XV
Hart
Hay un perfume en los pasillos de mi casa que no me gusta nada.
No es el humo del carbón que no puedo pagar ni el tufillo a humedad que le gana terreno al ala este.
Es algo mucho más caro y peligroso: el olor de las flores de invernadero que llegan cada mañana para mi hermana desde hace una semana larga.
Hoy toca orquídeas.
—¡Mira, Hart, mira! —Posy irrumpe en mi despacho con una caja de cartón forrada de seda entre los brazos y una sola flor blanca, veteada de púrpura, que le tiembla en la mano como una mariposa recién cazada—.
¡Orquídeas! En pleno mayo, y de las que solo se crían en el cristal de los ricos.
Dice la tarjeta que son raras, caras y difíciles de conseguir. Igual que yo.
—Muy ocurrente el remitente —murmuro, midiendo cada sílaba como un artificiero que manipula pólvora—. ¿Raras, caras y difíciles? Eso último será por la factura de la floristería.
—Qué antipático eres cuando algo no es tuyo. —Hunde la nariz en la flor—. Lord Pell es un caballero. Lleva toda la semana siéndolo.
Esa es justamente la palabra que me eriza.
Lleva toda la semana siéndolo, con una puntualidad de reloj de bolsillo: lunes, tulipanes; martes, jacintos; miércoles, un cesto de fresas de invernadero que mi hermana ha repartido con la señora Pruitt en el rellano de la cocina.
Ni una sola de esas flores ha costado un penique a quien las manda. Todas me cuestan a mí.
—Gorrión —le digo con el tono que uso cuando me juego algo—, la próxima vez que lord Pell baile contigo, ¿me avisarás?
—Pues claro. —Frunce el ceño—. ¿Por qué tendría que ocultártelo?
Porque yo te oculto muchas cosas, pienso, y las he aprendido de alguien.
No lo digo. Le beso la frente y le pido que ponga la orquídea en agua antes de que se me marchite la conciencia.
Sale tarareando por el pasillo, fuera de tono, con la caja bajo el brazo, y la sonrisa se me cae de la cara de golpe.
La señora Pruitt la sustituye en el umbral con una ceja arqueada y la expresión de quien trae la factura del carnicero.
—El joven señor Halliwell, milord. Pregunta por usted. Solo por usted, ha subrayado, con la cara de ir a su propio entierro.
Lo recibo en el salón medio caldeado. Gil entra con el sombrero estrujado entre los dedos y la levita limpia de siempre, gemela de la mía, la espalda recta como el palo de una bandera. No se sienta. Ni siquiera aguarda a que le ofrezca el asiento.
—Milord, vengo a retirar mi petición.
Me quedo quieto. En ciertos momentos de la vida el cuerpo entiende antes que la cabeza.
—¿La de cortejar a mi hermana?
—Sí. —Traga saliva—. Con todo respeto y con la certeza de que no he hecho nada deshonroso para merecer esto. Es... una cuestión de prudencia.
—Halliwell, siéntese.
—Prefiero estar de pie, si usted me lo permite.
—Pues yo no se lo permito —replico con una suavidad que me sorprende—. Siéntese, hombre, y cuénteme quién le ha dicho qué. Porque usted tiene el aspecto de un muchacho al que han aplastado con un mueble y todavía se empeña en decir que no pesa.
Obedece. Se sienta en el borde de la silla, como el primer día, y me mira con unos ojos honrados que no saben mentir ni aunque les pagaran por ello.
—Lord Pell me abordó el domingo a la salida de misa —confiesa en voz baja—.
Fue amabilísimo. Me felicitó por mi paciencia y por mi sermón.
Me preguntó por mi parroquia y le dije que no tengo, y entonces me dijo...
—se interrumpe, escoge las palabras—. Me dijo que una muchacha sin dote es un mueble caro, señor conde.
Que los muebles caros duran en casas ricas y se astillan en las pobres.
Que las mujeres hermosas se quedan sin nadie a quien arrimarse cuando las ven demasiado tiempo con quien no puede pagarles ni el carruaje.
Que, a veces, los rumores se adelantan a las bodas y no hay manera de cogerlos.
—¿Eso dijo? —Mi voz suena a lejos.
—Con una sonrisa. Como si me hablara del tiempo.
—Aprieta el sombrero—. No me asusto por mí, milord.
Me asusto por ella. Si mi presencia a su lado la expone a habladurías, si yo, con mi pobreza, le doy a ese hombre un arma...
antes me cortaría la lengua. Me retiro, pues.
Hasta que pueda ofrecerle algo más sólido que mis sermones.
Entonces volveré a pedirle permiso, si usted me lo concede.
Podría decirle tantas cosas. Que los gestos nobles son los más caros del mercado y que Pell lo sabe.
Que lo que él ha hecho esta semana es cortar el hilo del único hombre decente que ha pisado mi casa en mucho tiempo y dejarme a mí sin nada contra lo que defender a Posy.
Que estoy a punto de partirle los dientes.
—Es usted un buen hombre, Halliwell —digo al fin—. Un buen idiota, pero bueno.
Le tiembla la comisura de la boca.
—Si mi hermana me preguntara...
—No le he dicho una palabra a la señorita Posy —me corta, y por primera vez se le escapa una chispa de orgullo—. Si lo supiera, se pondría de mi parte y ese sería precisamente el error. Le he dicho que esta semana tengo asuntos con el obispo. Una mentira muy mala, lo sé. Tengo poca práctica.
—La práctica se la dan los demás —mascullo—. Le doy mi palabra de que Pell no tocará a mi hermana. Le doy otra: no haga ninguna tontería heroica.
—Las tonterías heroicas, milord —sonríe de verdad—, suelen ser las que usted hace.
Se despide con una reverencia que le queda dos tallas de más. Lo veo salir por el pasillo con esa espalda de ciprés que resiste el viento a costa de partirse, y la señora Pruitt, que ha escuchado desde la puerta sin la menor vergüenza, suelta un suspiro de cocinera:
—Ese chico vale más que todos los lores de esa lista suya, milord. Mire que se la he oído enumerar.
—Lo sé, señora Pruitt.
—Pues haga algo.
—Estoy en ello.
Me encierro en el despacho sin lumbre, me dejo caer en el sillón y miro las columnas de mis cuentas como quien mira el techo de una celda.
Debería ponerme a calcular cuántos días faltan para que el pagaré venza y la casa caiga.
Pero el cuerpo tiene sus propias prioridades y la cabeza se me va, como se va todas las noches, a un solo sitio.
A Hyde Park, un domingo de mayo. A una yegua gris con los nervios en carne viva y a una mujer que no sabía que la yegua era lo de menos.
Le cogí la mano sin guante para calmar al animal, o eso dije, y bajo mi pulgar encontré el pulso de su muñeca, desbocado como un reloj al que se le ha roto el muelle.
La yegua se calmó. Ella no. Me quitó la mano un instante tarde, y ese instante tarde lo guardo yo como se guarda el último penique en el fondo de un bolsillo roto.
Le he mandado lavanda. Lavanda de la señora Pruitt, atada con bramante, sin tarjeta, porque no se me ocurrió nada que escribir que no me hiciera parecer un sentimental o un cobarde.
El lacayo volvió aquel mismo jueves con una única respuesta, y de oídas: Fossett, el mayordomo de Merrow House, le había dicho que su señoría «se quedaba con la lavanda».
Le he dado la vuelta a esa frase unas cuarenta veces.
No sé qué quiere decir y sé con exactitud lo que me gustaría que dijera.
Recuerdo también el invernadero. No el beso, que eso es demasiado, sino el momento previo: la distancia que ninguno de los dos midió.
El perfume a azahar. La inclinación de su cabeza, esa pizca de nada que ella cree que no vi.
También la galería de Almack’s, donde estuve a cuatro dedos de su mano sobre la piedra y tuve que apretar la balaustrada con todas mis fuerzas para no ser el hombre que no tiene derecho a ser.
Pell la quiere para su tablero. Yo la quiero para mí. En eso, cuando se rasca un poco, no hay tanta distancia entre los dos como me gustaría, y eso me da ganas de vomitar.
La rabia me levanta del sillón. Cojo el sombrero y el abrigo de la percha, aunque en mayo el abrigo ya es un lujo innecesario, y salgo sin avisar a nadie.
Tardo media hora larga a pie de Marylebone a St. James’s, entre calles que se estrechan, carruajes que levantan polvo y un sol bajo que me clava los ojos.
Voy ensayando frases y descartándolas. Todas suenan a hombre acorralado y lo último que debe parecer un hombre acorralado ante un depredador como Pell es una presa fácil.
Para cuando planto la mano en la puerta de White’s he decidido no ensayar nada. La verdad desnuda asusta más que un buen discurso, y a mí no me quedan en los bolsillos otras monedas.
El conserje me mira la cara y renuncia a pedirme el sombrero. Atravieso el salón principal entre el humo, los naipes y los murmullos que se apagan a mi paso, y lo encuentro en su sillón de orejas de siempre, con una copa de oporto en la mano y el sello de oro girándole en el meñique.
—Vaughan. Qué sorpresa verlo sin una copa. —Ni se levanta—. Lo veo alterado. ¿Es la viuda, que resulta más dura de roer de lo previsto?
—Deja en paz a mi hermana.
Lo digo sin rodeos y a media voz. Varios caballeros de las mesas vecinas alzan los ojos de sus cartas. Pell no se inmuta.
—Qué modos tan bruscos para un conde. Soy un caballero atento con una jovencita encantadora. ¿Desde cuándo se prohíbe a un lord regalar orquídeas?
—Desde que ese lord no corteja a la dama, sino que acorrala al hermano.
—Me apoyo en la mesa con las dos manos y me inclino hasta que mi sombra le tapa la lámpara—.
Ni una flor más. Ni una tarjeta más. Ni una palabra bonita más en su oído.
Menos aún una palabra fea en la boca de un coadjutor honrado, a la salida de una misa.
Esa sí le llega. Un parpadeo, un atisbo de tensión en la mandíbula. Luego la sonrisa regresa, aunque ya sin la misma comodidad.
—Veo que Halliwell ha ido a llorarle en el hombro.
—Halliwell no llora. Se retira, que es mucho peor, porque lo hace con la cabeza alta.
Escúchame bien, Pell, que solo te lo diré una vez.
Juega conmigo cuanto quieras sobre el fieltro verde.
Usa la apuesta, usa la bolsa, usa cada una de tus trampas.
Pero como vuelvas a acercarte a Posy para apretarme el cuello, te juro por la memoria de mi padre que te arruinaré antes de que termine la temporada.
Sabes que no tengo nada que perder, y eso me hace mucho más peligroso que tú.
Se hace un silencio de esos que se oyen en los pliegues del terciopelo del club. Pell hace girar su copa sin prisa. Cuando por fin responde, lo hace mirándome con una cortesía que no me gusta nada.
—Arruinarme... —saborea el verbo—. Qué verbo tan generoso en boca de un hombre que se debe a sí mismo, querido Vaughan.
Cuando una persona debe tanto, no arruina a nadie.
Espera a que lo arruinen. —Bebe un sorbo—.
¿No tiene usted un vencimiento muy próximo?
El día de San Juan, creo. Qué fecha tan hermosa para un hundimiento.
El verano, los quarter days, las deudas que por fin cumplen años...
Sé que debería respirar. Me lo digo dos veces.
—No recuerdo haberte dicho la fecha.
—No hace falta que usted diga nada, querido. —Su sonrisa recupera su forma de víbora—. Lo grita su cara cada vez que pasa por Cheapside.
No he mencionado Cheapside en mi vida delante de este hombre. Ni el nombre del prestamista, ni la calle, ni la cuantía. Un frío me sube desde la nuca hasta la raíz del pelo.
—Le diré algo más, ya que estamos tan francos —prosigue, inclinándose hacia delante con un codo en la rodilla—.
La viuda de Merrow no es tonta. Como descubra el jueguecito de la apuesta antes de que le ponga el anillo, no solo perderá usted la bolsa: se quedará en la absoluta miseria y con el apellido arrastrado por el lodo.
Yo, en su lugar, andaría con más cuidado.
Usted y yo estamos hechos del mismo barro.
Solo que yo no pretendo enamorarme del cliente.
—Que la viuda caiga o no es asunto mío —replico, apretando los puños dentro de los bolsillos—. Mi hermana no toca tu tablero.
—Su hermana toca lo que le gusta. Es una chica con gustos. Ha elegido la orquídea más cara de la caja.
Me enderezo. Si me quedo un segundo más voy a cometer un asesinato en un club donde el servicio se ocupa de retirar los cadáveres con elegancia. Doy media vuelta sin esperar que me despida. Atravieso otra vez el salón, el humo y los murmullos, y estoy a punto de ganar la puerta cuando lo veo.
En el vestíbulo, apartado junto a una columna, con el sombrero en las manos y los dedos manchados de tinta hasta la primera falange, un hombrecillo de cara pálida y chaleco raído que clava la vista en el suelo como un perro que sabe que ha mordido.
Lo conozco de sobra. Es mi prestamista, el que sonríe con todos los dientes cada vez que firmo, y hoy no sonríe.
Hace ocho días lo vi bajo un farol, hablando con Pell.
Cheapside se le nota hasta en la manera de apoyarse en la pared.
—Señor Crabbe —digo.
El hombre levanta la cabeza. Palidece un grado más.
—Milord.
—Qué casualidad encontrarlo en White’s. —Me detengo a su altura—. ¿Viene a cobrar o a que le paguen por callar?
—Vengo a ver a un caballero, milord. —Se retuerce el sombrero—. Nada más. Nada que le concierna.
—Un caballero. —Miro por encima de su hombro hacia el salón, hacia el sillón de orejas desde el cual una sonrisa de víbora me observa por encima del borde de una copa—. Claro. Hay muchos en esta casa.
Salgo a la calle con las manos húmedas y la certeza fría de que un papel puede cambiar de dueño sin cambiar de letra.