XVI
Sabine
Hay una libertad extraña en no ser nadie. La descubro esta noche, a mis treinta años, detrás de un antifaz de raso negro que me cubre media cara y me devuelve, a cambio de ese pedazo de tela, algo que ni sabía que había perdido: el anonimato.
Bajo esta máscara no soy la viuda de Merrow ni el «mal ejemplo» al que la duquesa viuda de Storr apunta con su catalejo de arpía. No soy nada ni nadie y ese nada, por una noche, me sienta mejor que el vestido más caro de mi armario.
El baile de máscaras de los Ravensdale tiene sus propias reglas, más honestas cuanto más deshonestas parecen.
Aquí, donde nadie sabe con certeza quién se oculta tras cada antifaz, todo el mundo se atreve por fin a ser lo que es.
La matrona ríe demasiado alto, el obispo bebe demasiado hondo y todos, al amanecer y entre bostezos, jurarán que aquellos no eran ellos.
El salón es un delirio de seda y penumbra, con los candelabros a media luz porque las máscaras piden sombras, y en esa oscuridad dorada giran arlequines, odaliscas y damas a la veneciana que esta mañana eran respetabilísimas y esta noche no pertenecen a nadie.
Huele a cera caliente, a vino especiado y a ese atrevimiento compartido que se palpa en el aire.
La música, más rápida y descarada que la de Almack’s, empuja a los cuerpos a acercarse un paso más de lo que consentiría cualquier carabina a la luz del día.
—Tienes la espalda de quien va a declararle la guerra a Francia —me murmura Bee al oído.
Va disfrazada de pastora, con un cayado de plata, un rebaño de plumas sobre el sombrero y la voz más aguda de lo que le corresponde—.
Ni con antifaz te me escondes, querida. Se te ve la estrategia desde el otro extremo del salón.
—Esta noche no declaro nada.
—Qué cosa más rara. —Me examina por los agujeros del antifaz—. ¿Qué tal tu semana?
—Se me ha pasado en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Whitcombe?
—Cobra por esperar. A mi cuenta.
—Ya. La lavanda, ¿sigue en su jarrón o la has plantado?
—La lavanda se queda donde está.
Bee sonríe con toda la cara, lo que, tras un antifaz de seda, equivale a un pequeño incendio.
Un mosquetero de gran bigote postizo se la lleva a la pista con una reverencia y ella, que nunca ha rechazado nada que se parezca a una aventura, se deja arrastrar con un gesto de impotencia fingida.
Antes de perderse me lanza una última advertencia:
—Disfruta, pero no te quites la máscara delante de nadie que no pienses besar.
—No pienso besar a nadie.
—Qué mentirosa eres cuando te disfrazas.
Quedo a solas con una copa de champán y una promesa que me hice en el carruaje: una noche entera sin estrategia, una noche para mirar en lugar de mover fichas.
Me cuesta al principio. Después, con la tercera copa que no llego a beber y la quinta persona que me confunde con una condesa italiana, descubro un alivio tan profundo que casi me da pavor.
Llevo tanto tiempo midiendo cada gesto y cronometrando cada sonrisa que había olvidado cuánto pesa la coraza hasta que me la quito.
—Hermosa dama del antifaz negro —me aborda un arlequín de rombos y cascabeles, con un ademán de ballet que hace tintinear su gorro—. Permita a un humilde bufón solicitarle el honor de una contradanza.
—Si la acepto, ¿se compromete a no hablar de caballos?
—Señora, soy un arlequín. Solo sé hablar de mí mismo y de lo mucho que lo merezco.
Me río. Me río sin planearlo, con una carcajada que me sale por la nariz y me sorprende por inesperada.
Danzo con el arlequín, que resulta ser un caballero de provincias con dos pies izquierdos y un gran sentido del humor, y vuelvo a reírme.
Después me dejo llevar por un vals con un desconocido cuyo nombre no pregunto, ebria no del champán, sino de la ligereza de no tener a quién defender ni qué fortaleza asediar.
Entonces, entre la marea de caretas, una mirada me busca y me encuentra.
Sé quién es antes de que abra la boca. Lo sé por su forma de cruzar el salón, por ese modo de caminar como si el suelo le debiera pleitesía, por la caída de los hombros bajo un dominó negro sin adorno.
Se me para el corazón un latido entero. Si yo lo he reconocido a él bajo su disfraz, él puede haberme reconocido a mí bajo el mío.
Toda mi hermosa libertad recién estrenada se tambalea entre mis dedos.
Una parte de mí quería justo esto: ser descubierta. Dejar de esconderme, aunque solo fuera durante un baile. Esa es la parte que más me conviene vigilar, porque es la que está dispuesta a arruinarme la vida. Pero esta noche estoy harta de vigilarme.
El arlequín se evapora con una pirueta y un tintineo. Vaughan llega a mi altura, se inclina lo justo, ni un ápice de más, y tiende una mano enguantada.
—La he encontrado.
—Se equivoca de dama, caballero.
—Puede cambiar de antifaz cuanto quiera, milady . No la forma de sostener el abanico. —Señala con la barbilla mi muñeca, donde el abanico negro cuelga de su cordón—. Lo empuña como quien sujeta un florete antes de tirarse a fondo. Me parece un detalle encantador.
—¿Quién le asegura que soy la mujer que cree? Esta noche, milord, podría ser cualquiera.
—Podría. —Da un paso. A través de los agujeros del antifaz, sus ojos brillan con una audacia nueva, la de un hombre que se sabe, también él, libre por una noche de su apellido—.
Pero a cualquiera no la reconocería entre mil máscaras y a usted sí.
Baile conmigo. Si no es quien yo creo, no habrá perdido más que un vals con un extraño impertinente. Si lo es...
Se inclina hasta rozarme la oreja con el aliento. Se me eriza la nuca.
—... habremos robado entre los dos una noche en la que no nos mira nadie.
Le entrego la mano. No hay otra respuesta posible y los dos lo sabemos.
Bailamos. Bajo las máscaras somos más valientes y sinceros.
La careta que oculta, también desata. Me atrevo a sostenerle la mirada sin ningún resto de hielo y él se atreve a estrecharme contra su cuerpo más de lo que permitiría a cara descubierta, de modo que siento su pecho contra el mío en cada giro y la presión de su mano abierta entre mis omóplatos, subiendo y bajando con la respiración de los dos.
Cada giro nos deja un poco más cerca. Cada giro es un peldaño más en una escalera cuyo fondo conozco de sobra y que bajo igualmente, sin intención de agarrarme al pasamanos.
—No debería mirarme así —murmuro sin dejar de girar—. Detrás de un antifaz, un hombre puede convencerse de cualquier cosa.
—De cualquier cosa, no. —Su mano se afirma en mi cintura con una firmeza devastadora—. De las cosas verdaderas. Las mentiras, milady , necesitan luz y testigos para sostenerse en pie. A oscuras y sin nombre solo sobrevive lo que uno siente de verdad.
—¿Qué es lo que siente usted de verdad, lord Vaughan?
—Lo que usted ya sabe. —Aprieta mis dedos dentro de los suyos—. Pregúnteselo a su abanico. Es mucho más sincero que usted.
—Mi abanico guarda silencio.
—Su abanico tiembla.
Miro hacia abajo. Es cierto: el cordón se agita contra mi muñeca con un temblor leve que él ha visto antes que yo.
Desvío la mirada hacia su hombro por no tener que soportar la suya.
Su dominó huele a lana tibia y a noche de mayo y, bajo esa fragancia, mucho más cerca, a hombre que ha caminado con prisa hasta aquí.
—Tiene razón —admito—. Es muy sincero. Qué fastidio.
Se ríe. Es esa risa breve y franca, la misma que me desarmó en Ellsby, y el cuerpo me responde con un calor repentino en el bajo vientre que hubiera preferido ahorrarme.
Seguimos girando mucho después de que la cordura aconsejara detenernos.
Detenernos sería reconocer en voz alta lo que ocurre.
Mientras bailemos aún podemos fingir que solo es un baile, aunque su mano ya no me guía, sino que me reclama, y mis pies ya no obedecen a la orquesta, sino a él.
Dejo de contar los pasos por primera vez en mi vida.
Me limito a seguirlo adonde le plazca llevarme, que es lo más parecido a rendirme que he hecho con los pies en el suelo.
Cuando la música por fin nos suelta, nosotros no nos soltamos.
Él me lleva —o lo llevo yo, que a estas alturas del vértigo ya no distingo quién guía a quién— hacia una puerta lateral y una salita en penumbra, apartada del salón.
Unos cortinajes de terciopelo amortiguan la orquesta hasta convertirla en un eco.
Hay un espejo antiguo de marco dorado, un diván de brocado y una sola vela que alguien olvidó apagar.
Cierra la puerta tras nosotros. No echa la llave, pero el chasquido del pestillo me suena igual que un disparo.
—Aquí no nos buscará nadie —dice.
—Aquí nos buscarán todos, milord, en cuanto noten que faltamos los dos.
—Entonces dispondremos de unos diez minutos de respiro.
—Qué optimista.
—Soy un jugador. —Se acerca otro paso—. Tengo intereses que cobrar.
Me quedo muy quieta.
—¿Qué intereses?
—Los de una partida de ajedrez. El beso del principal lo cobré a traición, en un invernadero, cuando usted ya no lo esperaba. Pero una deuda así devenga intereses, y usted, lady Merrow, lleva dos horas esperando que los cobre.
—Llevo dos horas —me humedezco los labios— esperando que se acabe la música.
—Mentirosa.
Se quita el guante. Lo hace despacio, sin romper el contacto visual, tirando de la punta del dedo corazón con los dientes hasta que la mano queda desnuda.
Es un gesto que ha ensayado ante docenas de mujeres, pienso; me lo repito con rabia, como un hechizo contra la ternura.
No funciona. Porque no es la técnica lo que me deja sin aire, sino la mano que sube hasta mi mejilla y se detiene allí, cálida, sobre la piel de debajo del antifaz, con una delicadeza que ninguna técnica enseña.
Su pulgar me recorre el pómulo y la comisura, al límite del raso. Me tiembla el pulso y esta vez no me molesto en echarle la culpa al abanico.
—Voy a robarle una cosa, milady . —Su voz ha bajado hasta una vibración que me llega por los huesos—. No pienso devolverla.
—Atrévase.
Se atreve.
No se parece al beso del invernadero, que fue un asalto rápido, un hurto en un descuido.
Este es lento, deliberado, con los ojos abiertos hasta el último momento.
Su boca roza la mía, se retira apenas para comprobar que sigo allí y regresa con una calma que me deshace.
Nuestros antifaces chocan en el puente de la nariz con un crujido absurdo de raso contra raso y a los dos se nos escapa, al mismo tiempo, una risa contra los labios del otro.
Esa risa compartida lo cambia todo: me quita el miedo y me deja el deseo.
Él ladea la cabeza para salvar la nariz, y entonces sí. Me besa de verdad.
Mi mano, que lleva semanas sin saber qué hacer, sube por su pecho, se cuela bajo el cuello del dominó y se cierra en su nuca.
Allí encuentro el pelo corto, el pulso desbocado, una piel que arde.
Él emite un sonido ronco y me atrae contra su cuerpo con una mano abierta en mi espalda.
Siento cada botón de su casaca, el calor de su aliento y una urgencia que no es de estrategia, sino de hambre vieja.
Se me escapa un suspiro y se lo traga. Retrocedo hasta tocar con las corvas el borde del diván; él me sigue; mis dedos se hunden en su pelo.
No mido nada. No cuento los segundos. Ya no recuerdo cuántos pasos distan entre una trampa y un precipicio.
Cuando nos separamos, ninguno de los dos respira bien.
—Eso —consigo decir— excede cualquier interés razonable.
—Ya lo sé. —Su frente se apoya en la mía, raso con raso—. Es un anticipo de los próximos.
Se me escapa la tercera risa de la noche, más temblorosa que las otras.
Después, muy despacio, como se quita un velo que lleva años pegado a la piel, desata el cordón de mi antifaz y me lo retira.
El aire de la salita me roza las mejillas húmedas.
Le devuelvo el gesto con dedos que no obedecen y su máscara cae al suelo junto a la mía como dos pieles mudadas.
Nos quedamos cara a cara, sin disfraces y sin público. Infinitamente más desnudos que si no lleváramos una sola prenda encima.
Entonces ocurre. Lo veo en su cara antes de que lo diga: algo se le agolpa detrás de los ojos, una confesión que no conozco y que reconozco de sobra porque es la gemela de la mía. Abre la boca.
— Milady , antes de que esta noche termine, tengo algo que decirle. —La voz le sale ronca—. No es bonito.
—También yo —se me escapa.
Los dos nos callamos. Tengo la verdad entera en la punta de la lengua: la apuesta, la trampa, el nombre que Pell le puso a mi silencio, el modo exacto en que caí yo dentro de lo que cavé para otro.
A un solo aliento de soltarla. Lo que de verdad me aterroriza no es tener ganas de besarlo, eso lo sé domar; es tener ganas de contárselo todo.
De vaciarme entera. De ponerle mi secreto en las manos como quien deja un cuchillo sobre la mesa y ofrece la garganta a continuación.
—Hable usted primero —me pide, con una media sonrisa que tiembla en una esquina.
—No. —Mi voz es un hilo—. Usted.
—Es largo.
—El mío también.
—Entonces —su mano me recoge un mechón detrás de la oreja— los dos tenemos algo que perder esta noche.
No es una pregunta. Es la peor frase que podía decirme, porque tiene razón, porque lo que yo tengo que perder acaba de besarme con una ternura que nadie me enseñó a defender.
Hago lo único que no figura en el repertorio de una mujer que no ha huido de nada en su vida: huyo.
Me aparto de sus manos como quien se aparta de un fuego, murmuro una excusa que ni yo entiendo y salgo de la salita casi corriendo, esquivando dominós, pastoras y sultanes, con una mano en el cordón del abanico y el corazón dando saltos entre las costillas.
Oigo su voz detrás, entre el eco de la orquesta: un « milady » que se parte por la mitad. No me giro.
Es en el carruaje, con la cortina corrida, cuando abro el puño y descubro que lo que llevo apretado entre los dedos no es mi antifaz.
Es el suyo: raso negro, todavía tibio, con el cordón deshecho y un olor a él que no se va.
En la oscuridad, cierro la mano de nuevo.
Él se ha quedado con la mía. Mañana, para devolvernos las máscaras, tendremos que mirarnos a la cara.
Lo guardo en el escote, contra la piel, y ordeno al cochero que no pare hasta Mayfair.