La trampa de terciopelo XVIII
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XVIII

Sabine

La certeza me cae encima antes de la primera luz del alba, nueva y terrible, tan ajena a la mujer que creía ser que tardo un buen rato en reconocerla como mía.

Quiero deshacer la trampa.

Anoche, en el carruaje, cerré el puño sobre su antifaz y me lo llevé a la cama como una niña se lleva una muñeca a escondidas.

No dormí. Con los ojos cerrados volví a sentir su mano desnuda subiéndome por la mejilla, la risa de los dos chocando con la boca del otro, ese sonido ronco que él emitió cuando mis dedos se cerraron en su nuca.

Con los ojos abiertos volví a oír mi propia voz diciendo «también yo» y a verlo callar, esperando.

Me ofreció la verdad en bandeja y yo salí corriendo con ella a medio camino de la lengua.

No apretarla, no rematarla: desmontarla hilo por hilo antes de que atrape a nadie más, empezando por mí.

Anoche, huyendo de una salita a oscuras con las palabras atragantadas, comprendí que ganar esta partida con cartas que yo misma marqué sería tan vil como lo que haría cualquier cazafortunas.

No soporto la idea de tenerlo a base de un fraude, igual que no soportaría que él me tuviera a mí a cambio de una bolsa de guineas.

Es una locura. Ninguna estratega digna de ese nombre contempla confesarle al ratón que la ratonera la armó ella desde el principio.

Pero llevo desde las cuatro de la madrugada con su antifaz sobre las rodillas, acariciando con el pulgar el borde de raso que le rozó la mejilla, y no encuentro otra salida que me permita mirarme al espejo sin apartar la vista.

Hay un abismo entre ganar algo y merecerlo.

Llevo tres años confundiéndolos: ganándolo todo y no mereciendo casi nada.

Ahora que por primera vez quiero merecer algo, resulta que lo he emponzoñado de antemano con mi propia astucia.

Entonces me sucede algo que no me ocurría desde que enterré a mi madre siendo casi una niña: lloro.

Sin ruido. Sin aspavientos. Con una sorpresa casi científica, como quien observa un fenómeno ajeno: la viuda de hielo con las mejillas empapadas a las nueve de la mañana, sentada en el suelo de su propio gabinete con la espalda contra el diván.

Las lágrimas no me alivian ni me ablandan.

Solo me confirman lo que ya temía, que he perdido el gobierno de todo, hasta el de mis propios ojos.

Pienso en la soberbia con que despaché a otras mujeres por llorar de amor y descubro, con una vergüenza nueva y limpia, que no eran débiles.

Eran valientes. Hace falta un coraje desmedido para poner el corazón a la intemperie.

La fuerte, la de piedra, era yo, y no era más que la más cobarde de todas.

Me limpio la cara con el dorso de la mano.

Llorar no figura en mi repertorio y no pienso cogerle el gusto.

Tomo la única decisión que me deja un mínimo de dignidad: se lo diré yo.

Hoy. Antes de que lo descubra por su cuenta o de que otra boca se lo susurre al oído.

Que caiga después lo que tenga que caer.

Prefiero perderlo por la verdad que conservarlo con un engaño cosido a la espalda.

Fossett no ha terminado de pronunciar el nombre cuando sé que mi hermosa decisión ha llegado con un día de retraso.

—Lord Pell, milady . —Hace una mueca de mayordomo ofendido—. Viene de misa. Trae un devocionario bajo el brazo.

—Lo cual ya es una ofensa a la Iglesia —murmuro—. Hágalo pasar, Fossett. Que la cocinera no ofrezca ratafía.

Me levanto del suelo, me refresco la cara con el agua de la jarra del aparador, me sujeto el pelo con tres horquillas y me siento en mi sillón con el abanico negro sobre el regazo.

Cuando Pell entra, trae el sombrero en una mano y la sonrisa del jugador que ha visto ya todas las cartas sobre la mesa y viene, muy tranquilo, a cobrar la banca.

— Lady Merrow. —Se inclina con una elegancia que me revuelve el estómago—. Qué mañana tan hermosa para ser sincero.

—Qué mañana tan hermosa para marcharse, lord Pell. No se siente.

Se sienta. Cruza las piernas con la comodidad del dueño de la casa, deja el devocionario sobre mi mesa con la misma indiferencia con que dejaría un guante y examina mi rostro con la atención de un tasador.

—Tiene usted una boca interesante esta mañana —observa—. Hinchada, diría yo. Como la de quien ha pasado la noche en brazos de un conde. Me gustaría decirle que me alegro, pero, siendo honestos, sería una lástima echar a perder tanto esfuerzo.

—Cuidado, Pell.

—Siempre. Es mi virtud principal. —Hace girar el sello de oro en su meñique—.

Seré breve, que los dos apreciamos nuestro tiempo.

Llevaba unos días echando cuentas y los números no me cuadraban por más que los repasaba.

Una viuda que resiste dos temporadas enteras de asedio y cae, mira por dónde, justo con el único hombre al que yo empujé a cortejarla.

Una apuesta que ha engordado ella sola hasta volverse irresistible para un arruinado como Vaughan.

Demasiada casualidad para mi gusto. Hasta que el viernes por la noche me cuadraron de golpe y con estrépito.

—Me alegro por sus cuentas.

—Se preguntará cómo. —No espera respuesta—.

Edmund Ashcombe. Un caballero encantador, socio de White’s, hermano de su amiga la señora Calloway.

Tiene la boca de un criado y la memoria de un abogado.

El viernes lo acorralé en la sala de lectura con una pregunta de lo más inocente: en qué momento había oído por primera vez que lady Merrow solo había mirado dos veces a un hombre en su vida.

Respondió que fue pocos días antes de que yo abriera el libro.

Le pregunté quién se lo había dicho. —Sonríe—.

Se puso muy rojo. Los hombres rojos son mi debilidad.

Cuando uno se pone rojo, siempre hay una mujer que se pone pálida.

La sangre se me retira de la cara. No desvío la mirada.

—¿Qué pretende demostrar con las mejillas de Edmund?

—Nada. No necesito demostrar nada. Solo conectar.

Primero el hermano de su amiga suelta en White’s que usted «solo ha mirado dos veces a un hombre: al conde de Vaughan».

Después mi libro, que ya andaba por la mitad, se llena en una sola semana de un nombre propio.

Por último, yo mismo, buen samaritano, se lo propongo a Vaughan, que acepta con la gratitud de un ahogado.

—Abre las manos—. Un hilo muy delgado, lady Merrow, pero yo tengo una afición antigua por los hilos delgados.

Tiro de ellos hasta que se rompen o hasta que dan con el ovillo.

Este ha dado con el ovillo. El ovillo, querida, tiene su nombre bordado.

—Yo no he bordado nada.

—No hace falta que lo niegue. Nadie en esta casa es tan mal actor. —Se recuesta—. Fue usted quien sembró la apuesta. Yo solo la recogí del suelo donde alguien la había dejado.

Lo miro. No digo nada. Pero el silencio, tratándose de un tipo como Pell, es una confesión firmada y sellada, y él ensancha la sonrisa hasta enseñar los dientes.

—Ya me lo figuraba. Es usted muchísimo más peligrosa de lo que este pobre Londres crédulo sospecha.

En otras circunstancias hasta me parecería admirable.

Pero da la casualidad de que ando necesitado de dinero, de mucho dinero, y a usted le sobra.

Da la triste casualidad, además, de que si el Diablo de Vaughan llegara a enterarse de que la mujer por la que ha perdido la cabeza como un chiquillo lo ha estado toreando desde la primera embestida, se le rompería en dos ese corazoncito que acaba de descubrir que tiene.

—Vaya al grano, Pell. —Mi voz sale bastante más firme de lo que me siento. Para algo llevo años ensayando la compostura—. ¿Qué quiere?

—Algo sencillo. —Se pone en pie sin prisa y recoge sus guantes—.

O su mano, que resolvería de un plumazo mis apuros.

O su fortuna, en la cantidad que yo tenga a bien fijar.

O le cuento a Vaughan con pelos y señales quién ha sido la verdadera cazadora de esta temporada.

—Hace una pausa—. De paso me ocupo de que la pequeña Posy no vea un baile más en su vida.

Empecé anoche, para ir calentando. Los chismes, como el pan, mejor recién hechos.

—¿Qué ha hecho?

—Nada que no se arregle con el apellido adecuado. —Se pone el sombrero—. Tiene hasta el baile de la duquesa viuda de Storr para elegir. Cinco días. No me haga esperar más, que la paciencia nunca fue una de mis virtudes.

—Cinco mil libras —lo detengo, antes de pensar si me conviene—. Esta tarde, en oro, en la casa que usted elija. Con la condición de que desaparezca de Londres.

—Cinco mil libras. —Lo paladea como un vino que no es de su bodega—.

Salda lo de Crandall, paga a mi sastre y me deja un trimestre de lujo.

¿Luego? Luego me quedo otra vez con las manos vacías y usted sabe mejor que nadie lo que hace un hombre como yo con las manos vacías: volver a su puerta.

No, lady Merrow. Una renta no se compra con un pago.

Se compra con un apellido. Yo quiero una casa, una mesa de caoba y una esposa lo bastante lista para que no me aburra hasta bien entrada la vejez.

—Una esposa que lo desprecie.

—Una esposa que firme. —Se encoge de hombros—. El desprecio es una cuestión doméstica. Se arregla con el tiempo y una buena cocinera.

—Es usted un miserable, Pell.

—Soy un hombre sin recursos, milady , que viene a ser casi lo mismo que un canalla, pero con peor prensa.

—Se detiene un segundo en el umbral y el brillo de sus ojos me recuerda al de una navaja—.

Usted, entre toda la gente de este reino, debería ser la última en reprochármelo.

Los dos hacemos lo mismo: lo que haga falta con tal de no ahogarnos.

La única diferencia entre nosotros es que a usted el mundo la llama «viuda ingeniosa» y a mí me llama «canalla».

Esa diferencia, créame, es solo cuestión de a quién le ha salido bien la última jugada.

Se va. Deja tras de sí un olor a pomada de bergamota y a incienso de iglesia y el devocionario abandonado sobre mi mesa, con una cinta roja asomando entre las páginas. Me quedo mirándolo como se mira una serpiente muerta.

Tarda un rato en dejar de temblarme la mano. Cuando por fin lo hace, la extiendo ante mí y la contemplo, ajena, como si fuera la de otra.

Ahí, en esa frase suya dicha con la ligereza del que la ha pensado mucho, está lo que más me escuece.

El muy desgraciado tiene razón. Yo tejí una trampa para atrapar a un hombre por venganza contra un mundo que me vendió a los diecinueve años, y Pell teje la suya para atraparme a mí por puro dinero.

A ojos de Dios, que no entiende de motivos por elegantes que suenen, valemos lo mismo: dos cazadores con las manos sucias, convencidos de que sus razones eran mejores que las del otro.

Pero hay una diferencia que Pell ignora, y es lo único que me deja en pie. Yo, esta mañana, he decidido deshacer lo mío. No he necesitado que nadie me apriete el cuello para hacerlo.

Lo que no sabré nunca, si se lo cuento ahora, es si él me creerá cuando le diga que lo hice por amor y no por miedo. Cinco días. Cinco días de plazo concedidos por un hombre que cree tenerme acorralada, y yo he gastado ya media mañana de domingo en llorar.

Fossett asoma la cabeza por la puerta con la expresión de quien ha esperado a que se vaya el aire contaminado.

—¿Qué hago con el devocionario, milady ?

—Quémelo.

—Es un libro de oraciones, milady .

—Entonces entiérrelo con honores en el cubo de la basura. Que el cura lo rece por mí.

Hay una cosa, sin embargo, que me llevo de esta mañana además del miedo: un nombre. Crandall. Pell lo ha soltado como quien deja caer una moneda en un bolsillo ajeno y yo lo recojo y lo guardo donde guardo las armas que aún no sé cómo disparar.

Pienso también en Posy, a quien apenas conozco y a quien, aun así, ya le debo algo.

En esa cara de niña que Vaughan describe con tanta torpeza y tanto amor.

Pell empezó anoche, ha dicho, para ir calentando.

Ninguna mujer de diecisiete años debería aprender tan pronto lo que cuesta ser el punto débil de otro.

Mi voz, al dirigirme a Fossett, sale serena.

—El coche, por favor. Voy a Vaughan House.

— Milady . —El mayordomo no se mueve—. Desde esta ventana se ve la esquina. Creo que ya no hará falta.

Me asomo. Al fondo de la calle, subiendo a paso largo por la acera en penumbra, con el sombrero en la mano, la camisa blanca almidonada visible bajo la levita y una prisa que le endurece los hombros, viene el conde de Vaughan.