La trampa de terciopelo X
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Sabine

El tercer par de guantes vuela por encima de mi hombro y aterriza sobre el regazo de Bee, que ni siquiera abre los ojos.

—Cabritilla gris perla —informa, palpándolo como un ciego—. Tres botones de nácar. Un guante perfecto, que cuesta lo que la renta de un arrendatario. Llevas diez minutos descartándolo.

—Me aprieta.

—No te aprieta. Te aprieta el vals.

—No hay ningún vals. Hay un baile en Almack’s y, en alguna parte del programa, hay un vals. Son cosas distintas. —Alzo el siguiente par con dos dedos, lo examino a contraluz, lo dejo caer—. Sobre todo, si una es una mujer adulta, con una estrategia.

—Con una estrategia. —Bee abre un ojo—. Ya. Qué bien suena eso a las seis de la tarde, en camisa, con las manos temblando.

—No me tiemblan.

—Te tiemblan tanto que los guantes se te caen solos.

Cierro los puños. Los observo ante el espejo del tocador, los dos, antes de aflojarlos.

Es verdad que tiemblan, y es peor: que lo hacen con una precisión de reloj, a ritmo de pulso, a ritmo de ciento diez.

He decidido cuál va a ser mi siguiente movimiento y lo he decidido con la serenidad de costumbre, pero esta vez esa calma me cuesta bastante más de lo que me gustaría admitir.

Esta noche, en Almack’s, dejaré que el conde de Vaughan me saque a bailar el vals.

No pienso pedírselo yo, porque eso es asunto suyo y ya se encargará su desmedida vanidad de hacerlo.

Se lo concederé. Un vals con el Diablo de Vaughan ante las siete patronas y ante todo Mayfair le apretará la soga al cuello más que cien conversaciones ingeniosas en cien salones.

Ese es el plan, impecable sobre el papel, como todos los míos.

Lo que no figura en el papel, y lo que llevo tres días intentando no ver, es que lo aguardo con una impaciencia que no tiene nada de táctica.

Me sorprendo imaginando el peso de una mano firme en mi cintura como si fuera una debutante atolondrada, no una general.

Una general que sueña con el enemigo en lugar de estudiar sus flancos tiene media batalla perdida antes del primer cañonazo.

—¿Quieres saber qué opino? —Bee se incorpora con un suspiro y se pone a deshacer el nudo de un lazo de mi bata, solo para tener las manos ocupadas—. Que si te empeñas en cobrarle tanto precio al guante es porque no soportas la idea de que te lo quite.

—Nadie va a quitarme nada.

—Querida, eres la única mujer de Londres que lleva tres botones de nácar como quien lleva tres cerrojos. Ya sabemos, tú y yo, quién se los desabrochó la otra noche. O por lo menos uno.

—Se lo quité yo. —Me arde la cara y detesto que me ardan las mejillas—. Fue por el calor.

—Claro, claro. El calor. —Bee asiente, grave, mirándome con la ternura de quien contempla a un niño con fiebre—. Qué fenómeno tan oportuno, ese calor.

Dejo el par que he descartado y escojo otro cualquiera. Cabritilla blanca, largo hasta el codo, de los que se abrochan con un solo botón de nácar al borde de la muñeca y se sueltan con un tirón. Bee lo mira sin decir nada, y su silencio es una opinión completa.

—Necesito un guante que no me estorbe —me defiendo.

—Por supuesto. Necesitas uno que se vaya fácil.

Prefiero no contestar. Me dejo vestir por la doncella con la calma de una mujer que se calza la armadura antes de entrar en combate.

Un vestido de baile, para alguien como yo, no es seda: es una cota de malla bordada con hilo de plata.

El de esta noche es de un gris tormenta espectacular que solo favorece a alguien con la piel de alabastro y el temple de acero.

Yo poseo ambas cosas, o las poseía hasta hace tres semanas.

—Bee —digo, mientras la doncella me prende horquillas—. Dime una cosa. ¿Edmund ha vuelto a hablar con Pell?

—Edmund habla con todo el mundo, que es su gran defecto. —Se acomoda en el diván con los pies recogidos como una gata—. Pero vino ayer a almorzar y me lo contó. No te va a gustar.

—No me gusta nada. Cuéntalo.

—Lo primero, que fuiste a verlo el sábado y lo dejaste hecho un flan. Dice que le hiciste jurar tres veces por la tumba de nuestra madre. A mí me parece una exageración, porque nuestra madre aún vive, pero es gesto de hermano.

—Le pedí que no abriera la boca. Es todo cuanto le pedí.

—Pues la abrió en White’s, con el segundo coñac, antes de que lo amordazaras.

No dijo nada importante, jura que no, pero Pell le ha sacado dos veces la misma pregunta, con paciencia de pescador: quién fue el primero en juntar el nombre de Vaughan con el de lady Merrow.

La segunda vez fue el lunes, y Edmund, ya advertido, contestó que no lo recordaba.

Pell sonrió y le llenó la copa. Según Edmund, una sonrisa de esas que lo dicen todo.

—Edmund es un hombre en perpetuo estado de embriaguez dulce. No lo sabe disimular.

—Edmund es mi hermano y lo quiero, y es un cenutrio. —Bee suspira—. Hay más. Es sobre el libro.

El peine de la doncella se detiene en mi nuca. Le hago un gesto con la barbilla y sigue.

—¿Qué libro?

—El de la bolsa. Ya está en cuatro mil libras, eso lo sabes, desde que Pell tomó las riendas de lo que tú soltaste.

Pero la cláusula ya no es un rumor. Edmund la vio con sus propios ojos: «el conde de Vaughan, y solo él».

Pell ha repasado la hoja con su letra de notario y ha paseado el libro de mano en mano por todo White’s, de modo que la mitad de Londres ha firmado por un nombre.

Cuatro mil libras y un nombre. Tengo ante mí, en el espejo, a una mujer de treinta años con las pestañas muy quietas.

Yo sembré esta idea en el aire hace casi diez semanas, con una frase susurrada a Edmund, sin darle mucha importancia, para que anduviera suelta de boca en boca.

Una semilla. Un rumor. Algo con lo que se pudiera jugar sin pagar.

Lo que Pell ha hecho es pasarlo a tinta, ponerle nombre y apellido, atarle una bolsa.

Un rumor se desmiente. Un libro de apuestas con cuatro mil libras de por medio se cobra.

—Lo esperaba —miento, y Bee arquea una ceja.

—Ya, ya. Lo esperabas tanto que has dejado de peinarte para esperarlo.

La doncella, con una discreción que merecería una pensión vitalicia, reanuda la tarea.

Yo me observo. Me recuerdo que fui yo quien lo puso en marcha.

Que esto es lo que quería, que la bolsa hiciera de cebo y de acicate, que el conde, con su sonrisa de moneda falsa y su casa sin carbón, no pudiera retirarse sin pagar un precio.

Ni el cebo tenía por qué ser tan gordo ni yo debía sentir este pellizco en el estómago: la sospecha de que, al ponerle un precio al hombre, le he puesto precio también a lo que pasó en el invernadero.

—Hay otra cosa. —Bee baja la voz, y la ironía se le escurre del rostro como la espuma de una ola—. La duquesa viuda de Storr.

—¿Qué ha hecho Su Gracia ahora?

—Ha estado preguntando por ti en varios salones esta semana, a tres damas y a un obispo. Con esa atención suya que nunca augura nada bueno. Me parece que la cena del otro día, la del consomé y el carbón, no fue una improvisación. Te estaba pesando, Sabine.

—Yo la pesé a ella. No es difícil: lleva el luto como un general lleva las medallas.

—¿Y qué le has hecho tú a la duquesa de Storr para merecer semejante honor?

—Existir a mi manera. —Me sale solo, porque ya lo he oído en boca de Bee otras veces—. Es el crimen de mi vida.

—Que para ella es un delito grave. Enterró a su duque a los treinta años y se pasó los cuarenta siguientes convertida en la guardiana suprema de lo que una viuda debe hacer y, sobre todo, de lo que no.

Tú haces justo lo que ella no se permitió.

La gente no perdona en los demás la libertad que se negó a sí misma.

Ándate con mil ojos, querida, porque ese rencor es el más paciente del mundo.

Un libro con mi nombre, una bolsa con el suyo, una vieja dragona vigilándome desde su torreón. Qué ironía tan redonda, tan propia de este Londres que devora reputaciones para desayunar.

—Hay una cosa más que no te he contado —admito, por romper el silencio—. El vale de Almack’s.

—¿Qué vale?

—El de la hermana del conde. Lo pedí yo.

El jueves. Una de las siete me debe un favor de las lanas, de cuando la saqué de un apuro con un arrendatario.

—Mi tono es el más indiferente del mundo, el que se usa para hablar del precio del pan—.

Fue una jugada. Una niña de diecisiete años sin vale es una niña sin futuro, y un hombre cuya hermana tiene que presentarse con las mangas remendadas es un hombre que me debe una gratitud muy rentable.

—Qué cálculo tan despiadado —asiente Bee con gravedad—. Qué cabeza tan perversa. ¿Y se lo vas a decir?

—Jamás.

—Ah. ¿Entonces lo has hecho por un cálculo que no puedes cobrar? —Me examina con los ojos entornados—. Dicen que las cuentas de ese tipo se llaman de otro modo.

—Se llaman equivocaciones.

—Se llaman ternura, Sabine, pero tú ya sabes que en tu casa esa palabra está proscrita.

Sonrío, aunque no me apetezca, porque la sonrisa es el único idioma que Bee y yo sabemos usar sin riesgo.

La doncella me ajusta el talle, me abrocha al cuello las perlas grises de mi madre, el único aderezo que conservo de ella y no de mi marido, del tono exacto del vestido.

Con cada detalle me siento un poco más blindada y un poco menos yo, que es lo que necesito para salir a pelear.

—A este no le tienes miedo —dice Bee, a media voz, cuando la doncella se retira a por el chal—.

Por eso es peligroso. A los que te daban miedo los desarmabas sin que te importaran.

El día en que una mujer deja de temerle a un hombre es el día en que empieza a quererlo.

Tú, de querer, andas más torpe que bailando el vals.

Tiene razón. La odio otro poco por tenerla.

De querer ando torpe porque nadie se molestó en enseñarme.

Me enseñaron a obedecer, a adornar salones, a callar y a heredar, todo lo que se le exige a una niña destinada a casarse con un vizconde de sesenta años.

El amor no venía incluido en el ajuar. Aprendí a desearlo a solas, como se aprenden las lenguas prohibidas: sin nadie con quien practicarlas en voz alta.

A estas alturas me aterra hablarlas mal ante el único hombre que tal vez sabría entenderlas.

Me anudo a la muñeca el abanico negro, de varillas de ébano y borde de nácar, mi único talismán, el que oculta tras sus varillas el temblor que ya no siempre logro dominar.

Me miro en el espejo. La mujer que me devuelve la mirada es espléndida y aterradora, sin una sola grieta a la vista.

Solo yo sé que bajo esta coraza gris tormenta me late el corazón como el de una niña, ensayando sin permiso el vals que todavía no he bailado.

—Bee.

—¿Mmm?

—Si esta noche me siento tentada de... —No sé cómo termina la frase. Me lo pregunto, y sigo sin saberlo.

—Tentada —repite ella con mucha suavidad. Me recoloca un rizo y me da un beso seco en la mejilla—. Entonces ten el buen gusto de ceder a la tentación con la cabeza erguida. Eso sí: vuelve a casa a contármelo.

El trayecto en carruaje hasta King Street se me hace a la vez eterno y demasiado breve.

La ciudad desfila oscura y brillante tras el cristal empañado, los faroles dibujan charcos dorados sobre el adoquín mojado y yo voy repasando mi libreto como una actriz a punto de salir a escena.

Por primera vez en mi vida no estoy segura de recordarme todos los versos.

Me repito, mientras las ruedas traquetean sobre las piedras, la única verdad a la que puedo agarrarme: el plan sigue siendo el plan.

El vals no es una rendición, sino el cebo.

Soy yo quien lo ofrece, no él quien lo arranca.

El temblor de mi pulso es un detalle insignificante mientras nadie más que yo lo sepa.

Me lo repito como una oración antigua y casi me lo creo.

En mi oficio, creérselo a medias es creérselo del todo.

Cuando el carruaje se detiene ante la fachada iluminada de Almack’s, tomo aire una sola vez y entro con la barbilla muy alta.

El salón es un hervidero de luz, música y miradas que se me clavan a cada paso.

Los abanicos se alzan a mi alrededor como alas de pájaros asustados, y el murmullo corre de corrillo en corrillo: «Ahí está la viuda de Merrow...

a ver con quién baila esta noche». Lo recibo con una sonrisa serena y distante.

Hace mucho que dejé de temerles a las malas lenguas.

No necesito buscar al conde. Lo encuentro al instante al otro lado del salón, alto, vestido de oscuro, de cara a la puerta como si llevara esperándome toda la noche.

Nuestras miradas se cruzan por encima de doscientas cabezas engalanadas.

Veo cómo le dice algo seco a una condesa que le hablaba al oído, cómo le deja la frase a medias y cómo viene hacia mí, abriéndose paso entre plumas y chales con una determinación que me quita el aire.

«Muy bien, milord», pienso, mientras despliego el abanico despacio para que nadie note el temblor de mi mano. «Que empiece el baile».