado como yo ante un espejo la frase que no se atreve a decir, va a decirla ahora, aquí, en medio de Mozart y del King’s Theatre...
En el escenario, el barítono y la soprano empiezan a cantar.
Là ci darem la mano, là mi dirai di sì.
Zerlina, la novia campesina, y Don Giovanni, que la aparta de su prometido con una dulzura que da vértigo.
Dos voces entrelazadas. Dame la mano. Allí me dirás que sí.
Se oye la orquesta ondulándose bajo ellos como una marea suave.
Sabine y yo nos quedamos mirando el escenario, los dos, con una atención que no es de teatro.
Vorrei e non vorrei...
Querría y no querría. La soprano lo canta con una duda deliciosa y aterrorizada y a mí se me cierra la garganta.
—Qué mal gusto —murmura Sabine a media voz, sin dejar de mirar el escenario—. Una mujer sensata no confiaría en un hombre cuya primera frase es «dame la mano».
—La primera frase de un libertino es siempre la más sincera. Pide lo que quiere.
—La segunda es mentira.
—Casi siempre —admito. Algo se me atraviesa por dentro, como una espina de pescado—. Hay excepciones.
—¿Cuál es la suya?
—La que viene después de pedir la mano. —Me inclino. Mi voz sale ronca—. Cuando el libertino se da cuenta de que la mujer es la única persona del mundo ante la que no es capaz de mentir.
Ella gira despacio la cabeza. Nos miramos a un palmo de distancia, a medias iluminados por el resplandor dorado que sube del escenario.
Veo cómo sus ojos recorren mi boca. Veo que baja la mano y desata, con dedos lentos y deliberados, el cordón del abanico negro de su muñeca.
Lo deja sobre el reposabrazos. Con la misma lentitud se quita el guante, un dedo cada vez, tirando de la punta con una calma que me deja sin aire, hasta que su mano queda desnuda sobre su falda, blanca y temblorosa como una paloma.
—Dame la mano —susurra.
Se la doy.
Sus dedos se entrelazan con los míos bajo la sombra del abanico, que ha vuelto a desplegar sobre nuestras rodillas con un gesto de prestidigitadora, como una tienda de campaña diminuta en la que solo caben nuestras manos.
Pasa el pulgar por el dorso de mi mano. Lo recorre despacio, tendón a tendón, y yo siento el pulso en cada nudillo.
Después da la vuelta a mi palma y pega la suya, piel contra piel, y me roza la muñeca con las uñas.
Es una caricia mínima, secreta, que nadie en este teatro puede ver, y me arde todo el brazo.