IX
Hart
—Uno, dos, tres. No, Hart. Uno, dos, tres, no uno, dos, trompicón.
—Estoy contando.
—Estás contando con los pies de un tendero que cuenta billetes falsos.
—Posy me retira la mano de su cintura, me la devuelve a su sitio con un cachete y suspira como una maestra de escuela con un alumno sin remedio—.
Más arriba. No, tampoco así, que parece que vayas a pedirme cuentas.
Con la palma abierta, Hart. Como si me fueras a sostener y no a detener.
El salón de Vaughan House, el único con medio fuego y una alfombra que ya no tiene color, ha pasado esta mañana a la categoría de academia de baile.
Hemos apartado el sofá. La señora Pruitt tararea desde la puerta una melodía que no es un vals, pero sirve, con el cesto de la ropa por remendar sobre la cadera.
Tom, nuestro único lacayo, tiene prohibido sonreír y está sufriendo mucho.
Faltan dos días para Almack’s y llevo desde el sábado ensayando el vals con Posy.
Ha salido el sol, además. El sábado, de madrugada, dejó de llover como si alguien hubiera cerrado un grifo, y mi primer pensamiento fue que Jorge II debe de estar revolcándose de gusto en su tumba: después de cien años de promesas, el tiempo ha cumplido.
Me reí solo, en mitad de la calle. Un transeúnte me miró con compasión.
—Otra vez —ordena Posy—. Esta vez, que no se te vayan los ojos al techo. Se baila mirando a la dama.
—Ya la miro.
—Miras a un punto a dos pulgadas detrás de mi oreja, como los generales. —Entrecierra los ojos—. ¿Con quién vas a bailar, Hart?
—Contigo, hasta que me aprenda esto.
—Con la viuda de Merrow. —Lo dice sin darle importancia, como quien anuncia que hoy hay besugo—. Lo sabe todo Londres. La señora Pruitt lo sabe, que se lo contó el panadero.
—El panadero tiene la lengua muy larga.
—El panadero tiene una cuñada que sirve en casa de lady Ellsby. —La señora Pruitt ni siquiera interrumpe el tarareo—. La cuñada lo vio todo.
—¿Todo qué?
—Todo lo que había que ver, milord. Que son como cuatro minutos de conversación y que ninguno de los dos respiraba.
Posy ríe con esa risa suya de campanilla desafinada. Yo giro con ella, para disimular, porque a mis años y con mi fama es una vergüenza que mi hermana de diecisiete y una cocinera me lean el rostro como un cartel.
—¿Te gusta? —pregunta, bajando la voz, mientras damos otra vuelta—. La viuda.
—Es una persona interesante.
—Mientes de pena por las mañanas, Hart. Se te nota en cómo frunces las cejas.
—Es la una de la tarde.
—Entonces mientes de pena todo el día. —Me da un pellizco en el hombro—. A mí me parece lista. Con las listas es mejor no tenerlas de enemigas. ¿Es guapa?
—Es... —Se me acaban las palabras con una facilidad que me avergüenza—. Es de las que hacen que uno se corte al afeitarse.
Posy se detiene en seco. Me mira. Luego, con una dignidad que le ha costado diecisiete años reunir, me pone las dos manos en el pecho y dice:
—Pues ándate con cuidado, hermano. Que a los hombres que se cortan al afeitarse se les suele ir la vida por ahí.
Se vuelve hacia la puerta, grita «¡Pruitt, que se me enfría el té!» y se marcha con la barbilla muy alta, dejándome en mitad de la alfombra con los brazos abiertos y la sensación de que acabo de recibir una sentencia.
Vuelvo a arrastrar el sofá al centro y me siento en el borde.
Tengo el vale de Almack’s sobre la repisa: una cartulina con el sello de una de las patronas, que llegó el sábado con un lacayo de librea azul y que sin duda alguna le ha costado a alguien un favor considerable.
No me atrevo a preguntar a quién. Es el regalo más sospechoso que he recibido en mi vida y el que más agradezco.
Debería estar frotándome las manos. Ahí es donde me desconcierto a mí mismo.
La viuda cedió, la estrategia avanza a pedir de boca y cualquier canalla con dos dedos de frente estaría descorchando una botella.
En cambio, aquí sigo, dándole vueltas a un beso que debía ser mi gran jugada y que cuanto más analizo más convencido estoy de que fue la suya.
De aquel invernadero salí yo con el corazón desbocado y ella con la voz intacta.
En mi oficio esa es la diferencia exacta entre el que caza y el que termina cazado.
Pell no ha dicho una palabra. Eso es lo que más me inquieta, más que las deudas. Lo vi brindar tras el cristal el viernes y desde entonces no ha enviado una tarjeta, un recado ni una de sus sonrisas por correo. Un hombre como Pell que calla es una olla que hierve con la tapa puesta.
Luego está el número. Abro el libro, cuando la casa duerme la siesta, sobre el escritorio del despacho sin lumbre, entre las columnas de tinta negra que no me atrevo a mirar de frente.
Mil ochocientas libras. Vencen el día de San Juan, el veinticuatro de junio.
Treinta y seis días. El tal Crabbe, el prestamista de Cheapside con aliento de sebo y manos de sacristán, me citó el mes pasado para decirme, sin levantar la vista de su libro, que no habría renovación, que su acreedor «tenía urgencia».
Un acreedor que tiene urgencia. A mí me parece un oxímoron: los acreedores de verdad, los que importan, no tienen urgencia, tienen tiempo. Como los buitres.
La bolsa de la apuesta saldaría la cifra de un solo golpe. Lo sé desde la primera noche. Lo que no sé es cuándo dejé de mirarla como una salida y empecé a verla como una condena.
Me acaricio la frente con los dedos. Todavía huelo a azahar. Me lavo las manos tres veces al día y no se va.
—Hay un joven en el recibidor, milord. —La señora Pruitt reaparece en la puerta con una ceja alzada muy elocuente—.
Pregunta por la señorita Posy. Pero ha tenido la decencia de interesarse primero por usted, que ya es bastante más de lo que hacen la mayoría de los que hoy en día se llaman caballeros.
El muchacho en cuestión resulta llamarse Gil Halliwell.
Es el segundo hijo de un párroco rural y trae puesta una levita tan limpia como gastada que reconozco a la primera ojeada: es la hermana gemela de la mía.
Tiene unos modales tan nerviosos y transparentes que me desarma antes de que abra la boca.
Lo hago pasar al único salón caldeado. El chico se sienta en el mismísimo borde de la silla, con pánico de estropear el mueble y con las botas relucientes de tanto cepillarlas para disimular los años que llevan encima.
Me sé todos esos trucos porque son los míos.
También yo aprendí de joven a sacarle brillo a la pobreza hasta que pasara por decoro.
—Milord, yo... —Traga saliva y estruja el ala del sombrero entre las manos—.
Sé que no poseo título ni fortuna. Poca cosa puedo ofrecerle a su familia, y soy consciente de que su hermana merece algo mejor que un coadjutor sin parroquia propia.
Pero la respeto, milord. La respeto con toda mi alma.
No he venido a comprometerla a escondidas ni a robarle un baile a oscuras, sino a pedirle permiso formal para cortejarla como Dios manda.
A la luz del día y con su consentimiento.
O a retirarme ahora mismo, si usted me lo niega.
Lo miro un buen rato. Me dan ganas de reír y de maldecir a la vez. Este chaval pobre y honrado acaba de ofrecer por mi hermana justo lo que yo le estoy negando a la viuda de Merrow: la verdad por delante y ningún cuchillo a la espalda.
En mi salón tengo plantados los dos extremos de mi propia conciencia.
Por un lado, Pell, que ronda a mi hermana con la mentira por bandera y el cálculo ruin detrás.
Por el otro, Gil Halliwell, que la busca con su pobreza por delante y el corazón abierto de par en par.
En medio estoy yo, persiguiendo a una mujer con una apuesta en el bolsillo, sin saber a cuál de los dos me parezco más.
Lo que más me escuece no es salir perdiendo. Es la certeza de que este muchacho sin un penique es mucho más rico que yo en lo único que me haría falta hoy para mirar a Sabine a los ojos sin agachar los míos.
—¿Y de qué piensa mantenerla, Halliwell, cuando la paga de coadjutor no alcance? —pregunto, más por comprobar de qué pasta está hecho que por otra cosa.
—De lo que haga falta, milord. —No me baja la mirada, lo cual cuenta a su favor—.
Daré clases particulares, copiaré documentos, labraré la tierra si hace falta.
No le prometo vestidos de seda porque le estaría mintiendo, pero le prometo que jamás pasará una noche de miedo a solas.
Me atrevo a pensar que eso, para algunas mujeres, vale más que la seda.
Lo dice sin sospechar que acaba de describir la clase exacta de hombre que a mí me habría gustado ser si la ruina y el orgullo me hubieran dejado.
Por un segundo siento por este coadjutor una envidia tan limpia y feroz que tengo que carraspear para deshacer el nudo de la garganta.
Es justo lo que yo no puedo prometer a nadie.
El chico no lo sabe, pero me acaba de dar donde más duele.
Así que le concedo lo que ha venido a buscar antes de que se me cierre el pecho del todo.
—Puede cortejarla.
Al muchacho se le ilumina el rostro como a un reo indultado al pie del patíbulo.
—Con dos condiciones —añado, levantando un dedo—.
La primera, que sea a plena luz y bajo mi atenta mirada, como ha dicho.
La segunda... —vacilo, porque esta me cuesta más de lo esperado—, que el día en que pueda ofrecerle seda en lugar de sermones, no le eche en cara que hoy solo tiene lo segundo.
Mi hermana no distingue una cosa de la otra y esa es a la vez su mayor virtud y su mayor peligro.
—¡Lo sabía! —estalla la voz de Posy desde el pasillo, donde llevaba Dios sabe cuánto rato escuchando detrás de la puerta sin el menor pudor.
Entra como un vendaval y se me cuelga del cuello entre risas, mientras el pobre Halliwell se pone rojo como un tomate.
—Sabía que no eras tan fiero como te las das, Hart. Gruñes mucho para lo blando que tienes el corazón.
—Fuera de aquí los dos —gruño, haciéndome el duro para darle la razón sin confesárselo.
Halliwell, con una torpeza adorable, rebusca en el bolsillo interior de su levita y saca algo que no consigue ofrecer sin que le tiemble la mano. Es un trozo de cinta azul, de un palmo de largo, doblado con tanto cariño que parece un billete de banco.
—Es poca cosa, señorita Posy. No tuve más que para este palmo. Pero pensé que...
—Un palmo. —Posy lo toma entre dos dedos como si fuera una reliquia, y por primera vez en su vida se queda sin palabras. Luego levanta la barbilla, con los ojos brillantes—. Voy mejorando. El mes pasado no tenía ninguno.
Los despacho al saloncito, dejando la puerta entornada y a la señora Pruitt montando guardia en el pasillo, que es toda la carabina que esta casa arruinada puede permitirse.
Los escucho a través de la rendija: sus voces jóvenes subiendo y bajando, la risa contagiosa de mi hermana, el tartamudeo ilusionado de él.
Me quedo en la penumbra del pasillo, oyéndolos como se oye una música a la que ya no se espera ser invitado.
Siento una mezcla de ternura y envidia amarga.
Esos dos tienen en las manos lo único que me falta: el derecho a quererse sin una sola mentira de por medio.
Esa noche, con Halliwell ya despedido y la casa en silencio, me sirvo la copa de brandy que llevo toda la semana negándome.
Subo a mi cuarto. Me quedo frente al espejo manchado, ensayando por enésima vez los giros del vals con un fantasma sin cintura, con la casa dormida y el viento colándose por las rendijas.
Me detengo en seco en mitad de un paso. Algo acaba de encajar, como una llave que lleva semanas buscando la cerradura.
Llevo días interpretando frente a este espejo el papel de pretendiente encandilado.
Lo hacía de maravilla. Hasta que en el invernadero de los Hargreave ella soltó una tontería sobre el tiempo, sobre un caballo que no gana carreras, y me descubrí riéndome de verdad.
Sin guion. Una carcajada que no había ensayado y que me arrancó de un tirón el aire de los pulmones.
Ahí fue. Ahí supe que el suelo se me hundía bajo los pies.
Un seductor puede fingirlo casi todo: el deseo, la ternura, hasta el respeto. Lo único que no sabe fingir es la risa cuando no toca.
No quiero su fortuna. La quiero a ella.
Quiero su ingenio afilado, su frialdad de mentira, la forma en que aprieta los guantes cuando cree que nadie la mira y esa media pulgada de inclinación que me concedió entre los naranjos y del que puede que ni ella misma se haya dado cuenta.
Quiero verla reír con la boca abierta. Quiero ser el hombre que la haga reír cuando tenga sesenta años y yo haya olvidado hasta mi nombre de puro viejo.
Me dejo caer en el borde de la cama con la copa olvidada en la mano. Dejo, por fin, que la verdad se acomode a sus anchas. De nada sirve seguir echándola por la puerta cada noche si siempre regresa por la ventana, igual que las deudas y el invierno.
Un hombre cuerdo reforzaría las defensas y saldría corriendo con el dinero de la apuesta en el bolsillo. Yo, en cambio, deseo justo lo contrario: que no quede en pie ni una sola de las barreras detrás de las que llevo doce años escondiéndome.
Enamorarme de la mujer a la que estoy engañando es la locura más cara de mi vida. La abrazo con los ojos bien abiertos. Precisamente por eso, porque la quiero, no puedo seguir con esto un día más sin decirle la verdad.
Bajo las escaleras a oscuras con la decisión ya tomada: el miércoles, después del vals, en cuanto la tenga a solas, se lo cuento todo.
Lo ensayo a los pies de la escalera, con la cabeza gacha, para el vacío y los muebles tapados con sábanas.
« Lady Merrow, tengo que decirle una cosa».
Mi voz suena a funeral. « Lady Merrow, hubo una apuesta».
Es entonces cuando oigo el aldabón.
Tres golpes secos, a las once y media de la noche, en una casa donde ya nadie llama a esa hora.
Tom abre con una vela. En el umbral, bajo la lluvia fina que ha vuelto, hay un hombre menudo con un abrigo marrón demasiado delgado para la estación.
Se quita el sombrero y me enseña una calva de color cera; reconozco al prestamista antes de que abra la boca.
—Buenas noches, milord. —Sonríe sin mostrar los dientes—. Perdone la hora. Mi principal me ha pedido que le recuerde en persona que el plazo no se prorroga. —Hace una pausa, calibrada como una moneda en el mostrador—. Mi principal le desea una velada deliciosa el miércoles en Almack’s.
No recuerdo haberle dicho a nadie, aparte de a mi hermana y a mi cocinera, dónde pensaba pasar el miércoles.