La trampa de terciopelo XI #2
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XI #2

Con cada giro, su mano desnuda sube un poco por mi hombro.

Lo hace sin darse cuenta, o sin querer darse cuenta.

Los dedos le llegan al cuello de la camisa, a la cinta de la corbata, y entonces uno de ellos, el más largo, se desliza una pulgada por encima del borde y toca mi piel.

El nacimiento del pelo, en la nuca. Un roce de nada.

Es como si me pasaran un hierro por la espalda, de la cabeza a los talones, y tengo que apretar los dientes para no decirlo en voz alta.

—Perdone —murmura ella. Ni ella se perdona el roce.

—No hay nada que perdonar. —Mi voz suena como si me hubieran raspado la garganta con papel de lija—. Esta mano tiene mi autorización por escrito para quedarse donde está.

—Su autorización por escrito, milord, es tan insistente que he tenido que leer la letra pequeña.

—¿Y qué decía?

—Que usted tiene el cuello más caliente de Inglaterra.

Me río. No puedo evitarlo. Es una risa corta, que se me escapa a bocanadas y que me hace perder el compás un segundo.

Ella se aprovecha de mi tropiezo para acercarse, un palmo más, hasta que sus faldas me rozan las rodillas.

Bajo la palma de mi mano siento ceder y erguirse su espalda a cada vuelta.

Hay un instante, en el vértigo, en que se abandona del todo, y otro en que vuelve a ponerse la armadura.

A las demás mujeres las conducía por la pista; a esta la escucho.

Hay una conversación entera, muda y apasionada, entre su cintura y mi mano, mucho más sincera que todas las que hemos tenido con la boca.

Giramos de nuevo. Al pasar frente al estrado alcanzo a ver a Posy, que aplaude con ambas manos desde la fila de las debutantes.

Está radiante, feliz de ver a su hermano bailar de verdad por una vez.

Se me encoge el corazón: ¿qué pensaría de mí, de la apuesta y de mis mentiras, si supiera que sostengo en brazos a una mujer a la que medio White’s y yo hemos puesto precio en libras sobre el tapete de un club?

Aparto el pensamiento con rabia antes de que me estropee los últimos minutos de música.

—Está usted muy callado, milord —murmura sin despegar los ojos de los míos. Está tan cerca que su aliento me roza la sien—. Usted, que siempre tiene una frase brillante en la recámara. ¿Se le ha acabado la munición?

—Se me ha agotado del todo. —Se lo confieso sin miedo, por primera vez en mi vida—. Resulta que es muy difícil ser ingenioso y respirar a la vez, milady . Ahora mismo respirar me cuesta un esfuerzo que no recordaba desde que era un muchacho.

Algo le cruza la cara, un chispazo que apaga tan rápido como lo enciende, pero lo cazo al vuelo. Me dice, más claro que cualquier palabra, que no soy el único que ha dejado de calcular en mitad de este vals.

— Milady , hay una cosa que... —Me atasco. Ella frunce el ceño, y yo respiro hondo—. Tengo algo que decirle. Algo que debería haberle dicho antes de ese invernadero, antes de la partida, antes de...

—No. —Me aprieta el hombro con un dedo, con mucha suavidad. Es una orden. Es casi una súplica—. Ahora no. Los asuntos graves, milord, se tratan con el vals terminado.

—Es que luego...

—Luego será luego. —Alza la barbilla un dedo, lo justo para que su frente me roce la mandíbula—. Lo que sea que tenga que decirme, ha llegado hasta aquí sin hacer ruido. Le sobrevivirá otros tres minutos.

Lo que no dice con la boca lo dice la mirada, que de golpe se ha quedado sin el filo con que se defiende del mundo: cuando la música termine, los dos volveremos a ser quienes éramos antes de empezar.

—Lo sabe, ¿verdad? —murmura al fin.

—Lo sé. —La atraigo un respiro más cerca de lo que dicta el decoro, y en el estrado las plumas tiemblan sin atreverse a nada—. Por eso mismo pienso hacer que esta música dure lo que me quede de vida. Aunque tenga que sobornar a crédito a cada músico de la orquesta.

Sé de sobra que nos miran. Mañana no se hablará de otra cosa en todo Londres, y eso era lo que yo buscaba al sacarla a la pista.

Ahora me importa un bledo. Que miren, que apuesten, que escriban lo que les dé la gana en sus libros.

Aquí no hay deudas ni apuestas ni planes por ejecutar.

Solo estamos ella y yo, el compás de una música traicionera que se obstina en acercarse al final, y esa mano desnuda sobre mi nuca, quemándome como un sello de lacre.

Cometo entonces el error definitivo. La miro a los ojos de verdad, sin máscara.

Lo que encuentro no es el hielo que enseña al mundo ni el cálculo que yo esperaba hallar en un igual.

Encuentro algo mucho más peligroso para mis planes: una mujer tan aterrada como yo por lo que está pasando entre los dos, y tan incapaz como yo de detener la música a tiempo.

Debería aprovechar su desconcierto. Debería apretar el cerco y soltar la frase perfecta que la empuje hacia la trampa.

Para eso vine. Para eso firmé como un miserable en el libro de Pell.

Pero lo único que pienso, mientras la orquesta empieza a apagarse, es que daría la poca fortuna que no tengo, y toda la que debo, porque esta orquesta cansada no dejara de tocar jamás, y porque este vals no tuviera un solo compás final que me devolviera al hombre calculador que era cuando entré por esa puerta.

El último acorde cae como una tapa sobre un cofre. Se detiene la música y nos detenemos nosotros, ella con la mano todavía en mi nuca y yo con la mía en su cintura, y ninguno de los dos hace nada para remediarlo. Pasa un segundo entero. Luego otro. Alguien, a lo lejos, tose con fingida discreción.

Sabine retira los dedos de mi cuello uno a uno, despacio, como quien devuelve un objeto prestado que querría conservar. Me hace una inclinación de cabeza que apenas es una reverencia.

—Gracias por el vals, milord.

—Su guante, milady . —Hago ademán de sacarlo del chaleco.

—Guárdelo. —Sonríe con un lado de la boca, esa sonrisa que no es de las ensayadas—. Me lo devolverá cuando sepa para qué lo ha cogido.

Se da la vuelta y se aleja entre las plumas, con la espalda recta como una vara, sin una sola mirada atrás.

Me quedo en mitad de la pista con el guante ardiéndome sobre el corazón.

Una mano me toca el codo, pesada, con los dedos como morcillas.

Giro la cabeza. Es un hombre ancho como un armario ropero, de chaleco de brocado y hebillas de oro, que sonríe con todos los dientes.

A su espalda, escondida detrás de un abanico de nácar y con unos rizos dorados que se agitan con una risita, una muchacha a la que no he visto en mi vida.

—Lord Vaughan, tengo el honor —bufa el hombre—. Quennell. Del Almirantazgo, por parte de madre, y de la banca, por la de mi padre. Permítame presentarle a mi hija.