La trampa de terciopelo XX
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Sabine

Posy Vaughan sube a mi carruaje con la espalda recta de quien va a una ejecución y la sonrisa de quien jura que no tiene miedo.

Son las diez de la mañana del lunes. Hemos parado ante una casa de Marylebone que se mantiene en pie a fuerza de terquedad: la fachada pide pintura a gritos, tres cuartas partes de las ventanas tienen los postigos cerrados y el aldabón de la puerta, en cambio, brilla como una joya.

Alguien lo frota cada semana con devoción.

Me quedo mirándolo un segundo de más, porque el hombre capaz de hacer esa clase de cosas es el mismo que anoche dormía sobre mi alfombra con la cara hundida en mi pelo, y me cuesta recordar cuál de los dos es más peligroso para mí: el de los salones o el del aldabón.

En el umbral, una señora de moño estricto y delantal inmaculado, con los brazos cruzados, me observa como un centinela al pariente de un enemigo.

Debe de ser la señora Pruitt. Le dedico una inclinación de cabeza, de poder a poder.

Me responde con otra. Ha sido una negociación completa sin una sola palabra.

—Buenos días, lady Merrow. —Posy se acomoda frente a mí con las manos entrelazadas sobre un ridículo de terciopelo gastado—. Buenos días, señora Calloway. Mi hermano me ha dicho que no lo estropee. Que sea yo misma. Que no ponga cara de pájaro asustado, aunque me sienta como un pájaro asustado.

—Tu hermano es un hombre prudente —contesta Bee, que ha insistido en venir de carabina con una sonrisa que empezó a las ocho de la mañana y no ha dejado de crecer—. Respira, criatura. Aquí la única que muerde es la de enfrente, y hoy viene con hambre.

Posy nos mira a una y a otra. No es tonta. Mira con los ojos de su hermano, directos como una plomada, y cuando habla lo hace como quien se lanza a un río helado.

—¿Por qué hace esto?

—¿Perdón?

—Sé que Hart le habló de lord Pell. Sé que usted se ofreció. —Retuerce las cintas del ridículo—. Pero no me diga que es por caridad, por favor. Mi hermano se muere de vergüenza cada vez que alguien le regala un pañuelo. Si es caridad, prefiero bajarme aquí mismo y seguir remendando.

Me quedo muy quieta. En ocho años de matrimonio me hicieron mil preguntas con segundas intenciones. Ninguna tan limpia.

—No es caridad. —El carruaje arranca con un tirón y el traqueteo me da unos segundos para elegir las palabras—.

Es una deuda. Su hermano me hizo un favor que no sé cómo pagar.

Yo, a su edad, no tuve a nadie que me llevara a una modista ni que me pusiera una reputación como escudo.

Tuve un padre con una libreta donde apuntaba cuánto valía cada ofrecimiento.

—Aparto la vista hacia la ventanilla—. Digamos que me estoy pagando una cuenta atrasada con una persona que no tiene la culpa de nada.

El silencio dura media calle. Bee finge no haber oído una palabra y se lo agradezco.

—Entonces acepto la deuda —declara Posy, con la barbilla temblorosa—. Si no la aceptara tendría que llorar, y he prometido no llorar hasta el viernes. Hoy toca ser valiente.

La modista se llama madame Lavigne, aunque nació en Southwark y se apellida Brown, y regenta en Bond Street un establecimiento donde las clientas entran mirando al suelo y salen mirando a los demás por encima del hombro.

Nos recibe con una inclinación de condesa.

Repasa a Posy de la capota gastada a los zapatos recosidos y no dice nada, que en su oficio es el mayor elogio.

—Necesitamos un vestido de baile —le informo—. Para el viernes, en casa de la duquesa viuda de Storr. Una sola pieza, sin remiendos, de un corte que permita bailar sin que a nadie se le caiga el alma al suelo.

—¿Colores, milady ?

No respondo. Dejo que sea la seda quien lo haga. Dos aprendizas cargan un rollo que parece fabricado con un atardecer y lo despliegan sobre el mostrador: seda pesada, de un rojo oscuro y profundo, el color del vino de Borgoña a la luz de una vela.

Posy deja de respirar.

—Es ese. —Le tiembla la voz—. Hace cuatro semanas le dije a mi hermano que quería ese color, para que las madres me miraran con cara de pocos amigos y sus hijos no me quitaran los ojos de encima.

Él se rio y me juró que lo tendría. —Se lleva las manos a la boca—.

No pudo pagarlo. Claro que no pudo. ¿Cómo lo sabía usted?

—La vi con su vestido remendado en Almack’s. Se parecía muchísimo a esta tela, solo que con más gloria que costuras. —Me encojo de hombros—. Considérelo un anticipo. Su hermano lo cobrará con intereses.

—No puedo aceptarlo. Hart se pondrá furioso. Dirá que no puede deberle nada a nadie, que su honor...

—Su honor no necesita enterarse hasta que el vestido le cubra.

—Alzo una ceja—. Se pondría caballeroso, lo rechazaría con dignidad y después se pasaría la noche mirándolo en un rincón, torturado.

Es un regalo de la viuda de Merrow, que puede permitírselo, a la señorita Vaughan, que lo merece.

Los regalos son los únicos préstamos que no vencen.

Posy se sienta en un taburete como si las piernas le hubieran fallado y la sonrisa se le rompe en pedazos.

No llora a gritos. Llora con el cuerpo entero, con hipos silenciosos, la mano apretada contra la boca y los ojos fijos en la seda, y yo me quedo plantada delante con el abanico en la mano sin saber qué hacer.

He negociado con abogados, he despedido a obispos, he hecho callar a una duquesa con la mirada.

No sé consolar. A mí me enseñaron a regañar.

—¿Qué hago? —le susurro a Bee.

—Abrázala, burra.

—No sé abrazar.

—Aprende.

Me arrodillo ante la muchacha, con la falda arrugándose en el suelo de madame Lavigne, que suelta un jadeo escandalizado desde la cortina. Le cojo una mano: áspera, con las yemas picadas por la aguja y la callosidad de muchos años de dedales.

—Escúchame —le pido, y es la primera vez que la tuteo y me sale sin pensarlo—. No sé consolar. Me enseñaron a regañar. ¿Quieres que te regañe? Es mi única técnica.

Una risa mojada se le escapa entre los hipos.

—Puede probar.

—Posy Vaughan, deja de llorar encima de una seda de tres guineas la yarda. Se mancha. Además, es una falta de respeto hacia madame Lavigne, que es de Southwark y lo sabe todo el mundo.

—¡ Lady Merrow! —exclama la modista, escandalizada.

—Es la verdad, madame.

Posy ríe más fuerte. Se seca los ojos con el puño, me mira desde el taburete, colorada, despeinada, extraordinariamente joven, y me echa los brazos al cuello.

Me quedo rígida como una columna. Después, despacio, como quien aprende un idioma con la boca de otro, le devuelvo el abrazo.

Huele a jabón de lavanda y a tela vieja.

Es delgada. Tiembla. Hace mucho, cuando yo tenía su edad, alguien me debía este abrazo y nadie me lo dio, y supongo que lo estoy pagando ahora.

—Gracias —musita contra mi hombro.

—No me des las gracias. Es un anticipo.

Desde el mostrador, ya con el abanico en la mano, le añado a la modista una instrucción más.

—Madame, además del vestido para el viernes, que se aparte el resto del rollo a mi cuenta. Hay ocasiones que todavía no tienen fecha.

—Se apartará el resto del rollo, milady —responde ella, anotando ya la cifra con una sonrisa de Southwark—. La tela buena nunca sobra.

Salimos de Bond Street del brazo, Posy en el medio, con la cabeza alta como una pequeña soberana, Bee y yo flanqueándola como dos damas de honor.

Se detienen las conversaciones a nuestro paso.

Una condesa se vuelve a mirar. Dos jovencitas se dan un codazo.

Es lo que quería: que me miren a mí y no a ella.

El escudo se resquebraja cuando una figura con un fajo de libros bajo el brazo se detiene a veinte pasos, en la acera de enfrente, como si lo hubiera alcanzado un rayo.

Gil Halliwell lleva la misma levita limpia y gastada de siempre, el sombrero en la mano y una cara que alterna del rojo al blanco.

Se le cae un libro. Lo recoge. Se le cae otro.

Después cruza la calle con pasos medidos, como quien se dirige a una audiencia, y nos hace una reverencia tan correcta que duele.

—Señorita Vaughan. Lady Merrow. Señora Calloway.

—¡Gil! —Posy ha soltado mi brazo antes de pensarlo—. Estás pálido, ¿has comido, has dormido?

—Perfectamente, señorita. Me alegra verla bien acompañada. Es un peso que me quito de encima.

Entre ellos hay una conversación entera que ninguno se atreve a pronunciar y que yo leo con la facilidad de quien ha fingido demasiado: él, muriéndose de ganas de coger sus manos; ella, de preguntarle qué hace con un fajo de sermones a las doce de un lunes; los dos, de orgullo hasta las cejas.

—¿Por qué no has venido a casa? —suelta ella sin ceremonias.

—He tenido asuntos con el obispo.

—Mientes fatal, Gil.

—Lo sé. Me lo han dicho. —Traga saliva y su mirada salta hacia mí—. Quisiera hablar con su hermano. Es un asunto entre caballeros. Lady Merrow, es usted mucho más amable de lo que cuentan. Gracias por ocuparse.

—Es un placer, señor Halliwell. —Lo miro con toda la seriedad de la que soy capaz—. Si lo que busca es recuperar a su dama, empiece por la parte del orgullo. Es la que más estorba.

Se pone del color de la remolacha, hace una última reverencia y se aleja con la espalda rígida, como un mástil que se niega a doblarse por tozudez. A Posy le cuelgan los brazos.

—Se ha ido con la dignidad pegada con alfileres.

—Se ha ido con el corazón en la mano y una frase sin terminar —replica Bee, y le da la vuelta por los hombros—. Eso es una promesa disfrazada de cobardía.

En ese momento oigo, a mi espalda, un taconeo que reconozco entre mil.

— Lady Merrow. Señorita Vaughan. Señora Calloway. —Pell nos sonríe desde el bordillo con el sombrero en alto, bajo el sol, tan limpio y elegante que da náuseas—. Qué encuentro tan afortunado. Salía de comprarle algo a una dama y, miren por dónde, me topo con tres.

Se me tensa cada músculo del cuello. Bee me aprieta el codo para recordarme que estamos en la calle.

—Señorita Vaughan, ¿le llegaron las orquídeas?