La trampa de terciopelo VIII
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VIII

Sabine

Son las cuatro de la madrugada y sigo despierta, con un guante de cabritilla estrujado en el puño como si fuera la prueba de un crimen.

Es una novedad, créeme. Yo duermo como una bendita, con la conciencia en orden y las estrategias todavía mejor.

Pero llevo horas dándole vueltas a un beso que se me ha clavado bajo la piel como una astilla, y el único consuelo que encuentro es apretar un trozo de cuero que no tiene la culpa de nada.

He dormido junto a un marido al que no quería y he dormido sola y a mis anchas tres años enteros.

En ninguno de los dos escenarios me quitó el sueño un hombre.

A los hombres los he tenido siempre de este lado de mi cama, como la ropa en el armario: ordenados, callados, disponibles.

Que uno de ellos haya cruzado la frontera para instalarse entre mis insomnios es una faena que no me gusta un pelo y que, desde luego, yo no he pedido.

No es el primer hombre que me ocupa el techo esta semana, para ser justa.

Desde la noche del ajedrez, nueve días atrás, llevo esperando una cobranza que no llegaba.

Perdí la partida a propósito, que no se me ofenda nadie, y puse sobre el tablero un beso como quien pone una moneda sobre el mostrador.

Él no lo cogió. Se levantó, dejó mi guante sobre las casillas con la reina blanca debajo, la misma reina que yo tenía escondida en el puño, y se despidió con una reverencia de embajador.

Nueve días me han durado la rabia y la espera.

Anoche, el muy ladrón, esperó a que yo bajara la guardia para cobrar.

Ni cinco minutos antes ni un segundo después.

Exactamente cuando ya había dejado de contar.

Repaso la escena movimiento a movimiento, como se analiza una campaña. Busco el error. Lo peor es que lo encuentro enseguida, y no está en él.

Que me besara entraba de sobra en mis cálculos.

Hasta los favorecía. Un hombre que roba un beso es un pez que ya ha mordido el anzuelo hasta las agallas.

Lo que no figuraba en ninguna previsión, ni en el mapa más pesimista, es que fui yo quien se inclinó hacia él.

Media pulgada de nada. Un gesto que él seguramente ni advirtió y que yo no me perdono, porque significa, ni más ni menos, que el cebo que preparé para su boca terminó enganchándome la mía.

Hay más, que es lo que de verdad me tiene mirando el techo.

Me sujetó la muñeca. No con fuerza, con una atención que me daba vergüenza, el pulgar sobre la vena, escuchándome por dentro.

Yo, que llevo años mintiendo con el rostro, con las manos, con la voz, acababa de descubrir que el cuerpo no se deja amaestrar por la cabeza.

Me levanto de la cama y, a oscuras, me pongo yo misma el pulgar en el mismo sitio.

Cuento. Ciento diez, ciento doce, y eso que llevo tres horas tumbada.

—Ridícula —le digo a la habitación.

La habitación, discreta, se abstiene de opinar.

Me acerco al ventanal. La lluvia ha cesado y un farolero apaga las últimas luces de la calle con la parsimonia de los que trabajan mientras el resto del mundo duerme.

Lo envidio. Él sabe cuál es su tarea. Yo, por primera vez en años, he perdido de vista la mía.

Me miro la boca en el reflejo del cristal, esa traidora que se inclinó sin pedirme permiso, y no reconozco del todo a la mujer que me devuelve la mirada.

Un problema grave para alguien que se ha pasado la vida conociéndose al dedillo.

Lo que me enfurece es que no fue la sorpresa.

Fue la risa. Hace unas horas, en ese invernadero, le solté una tontería sobre el tiempo, una de esas frases que se dicen para ocupar el aire, y él se echó a reír como si le hubiera arrancado una muela.

No una carcajada ensayada. Una de verdad, de las que no se pueden fingir, con la espalda doblada y los ojos húmedos.

Yo me quedé mirándolo y pensé, con una claridad espantosa: quiero ser quien lo haga reír así durante cuarenta años.

Cuarenta años. Alguien debería haberme avisado de que el cerebro tiene una cláusula de sabotaje.

Enciendo la vela. La apago. Vuelvo a encenderla.

Abro el estuche de las perlas grises de mi madre, lo cierro, y me sorprendo hablando con ella como llevaba años sin hacer, a media voz, con una sinceridad ridícula.

«Si me vieras, mamá. La más lista de la casa, y la han cazado en un invernadero con una frase sobre el tiempo».

No contesta, claro. Nunca contestaba cuando estaba viva, y ahora tampoco.

Pero hay una clase de silencio que se parece a una mano en el hombro, y esta madrugada lo agradezco.

Cuando la luz de la mañana entra por las ventanas del gabinete, me encuentra vestida, peinada y con la armadura puesta, sin una arruga.

A Bee puedo confesarle casi cualquier cosa, menos el desorden.

Una viuda deshecha en bata a estas horas es un espectáculo deplorable que no pienso regalarle ni a mi mejor amiga.

Se me escapa el guante, que no he sido capaz de soltar, entre los pliegues de la falda.

Lo recojo con tanta prisa que me estampo la mano contra el borde del escritorio.

Para cuando entra Bee, sin anunciarse y con un plato de bollos requisado a mi cocinera por el camino, el guante está en el último cajón, bajo llave, y yo estoy sentada con un libro de cuentas abierto del revés.

—Tienes unas ojeras de viuda alegre que no puedes con ellas. —Bee se deja caer en su rincón del diván y estudia el libro con las cejas arriba—. Lees al revés, además. Qué moderna.

—Estoy renegociando las rentas de las tierras del norte.

—Embustera. —Muerde un bollo con calma—. A ti el precio de la lana te acuna como una nana. Esto es harina de otro costal. Tiene nombre y apellido y me apuesto el bollo a que el nombre empieza por «Diablo».

—No sé de qué hablas.

—Te vi salir al invernadero con la cara de quien va a hacer un trámite.

Vi al conde dejar la copa en la bandeja de un criado como si le quemara.

Después vi que tú volvías al salón con un guante en la mano y la boca más roja que una amapola, y que él volvía dos minutos más tarde con una sonrisa de loco.

Querida, que no tengo ni la mitad de tu inteligencia, pero ver, veo.

—Me besó. —Lo suelto sin rodeos, porque a Bee es inútil mentirle y porque necesito oírlo en voz alta, a ver si suena tan grave fuera de mi cabeza como suena dentro—. En el invernadero de los Hargreave. Antes de que pongas esa cara de suficiencia, sí. Entraba en el plan.

—Entonces, ¿qué es lo que no entraba? —Deja el bollo en el plato. En Bee, soltar la comida es la señal inequívoca de máxima gravedad—. Porque algo se te ha torcido. Se te lee en la comisura.

No le respondo con palabras. Me sirvo una taza de té que no me apetece con un pulso que insiste en no quedarse quieto. Ella lo ve, claro que lo ve. Pero por una vez tiene la piedad de no pronunciar en voz alta lo que las dos sabemos.

—Escúchame, Sabine. —Se inclina y me agarra la muñeca, justo donde me la agarró él, y me da un vuelco el estómago—.

Un beso no destruye ninguna estrategia. Los besos son la moneda de tu oficio y sabes cobrarla mejor que nadie.

Lo que destruye la trampa es que la trampera se pregunte si no estaría más a gusto dentro del cepo con la presa.

Así que mírame a los ojos y contesta: ¿sigues siendo tú la que reparte las cartas?

—Sigo siendo yo. —Le sostengo la mirada sin pestañear. Casi me lo creo.

Ese «casi» es mi ruina resumida en dos sílabas. Hace un mes no habría existido ningún «casi». Habría respondido con un «sí» rotundo e indestructible. Una mujer que necesita esa palabra para sostener sus certezas debería revisarlas todas antes de que se le caigan encima.

—¿Sabes qué es lo más molesto? —continúo, porque callar sería peor—. Que le salió bien.

—¿El beso?

—La risa. Hice una broma idiota sobre la lluvia y se rio de verdad, Bee. No de cortesía. De esas carcajadas que se le escapan a un hombre cuando se le olvida que es un hombre que seduce. Me quedé allí, plantada, con ganas de pedirle que lo repitiera.

—Ay, Dios. —Bee se lleva la mano al pecho—. Estás perdida.

—Estoy cansada.

—Estás perdida y cansada, que es una combinación detestable. —Me aprieta la muñeca una vez más y la suelta—. Dime solo una cosa. ¿Él lo sabe?

—¿Qué?

—Que eres tú la que ha hecho la apuesta.

—Sabe lo que le conviene saber.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Se hace un silencio que Bee rellena con el segundo bollo. Lo agradezco. Tengo la mala costumbre de querer a esta mujer con una ferocidad que no sé demostrar con palabras, de modo que me limito a empujarle el plato unas pulgadas más cerca. Ella lo entiende. Ella siempre lo entiende.

Por la tarde, cuando Bee se ha ido y yo estoy en el diván fingiendo leer, Fossett aparece en el umbral con cara de portador de malas noticias y anuncia a lord Pell. El muy descarado ha tenido la osadía de presentarse en mi casa sin más tarjeta que su sonrisa.

Entra con esa elegancia suya de reptil bien vestido.

Pasea la mirada por el gabinete con el mismo gesto calculador de la duquesa hace tres semanas, solo que la de Storr tasaba mis cojines y Pell calcula mis vías de escape.

Un cazador de fortunas cuenta por instinto las salidas de una casa nada más poner un pie en ella.

— Lady Merrow, qué placer tan poco merecido el mío. —Acepta una copa de mi ratafía que un criado acaba de traerle, con el aire de quien se sirve en casa propia—. Espero no importunar. Pasaba por aquí y me pareció una grosería no presentarle mis respetos.

—Los hombres como usted, milord, no pasan por ninguna parte por casualidad. —Le señalo la silla más incómoda del gabinete—. Ahórrese el preámbulo y dígame a qué ha venido, que tengo la tarde ocupada.

—A admirarla, nada más. —Se sienta con calma y cruza las piernas—. La veo muy solicitada esta temporada. En especial por cierto amigo mío al que yo creía inmune a los encantos de las viudas ricas.

—Su amigo tiene mal ojo para escoger presas. Yo no tengo intención de dejarme cazar por nadie. Ni por él, ni por usted, ni por el santoral entero.

—Eso creíamos todos hasta hace unas semanas.

—Da un sorbo parsimonioso, estudiándome sobre el borde del cristal—.

Tras dos temporadas de asedio encarnizado, la fortaleza abre una poterna al conquistador que menos le conviene.

Yo soy jugador de vocación, lady Merrow.

Cuando veo caer una carta demasiado perfecta, no me admiro de la suerte del ganador. Sospecho de la mano que reparte.

Siento la trampa en cada una de sus palabras, colocada con el mismo cuidado con que coloco yo las mías. Pell no ha venido a cortejarme ni a molestarme. Ha venido a pescar. A tirar la caña en mis aguas a ver qué pica. El menor pestañeo por mi parte será el pez que se lleve a casa.

Así que hago lo único sensato: no pestañeo.

—Sospeche lo que le dé la gana. —Le dedico la sonrisa de hielo que reservo para estos trances—. La sospecha es el único lujo barato que le queda a un hombre arruinado y sería una crueldad por mi parte quitárselo.

El golpe le encaja en la cara medio segundo. Disfruto de verlo, y la alegría me dura poco. Detrás de la media sonrisa se le enciende algo más peligroso que el despecho: la curiosidad salvaje del jugador que ha olido la baraja marcada.

—Qué ingeniosa. —Deja la copa—. Anoche, sin ir más lejos, el invernadero de los Hargreave tenía una vista excelente. Los cristales, ya sabe. Esconden mucho y delatan algo más.

—Los invernaderos son una arquitectura notable. —No muevo un músculo—. Lástima que haya hombres que prefieran mirar por los cristales en lugar de llamar a la puerta.

—Una dama tan bien informada de arquitectura debería recordar que el vidrio refleja ambos lados.

—Se levanta. Cierra su mano en torno al sello de oro y lo gira una vez, despacio—.

Cada cual guarda sus rarezas. La mía es la curiosidad.

Por ejemplo, me he preguntado quién fue el primero en pronunciar en White’s el nombre del conde de Vaughan junto al suyo.

Un rumor sin padre es un niño que acaba en la inclusa, lady Merrow, y yo soy muy aficionado a averiguar paternidades.

El corazón me da un vuelco que no se me ve en la cara. Sé quién es el padre. Peor: sé que ese padre tiene una hermana que desayuna conmigo.

—Pregúnteselo a White’s.

—Ya lo he hecho. —Sonríe—. Parece que el señor Ashcombe tiene la lengua suelta cuando se le sirve la segunda copa. Es una pena que sea hermano de su mejor amiga, ¿no cree? Estas cosas nunca son coincidencia.

—Buenas tardes, lord Pell.

—Buenas tardes, lady Merrow. —Se inclina con una reverencia calculada hasta el último grado y se va sin prisa, silbando entre dientes un fragmento de vals.

Fossett cierra la puerta tras él. Aguardo a que el eco de sus pasos se apague en la escalera. Entonces me levanto, cruzo el gabinete y apoyo la frente contra el cristal frío del ventanal.

«Dos partidas», me felicitaba yo hace tres semanas, después de la visita de la duquesa: la del conde y la de Su Gracia.

Me equivoqué en la cuenta. Son tres. La tercera, la de Pell, es la única capaz de mandar las otras dos al garete.

Porque Pell es el único jugador de esta mesa que ha empezado a sospechar que la baraja venía marcada, y que la tramposa, para su desgracia y la mía, fui yo.

Abro el cajón. El guante sigue allí, arrugado, tibio todavía de mi mano. Lo aliso sobre la palma. Lo guardo.

—Fossett —llamo sin alzar la voz, y el mayordomo aparece como si hubiera estado pegado a la puerta—. El carruaje, por favor. A casa del señor Ashcombe.

—¿Ahora, milady ? Son más de las seis.

—Ahora. —Me ajusto el chal—. Lord Pell acaba de ponerse a buscar un padre para mi rumor, Fossett, y el único candidato tiene la costumbre de brindar demasiado.