XIX #2
La cicatriz es vieja y blanca, un nudo de carne apretada del tamaño de un dedo, un poco por debajo de la clavícula. Ella la mira. No pregunta. Alza los dedos y la recorre despacio, con la punta de la uña, como se sigue en un mapa el curso de un río seco.
—Esto no es de hoy.
—No.
—¿Quién?
—Después. —Ni siquiera yo reconozco mi propia voz—. Te lo cuento después. Te lo prometo.
Asiente. Se inclina y apoya los labios en la cicatriz con tanta suavidad que siento el gesto como una absolución. Lo hace una vez. Dos. Se me cierran los ojos. Doce años de aquella marca que nadie ve se deshacen bajo su boca como un nudo mal hecho.
La luz de la tarde entra por el ventanal, dorada y sin prisa, y se derrama sobre el hueco de su cintura, sobre la curva de su cadera cuando me tiende la mano.
El fuego bajo de la chimenea le pone un resplandor en el pelo.
La tumbo sobre mi levita, que es lo único bueno que me queda y que jamás usé mejor, y entre beso y beso me detengo a mirarla, solo mirarla, a la viuda de hielo desnuda ante el único hombre que le ha visto la verdad.
Tiene el rubor de una niña y la mirada de una mujer que no pide perdón.
—No me mires así —musita.
—Imposible.
—Me vas a... —Busca la palabra— estropear.
—Te voy a deshacer. —Me inclino hasta rozarle la sien con los labios—. Despacio. Hasta el fondo.
No hay ninguna prisa y hay toda la prisa del mundo, esa contradicción hermosa que solo conocen los que se han deseado demasiado tiempo en silencio.
Mis manos descubren lo que mis ojos han adivinado durante semanas: el arco de su espalda cuando la sostengo, la tibieza de sus muslos que se abren a mi caricia, la manera en que se le corta la respiración cuando mi boca encuentra el hueco de su vientre.
Ella tira de mí hacia arriba y me recibe con un jadeo.
Sus ojos, abiertos, grises y brillantes, no se apartan de los míos.
Nos movemos juntos, al principio con la cautela de quienes no se fían de que sea cierto, después con una urgencia que nos arrasa.
Su aliento, el mío, el crujido leve de la lana bajo nuestros cuerpos, el nombre de uno dicho por el otro sin pensar.
Hasta que ella se arquea, rota, deshecha, con un grito que muere contra mi hombro, y yo la sigo con la cara hundida en su cuello, en un naufragio dichoso en el que dejo de saber dónde acabo yo y dónde empieza ella.
Por primera vez en mi vida estoy donde quiero estar y con quien quiero estar, y durante unos minutos la cuenta pendiente deja de hacer ruido.
Después, la luz se vuelve ámbar. Fossett deja una bandeja de pan, queso y té tras la puerta cerrada, sin llamar, con la dignidad de un mayordomo que ha visto cosas.
Sabine entreabre la puerta, recoge la bandeja envuelta en mi levita, que le queda enorme, con las mangas colgando como las de un espantapájaros, y la trae junto a la chimenea.
Comemos con los dedos, sentados en la alfombra, como dos niños en una merienda campestre indecente.
Se ríe con la boca llena y es la risa menos digna y más verdadera que le he oído.
—Ahora —dice, al fin, apoyando la mejilla en mi hombro bueno—. Cuéntamelo.
Respiro. Miro el techo, los cuadros, el fuego que se apaga. Se lo cuento con la voz baja, sin adornos, como se cuentan las cosas que hace tanto que no se dicen que han perdido el sonido de las palabras.
—Se llamaba Eleanor Dacre. Teníamos dieciocho años los dos.
Yo era el hijo de un conde con más deudas que tierras, ella la hija de un hombre con tierras y buen ojo para los números.
Nos prometimos en secreto, como se prometen los que no tienen nada que prometer.
Le escribía poemas atroces en el reverso de los recibos.
—Sonrío sin ganas—. Creía que el amor se pagaba con voluntad.
Sabine no dice nada. Su mano, sobre mi pecho, se queda quieta.
—Su padre descubrió las deudas del mío. No hizo falta más.
En una semana la tenía casada con un fabricante de Bristol, un hombre de cuarenta años con un molino y una fortuna, y ella me mandó decir con una criada que lo sentía.
No volví a verla. —Aprieto la mandíbula—.
Reté a su primo, Lionel Dacre, que había sido el chivato, el que le fue con el cuento al padre.
Un duelo a primera luz, en un prado de Surrey, con un doctor borracho y un par de pistolas heredadas.
Yo no tenía puntería alguna. Él tenía veintiséis y una idea muy clara de lo que hacía.
Me rozó el hombro. Podía haberme matado y no quiso. «Para que lo recuerdes», dijo.
—Hart.
—Lo he recordado doce años —hablo con la vista fija en las brasas—.
Aprendí que el amor es una hipoteca que nunca se termina de pagar.
Que hay personas que se compran y otras que se venden, y que yo pertenecía al segundo grupo.
Me hice una sonrisa de moneda falsa para no tener que pagar con una de verdad.
Doce temporadas sonriéndole a mujeres que no me importaban, porque con ellas no corría peligro de perder nada.
Ella se incorpora sobre el codo. Me mira. Sus ojos están llenos de algo tan grande y tan sin nombre que me da miedo.
—Eso explica la sonrisa —dice—. No explica por qué hace un rato me miraste a mí sin ella.
—Porque tú no me dejaste otra opción. —Le acaricio la mejilla—. Porque desde la primera noche te negaste a creerte la moneda.
Se inclina y me besa la cicatriz por tercera vez, muy despacio, con una dedicación que me quema.
—Gracias por contármelo.
—Gracias por no reírte.
—No me río de las cicatrices. —Apoya la frente en mi pecho—. Solo de los hombres que creen ser los únicos que las tienen.
Lo sé entonces con la certeza ciega de quien lleva doce años a oscuras y ve una vela: la quiero.
La quiero con la cicatriz y sin ella, con el miedo y con la risa, con la ruina y con la deuda.
La palabra, esa que lleva semanas atascada, me sube desde el estómago a la lengua con una fuerza imparable.
Sin darme cuenta, con la voz rota contra su pelo, empiezo a decirla:
—Te...
Me la muerdo hasta hacerme daño.
Porque «te quiero» no viene solo. Viene arrastrando detrás todo lo demás, y la frase entera, la única honrada que podría decirle ahora, tiene seis palabras que no me atrevo a pronunciar sin hacer añicos la tarde: Te quiero, pero te he mentido.
Decir la primera mitad sin la segunda sería la más cobarde de las trampas.
Decirlas juntas sería perderla antes de que se apague el fuego.
Ella no se mueve. La mano que descansaba sobre mi pecho se detiene un latido entero, como si hubiera oído una puerta.
Después sigue su camino, con los dedos abiertos, sin dejar escapar el menor comentario.
Ella lo ha oído. Yo sé que lo ha oído. Sé también, por el modo en que su respiración se contiene, que ella tiene su propia frase entera atascada en la garganta.
Los dos callamos. Es el silencio más cargado de mi vida.
—Un día más —musito contra su pelo, sin que me oiga o fingiendo que no me oye.
La luz muere en los cristales. Sabine se queda dormida con la mejilla en el hueco de mi hombro, la mano cerrada sobre mi corazón, y yo, que no pienso dormir, acabo durmiéndome también con la cara hundida en su cabello y una promesa a medias dentro del pecho.
Me despierto a oscuras, con una manta que no recuerdo y la lumbre reducida a brasas. En el reloj de la chimenea son más de las tres. Palpo la alfombra a mi lado y no hay nadie.
Está de pie junto a la ventana abierta. Se ha puesto el vestido de la mañana, abrochado hasta la barbilla, el pelo recogido en un moño severo y el abanico negro anudado a la muñeca.
La luna le dibuja el perfil sobre el cristal.
Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en las sombras de la calle.
—Sabine.
No se vuelve.
—Duerme —dice con una voz muy suave—. Todavía no es mañana.
Yo, tumbado en su alfombra, con el cuerpo todavía caliente y el nombre de ella ardiéndome en la lengua, lo veo con una claridad que me pone el vello de punta: lo que tiene en el rostro no es miedo.
Es la cara de una mujer que acaba de firmar una sentencia.
Lo único que no consigo averiguar es de quién.