VII
Hart
Llevo un cuarto de hora largo calculando la manera más elegante de romperle la cara a un hombre sin que parezca un asunto personal.
El hombre en cuestión es lord Pell y baila una contradanza con la viuda de Merrow en mitad del salón de los Hargreave.
Es la contradanza más larga de la historia de la música.
Cada figura los junta, los separa y los vuelve a juntar, y en cada reencuentro Pell le toma la punta de los dedos con una devoción de reptil que me aprieta la mandíbula hasta hacerme crujir las muelas.
Me repito que es pura estrategia. Pell merodea la pieza que yo he marcado y cualquier cazador con dos dedos de frente defiende su terreno a sangre y fuego.
Nada más lógico, ¿verdad? Me lo digo con una convicción aplastante.
Lástima que el calor que me trepa por la nuca no entienda de explicaciones tan cómodas.
¿Celos? ¿Yo? Por favor. Un hombre no siente celos de una mujer a la que persigue por la bolsa de una apuesta.
Todo el mundo lo sabe. Este nudo que me estruja el pecho tiene que ser otra cosa: el fastidio del comerciante que ve a un buitre revolotear sobre su mercancía.
Lo tengo tan claro que estoy apretando la copa con la fuerza suficiente para reventarla.
Lo peor es que Pell lo sabe. Por encima del hombro de Sabine alza la mirada y me busca entre el gentío con esa media sonrisa insoportable de jugador que le ha descubierto el truco al adversario.
Soy, esta noche, un imbécil con las cartas boca arriba.
La carta soy yo, ardiendo como juré no volver a arder desde que fui lo bastante joven para creer en ciertas cosas.
En el extremo opuesto de la sala hay otra persona que mira a Pell, aunque con muy distinta cara.
La señora Hargreave, la anfitriona, una mujer menuda con facha de haberse olvidado de cómo se respira, está plantada junto a la chimenea apretando el abanico como quien aprieta una moneda de la que está a punto de despedirse.
Cada vez que Pell pasa cerca, le baja la mirada a los zapatos.
Su marido, el coronel, ríe junto a las mesas de juego con unos amigos y no se entera de nada.
Yo sí me entero, porque reconozco a un deudor por la espalda.
Llevo doce temporadas contemplando la mía en los espejos.
Archivo la imagen en un rincón de la memoria sin saber para qué, y vuelvo a lo mío, que es mirar a Sabine.
—Se le va a quebrar la copa, lord Vaughan.
La voz llega por mi izquierda, con una sorna de tres pisos. Es la señora Calloway, viuda de un capitán de fragata y amiga de Sabine desde los diecinueve años de esta, que me observa por encima del abanico cerrado con la cara de quien tasa un caballo en una feria.
—Lo que me preocupa no es la copa, señora, sino el suelo —replico—. Como ese hombre le acerque la boca al cuello un dedo más, voy a tener que pagar los desperfectos.
—Pell no le ha rozado ni la sombra. Ella baila con él para no bailar con usted.
—Se golpea la palma con el abanico, un golpe seco, de sargento—.
Hay mujeres que prefieren probar el anzuelo ajeno antes que tragarse el propio.
Hágame un favor, milord. Si piensa hacerle daño, hágaselo ya y nos ahorrará a todos la agonía.
—¿Daño? Soy un caballero.
—Es usted un jugador, que es peor. Los caballeros, por lo menos, saben cuándo retirarse.
—Si lady Merrow necesita protección, señora Calloway, veo que le sobra uña.
—Se la presto desde hace once años. —Me dedica una sonrisa que enseña todos los dientes y ninguna simpatía—. Que no se le olvide, Vaughan. Que no se le olvide nunca.
Se aleja con un frufrú de seda y amenaza. Me quedo con la copa en la mano y con la incómoda sensación de haber pasado un examen que no sé si he aprobado.
Hace nueve días que no me concede ni un roce.
Desde la noche del ajedrez, en su mesa, me ha repartido cuatro reverencias, una conversación de siete minutos sobre la cría de caballos de tiro y esa mirada que se le echa a un hombre al que se le debe un beso y se ha decidido que no lo cobre nunca.
Yo, que me creía el cazador más paciente de Londres, descubro que la paciencia ejercida con los dientes apretados se parece mucho a la tortura.
Todavía recuerdo la cena: la duquesa viuda de Storr, sentada a mi lado sin haber probado el consomé, anunciando ante ocho comensales que todo Londres sabía que el conde de Vaughan no tenía ni para el carbón.
Recuerdo también a Sabine, más tiesa que un asta de bandera, devolviéndole el golpe con una cortesía que mató la conversación.
Aquella noche supe que la defendería hasta de un rayo.
También supe que aquella mujer me estaba ganando con varias manos de ventaja.
Más atrás queda Rotten Row. La yegua nerviosa, su mano sin guante entre las mías para calmar al animal, el pulso en la muñeca latiéndole como un pájaro atrapado. Ella retiró la mano un instante tarde. Un instante tarde. Llevo dos semanas guardando ese instante como otros guardan una reliquia.
Cuando la orquesta suspende por fin el tormento, Pell le besa los dedos, le murmura algo al oído que no consigo leer en sus labios, y se retira con una reverencia de dos pisos.
Sabine lo despide con una sonrisa de compromiso que no promete nada de nada.
Se recoloca un rizo rebelde en la nuca. Es una nuca preciosa, y a mí no se me tendría que ocurrir estudiarla.
Un cazador calcula por dónde puede huir la presa; yo estoy memorizando la curva de su cuello como un colegial que repasa el padrenuestro.
Se abanica, se excusa con una inclinación leve ante un grupo de matronas y cruza las puertas de cristal del fondo, las que dan al invernadero.
No me paro a pensarlo. Pensar sería lo prudente y esta noche tengo la prudencia bajo mínimos. Planto la copa en la bandeja del primer criado que veo y la sigo con el paso decidido de un hombre que tiene un asunto pendiente y ninguna intención de dejarlo para mañana.
El invernadero de los Hargreave es un mundo aparte cosido a la mansión.
Aquí no llega el bullicio, sino un murmullo de música amortiguada por los cristales y el goteo de una fuente escondida entre las plantas.
Llueve desde el martes y la lluvia tamborilea sobre el techo de vidrio como unos dedos impacientes.
Huele a tierra mojada y a azahar. Los naranjos montan guardia en sus macetas de madera, y la luz de las velas llega verde y temblorosa a través del follaje.
Tardo un segundo en dar con ella. Está junto a la fuente, de espaldas, tan quieta que parece parte del decorado.
No se vuelve, pero sé que me ha oído. Se le tensan los hombros un ápice, una minucia que a cualquier otro se le pasaría por alto y a mí no.
Llevo semanas aprendiéndome sus silencios como quien aprende un idioma.
Debería romper el hechizo con una frase ingeniosa.
Tengo cientos, ensayadas en docenas de invernaderos como este.
Ninguna me sirve. Las fabriqué para mujeres que deseaban ser conquistadas y esta no quiere conquista: quiere un igual.
Esa es una moneda que llevo tanto tiempo sin usar que he perdido el molde.
—Se sigue tomando muchas molestias, milord, por una mujer que todavía no le ha concedido nada —dice sin volverse.
—Coquetea usted con Pell delante de mis narices. —Me acerco sobre la grava húmeda, que protesta bajo mis botas—. Llámelo curiosidad de cazador. Quería comprobar si a él también le regala esas sonrisas de medio segundo o si me reservaba la moneda a mí.
Se gira despacio. Arquea una ceja con una serenidad que me desarma antes de abrir la boca.
—¿Celos, lord Vaughan? —pregunta con guasa, como quien descubre un defecto delicioso en una joya que creía perfecta—. Qué vulgaridad. Lo hacía a usted por encima de esas pequeñeces de mercado.
—Yo también me hacía por encima.
Es la primera verdad sin filtro que le digo desde que la conozco. Me sale sola, sin permiso ni cálculo, y la descoloca a ella tanto como a mí. Durante un latido nadie dice nada. La fuente gotea. La lluvia sigue a lo suyo.
—¿Qué le susurraba? —pregunto antes de arrepentirme.
—¿Quién?
—No se haga la distraída, milady . Ese caballero con sello de oro que acaba de pasarse media hora respirándole en el cuello.
—Ah, ese. —Se abanica con una calma exasperante—. Me preguntaba si juego al faro.
—¿Juega, entonces?
—Solo donde conozco la baraja. Es mi única superstición. —Me mira de reojo, por encima de las varillas—. Aplíquese usted el cuento, milord. Nunca me siento a una mesa que no he preparado yo.
—Descuide, milady . Yo no conozco ni la mía. —Doy otro paso, y otro—. Si me siento a la mesa, apuesto a ciegas y rezo.
—Qué filosofía tan peligrosa.
—Es la de un hombre que no tiene nada que perder. Eso lo hace valiente o idiota, y todavía no he decidido cuál de las dos.
—¿Y qué haría si perdiera de verdad?
—Cobrar la desgracia a plazos, como todo lo demás.
—Esa es la respuesta de un tendero.
—Es la de un conde, milady . Los tenderos, al menos, cobran.
Algo parecido a una sonrisa le roza la comisura de los labios.
Se quita el guante derecho despacio, tirando de cada dedo con una lentitud que me seca la garganta, y lo sostiene en la otra mano.
Estira la mano desnuda hacia una rama de azahar y acaricia un capullo con la yema de un dedo, sin cortarlo.
Yo no puedo mirar otra cosa. Es la mano que sujeté en Rotten Row, blanca, larga, sin un anillo, la misma que lleva dos semanas robándome el sueño.
—Me aprieta —explica sin que le haya preguntado—. El guante. Las damas inglesas hemos hecho de la incomodidad un arte. Nos metemos en seda dos tallas menos y llamamos a eso decoro.
—Dígame, milady , ¿cuánta incomodidad está dispuesta a soportar hoy?