La trampa de terciopelo XIII
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XIII

Hart

He besado la mano de la señorita Quennell, le he dicho la tontería exacta para hacerla reír y me he apartado de ella con la sensación amarga de haber cometido una bajeza.

No me interesa esa niña ni me interesan sus cuarenta mil libras.

He fingido lo contrario por el más cobarde de los motivos: tras el vals con Sabine me he quedado con el corazón en la mano, a la vista de trescientas personas, y he necesitado colgarme encima cualquier otra cosa para que nadie reparase en mi desastre.

Me ha salvado el señor Quennell, que ha tomado mi codo con sus dedos de morcilla y me ha llevado, entre risas y palmadas, a la pista de una contradanza.

No he sabido negarme. Es el único talento que me falta.

Lo más irritante es que se me ha dado de maravilla.

Los trucos viejos no se olvidan, igual que un soldado retirado no olvida cómo se limpia el fusil.

He sido encantador y falso con la soltura de doce temporadas de práctica.

Mientras tanto, por dentro, solo quería devolver a esa criatura a su padre con una cortesía de manual y cruzar la sala de dos zancadas.

—Dicen que el diablo no baila bien —ha susurrado la señorita Quennell en mitad de una figura—, pero yo lo encuentro muy correcto.

—Soy un diablo reformado, señorita. Estoy en periodo de prueba.

Se ha reído como un cascabel. He descubierto, con un alivio que me ha dejado casi mareado, que tiene los ojos puestos en otra parte.

No en mí, sino más allá de mi hombro, en una columna en la que se apoya un guardiamarina de chaqueta azul que se ruboriza cada vez que ella pasa.

Está tan claro como un balance bien llevado: la heredera sabe a quién quiere, y no es a un conde con la levita de la temporada pasada. Me han dado ganas de brindar con ella.

—Su padre —le he dicho entre dos giros— sufrirá una gran decepción conmigo.

—Mi padre sufre decepciones con mucho gusto. Es su única afición, aparte de las hebillas. —Ha sonreído sin apartar la vista de la columna—. Usted baile, milord, y no se me ponga sentimental.

Ahora, mientras me abro paso entre las plumas y los abanicos, me doy cuenta de una verdad incómoda: llevo la noche entera actuando para una sola espectadora.

La he perdido de vista justo cuando más me importaba que me mirase.

La he visto marchar hacia la galería con el paso de siempre, ese que proclama que es dueña de cada baldosa que pisa, pero la conozco ya lo suficiente para leer lo que late por debajo.

Esta noche, bajo su elegancia, había algo roto que no estaba antes de nuestro vals.

De modo que hago lo que un cazador prudente no haría jamás: suelto la presa fácil para ir tras la que se me escapa. Me excuso con un gruñido ante el señor Quennell, que me despide agitando el sombrero como si zarpara, y salgo hacia la galería, dejando atrás el calor y el ruido.

Allí fuera el aire huele a tierra mojada y a primeros brotes.

Es un aire limpio y cortante que agradezco después del bochorno perfumado del salón.

Aquí se puede respirar hondo. Quizá sea posible, incluso, decir la verdad, que es una planta delicada y necesita aire fresco para no marchitarse antes de florecer.

La encuentro sola, apoyada en la balaustrada de piedra, de espaldas al salón y de cara a los jardines oscuros, tan quieta que por un momento no me atrevo a romper su silencio.

Alguien ha encendido un farol en la esquina de la galería, y su luz le pone un reflejo de plata sobre la nuca descubierta.

Tengo un guante suyo ardiéndome en el chaleco y la certeza de que mis manos, ahora mismo, no pueden fiarse de mí.

Cuando me oye y se gira no queda en su cara ni rastro de la mujer que ha bailado conmigo. Es la viuda de nuestro primer encuentro, con la armadura bien remachada y los ojos convertidos en dos puertas cerradas a cal y canto.

—¿Ya se ha cansado de la señorita Quennell, milord? —El filo de su voz podría afeitar a un hombre sin jabón—. Cuarenta mil libras merecen algo más que media sonrisa robada. Vuelva con ella, no vaya a apagársele el entusiasmo mientras pierde el tiempo conmigo en una galería.

Entonces lo comprendo. La revelación me golpea en el pecho con una dulzura salvaje.

Ese desdén demasiado afilado para ser sincero, esa insistencia rabiosa en una debutante que ni me va ni me viene, solo pueden significar una cosa, tan improbable y tan por encima de lo que merezco que apenas me atrevo a nombrarla.

Está celosa. La viuda intocable, la que reparte hiel por toneladas, muerta de celos por una niña de rizos. Lo está por mi culpa.

Un cazador sin entrañas se alegraría. Se anotaría el tanto, porque los celos de una mujer son la grieta perfecta para meter la palanca.

Llevo semanas buscando una fisura en sus muros y, sin embargo, no me alegro.

Lo único que quiero, al verla fingir indiferencia con la barbilla alta y la mano desnuda aferrada a las varillas del abanico, es decirle que no tiene motivo.

—La señorita Quennell tiene la cabeza en otra parte, milady , y yo no soy esa parte.

—Me acerco y me apoyo en la balaustrada a su lado, mirando hacia los jardines negros para que le resulte más fácil escucharme sin tener que mirarme—.

Se lo digo para ahorrarle la molestia de odiarla.

Ha sido mi pretexto durante diez minutos. Yo he sido el suyo.

—No tiene que explicarme nada.

—Lo sé. Por eso mismo tengo que hacerlo.

—Respiro hondo—. Le he sonreído porque acababa de bailar con usted.

Porque bailar con usted me ha dejado en un estado que no me convenía enseñar delante de medio Londres, y eché mano de la primera máscara que encontré.

Es un truco viejo y cobarde. Usted lo conoce de sobra, porque lo ejecuta mejor que yo.

No contesta. No me riñe, no me devuelve el golpe con una de sus réplicas afiladas ni cierra la conversación con un último golpe de acero.

Se limita a mirarme en silencio. Ese silencio me desarma más que cualquier estocada.

Contra el ingenio y la ironía sé luchar desde que era un chaval, pero contra el silencio de una mujer que de verdad escucha no me enseñaron defensa alguna.

Como no soporto ese vacío, lo lleno con lo único que debería callarme: la verdad cruda.

—Tengo una hermana. —Las palabras me salen sin freno y siento un alivio extraño y peligroso al soltarlas—.

Tiene diecisiete años, se llama Posy y es lo único bueno y limpio que me queda en el mundo.

Este año le tocaba presentarse en sociedad y yo no tenía con qué hacer frente a los gastos.

Mi casa está sin lumbre porque no hay dinero para el carbón, milady , no por ninguna excentricidad de soltero.

El ala este está clausurada porque no se puede caldear.

Mi hermana remienda sus propios vestidos tarareando para ahorrarme el mal trago de ver que sabe de sobra que estamos arruinados hasta los cimientos.

Lo de la duquesa viuda de Storr, en su mesa, no fue un chiste. Fue una factura, y estaba bien hecha.

—Lo sé.

Lo dice en voz tan baja que al principio creo que la he imaginado.

—Lo sabía —repite, y por fin se vuelve hacia mí, la espalda contra la piedra y el abanico olvidado en la mano—. No por su boca, milord. Hay cosas que se averiguan. Pero escucharlo así...

Se interrumpe. Veo que traga saliva y que el pulso le late, visible, en el hueco de la garganta, a una velocidad que ninguna cortesía puede ocultar. Está escuchando con todo el cuerpo.

—No es solo el carbón. —Me obligo a continuar—.

Hay un pagaré. Vence el día de San Juan y no sé de dónde sacarlo.

Si no lo pago, embargan la casa de Marylebone y subastan la finca de Wiltshire, la única tierra que me queda, que ya está hipotecada hasta el último surco.

Ni siquiera sé el nombre de quien me lo cobra.

Solo conozco a quien lo cobra en su nombre, un tipo que huele a sebo.

Eso es lo que hay detrás del gran Diablo de Vaughan, milady : un hombre sin un penique, luchando contra viento y marea para que su hermana no pague por sus errores.

Hay algo más que debería decirle. Algo que me quema en la garganta, mucho peor que las chimeneas apagadas o la falta de carbón.

Algo que empieza con una apuesta miserable en White’s y una bolsa repartida entre imbéciles.

Pero eso no me sale. Se me atasca a mitad del pecho como una espina.

Confesar la ruina es mostrarle mi herida.

Confesar la apuesta sería clavarme yo mismo el puñal hasta el fondo.

Ni siquiera esta noche, en la que soy tan sincero, soy tan valiente.

Ella podría destruirme ahora mismo con lo que le acabo de poner en la mano.

Podría compadecerme, que sería mil veces peor, o guardarse el dato para usarlo cuando mejor le viniera.

No hace nada de eso. Me mira de una forma en que nadie me ha mirado antes, sin cálculo, como si hubiera descorrido una cortina pesada para ver por primera vez la habitación que había detrás.

En su mirada no hay desprecio, ni el triunfo del jugador que descubre las cartas del rival.

Hay reconocimiento. Me ha visto a mí, al de verdad, al hombre que hay debajo de los disfraces.

—¿Por qué me cuenta esto? —pregunta al fin. Por una vez no hay filo en su voz, solo un desconcierto idéntico al mío—. Acaba de entregarme un arma, milord. Una muy afilada. ¿No teme que la use contra usted?

—Aterrado estoy. —Esbozo una sonrisa torcida. Es la verdad y ya no tengo otra cosa que ofrecerle—. Pero entre mentirle bien y decirle la verdad, aunque me cueste la cabeza, esta noche he perdido la capacidad de elegir la mentira.

Su armadura se afloja un poco, algo que jamás le había visto hacer.

Nos quedamos callados frente a los jardines.

Dos adversarios que han bajado la guardia al mismo tiempo y descubren, con idéntico asombro, que sin las armas en alto no saben qué son el uno para el otro.

La miro de perfil, recortada contra la luz dorada que sale del salón, con un rizo suelto agitándose con la brisa, y pienso que nunca la he visto tan deslumbrante como ahora que no lleva puesta la coraza.

Esta hermosura desarmada me va a salir mucho más cara que todas sus defensas juntas.

Meto la mano en el chaleco. Saco su guante, aún tibio, de cabritilla blanca, con un botón de nácar en la muñeca, y se lo muestro en la palma.

—Me dijo que se lo devolviera cuando supiera para qué lo había cogido.

—¿Y lo sabe?

—Empiezo a saberlo.

—Dígamelo.

—Para esto.

Le tomo la mano desnuda, la derecha, la que ha estado sobre mi nuca.

La levanto hasta la altura de mi pecho, como se levanta un objeto frágil, y le pongo el guante.

Despacio. Primero la punta de los dedos, uno por uno, estirando la cabritilla sobre cada falange, y ella los deja hacer, con la respiración entrecortada.

Después la palma. Luego el dorso, hasta la muñeca, donde el cuero se aprieta sobre las venas.

Mis pulgares se detienen justo allí, sobre el pulso, sobre ese latido que bajo mis yemas corre a lo loco, y ninguno de los dos pronuncia una palabra mientras cierro el botón de nácar.

Es el gesto más indecente que he hecho en mi vida, y llevo una carrera.

—Ya está —murmuro, sin soltarla.

—No parece haber terminado —responde ella, también sin soltarme.

Estamos otra vez ridículamente cerca. No sé en qué momento nos hemos vuelto el uno hacia el otro, ni cuándo mi mano libre ha subido a rozarle la mejilla.

Su frente se apoya en la mía. No una frente de dama, sino una frente que busca descanso, con los ojos cerrados.

Le noto el aliento en los labios, con un ligero sabor a champán que no ha bebido y a algo más, azahar, que viene del fondo del recuerdo.

Me bastaría inclinar la cabeza un poco para cobrar aquello a lo que nadie ha puesto precio.

Ella entreabre la boca. Me espera. Me está esperando, y por Dios que no quiero otra cosa en este mundo.

—Milord —susurra, y suena a otra palabra.

Retrocede.

Un paso. Apenas un paso, pero el abismo que se abre entre los dos tiene la anchura exacta de una confesión. Se pasa los dedos enguantados por el lado de la boca, como quien recoge una gota de cera.

—Es tarde —dice, con una voz que ha recuperado la compostura, aunque no del todo la firmeza—. Las galerías de Almack’s tienen oídos.

— Milady .

—¿Sí?

—Gracias por escucharme.

—No me dé las gracias, milord. Aún no las merezco. —Se detiene con la mano en la puerta de cristal, de espaldas a mí, como si fuera a atravesar una frontera—. Dígame una cosa, lord Vaughan. ¿Hay algo más que quiera contarme?

La pregunta cae en mitad de la galería como una moneda sobre una mesa de juego. La oigo girar sobre el canto. Lo tengo en la lengua, completo, con todas sus letras: la apuesta, Pell, la bolsa, el nombre de ella escrito en un libro de White’s. Basta con abrir la boca.

—No —digo.

Sabine asiente despacio, como quien anota una cifra en una columna que ya sabía que no cuadraba.

—Entonces, buenas noches, milord.

La puerta se cierra con un chasquido suave.

Me quedo solo, con la boca áspera y las manos vacías.

Tardo un minuto entero en reunir el valor de seguirla de vuelta al salón, donde las luces me hieren los ojos.

Busco a Posy entre las debutantes para llevármela a casa.

La encuentro al fondo, junto a la columna de los refrescos, con los ojos muy abiertos y las mejillas encendidas, y delante de ella, con una reverencia de dos pisos y el sello de oro reluciendo en el meñique de su mano tendida, lord Pell.

Mi hermana sonríe, sin saber nada, y le da la mano.