XI
Hart
En Almack’s, tres cuartos de hora se me han hecho una eternidad.
No por culpa de las siete patronas que nos vigilan desde su estrado con cara de cuervos posados en una horca, ni por el ponche aguado que aquí tienen el descaro de llamar refresco.
Se me hace eterno porque la puerta se abre cada dos minutos para engullir a una debutante más y ninguna de las que entra es la mujer que espero.
Un cazador con temple sabe esperar sin perder los papeles.
Yo cuento los minutos como un recluso con la fecha del indulto marcada en la pared, y solo ese detalle debería avisarme de que algo fundamental se ha quebrado.
El salón es un templo consagrado a la nada: paredes desnudas, luz sobria y una orquesta que toca con la intensidad de un funeral.
Sin embargo, es aquí, y no en los palacios donde el champán corre a mares, donde se decide el destino de la temporada.
Una tarjeta de estas señoras vale más que un cofre de oro.
Un desprecio suyo hunde a una familia sin necesidad de alzar la voz.
Vengo esta noche por dos motivos, y solo uno de ellos me atrevería a confesar sin ponerme colorado.
El confesable se llama Posy y acaba de hacer su entrada oficial en sociedad con su vestido color vino de Borgoña, remendado con paciencia de orfebre, y una sonrisa que ilumina más que todas las velas juntas.
La he visto aceptar la mano del joven Halliwell para una contradanza con tan poco disimulo de su alegría que se le ha contagiado el buen humor a media sala.
Que baile y se ría. Para regalarle noches como esta me he rebajado a firmar mi nombre en un libro de apuestas.
—¡Hart! —Posy se me cuelga del brazo, jadeante, con las mejillas del color de su vestido—. Me ha pisado dos veces y dice que es una costumbre de su familia. ¿Tú crees que aquí se puede bailar tres veces con el mismo caballero?
—Dos, como mucho. A la tercera la patrona de las plumas te manda a la calle.
—Qué hipocresía. Con el mismo coadjutor, dos. Con un lord arruinado, quince. —Se pone de puntillas, mira por encima de mi hombro y abre unos ojos como platos—. Hart. Acaba de entrar.
—Lo sé.
—Da miedo. Está guapísima y da miedo. —Me empuja entre los omoplatos con las dos manos—. Anda, ve. Quita esa cara de contable, que se te nota el balance.
El motivo inconfesable acaba de cruzar la puerta vestido de gris tormenta.
El salón entero baja medio tono la voz sin darse cuenta.
La viuda de Merrow no entra en una sala: la conquista.
Trae el vestido del color del cielo antes de romper a llover, la barbilla alta, el abanico negro colgado de la muñeca como un arma enfundada, y unas perlas grises al cuello que le han enseñado a la luz una garganta que yo quisiera recorrer con la boca desde la oreja hasta el hombro.
Me encuentra sin esfuerzo entre doscientas cabezas.
Me sostiene la mirada el tiempo justo para recordarme que sigue siendo ella quien decide cuándo empieza la guerra.
«Que lo crea mientras pueda», pienso, apretando los dientes. «Esta noche, por una vez, le robaré la iniciativa antes de que la reparta».
Pero antes de moverme tengo que mirar hacia otra parte, porque hay un detalle que lleva tres cuartos de hora quemándome el estómago.
Al fondo, apoyado contra una columna con una copa en la mano, está Pell.
No mira a las jovencitas casaderas. Me mira a mí, con esa media sonrisa odiosa del acreedor que se acerca a comprobar cómo administra el deudor el préstamo que acaba de hacerle.
Hace tres cuartos de hora, al llegar a King Street, lo vi bajo un farol, junto a su coche, hablando con un hombre menudo, de abrigo marrón y calva color cera, al que reconocí a la primera.
Josiah Crabbe. El de Cheapside. El del aliento a sebo.
El que el lunes a las once y media de la noche me había recordado en mi propio recibidor que su principal me deseaba una velada deliciosa en Almack’s.
Eran dos hombres bajo un farol, conversando. En Londres eso sucede todos los días. Lo que no sucede es que uno se calle al verme pasar y que el otro, sin dejar de mirarme, le dé una palmadita en el hombro, como al criado que ha cumplido un encargo.
Crabbe cobra y no habla; mi acreedor es un nombre sin cara.
Hasta esta noche no se me había ocurrido preguntarme quién compra las deudas de un conde arruinado sin carne que arrancarle.
Alguien a quien le conviene que me case con una fortuna.
Alguien que quiere que el pagaré llegue a San Juan con el deudor entero y acorralado.
Alguien que lleva un sello de oro en el meñique.
No es una certeza. Es una sombra. Pero a mi edad se aprende a reconocer a un hombre por su sombra.
Le doy la espalda sin prisa. Esta noche no pienso regalarle un solo pensamiento más de los que ya me ha robado. Cruzo el salón con paso firme, esquivando plumas, chales y madres aterradas. A una condesa que me habla al oído le suelto una réplica seca y la dejo con la frase a medias.
Me planto ante ella y ejecuto la reverencia justa. Ni un ápice de más.
— Lady Merrow. Se rumorea que esta noche las patronas van a consentir el vals. —Le tiendo la mano con el descaro medido del que se juega la vida en este gesto—. Sería una lástima desperdiciar semejante escándalo bailándolo con cualquiera.
—Qué desprendimiento, milord, ofrecerse como escudo de mi reputación. —Mantiene la mano firme, sin retirarla. Esa quietud es toda la respuesta que necesito—. ¿Le confieso algo? No sé bailar el vals.
—Le diría que miente con descaro, milady . Que, además, da lo mismo, porque pienso guiarla yo. Conmigo bailan hasta las estatuas.
—Es usted insufrible, sin más adjetivos.
—Me lo dicen a menudo y jamás me lo tomo a mal. —Le cierro con suavidad los dedos sobre los suyos—. Fíjese, sin embargo: tiene su mano sobre la mía y ninguna intención de retirarla. Empiezo a sospechar que mi insolencia le divierte más de lo que está dispuesta a reconocer en público.
Una de las patronas, la del abanico de plumas de avestruz, inclina la cabeza apenas un dedo en nuestra dirección.
Es el permiso sagrado sin el cual ninguna pareja gira bajo este techo.
Ya no hay excusas ni marcha atrás. La orquesta ataca los primeros compases, y entonces, con un gesto tan sereno que podría pasar por rutina, Sabine se quita el guante derecho.
Tira de cada dedo, uno por uno. Despacio.
Con una lentitud que sé calculada y que me deja sin saliva.
El guante de cabritilla blanca se despega de la piel como se despega una promesa, y por fin queda a la luz la mano que acaricié en el invernadero, larga, pálida, sin un solo anillo, con un cerco apenas visible allí donde el botón de nácar le apretó la muñeca.
—Sosténgalo —ordena. Me deja el guante en la palma, todavía tibio—. Me aprieta.
—Esto es un escándalo, milady .
—Pida que me expulsen. —Alza una ceja—. Dicen que hay una lista de espera para mi cabeza desde hace dos temporadas.
Una de las plumas de avestruz se alza a lo lejos, en nuestra dirección, y se queda a medio camino.
Ni una patrona se atreve a decir nada. La viuda de Merrow ha hecho de la desfachatez un derecho adquirido.
Doblo el guante sobre mi palma, lo meto en el chaleco, contra el pecho, donde queda como un ave caliente, y le ofrezco la mano que me queda.
Ella, con la suya desnuda, la pone en mi hombro.
La palma, primero. Después los dedos, que se despliegan sobre la tela de la levita, cinco puntos de calor que atraviesan el paño y la camisa y se me hunden en la clavícula.
Mi mano izquierda sostiene su mano enguantada.
La derecha se afianza en su cintura. Bajo la seda me llega el calor de su cuerpo, la arquitectura de su espalda, el ligero temblor del cordón del corsé cuando respira.
Aquí, en el único rincón del mundo donde a un hombre se le permite rodear la cintura de una mujer a la vista de todo Mayfair sin que se caiga el cielo, descubro con horror que no tengo ni idea de qué hacer con la victoria.
Llevo toda la semana soñando con este momento como mi jugada maestra.
Ahora que la tengo cerca, tan cerca que su aliento me roza la barbilla y le veo latir el pulso en el hueco de la garganta, se me olvida para qué demonios lo había planeado.
Bailamos. Bailamos ridículamente bien, con esa compenetración que dos cuerpos no deberían hallar a la primera.
Ella adivina el impulso de mi mano antes de que la guíe y yo intuyo su paso un segundo antes de que lo dibuje.
Es como si nos supiéramos este vals de memoria sin haberlo bailado nunca juntos.
La música nos hace girar y el salón se disuelve alrededor.
Las velas se vuelven un rastro de luz dorada y las caras un borrón sin importancia.
Por primera vez en más años de los que querría recordar, no calculo nada.
No finjo nada. La sostengo y me dejo llevar por la música y por el asombro de que algo, en mitad de mi vida hecha pedazos, pueda ser tan limpio y sencillo como un vals bien ejecutado.
—Es usted mejor bailarín de lo que anuncia su reputación, milord —dice, al cabo de una vuelta completa.
—Mi reputación anuncia que soy un bailarín mediocre y un jugador excelente. Ambas cosas son mentira.
—¿Cuál es peor?
—La del jugador. Soy un jugador pésimo. Juego para ganar, y eso, en esta ciudad, es de mala educación.
—Entonces no juegue contra mí. —Le brilla algo en los ojos grises, mitad broma y mitad aviso—. Yo no sé perder con buenas maneras.
—Lo recordaré. Por si acaso, me iré comprando un buen pañuelo.