La trampa de terciopelo VI #2
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VI #2

—Eso dicen todas. —Se levanta, y con ella, todos. Se apoya en el bastón y baja la vista hacia Vaughan—. Conde, felicidades por su caballo. Los animales de nombre sarcástico son los únicos que se salvan de la quiebra.

Se va tal como vino, sin despedirse. Cuando se cierra la puerta, Bee deja escapar el aire como si llevara un minuto conteniéndolo.

—Eso —susurra— ha sido lo más parecido a una bendición que ha dado esa mujer en cuarenta años.

—O a un tanteo de artillería. —Dejo la copa—. Que siga la cena.

La cena sigue. Con un par de pausas incómodas, una discusión del poeta sobre Byron y un postre de fresas que nadie saborea, la ternera cumple su fama.

Por un capricho de la anfitriona que desarma al mismísimo oporto, nadie se separa: pasamos todos al salón de música a tomar el café, y ya se acerca la medianoche.

Fenwick y su tía juegan al whist con los Ellsby.

Edmund desaparece con una botella hacia la ventana, con aire de perro de caza que busca una excusa.

Bee murmura, al pasar junto a mí, que va a hacer como si leyera, y se pone a hojear un libro al revés.

El tablero de ajedrez está junto a la chimenea, con las piezas de marfil y ébano en su sitio, pulidas, como si las colocara siempre la misma mano. Hace tres años mandé retirarlo. Anoche lo bajé del desván yo misma.

—¿Juega? —pregunto, sin mirar a nadie.

—Si lo pide una dama que me ha servido ternera, con ganas. —Se sienta frente a mí. Tiene los codos sobre las rodillas y la sonrisa de cuando cree que va a ganar. No es la moneda falsa; es otra cosa. Más joven.

—Con apuesta, por supuesto.

—Faltaría más. Aunque ya le advierto, lady Merrow, que no tengo nada que apostar.

—Eso me consta. —Enderezo un peón—. Apuesto yo. Si gana usted, cobrará un beso. Cuándo y cómo le plazca.

Se queda inmóvil con un peón entre los dedos, a medio camino del tablero.

—¿Qué ocurre si gana usted?

—Entonces no cobra nada, y yo habré tenido una buena noche.

—Me quito el guante de la mano derecha (me los he vuelto a calzar al salir del comedor, por costumbre de campaña) con cuidado, dedo a dedo, y lo dejo sobre el borde del tablero—.

Mi fianza. Si pierdo, este guante se queda en su poder hasta que pague.

Me contempla durante medio minuto. Sé lo que ve: una mujer que se quita un guante en un salón lleno de gente, en un acto que cualquier sociedad decente consideraría un escándalo menor y que a nadie, sin embargo, se le ocurriría juzgar a tres pasos de la chimenea, porque nadie está mirando.

Los dos sabemos que se está jugando mucho más que un beso.

—Juego con blancas —dice al fin.

—Con las blancas juego yo.

—Entonces las negras para un caballero con deudas. —Gira el tablero—. Me va bien: estoy acostumbrado a ir un paso atrás.

La partida es larga y delicada. Él juega como habla: con arrogancia primero, con cuidado después, con una temeridad que se va afilando según se da cuenta de que enfrente tiene algo más que un adorno de salón.

Sacrifica un peón en la apertura, y lo rechazo; abre su flanco con una sonrisa y se la devuelvo con un alfil.

Entre jugada y jugada, entre el chasquido de la madera sobre la madera, se interponen frases breves, apenas audibles.

—Se pone usted pálida cuando se concentra.

—Usted tararea cuando cree que va ganando. Una melodía muy fea, por cierto.

—Mi hermana dice que es un vals. Yo la creo, pero solo porque me lo pide.

—Su hermana es una mujer de gran paciencia.

—Mi hermana es una mujer de gran descaro. Usted y ella harían buenas migas.

Alzo los ojos. Él ya me está mirando. Hay un momento, justo uno, en que el tablero deja de existir.

Hacia la jugada veinte me doy cuenta de que voy a perder.

No porque él sea mejor, que lo es, un poco, sino porque yo he dejado de querer ganar.

He visto el mate hace cuatro movimientos y lo he dejado correr.

Mi mano derecha, la desnuda, sostiene un peón sobre el tablero.

Algo bajo las costillas le ha dado la vuelta a todo lo que sé de estrategia.

Él toma mi reina.

Cae con un golpe seco sobre el borde del tablero. La tomo yo misma antes de que la aparte; es un hábito mío, no soporto ver a una reina muerta tirada sobre un tapete. La cierro en el puño. La figura de marfil se me va entibiando contra la palma. Seguimos jugando.

Faltan doce jugadas. Faltan nueve. Perder con elegancia es un arte como cualquier otro: hay que fingirse distraída, no regalar nada de golpe, dejar que el adversario atribuya la victoria a su genio.

Él se inclina sobre el tablero para mover el caballo, y me llega el olor de su pelo, de su piel limpia, de la lana tibia de su levita.

Un mechón oscuro le cae sobre la frente.

Tengo ganas de apartárselo con un dedo. No lo hago. Muevo la torre.

—Jaque —dice en voz baja.

—Lo veo.

—Mate en dos.

—También lo veo.

—Entonces —levanta los ojos, y en ellos ya no queda nada de la arrogancia de antes—, ¿por qué no lo evita?

—Porque llevo toda la noche jugando para perder.

Se queda quieto. Lo ha entendido a medias; la otra mitad la tiene en la punta de la lengua y no se atreve a decirla.

—Esa es una forma muy cara de ceder, lady Merrow.

—Es la única que me permito.

El último movimiento llega sin ceremonia. Mi rey cae. Él mueve su alfil y el tablero se cierra con una exactitud cruel.

—Mate —musita.

—Mate. —Tengo el puño cerrado sobre el regazo, y no sé cuándo he empezado a apretarlo tanto—. Es usted un adversario magnífico, milord. Le debo un beso.

Hay un silencio. Detrás de nosotros, en la sala, el poeta pelea con su tía sobre un as de picas, la chimenea chasquea, Bee pasa una página al revés. Vaughan no se mueve. Tiene las manos abiertas sobre las rodillas. Respira como quien acaba de correr.

—Ya lo sé —dice.

—Puede cobrarlo.

—No.

—¿Perdón?

—No lo cobro. —Se echa hacia atrás, sin dejar de mirarme—. No hoy. El beso, lady Merrow, se cobra cuando el deudor no lo espera. Ahora usted lo espera, tiene el corazón en las orejas y sabe a qué hora vence. Eso no es una deuda, es una cita. Yo cobro deudas.

—Lo encuentro un método ruinoso.

—Es el único que no me ha arruinado todavía.

Alarga la mano sobre el tablero. No para tomar el guante, sino para tomar la mía, la que tengo cerrada en el regazo.

La toma por la muñeca, con dos dedos, justo donde el pulso me delata, y la sube hasta el borde de la mesa.

Me abre los dedos uno a uno. No hace fuerza.

Con el pulgar me recorre la palma de punta a punta, despacio, y el escalofrío me sube hasta la nuca.

Cierro los ojos medio segundo. Es todo lo que necesito para perder una reina.

—Su fianza —dice, y me cierra la mano vacía con la suya—. Quédesela. Cuando cobre, será a mi hora y con mis términos. Sospecho, lady Merrow, que a usted le va a costar esperar más que a mí.

Cuando abro los ojos ya se ha incorporado.

Mi guante yace sobre el tablero, en el rincón donde cayó mi reina, dejado allí con la mano libre como quien deposita una ofrenda o cubre un cadáver.

Inclina la cabeza ante mí, ante Bee, que ha dejado de fingir que lee, y ante la sala entera.

Se despide de lady Ellsby con un grito de cortesía, de Edmund con una palmada, del poeta con una reverencia.

A la puerta, Fossett le tiende el sombrero.

Antes de salir se vuelve una vez más, hacia el tablero, hacia mí, y se lleva la mano al ala.

Dos dedos. Un saludo de soldado a soldado.

Cuando se cierra la puerta me quedo inmóvil. Bee deja el libro sobre el sofá, se acerca sin una palabra y se sienta a mi lado. No necesito mirarla para saber lo que va a decir. Por una vez, no lo dice.

Con el índice, muy despacio, levanto el borde de mi guante.

Bajo el guante, la reina blanca. La que yo tenía en el puño. Ni siquiera lo he visto cogerla.