La trampa de terciopelo XVII
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XVII

Hart

Se ha marchado corriendo.

Camino de vuelta a Marylebone con un dominó que huele a cera y a vino derramado, la cabeza descubierta y un antifaz de mujer apretado en el bolsillo, y no hago otra cosa que verla huir.

La máscara resbalándole de los dedos. El abanico negro oscilando en su muñeca como un péndulo enloquecido.

La mano que se lleva a los labios, como si mi cercanía le hubiera dejado ahí una quemadura.

Una mujer que no se ha asustado jamás de nada, ni de abogados, ni de obispos, ni de duquesas, ha salido esta noche de una salita en penumbra con el pánico asomándole a los ojos por primera vez.

Esa huida me ha dicho más que mil rendiciones lentas.

Nadie huye de lo que le da igual. Se huye de lo que aterra.

Repaso la escena entera mientras los adoquines de Oxford Street me devuelven el eco de mis pasos.

Su risa dentro del beso, cuando los antifaces chocaron y nos echamos a reír contra la boca del otro como dos muchachos que se han dado un golpe sin querer.

Su mano abriéndose paso hasta mi nuca. Esa pequeña inclinación de la cabeza, que ya no es una pizca de nada, sino una decisión.

El sonido que se le escapó cuando la apreté contra mí.

Sigo oyéndolo. Me ha acompañado hasta la altura de Cavendish Square y creo que me acompañará el resto de mi vida.

Después, la frase.

«También yo».

Llevaba yo un discurso entero cosido en la lengua: la apuesta, Pell, el libro de White’s, la cifra grabada junto a mi nombre.

Había abierto la boca para soltarlo y ella, antes de que nada saliera, dijo «también yo», con una voz que no era la de la viuda ni la de la estratega, sino la de una mujer a punto de confesar un crimen.

Me acompaña desde entonces una pregunta que no me deja respirar: ¿qué tiene que decirme lady Merrow que no sea bonito?

Hay respuestas posibles. Tengo la lista de memoria y no me gusta ninguna.

Que sabe lo de la apuesta. Que lo ha sabido siempre, y que me ha dejado cortejarla como se deja correr a un caballo antes de rematarlo.

Que tiene un prometido en el norte, un marido secreto, una enfermedad, una deuda.

Que no me quiere. Esta última se me clava en el esternón como un cuchillo de cocina, y descubro que es la única que de verdad me duele.

Me detengo bajo una farola y me obligo a mirar lo otro, lo que no tiene nada que ver con la lógica: el calor de su espalda bajo mi mano, el hueco tibio de su cuello cuando ladeó la cabeza, la manera en que se le aflojaron las rodillas contra el borde de aquel diván.

Un hombre sensato volvería a casa a hacer cuentas.

Yo me quedo plantado en mitad de la calle con el cuerpo entero reclamando lo que el juicio le niega, igual que un deudor recuerda el sabor de una cena que todavía no ha pagado, y no consigo arrepentirme.

Llego a Vaughan House pasadas las tres. La casa me recibe oscura salvo por una luz en el fondo del pasillo, la de la cocina, donde la señora Pruitt, con un chal sobre el camisón y el moño hecho a la carrera, remueve un cazo en el fuego.

—Chocolate —anuncia sin volverse—. Lo he calentado tres veces. La primera por si llegaba usted a las once, la segunda por si a las doce, la tercera porque soy una vieja cabezota.

—Señora Pruitt, váyase a dormir.

—Cuando usted me diga qué le ha pasado. —Gira por fin, me repasa de arriba abajo y mueve la cabeza con la gravedad de una cocinera que ha visto muchos fracasos—. Traiga esa cara a la luz. Humm... Tiene usted el semblante de quien ha estado a punto de ganar y ha perdido al llegar a la meta.

—Es una descripción aproximada.

—Es la que le corresponde. Siéntese.

Me siento. Me sirve el chocolate con una cuchara de palo y un golpe seco que equivale en esta casa a un abrazo. Está espeso y casi quemado en el fondo, y es la mejor cosa que he probado en una semana.

—¿Cómo está la señorita?

—Duerme. O eso quiere que yo crea, que no es lo mismo. —Se seca las manos en el delantal—. Anda inquieta desde ayer. Que si usted había salido sin cenar, que si por qué las orquídeas de ese lord le hacen a usted torcer el gesto... Esa criatura piensa más de lo que enseña.

—Lo sé.

—Entonces haga algo, milord.

Lo dice por segunda vez en tres días, ya sin el aire de reproche. Esta noche es una súplica.

Me llevo la taza a mi despacho, a oscuras, sin lumbre, y me dejo caer en el sillón con las piernas estiradas.

El antifaz de Sabine me pesa en el bolsillo del dominó como una cosa viva.

Lo saco. Raso negro, un lazo desatado, un olor a azahar y a algo suyo que no sabría describir y que me ha quedado grabado a fuego. Me quedo mirándolo mucho tiempo.

—Sigues despierto.

Posy asoma por la puerta del despacho en camisón, despeinada, con una vela que le tiembla en la mano y los ojos hinchados de quien no ha dormido tampoco. Se me ablanda algo en el pecho solo de verla.

—Te he oído pasear toda la noche —me riñe—. No, mentira, esta noche no, porque ni estabas. Pero ayer, y anteayer, y toda esta semana. Vas a desgastar la alfombra, que es de lo poco bueno que nos queda.

—Pensaba, nada más. —Le hago sitio en el brazo del sillón, como cuando era niña y venía a que le espantara las pesadillas—. Cosas de mayores. Cosas aburridas.

—Embustero. —Se acurruca contra mi hombro, huele a jabón de lavanda y a infancia—. Hueles a otra.

—Eso es un dominó prestado que ha pasado por demasiados salones.

—Hueles a ella. —Alza la nariz hacia mi cuello con el aire de un sabueso—. A azahar. A mujer. Se te nota hasta cuando te callas; de hecho, ahí es cuando más se te nota. —Bosteza sin el menor pudor—. Hart, ¿es buena persona? Dime que es buena, que no solo es rica.

Me quedo callado un buen rato. Busco la palabra exacta por toda la habitación y solo encuentro una que le haga justicia.

—Es de verdad, gorrión. Es la mujer más de verdad que he conocido en mi vida.

—Entonces cásate con ella.

—No es tan sencillo.

—Sí lo es. Solo que a los hombres os gusta complicarlo.

—Se incorpora y me mira desde arriba, con la barbilla alzada—.

Escucha. Yo sé que no me cuentas todo. No pasa nada, no me lo cuentes, no soy tonta.

Sé que hay una deuda y no sé cuánta, y sé que no es solo de dinero.

Pero te voy a decir una cosa y quiero que me mires cuando te la diga.

—Te miro.

—Lord Pell es un caballero encantador —habla despacio, midiendo cada palabra, y descubro con un vuelco que no es a mí a quien intenta convencer—.

Me gustan sus flores, me gustan sus tarjetas.

Pero cada vez que llega una cosa nueva suya tú pones una cara que no he visto nunca.

Gil se fue y no volvió, y tú no me dijiste por qué.

Así que no me gusta lo que pasa con lord Pell.

—Aprieta los labios—. No me gusta, aunque me guste.

¿Me entiendes? Es una sensación muy fea, como cuando hueles a quemado y no sabes de dónde viene.

La atraigo y le beso la coronilla.

—Lo arreglaré, gorrión.

—Lo sé. Siempre lo arreglas. —Cierra los ojos un momento—. Pero con ella no lo arregles a tu manera. No la líes con una de tus historias bonitas. Cuéntale la verdad, aunque te dé miedo.

—Posy...

—Nunca le mientas, Hart. —Me mira de nuevo, con aquellos ojos que son los de su madre y que me atraviesan la camisa—. Las mujeres olemos el embuste a una legua, por muy listos que os creáis los hombres. Buenas noches, tonto.

Se marcha arrastrando las zapatillas, con la llama de la vela temblando y proyectando sobre las paredes del pasillo una sombra enorme que no se parece en nada a mi hermana pequeña. Me quedo con su consejo clavado en mitad del pecho como una espina buena.

Nunca le mientas.

Diecisiete años y ha dado en el clavo de lo único que importa a las cuatro de la madrugada.

Le he mentido a Sabine desde la primera noche.

Cada beso que le he dado lleva debajo una cifra.

Si quiero lo que pide mi hermana, casarme con ella y dejarme de rodeos, tendré que desmentirme a mí mismo.

Contarle quién fui para ganarme el derecho a ser, delante de ella, el hombre que quiero llegar a ser.

Tiene gracia que me lo haya enseñado una niña, cuando doce temporadas de salones y diez de mentiras no lo consiguieron: la mentira más cómoda sale siempre más cara que la verdad más difícil.

De acuerdo. Pagaré el precio de la verdad.

Se interpone un único obstáculo entre ese deseo y yo, y es la trampa más sucia de mi vida.

La apuesta. Ese renglón en el libro de White’s, esa bolsa que acepté una noche de desesperación por Posy y que entonces me pareció un mal menor, se ha convertido en una piedra de molino atada a mi cuello.

Nada limpio se levanta sobre un cimiento podrido.

Más que el duelo que me dejó una cicatriz que nadie ve y más que cualquier otra cosa que me haya jugado jamás, me pesa esta.

Voy a confesarle la apuesta con mis propios labios, antes de que se la susurre al oído Pell o cualquiera de los chismosos que viven de la desgracia ajena.

Voy a mirarla a la cara, sin máscara, y a decirle que esto empezó como una cacería por necesidad y se ha convertido, sin mi permiso, en lo único real que tengo.

Sé lo que me juego. Que me desprecie. Que no me perdone haberla tomado por una cifra en mi columna.

Perderla para siempre y, con ella, la fortuna que salvaría a Posy y a esta casa que se me cae encima.

Aun así, prefiero perderla diciéndole la verdad que conservarla a base de engaños.

Una mujer conquistada con un fraude no es una victoria: es otra deuda. De deudas voy servido.

Los hombres de mi apellido tenemos la costumbre de llegar tarde.

Mi abuelo llegó tarde a salvar sus tierras, mi padre llegó tarde a corregir sus errores y los dos murieron sonriendo sobre una montaña de cosas importantes que no dijeron a tiempo.

Yo he heredado el título, las deudas y la sonrisa.

Me niego a heredar el retraso. Por una vez en la historia de los Vaughan voy a llegar puntual a lo único que importa.

Cuando el cielo empieza a pasar del negro al gris sobre los tejados de Marylebone, me levanto, dejo la taza sobre el escritorio y subo a mi cuarto. Me lavo la cara con agua helada, me afeito con mano firme y rescato del fondo del armario la camisa buena, la que guardo para bodas y entierros.

—Señora Pruitt —llamo desde lo alto de la escalera, al oír crujir el suelo de la cocina—. Necesito esta camisa planchada para mediodía.

—¿Para ir adónde?

—A decir la verdad.

Una larga pausa. Después, desde abajo, con voz de quien se seca las manos en el delantal:

—Pues la plancharé con almidón, milord. Para esas cosas más vale ir tieso.

Es domingo. Las visitas decentes empiezan después del oficio, y hasta entonces me quedan unas horas que no sé cómo llenar.

Bajo, abro la ventana del salón y dejo que entre el aire fresco de mayo en la casa cerrada.

Respiro hondo. Una carreta de leche pasa por la calle, un perro ladra, la torre de St. Marylebone da las seis.

Llaman a la puerta.

No es un golpe de visita. Es un repiqueteo de nudillos, rápido, de quien tiene prisa y miedo de que no le abran. Tom, el lacayo, baja las escaleras entre bostezos y, cuando abre, veo en el umbral a un chiquillo de unos doce años, con la gorra en la mano y la nariz roja de correr.

—¿Milord Vaughan? Me manda Jenkins, el portero de White’s.

—Jadea—. Dice que se lo diga de palabra y que no lo escriba, que no es cosa para papeles.

Dice que lord Pell estuvo anoche hasta las tres en la sala de juego.

Que habló de su hermana de usted. Despacito.

Con lástima. —Se muerde el labio—. Dice que es la peor manera.

Me quedo quieto en el recibidor, con la camisa buena todavía colgando del brazo.

—¿Qué dijo exactamente de mi hermana?

—Eso no me lo dijo Jenkins, milord. Solo que cuando alguien habla así en voz baja, los demás se miran.

Rebusco en el bolsillo del chaleco. Una moneda de seis peniques, la última que me queda hasta fin de mes. Se la pongo en la palma y el chico la mira como si fuera una guinea.

—Dile a Jenkins que le debo una.

—Jenkins dice que no, milord. —Sonríe con un diente de menos—. Dice que usted siempre lo ha tratado como a una persona y que eso se paga solo.

Tom cierra la puerta. Yo subo la escalera de dos en dos con la camisa buena en el brazo: lo del mediodía ha dejado de valer.