XX #2
—Sí, lord Pell. Muchas gracias. —Posy lo saluda con una inclinación impecable y una voz que no corresponde a sus diecisiete años—. Eran muy hermosas.
—Raras y caras, como la propia señorita.
—Sus ojos se desplazan hacia mí y la sonrisa se le afila—.
Lady Merrow, qué dulce gesto amadrinar a la hermana del conde.
Señorita Vaughan, tenga cuidado con las amistades de las viudas.
Suelen ser muy caras, y a menudo quienes las pagan son otros.
Pregúntele a su hermano cuánto lleva abonado.
Todo se detiene: la calle, el sol, mi respiración. Pell sabe que Posy no comprenderá una palabra del cálculo que acaba de hacerle y sabe que yo sí. Es el mensaje que ha venido a dar: te estoy mirando .
Me tomo el tiempo de abrir el abanico. Lo hago con desidia, con el temblor de mi mano oculto en la sombra de las varillas.
—Lord Pell —digo, y mi voz es miel sobre una navaja—. Tiene razón en una cosa: mis amistades son caras. Pero las pago yo. Las suyas las paga siempre otro. Es una diferencia de matiz que los acreedores aprecian mucho.
Una ceja se le alza. Un destello de peligro y de interés le cruza la cara.
—Veo que ha estado repasando las cuentas del vecindario.
—Es una afición antigua. Una mujer sola debe saber quién le debe qué a quién y desde cuándo.
—Cierro el abanico de un solo gesto—. Las flores fuera de temporada son como las amistades fuera de temporada: se marchitan en cuanto se acaba el dinero que las mantiene en pie.
Hablando de cosas que se marchitan, lord Pell: el viernes lo espero puntual.
—Siempre lo soy con las citas que me interesan. —La sonrisa sigue intacta, pero un músculo le late en la mandíbula.
—Yo también. Buenos días.
Estoy a punto de darle la espalda cuando se oye una voz clara, más dulce y firme de lo que debería ser la de una muchacha tan joven.
—Lord Pell.
Posy se ha adelantado un paso. Esconde las manos temblorosas tras la espalda, pero tiene la barbilla alzada y los ojos muy abiertos.
—Gracias por las flores. Son muy bonitas. Me gustaría que no me mandara más.
—¿Perdón?
—No es una ofensa. —Traga saliva—. Lo que ocurre es que mi hermano ha puesto cara de funeral cada vez que llegaba una tarjeta suya, y a mí me gusta la gente a la que mi hermano le sonríe cuando llega.
Lady Merrow le sonríe. —Se le quiebra un poco la voz—.
No sé todo lo que pasa entre ustedes. Sé que ella me ha comprado un vestido sin pedirme nada y que usted me ha comprado flores y le ha pedido a mi hermano lo que sea que le haya pedido. Para mí es bastante.
Pell mira a Posy. Por un momento le pasa por los ojos algo parecido a un recuerdo incómodo; luego se recompone con la rapidez de un prestidigitador.
—Es usted encantadora —murmura— y muy ingenua, lo cual suele ir de la mano. Que tengan un buen día, señoras.
Se cala el sombrero y se aleja con el sello de oro brillando bajo el sol. No se vuelve. Tampoco hace falta: lo siento clavado entre los omóplatos hasta que dobla la esquina.
Posy resuella como si hubiera corrido una milla y me agarra el brazo con dedos de hierro.
—¿Lo he hecho muy mal?
—Lo has hecho como una Vaughan.
—¿Eso es bueno?
—Es la única manera que conozco de ganar.
Bee suelta una risa que suena a sollozo. En la portezuela del carruaje, Posy me detiene con la mano.
—Mi hermano volvió esta mañana a casa con la cara de quien ha visto el mar por primera vez —declara con solemnidad—. No sé qué le ha hecho usted, lady Merrow. Pero se lo agradezco.
Me sube a la cara un calor que ningún abanico remedia.
—Tomo nota de tu gratitud —respondo—. Sube, que nos queda un martes entero de ofensiva.
El martes es una batalla campal. Llevo a Posy a casa de lady Ellsby, que me recibe con un «¡qué dulzura, querida, amadrinar a la pobre muchacha!
», y respondo que la señorita Vaughan tiene más gracia en un dedo que su hija en todo el cuerpo, con una sonrisa tan amable que ella tarda tres segundos en comprender que es un insulto.
Paseamos por Hyde Park a la hora de moda.
Tres matronas que durante dos años me ignoraron con esmero se detienen hoy a preguntar por la salud de la señorita Vaughan.
Funciona. Es asombroso, aterrador y funciona.
Lo que no funciona es lo que hago de noche.
A las once, Merrow House duerme. Me he quedado en el gabinete, sin abanico, con la lumbre baja y el vaso de agua sin tocar, ensayando ante el espejo una frase.
«Hart, la trampa fue mía». «Hart, hay algo que debes saber».
«Hart, antes de que otra boca te lo cuente, escucha».
Cada una suena peor que la anterior y todas se atascan en el mismo sitio, justo detrás de los dientes.
Tres días. El viernes, un baile. El domingo me prometí que se lo diría a la primera ocasión, y ya es martes.
Una piedrecita golpea el cristal. Me asomo con el corazón dándome saltos, pero el jardín está vacío. El ruido viene de la parte trasera de la casa, donde se abre la puerta de las cocinas.
Bajo la escalera de servicio con una vela en la mano y el camisón cubierto por un chal. Es angosta, de peldaños gastados, y huele a leña y a manzanas. A mitad de camino, una figura sentada en un escalón me corta el paso.
—Señora Hale. —Es la primera vez en once años que veo a mi ama de llaves ruborizarse—. ¿Qué hace aquí a estas horas?
—Nada, milady . —Se levanta y se alisa el delantal con la dignidad de un general—. Voy a ver si las manzanas están en su sitio. Estarán. Siempre lo están. Con su permiso, me retiro a verlas desde lejos.
Desaparece por el pasillo con la gracia de una ardilla. Bajo los últimos peldaños. La puerta de la cocina no tiene echado el cerrojo y, en la penumbra de la despensa, entre sacos de harina y jamones colgados, hay una silueta alta con el sombrero en la mano.
—Hart.
—He venido por la puerta de atrás —habla muy bajo, sin acercarse—. Tu ama de llaves es una conspiradora. Me ha hecho prometer que me iría antes de las doce, y a mí me ha dado la impresión de que le parecía romántico.
—Es una criatura de contrastes.
Doy un paso. Él da otro. La vela chisporrotea entre los dos y la despensa se llena de un resplandor ámbar que le pone en la cara una barba de medianoche y unos ojos que no he visto despiertos desde la madrugada del lunes.
Me mira de la cabeza a los pies, el camisón, el chal, el pelo suelto, los pies descalzos sobre las losas, y la voz se le quiebra.
—Te he echado de menos.
—No hace ni dos días.
—Cuarenta y tantas horas. —Sonríe con un solo lado de la boca—. Las he contado.
Me quita la vela. La deja sobre un barril de sidra. Antes de que pueda decir nada más, me apoya la espalda contra la pared, entre un estante de conservas y otro de quesos, y me besa.
No se parece a ninguno de los anteriores.
No es el hurto del invernadero, ni la risa de la salita enmascarada, ni la entrega ciega del domingo.
Es un beso apresurado, de hombre que ha cruzado Londres a oscuras para esto, de hambre y de ternura enredadas.
Sus manos me recorren la cintura bajo el chal, el costado, la nuca.
Las mías se pierden en su pelo. Huele a manzana, a queso curado, a cuero, a él.
Su boca baja por mi cuello y yo contengo un sonido que habría despertado a media servidumbre.
Mi espalda choca contra el estante. Un frasco de cerezas en conserva se tambalea, rueda, cae...
Hart lo atrapa al vuelo sin dejar de besarme.
Nos quedamos inmóviles, respirando. Después los dos nos echamos a reír, sin ruido, frente contra frente, temblando de risa y de lo otro.
—Tengo que decirte una cosa —logro susurrar cuando se me pasa.
—Yo también. —Me aparta un mechón de la cara con una ternura que me hace cerrar los ojos—. Por eso he venido. Pero por el camino me he dado cuenta de que no son cosas que se digan en una despensa a medianoche, entre quesos, con un frasco de cerezas en la mano.
—Hart...
—Mañana te llevo a la ópera. —Me besa la sien, la mejilla, la comisura de la boca—. Mañana te lo cuento todo.
La palabra me sube hasta los labios: ahora . Ahora, Hart, que estás aquí y yo me sé la frase de memoria. Pero él me mira con una mezcla tan desarmada de miedo y de ternura, idéntica a la que debo de llevar yo en la cara, que me cierra la boca como si me la hubiera sellado con un dedo.
—Mañana —acepto, y es la segunda vez en dos días que le concedo una prórroga a un hombre sin pedirle precio.
Recoge el sombrero, abre la puerta de las cocinas y se desvanece en el aire azul de la noche con su paso largo y su levita remendada, llevándose la promesa de la verdad. Yo me quedo en la despensa con una vela, un frasco de cerezas en conserva y la prórroga más cara que he concedido en mi vida.