XII
Sabine
La música termina y con ella se acaba el único minuto de mi vida adulta en el que he bailado sin ir contando cada paso.
Me alejo de él con la espalda recta, sin volverme, que es el único modo de alejarse de un hombre sin que se note que una ha dejado la mitad de sí en sus manos.
Cruzo el borde de la pista. Me detengo junto a un pilar con la mano desnuda recogida bajo el abanico, como una criatura culpable, y noto que me quema la palma justo donde ha estado apoyada en su nuca.
El nacimiento del pelo. Cuatro dedos sobre el cuello de la camisa y uno, el más largo, por debajo del borde, sobre la piel.
Todavía conservo, en la yema, la textura exacta: tibia, un poco áspera, viva.
Dice la gente que los cuerpos no tienen memoria.
Mienten. Los cuerpos guardan cuentas más estrictas que los banqueros.
Su mano en mi cintura era ancha y firme y sabía exactamente dónde apoyar el pulgar, en el hueco bajo la última costilla, donde yo no sabía que una mujer pudiera sentir un gesto.
Su aliento me rozaba la sien a cada giro, con un olor a brandy flojo y a jabón de sándalo.
Su pecho subía y bajaba contra mi pecho, y en algún momento, no sé cuál, los dos respirábamos al mismo compás.
Me ha dicho que respirar le costaba. A mí me costaba más, porque yo estaba obligada a fingir lo contrario.
Detesto que un cuerpo tan bien adiestrado como el mío conserve el recuerdo de un contacto de apenas tres minutos. Un cuerpo con memoria es un cuerpo rebelde, y una mujer con un cuerpo rebelde pierde la mitad de las armas antes de la batalla.
Recompongo la armadura pieza por pieza. Le ordeno a mi corazón que recupere el ritmo y me repito que no ha pasado nada digno de mención.
Un vals es un vals. Salí a la pista a tender un cebo y regreso a la orilla con la trampa lista y el enemigo más cerca de rendirse que nunca.
Casi me lo creo. Pero el «casi» me dura lo que duran los milagros a estas alturas: un suspiro.
Porque es justo entonces cuando recuerdo que estuvo a punto de decirme algo.
«Tengo algo que decirle. Algo que debería haberle dicho antes de ese invernadero».
Se le había puesto cara de reo que sube al cadalso.
Yo sé qué iba a decir, o tengo una idea bastante precisa.
Lo corté con un dedo sobre su hombro, con una orden que sonó como una súplica, porque si él me confiesa la apuesta tendré que confesarle yo la mía, y no estoy preparada.
No estoy preparada ni para la mitad. Ha sido la jugada más cobarde de mi carrera y la he ejecutado con el mejor de mis gestos de reina.
Imagina la escena, si te place. En mitad de Almack’s, con las siete patronas de testigo, él me dice: « Lady Merrow, hubo una apuesta».
Yo, la general, la intocable, la mujer que no pierde, le respondo con una sonrisa: «Lo sé, milord, la sembré yo».
Dos tramposos mirándose a los ojos con el vals todavía en las piernas.
O nos reímos hasta caer de rodillas o nos matamos, no hay término medio.
Lo que me da pavor es descubrir que la primera opción existe, que bajo la rabia que debería sentir hay una carcajada esperando turno, y que esa carcajada es tan peligrosa como la espada.
Lo busco con la mirada, no sé para qué. Para recordar que sigue ahí, supongo, como se toca un bolsillo para comprobar que no han robado la cartera.
Lo veo.
Está al otro extremo del salón, inclinado sobre la mano de una debutante de rizos dorados y risa fácil.
Le está regalando la misma sonrisa deslumbrante que reparte como moneda falsa por los salones: la de a manos llenas, la que no le cuesta nada.
La que yo, hace diez minutos y como una imbécil, creía haberme ganado en exclusiva en la pista.
Mi guante duerme en su chaleco, a la altura del corazón, y él se inclina sobre otra mano. El detalle me escuece más de lo razonable.
Le murmura algo al oído. La muchacha se ríe con ganas y se lleva el abanico a los labios, con ese gesto ensayado que las madres de la buena sociedad enseñan a sus hijas antes incluso que el padrenuestro.
Los observo más tiempo del que cualquier mujer con dos dedos de orgullo debería permitirse.
Registro cada detalle con la minucia enfermiza de quien examina una herida abierta.
Veo cómo la niña alza el rostro como un girasol tonto.
Veo cómo él le besa los nudillos sobre el guante, con esa lentitud estudiada que conozco demasiado bien en mi propia piel, porque me la aplicó a mí en un invernadero hace nada.
Hay otro detalle que registro sin darle importancia.
Mientras la muchacha ríe, su mirada no está en el hombre que le besa los dedos.
Está más allá, por encima de su hombro, en una columna donde un joven de chaqueta azul marino, de esos que no encajan en Almack’s ni con calzador, la mira de reojo y se pone colorado.
Me lo guardo sin pensar en ello. Soy estratega: lo guardo todo.
Pero en este momento, lo reconozco, no estoy en condiciones de interpretar nada que no tenga patillas y levita oscura.
Doy medio paso hacia ellos antes de darme cuenta de lo que hago.
Medio paso de nada. El mismo impulso que siente una fiera cuando ve que tocan lo que considera suyo.
Me detengo en seco, horrorizada. Acabo de descubrir en mi interior un instinto de propiedad que no me corresponde y que no figuraba en ninguna cláusula de mi plan.
El conde de Vaughan no es mío. Es mi presa, mi jugada, mi medio para un fin concreto. Repetírmelo mil veces no impide que la palabra «mío» se me quede pegada al paladar, dulce y venenosa, como una fruta que sé que no debo morder.
Siento entonces algo que no había sentido en toda mi vida adulta, tan ajeno a mi naturaleza que tardo un segundo en atreverme a ponerle nombre.
No figura en mi catálogo. Siempre lo consideré una flaqueza propia de mujeres más blandas y peor entrenadas para la guerra.
Celos. Celos vulgares y humillantes que me suben por la garganta como hiel y me hacen apretar las varillas del abanico con tanta fuerza que me da miedo oírlas crujir.
—Cierra el abanico antes de que lo conviertas en astillas, querida.
—Bee se materializa a mi lado, sigue la línea de mi mirada y suelta un suspiro de pura compasión—.
Ah. La pequeña Quennell. Cuarenta mil libras y una risa de perdiz.
Dicen que el padre anda buscando título para ella con desesperación, y que pagaría un precio escandaloso por uno, aunque le venga con deudas y con fama de diablo incluidas en el lote.
—No pensaba preguntar.
—No hacía falta. Tienes cara de querer degollar a alguien con un abanico.
—Es lo único que enseñan en los colegios de señoritas.
—Dámelo. —Me quita el abanico de la muñeca, lo desanuda con unos dedos delicados, comprueba que no se le haya roto ninguna varilla y me lo devuelve—.
Respira. Dime qué ha hecho el conde para ponerte así.
Ha sido un vals precioso. Lo ha visto toda la sala, hasta las siete arpías.
Posy Vaughan ha llorado de pura felicidad.
—Ha hecho lo que haría cualquier cazador. Se ha asegurado un segundo plato. —Me tiembla la voz y me detesto por ello—. Heredera y viuda, Bee, las dos en una sola velada. Qué eficiencia.
—Sabine. Eso no es lo que he visto yo.
Cuarenta mil libras. La cifra se me clava más hondo que la dichosa sonrisa, porque me recuerda, por si en tres minutos de vals se me había olvidado, lo que soy yo para el conde de Vaughan.
No soy una mujer: soy una cifra en una columna.
Una fortuna con enaguas. Idéntica en el fondo a esa niña de rizos dorados, solo que con más años a la espalda y un carácter mucho peor.
No es la primera vez que soy un número para un hombre, ni será la última.
Desde los diecinueve me han medido siempre así: en libras, en acres, en renta anual.
Primero mi padre, para colocarme bien, y después mi marido, para lucirme mejor.
Lo nuevo, lo que esta noche me quema como ácido, es que por primera vez me duele serlo.
Una cifra solo escuece cuando la mujer que la encarna ha empezado, contra todo pronóstico, a querer ser una persona a los ojos de alguien.
En ocho años de matrimonio con el vizconde no sentí celos ni una sola vez, ni siquiera cuando paseaba del brazo a bailarinas de ópera con más descaro que discreción.
Para sentir celos hay que querer, y a mi marido yo no lo quería.
Lo soportaba, que es algo muy distinto y mucho más cómodo de llevar.
Los celos no nacen del hombre, sino de una misma.
Son la sombra que proyecta el amor cuando le da la luz de frente.
Si esta noche tengo por fin una sombra, es que sin planearlo me he puesto a pleno sol delante de todo Londres.
—Si ha bailado conmigo y no con ella —pienso en voz alta, y me arrepiento al instante—, no ha sido por mis ojos ni por mi ingenio. Ha sido por aritmética. Cuarenta mil están muy bien, pero mi fortuna las dobla. Un cazafortunas con la cabeza en su sitio apunta siempre a la cifra más alta.
—Sabine.
—Es la verdad. Para él no soy una mujer. Soy una cuenta bancaria con un apellido ilustre. —Cierro el abanico con un chasquido—. He estado a un segundo de olvidarlo por culpa de un vals desgraciado.
—Mírame. —Me coge la barbilla. Es tan raro que Bee me toque la cara que me callo—.
Llevo once años viéndote mirar a los hombres como se mira al ganado en una feria: sopesando peso, calidad y precio sin que se te acelere el pulso.
Jamás te había visto mirar a ninguno como lo has mirado a él.
Tampoco había visto nunca a un hombre mirarte como te mira ese.
Dime, por favor, que el sentido común todavía te alcanza para distinguir una cosa de la otra.
—No veas visiones donde solo hay estrategia fría, Bee.
—Ojalá fueran visiones. —Me suelta. No insiste, y eso es lo que la vuelve insoportable: sabe cuándo callarse para que su silencio pese más que cualquier sermón—. ¿Quieres que nos vayamos?
—No digas tonterías.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Respirar. —Enderezo la espalda. Una retirada a destiempo se comenta en este salón más que un desmayo—. Quédate y diviértete. Mañana me cuentas quién se ha comprometido con quién. Yo voy a salir un momento a la galería.
—¿Quieres que te acompañe?
—No. —Le aprieto la mano un segundo, para que entienda que la negativa no va contra ella—. Necesito respirar esto a solas.
— Lady Merrow. —Una reverencia exagerada, el crujido de unas rodillas y una copa de ponche que no he pedido me cortan el paso.
Sir Hugh Danforth, que no aprende—. Está usted deslumbrante y, si me permite el atrevimiento, deslumbrada.
He visto ese vals. Todos lo hemos visto.
Me temo que el conde de Vaughan es un oportunista.
—Lo es, sir Hugh. —Aparto la copa con dos dedos—. Es el único defecto que comparte conmigo. Hay otro, que usted nunca podrá imitar.
—¿Cuál?
—No traerme ponche que no he pedido.
Se queda con la copa en el aire y la boca entreabierta. Lo dejo así.
Me abro paso hacia las puertas acristaladas del fondo con la sonrisa intacta y el paso firme.
Saludo a un lado, declino con elegancia una invitación a bailar al otro.
Una viuda puede estar deshaciéndose por dentro como un terrón de azúcar en el té, siempre y cuando por fuera camine como si fuera la dueña del salón.
Esa risa de cascabel sigue sonando en mis oídos, aunque ya no la vea.
Camino un punto más deprisa de lo que dicta el decoro.
La galería está a media luz, con corriente, y huele a tierra mojada y a los primeros brotes del jardín. Me quedo mirando la balaustrada de piedra, los jardines negros, las ramas que gotean. Me concedo el lujo terrible de mirar de frente lo que llevo un mes esquivando.
He dejado de fingir. En algún momento impreciso de estas semanas dejé de representar el deseo para empezar a padecerlo. Dejé de tender la trampa para empezar a caer, despacio, dentro de ella. Lo que más me aterra es que soy incapaz de recordar cuándo ocurrió.
Del salón me llega, amortiguado por los cristales, el principio de una contradanza.
Me aprieto la muñeca desnuda con la otra mano, la que aún lleva el guante, para no oír lo que dice.
Está caliente. Está más caliente que el resto de mi cuerpo, y late con un ritmo que ningún reloj de este mundo sabría llevar.
Detrás de mí, sobre las baldosas, se detiene una bota. Reconozco el paso antes de oír el roce de la levita. No necesito girarme: huele a cuero, a lana tibia y a hombre que ha corrido para llegar.