XIV
Sabine
No he pegado ojo y esta vez ni me molesto en culpar al precio de la lana.
A las cuatro de la madrugada del jueves renuncio a la cama, me echo un chal sobre los hombros y me instalo junto a la ventana a esperar que Mayfair se desperece.
Conozco esta alcoba mejor que a mí misma: la tabla que cruje, lo que tarda el farolero en llegar a la esquina, el ángulo en que la luna dibuja mi sombra sobre el espejo.
Esta noche la sombra me devuelve a una mujer despeinada y descalza, con la boca de quien ha perdido una partida que nadie más estaba jugando.
La ruina de Vaughan no me la contó él por primera vez, que quede claro.
La conocía desde antes de que nos presentaran: las arañas sin bujías, el ala cerrada, el lacayo único que hace de portero y de cochero.
Lo tasé como se tasa un caballo de segunda mano, con una mirada y sin remordimiento.
Lo que ignoraba era cómo suena una ruina cuando la cuenta en voz baja quien la padece, de espaldas al salón, con las manos sobre la piedra de una balaustrada y sin una sola frase ingeniosa con la que protegerse.
Suena a carne viva. Escucharlo me hizo lo peor que se le puede hacer a una cazadora: dejar de ver una pieza para ver a un hombre.
Lo recuerdo todo con una puntería humillante.
Sus manos junto a las mías sobre la piedra, cuatro dedos de distancia entre su meñique y el mío, y yo midiendo ese hueco como si de él dependiera el imperio.
No me tocó mientras habló. Pasé esos minutos deseando que me tocara y, cuando por fin lo hizo, con mi propio guante de pretexto, estuve a punto de deshacerme allí mismo; esa es la parte que no pienso confesarle a Bee ni bajo tortura.
Todavía conservo la huella de su mano en la cintura, justo donde la seda de Almack’s amaneció arrugada.
La doncella ha mirado el vestido, ha mirado mi cara y ha tenido el buen juicio de no abrir la boca.
Contra un libertino tengo mil defensas. Lo he demostrado con tres docenas de ellos y con dos temporadas en las que media ciudad se estrelló contra mí sin que se me moviera un rizo.
Pero un hombre arruinado y orgulloso que me enseña su peor vergüenza a cambio de nada, solo porque no soportaba que lo tomara por lo que aparenta...
Para eso no me preparó nadie. En ocho años de matrimonio no me dijeron una verdad incómoda.
Me dieron cumplidos, órdenes y silencios a espuertas, pero la verdad, esa mercancía que no cotiza en Mayfair, no me la ofrecieron ni una vez.
He llegado a los treinta sin defensa alguna contra ella.
Soy un reino que fortificó todas sus fronteras menos una, porque jamás se le pasó por la cabeza que el enemigo atacara por ahí.
Él ha cruzado esa puerta sin saberlo, que es lo que lo vuelve imparable.
De modo que decido. La decisión llega con la primera luz, gris y práctica como una llave que gira, y me la repito hasta que suena a plan en lugar de a pánico.
Voy a acelerar. A saltarme el cortejo lento y a forzar el desenlace antes de que el desenlace me fuerce a mí.
Le ofreceré lo que un hombre en su situación no puede rechazar: un matrimonio bajo mis condiciones y solo bajo mis condiciones.
Mi fortuna lo saca de la ruina y, de paso, saca a su hermana; mi libertad queda intacta; mi corazón, a buen recaudo bajo siete llaves; todo sellado ante mis abogados como se sella la compraventa de un terreno.
Casada con él, dejo de ser la presa de nadie para convertirme en su acreedora.
Casada con él, la duquesa viuda de Storr no tendrá una viuda rebelde a la que corregir, sino una condesa a la que dejar en paz.
Casada con él, hasta Pell perderá el rastro del que tira, porque a una mujer casada nadie le pregunta a quién sonríe.
Es perfecto sobre el papel. Tan perfecto que debería estar brindando en vez de apretar el chal con los nudillos blancos.
A media mañana, con el desayuno intacto sobre la mesa del gabinete y la lumbre ardiendo para nadie, Bee irrumpe sin que Fossett alcance a anunciarla. Se arranca un guante de un tirón, estudia mis ojeras, inspecciona la bandeja y se sirve mi té sin pedir permiso.
—Esto está frío —anuncia, y lo bebe igual—. Lo cual quiere decir que llevas horas sentada ante él decidiendo algo. A ti la indecisión te sienta como a mí el luto: fatal. Suéltalo.
—He decidido proponerle matrimonio al conde de Vaughan.
Bee deja la taza a medio camino de la boca. En ella, la sorna tarda en borrarse, y hoy tarda un buen rato.
—¿Vas a hacer qué? —pregunta al fin—. ¿Tú? ¿La mujer que me juró con una copa en la mano que antes muerta que volver a pertenecer a un hombre?
—Matrimonio no. Una alianza. —Escojo las palabras como quien cruza un río pisando piedras sueltas—. Un acuerdo de negocios con un anillo de por medio. Él necesita dinero, mucho. Yo necesito cerrar este asunto antes de que se me escape de las manos.
—Cerrar —repite ella, con el gesto de quien prueba un vinagre—. ¿Qué ofreces, exactamente, en ese acuerdo con anillo?
—Sus deudas saldadas. Una dote para su hermana que haga callar a todas las madres de Londres.
Carbón en cada chimenea de esa casa. A cambio, mi fortuna sigue siendo mía: ni un penique sin mi firma, ni un acre sin mi consentimiento, un fideicomiso a prueba de maridos.
Tengo citado a Whitcombe a las once para empezar a redactarlo.
—Citado a Whitcombe. —Bee se echa hacia atrás en el diván—. Anoche ese hombre te confesó que su hermana remienda vestidos para no pesarle en la conciencia y tú, apenas amanece, le mandas un notario. ¿Nunca te has parado a pensar que suena un poco a factura?
—Suena a negocio.
—Suena a ponerle precio a lo único que no te lo ha puesto a ti.
—Levanta una mano antes de que replique—.
Escúchame, que hoy me toca a mí. Mi hermano estuvo ayer en White’s.
Dice que Pell lleva el libro encima como un misal, que la cláusula con tu nombre y el suyo ya tiene cuarenta firmas y que en White’s no se habla de otra cosa.
Cuatro mil libras, Sabine, por quedarse con tu mano.
¿Qué vas a hacer tú? ¿Pujar contra ti misma?
—La bolsa la cobra por cazarme —contesto, y noto que la voz me sale más seca de lo que pretendía—. Mi contrato lo cobraría por quedarse. Hay una diferencia.
—Qué elegante distinción entre dos maneras de comprar a una mujer.
Aprieto la mandíbula. Me levanto, remuevo una lumbre que no necesita que nadie la toque y le doy la espalda a mi mejor amiga, que es la manera más honrada que conozco de escuchar una verdad.
—Dime una cosa —prosigue Bee a mi espalda, con una suavidad que me duele más que el filo—. ¿Qué le vas a contestar cuando te pregunte por qué ahora? Anoche lo dejabas sudando en un balcón. Hoy le mandas un abogado.
—Que me aburren los preámbulos.
—Mientes peor que Edmund jugando al whist. —Se acerca, me gira por los hombros y me obliga a mirarla—.
Mírame. Llevo once años aprendiendo a distinguir tus estrategias de tus fugas, desde la mañana en que te vi bajar la escalera de la iglesia del brazo de un hombre que podía ser tu abuelo, sin una lágrima y sin un temblor.
Aquella mañana tampoco quisiste huir. Lo que hiciste fue organizarte.
Esto es lo mismo: la huida más elegante que te he visto emprender en la vida.
—No huyo, me adelanto. Es muy distinto.
—Es idéntico. Quieres casarte con él a toda prisa, con candados y cláusulas, para meter lo que sientes en una caja fuerte antes de que crezca y no quepa en ninguna parte.
—Me coge la muñeca; el pulso me delata bajo sus dedos—.
No te va a funcionar, querida. El amor de verdad revienta la caja y se lleva por delante la mano de quien intentó cerrarla.
—Entonces, que me la lleve —replico—. Prefiero perder una mano a perder el control.
—Ya... ese es el problema. —Me suelta despacio—. Llevas tanto tiempo confundiendo la celda con la llave que has terminado llamando hogar al cerrojo.
No contesto. No hay respuesta que no sea darle la razón, y una Bee con la razón en el bolsillo resulta insoportable hasta la hora de cenar. Me quedo mirando la taza, los posos, la lumbre. Entonces, porque con ella siempre acabo diciendo lo que no pensaba decir, lo suelto:
—Si se lo ofrezco, aceptará.
—Claro que aceptará. Está arruinado.
—Eso. —Me froto la sien con los dedos—. Aceptará, Bee, y yo tendré que pasarme el resto de mis días sin saber si dijo que sí a mí o a mis rentas. Le habré regalado en bandeja la excusa perfecta para no quererme jamás. Le habré comprado la indiferencia al contado.
El silencio que se abre entre las dos pesa lo que pesan las verdades dichas en voz alta. Bee no sonríe. Ni siquiera suspira, que es lo que hace cuando gana.
—Ahí está tu miedo de verdad —dice, muy bajito—. Todo lo demás es mobiliario.
—Pero si no lo ato yo —añado, porque soy incapaz de rendirme sin una última escaramuza—, lo atará la niña de los rizos con sus cuarenta mil libras. A esa le basta con reírse en el momento oportuno.
—¡Ahí estaba! —Bee se lleva una mano al pecho con teatral alivio—. Tardabas. Los celos son los únicos que se atreven a decir la verdad a la hora del desayuno.
—No estoy celosa.
—Estás verde, querida, y te sienta tan mal como el negro.
Le arrojo un cojín. Lo esquiva con una soltura que desmiente sus años de viudez decorosa. Cuando la risa se nos acaba, Bee recupera la compostura de la amiga a quien le cuesta pedir lo que pide.
—Una semana —dice—. Es lo único que te pido.
Concédete una semana. Mira cómo te mira cuando no sabe que hay un notario esperando al otro lado de la puerta.
Escucha lo que te dice sin estrategia por delante.
Si el jueves que viene sigues queriendo encerrarlo en una caja de caudales, yo misma te llevo a casa de Whitcombe, te sostengo la pluma y me trago mis palabras con el té.
—Una semana es una eternidad.
—Para ti, sí. Para el resto de los mortales es lo que tarda en cambiar la luna. —Me tiende la mano con la solemnidad de un tratado—. ¿Trato?
La miro. Miro la mano. Pienso en el meñique de Vaughan a cuatro dedos del mío y en lo largo que es un jueves cuando se tiene prisa.
—Una semana —acepto, estrechándosela—. Pero ni un día más, y si me dices «te lo dije», te prohíbo la entrada.
—Me limitaré a mirarte con cara de «te lo dije». Es una técnica mucho más cruel.
Se va al poco, con la promesa de pasar a recogerme para el paseo de la tarde y la insolencia de llevarse dos bollos de mi bandeja. Me quedo a solas y, por fin, sin Bee ni abanico ni nadie delante, me atrevo a pronunciar en el interior de mi cabeza la frase que llevo horas esquivando.
«Lo quiero».
Me sabe a hierro y a abismo. Me sabe a haberme enamorado del hombre al que tendí la trampa, como una novata, como cualquiera de esas mujeres blandas a las que llevo media vida mirando por encima del hombro desde mi torre.
Una vez dicho por dentro no hay modo humano de desdecirlo.
Me siento ante el escritorio, respiro hondo y me digo que puedo con esto: un sentimiento no es más que otro rival y a los rivales los desarmo yo mejor que nadie.
No me creo ni una sola sílaba.
Fossett carraspea en el umbral con ese aire de funeral discreto que reserva para los notarios.
—El señor Whitcombe aguarda en la biblioteca, milady . Dice que viene a la hora indicada.
Las once. Lo había olvidado. O he fingido olvidarlo, que es menos digno y más frecuente.
—Fossett... —Reúno el valor entero que me queda—. Dígale al señor Whitcombe que mis condiciones han caducado. Que vuelva cuando las tenga.
—Muy bien, milady . —Fossett no mueve una ceja; los mayordomos de su especie las tienen entrenadas como la caballería—.
Hay algo más. El lacayo del conde de Vaughan ha traído esto a la puerta de servicio.
Dice que es de la señora Pruitt, de su patio, y que su señoría ruega que se le perdone no poder mandar otra cosa.
Me tiende un ramillete atado con bramante. Lavanda. Apenas una docena de tallos, mal cortados, con la tierra del jardín todavía pegada al corte.
Lavanda en mayo, que no cuesta un penique y que huele a ropa limpia y a casa.
Lo comparo, sin querer, con el invernadero de los Hargreave, con las gardenias de lady Ellsby, con los ramos del tamaño de un perro que me han enviado en tres temporadas hombres que pagaban por ellos con mi dinero futuro.
Ninguno me ha hecho nunca lo que me hacen estos tallos torcidos: cerrarme la garganta.
—¿Algún recado más? —logro preguntar.
—Ninguno, milady . El lacayo dijo que el conde no sabía qué se escribe en estos casos y que prefería no escribir nada.
—Pues que no escriba. —Hundo la nariz en la lavanda para que Fossett no me vea la cara—. La lavanda se queda. El notario, no.