La trampa de terciopelo XIX
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XIX

Hart

Fossett me abre la puerta de Merrow House antes de que mi mano alcance el llamador, con la expresión de un mayordomo que lleva media mañana asomado a una ventana. Me conduce por el pasillo sin una palabra, con un paso tan silencioso que temo que no haya nadie en la casa.

Llego mal. Llego roto del todo. Traigo la camisa buena, almidonada por la señora Pruitt hasta convertirla en una coraza, y debajo el corazón haciendo un ruido de tambor de ajusticiado.

Pero lo que me pesa no es el discurso ensayado toda la noche, sino el recado de Jenkins, el portero de White’s, que me ha seguido por Oxford Street como un perro apaleado: Pell habló de mi hermana hasta las tres de la madrugada. Despacito. Con lástima. La peor manera.

Sabine me espera en su gabinete. Está de pie junto al ventanal, con un vestido de mañana abrochado hasta la barbilla y las manos cruzadas sobre el abanico negro, y me basta una mirada para saber dos cosas: que ha llorado y que no piensa confesarlo.

—Milord.

— Milady . —Me detengo a dos pasos, con el sombrero estrujado en las manos—. Ha llorado.

—Es la lavanda. —Ni parpadea—. Me hace estornudar y me nubla los ojos. Una alergia fulminante. La tengo en la mesilla.

—No se la mandé para eso.

—Pues ha sido un error de cálculo por su parte. —Se vuelve hacia mí del todo. Tiene los párpados un poco hinchados y la barbilla muy alta—. Usted ha venido andando. Lo delatan los zapatos.

—He venido corriendo. Lo delata la corbata.

—Además se ha almidonado la camisa.

—Mi cocinera sostiene que para una confesión hay que ir tieso.

Algo se le mueve en la comisura de la boca. Dura medio segundo; después se le borra, y es la peor señal que podía darme, porque me dice que ella también ha estado a punto de sonreír y se ha acordado a tiempo de algo.

—¿Qué ha ocurrido? —pregunta. No es una pregunta de cortesía. Es una orden de alguien acostumbrada a que la obedezcan—. Ni se le ocurra decirme que nada. Trae la cara de un hombre al que se le va el barco a pique bajo los pies.

Sea el cansancio, la noche en vela o el peso de cargar solo con esta ruina, se lo cuento.

Se lo cuento todo, salvo lo único a lo que venía en realidad.

Le hablo de las orquídeas fuera de temporada, de Gil Halliwell, que se retiró con la espalda recta y la mentira más torpe de la historia, y de Pell en White’s, con su oporto, diciendo que una muchacha sin dote es un mueble caro.

Le hablo del mozo que vino a mi puerta a las seis de la mañana con un recado que no se podía escribir.

—Cuando alguien habla así en voz baja, los demás se miran —le digo—.

En un par de semanas, Posy será mercancía dañada antes de su primer baile en condiciones.

Una muchacha que ha remendado cada vestido que ha llevado para no pesarme en la conciencia.

Todo porque su hermano jugó una mano que no debía.

Hablo con la voz rota y no hago nada por esconderlo. Sabine me escucha de pie, sin interrumpirme, con una quietud de gato ante un agujero. En su rostro hay algo que no es compasión, que sería insoportable. Es más afilado, más antiguo: una furia contenida que no va dirigida a mí.

Cuando termino, se pone en marcha. Cruza el gabinete hasta el escritorio, deja allí el abanico, se vuelve y le declara la guerra al mundo.

—Tráigamela.

—¿Perdón?

—Traiga a su hermana. —Erguida, con las manos a la espalda, calculando jugadas con los ojos como una general ante el mapa de operaciones—.

Mañana mismo, o pasado, a la hora que sea.

Quiero que se la vea del brazo de la viuda de Merrow en cada acontecimiento de aquí al baile de la duquesa viuda de Storr.

Amadrinada por la mujer más temida de Londres.

A ver quién es el guapo que se atreve a soltar un susurro contra ella.

A los cazadores de reputaciones, milord, se los espanta con una reputación aún mayor.

La mía, que para tan pocas cosas buenas sirve, lo hace de maravilla como escudo.

—No puedo pedirle eso. —Trago saliva. Me cuesta la vida pronunciar las palabras porque es justo lo que necesito y lo que no tengo el menor derecho a aceptar—.

No puedo comprar la seguridad de mi hermana a costa de arruinar la suya.

Amadrinar a la hermana del Diablo de Vaughan le va a costar a usted más víboras de las que ya carga a la espalda.

—Déjeme a mí la cuenta de lo que me cuestan las cosas.

—Hay un matiz nuevo y feroz en su voz que no le había oído jamás—.

En ese arte le llevo años de ventaja. Aprendí hace tiempo que el mejor modo de callarles la boca a los chismosos es darles algo mucho más gordo de lo que hablar.

Que hablen de la viuda escandalosa que ampara a una debutante indefensa.

La miro sin dar crédito. Acaba de ofrecerme, sin exigir nada a cambio, lo único que no puedo comprar con el dinero que no tengo: su propio nombre puesto como muralla entre mi hermana y la miseria.

He pasado la vida rodeado de gente que solo da esperando cobrar con intereses de usurero, y esta mujer, con todo el derecho a verme hundir desde la orilla, me tiende la mano sin pasarme la cuenta.

Yo, que vine a decirle la verdad, le estoy mintiendo por omisión en su propia casa.

—Sabine.

Es la primera vez que lo digo en voz alta. Hasta este instante su nombre ha vivido en el fondo de mi garganta como un objeto robado que no me atrevía a sacar a la luz. Resuena en el gabinete con una pureza que me asusta.

Ella se queda inmóvil. Cierra los ojos y, cuando los abre, no queda en ellos rastro de la general.

—Dígalo otra vez.

—Sabine.

—Otra.

—Sabine. —Doy un paso. Otro—. Hay algo más que debo contarle y no sé cómo.

—También yo tengo algo que decirle. —Su voz es un hilo—. Anoche lo dijimos los dos. Me parece que ninguno puede.

Se queda muy cerca. A un palmo. Su perfume me llega entero, azahar y algo suyo, tibio, que me recuerda al interior de un pan recién hecho. Veo el latido desbocado en el hueco de su cuello y entiendo que ninguno va a ganar esta partida con palabras.

—Tengo miedo de que, cuando lo diga —murmuro—, usted me mire de otra manera. Esta manera —levanto una mano, no me atrevo a tocarla— no estoy preparado para perderla.

—Esa me la sé. —Sonríe, y es una sonrisa que tiembla—. Media pulgada. ¿Se acuerda? En el invernadero. Incliné la cabeza media pulgada y todavía no me lo he perdonado.

—Lo vi.

—No puede haberlo visto.

—Llevo semanas contándolo. —Me sale una risa rota—. Media pulgada, milady . He medido todas las distancias de mi vida desde esa noche y todas me parecen enormes.

Se humedece los labios. Sus ojos grises, que han visto enterrar a un marido sin llorar, se llenan de algo que me ahoga.

—Entonces no será necesario que le explique —susurra— que esta vez es entero.

Inclina la cabeza. Una pulgada entera, deliberada, exacta, ofrecida en lugar de robada.

Dejo caer el sombrero. Le tomo el rostro entre las manos y la beso.

Esta vez no es un beso robado ni al amparo de un disfraz.

Es a plena luz del día, con los ojos abiertos, sabiendo de sobra lo que hago y lo que me juego.

Sabine me responde con una entrega salvaje que desmiente de un golpe toda la compostura de estas semanas.

Su boca se abre bajo la mía, sus manos suben por mi pecho y se cierran en las solapas de la levita como si quisiera retenerme, como si yo fuera el que va a huir.

Sabe a té y a sal, a la lágrima que se ha tragado esta mañana.

El gabinete, la ciudad, la ruina y hasta el nombre de la apuesta que traía en los labios se disuelven. Nos buscamos como dos náufragos que llevaban la vida entera nadando hacia su orilla sin sospechar que la orilla era el otro.

—Hart —dice contra mi boca.

Mi nombre. Dicho así, sin título, sin milord, sin filo, es lo más hermoso que he oído jamás.

—Cierra la puerta —me pide. Ya no hay usted entre nosotros; se ha ido sin hacer ruido—. Fossett ha entendido que hoy no estamos en casa para nadie. Pero cierra la puerta.

La cierro. Echo la llave con dedos que no me responden.

Cuando me vuelvo, Sabine está de pie en mitad de la alfombra, con las manos en el primer botón de su corpiño, mirándome con una mezcla de desafío y de terror que es todo ella.

Es dos mujeres a la vez: la que no se deja desabrochar nunca y la que lleva años esperando que alguien lo haga.

—Ayúdame —pide—. Hay catorce. Los he contado esta mañana, mientras pensaba en esto.

Cruzo el gabinete. Me arrodillo, no sé por qué, ante el primero de los catorce botones, y ella suelta una risa temblorosa que se me clava entre las costillas.

—Qué mal se te da esto, Vaughan.

—Siempre tuve ayuda. —Peleo con la perla minúscula—. Doncellas, criados. Nunca me tocó hacerlo yo solo con las manos temblando.

—¿Te tiemblan?

—¿A ti no?

Me enseña las suyas. Tiemblan como hojas.

Cada botón que cede es una frontera menos en un mapa que llevábamos semanas fingiendo respetar.

La seda se abre y resbala por sus hombros con un susurro; al caer a la alfombra deja a la vista la camisola, fina como un suspiro, y por encima la piel de un cuello que llevo semanas mirando con hambre.

Beso el hueco donde le late el pulso. Ella echa la cabeza hacia atrás con un sonido que no sabía que podía hacer una mujer tan dueña de sí.

Deshago la primera horquilla y cae el pelo, una cascada oscura que huele a jabón y a sol, y se desparrama entre mis dedos como si llevara años contenida esperando su cauce.

Sus manos son menos pacientes que las mías.

Me desabrochan la levita, la mandan al suelo junto a todos mis disfraces, tiran de la corbata que la señora Pruitt anudó con tanto esmero, abren la camisa almidonada con una impaciencia que me hace reír.

Su boca desciende por mi garganta. Entonces el algodón me resbala por el hombro izquierdo y ella se detiene.

Se queda quieta. Yo también.