VII #2
—La justa para no ponerme a gritar. Hace un calor insoportable en este cuarto.
Dicen que mañana despejará. —Alza la barbilla hacia el techo con aire de reproche—.
Llevan prometiendo buen tiempo desde el reinado de Jorge II.
Todo un país apostando a un caballo que no ha ganado una sola carrera, y aun así cada primavera vuelven a la mesa de apuestas con el monedero en la mano.
La carcajada me sale de las entrañas antes de que pueda detenerla.
No es la risa ensayada, ni la que reparto en los salones para que me dejen en paz.
Es una risa sucia, ancha, sin guion, que se me atraganta y me dobla un poco por la cintura.
Ella me mira con las cejas alzadas, y por primera vez en mi vida me da igual quedar como un idiota.
Me río por la lluvia, por el caballo, por la apuesta, por la ironía miserable de que una mujer cace a un hombre con una frase sobre el tiempo.
—Pare, por Dios —me pide ella, con la boca apretada y un brillo que no le conocía en los ojos—. Que nos van a oír desde el salón.
—Que oigan. —Me enjugo una lágrima con el dorso de la mano—. Llevaba años sin reírme de balde, milady . Me había acostumbrado a cobrar por cada carcajada.
Se me acaba el aire. La risa se me apaga despacio, sin ruido, y lo que queda es la certeza de que acabo de reírme con la única mujer a la que no debí reírme jamás. Ella ya no sonríe. Me observa con el pecho subiéndole y bajándole un poco más deprisa de lo que le conviene delante de un enemigo.
—Ha vuelto a hacerlo —murmura.
—¿El qué?
—Reírse como si no supiera que lo están mirando.
—Usted me está mirando.
—Lo sé, milord.
No aparta la vista.
No sé en qué momento hemos acortado la distancia.
Ninguno de los dos ha medido los pasos esta vez.
Estamos tan cerca que veo la humedad del invernadero perlándole la clavícula sobre el escote, la forma en que el ribete de plata del vestido sube y baja.
Me llega su olor, a azahar y a algo tan suyo que no sé ponerle nombre.
Le tomo la mano desnuda. Sin permiso, sin pedirlo, con el pulgar apoyado en la cara interna de la muñeca, donde la piel es fina como papel de seda.
El pulso. Lo cuento, con la devoción de un contable. Va a ciento diez como mínimo. Ella baja los ojos hasta mi pulgar, y vuelve a subirlos.
—Es el calor, milord —dice, y la voz le sale un tono más grave.
—Los invernaderos tienen mucho que explicar —respondo con la mía rota—. Hace nueve días me ofreció usted un beso a cambio de una partida.
—La perdí.
—Sospecho que la perdió a propósito.
—Sospecha usted mal.
—Entonces no me debe nada. —Le acaricio la muñeca con el pulgar, y siento el escalofrío que le recorre el brazo hasta el hombro—. Pero cobro igual. El beso se cobra cuando el deudor no lo espera, milady . Es el único negocio honrado que conozco.
Debería concederle una última oportunidad de huir.
Sé, con la poquita cordura que me queda, que besarla es la peor jugada del tablero.
Un cazador no besa a la presa en mitad del cerco.
Con este gesto le pongo en las manos un arma mortífera que sabrá usar contra mí sin que le tiemble el pulso.
Lo sé de sobra. Me inclino igual. Hay hambres viejas que no entienden de planes.
La beso.
No tiene nada que ver con los besos que he dado a otras, todos de técnica y de cálculo, con el repertorio entero desplegado como quien enseña los dientes.
Este es un beso robado en el sentido más salvaje de la palabra.
Se lo arranco antes de que a ninguno nos dé tiempo a razonar.
Es boca contra boca, un roce que se alarga un latido más de la cuenta, y mi mano abriéndose sola contra su mejilla, como si hubiera pasado años buscando ese hueco tibio.
Sabine se queda petrificada. Sabe a champán tibio y a pimienta, a rendición y a rabia.
Siento su respiración atascada contra mi labio inferior.
Entonces ocurre lo que voy a recordar durante semanas.
Sus dedos desnudos se cierran sobre mi solapa y la arrugan con una fuerza que no esperaba de ella, como quien se agarra a un saliente en mitad de una caída.
Su cabeza, esa cabeza que lleva toda la vida erguida por pura obstinación, se inclina hacia mí.
Media pulgada. No llega ni a la pulgada entera; media.
Es lo único que me entrega, y yo, contable de oficio a la fuerza, sé pesar hasta la última migaja.
Pesa más que todas las cifras de mi libro de deudas.
Dura lo que dura un latido y una vida. Me aparto yo, primero. No por caballerosidad, no nos engañemos. Me retiro porque necesito mirarla para entender qué demonios acaba de pasar, y no entiendo nada.
Nos quedamos a un palmo el uno del otro, respirando el mismo aire cargado de perfume y de lluvia.
No sé qué se hace después de un beso. Yo he coleccionado besos como otros coleccionan tabaqueras de plata, y todos traían la jugada siguiente escrita en el reverso.
Este me ha dejado en blanco en mitad del escenario, mirándola como un náufrago mira la orilla.
Tendría que soltar una frase brillante. Lo único que me sube a la garganta es su nombre de pila, ese que no tengo derecho a pronunciar, y me lo trago entero.
Sabine retrocede un paso. No hay victoria en su cara, tampoco rendición. Se lleva dos dedos a los labios, un roce leve, como el que comprueba una quemadura reciente, y sonríe. Cierra el puño sobre el guante que sostiene, sin ponérselo.
—Buenas noches, milord —murmura. No hay en su voz ni una traza del terremoto que me sacude por dentro.
La veo alejarse un paso, dos, sin encontrar por ninguna parte la réplica que siempre tengo preparada para despedir a una mujer.
Se supone que el beso era mi victoria, un paso más de mi estrategia.
Debería estar felicitándome. Me quedo plantado entre los naranjos con los labios ardiendo, la risa todavía rondándome las costillas y una sospecha horrible abriéndose camino: la única persona que ha controlado algo aquí dentro no he sido yo.
Salgo detrás de ella al cabo de un minuto, porque un hombre no puede quedarse a vivir en un invernadero, y es entonces cuando lo veo.
Al otro lado de las puertas de cristal, entre el vaho de los vidrios y el reflejo de las velas, hay una silueta inmóvil.
Lleva una copa en la mano. Cuando comprende que lo he descubierto, la levanta despacio en mi dirección, como quien brinda por una jugada ajena, y el sello de oro del meñique lanza un destello sobre el cristal empañado.
Pell. No sé cuánto ha visto, ni desde cuándo. Solo sé que sigue brindando.