La trampa de terciopelo VI
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VI

Sabine

La mesa tiene treinta y dos palmos de largo y esta noche pienso aprovecharlos todos.

—Si cambias esa tarjeta otra vez, se va a desintegrar.

—Exacto. Cuando se mira a un hombre a través de la llama de una vela, uno de los dos se quema. Procuro que sea siempre el mismo.

—Qué considerada. —Se acerca y contempla el tablero de nombres—. Lord Vaughan junto a lady Ellsby, que oye menos que una tapia. Delante, la tía del poeta, que cuenta sus achaques a gritos. Tú, en la cabecera, hecha un faro. Es una crueldad con método.

—Es hospitalidad. Un invitado bien colocado tiene tiempo de pensar.

—¿En qué?

—En lo que se pierde cuando no está a mi lado.

Bee se queda un momento callada, con los ojos puestos en la tarjeta de él, escrita con mi mejor letra.

—Te lo diré una vez —dice al fin—: la que mira a través de la llama también se calienta.

No le respondo. Fossett abre las puertas para anunciar a los primeros invitados.

Somos ocho a la mesa: lord y lady Ellsby, ella con una gardenia en el pelo, superviviente de milagro de su último baile; el señor Fenwick, un poeta de Cambridge que me han endosado a traición, y su tía, una señora de cuello de cisne; Edmund y Bee, que ocupan el centro, él rubicundo y radiante, ella con la mirada afilada de un tribunal; yo, y el conde de Vaughan, que llega a las siete menos cuatro minutos, con una levita azul oscuro que tiene un brillo de cepillo en los codos y unos guantes nuevos de ante gris.

No son nuevos. Los he visto de cerca. Son los viejos con el agujero de la palma cosido por dentro con puntadas diminutas de seda del mismo tono. Alguien ha pasado la noche zurciendo. Una hermana de diecisiete años, sin duda. Se me hace un nudo en la garganta que no figuraba en el menú.

— Lady Merrow —saluda con una reverencia impecable—. Tengo entendido que la ternera ha derribado ministros. He venido a rendirme.

—Milord. La ternera aún no ha derribado a nadie esta semana. Se encuentra en plena forma.

Le tiendo los nudillos. Los roza con la boca un segundo exacto. No pasa ni uno más. Lo mide como yo. Con todo, algo en la forma de apartarse, un resto de calor, una ligera presión de los dedos, me devuelve al Row y me obliga a concentrarme en no mirarme la mano.

La cena empieza bien. El consomé, a la perfección; los espárragos en mantequilla, mejores aún.

Observo desde mi cabecera cómo el conde de Vaughan conversa con lady Ellsby a gritos de cortesía, cómo escucha con paciencia entomológica la historia de las diecisiete dolencias de la tía del poeta.

Cada diez minutos, sin falta, levanta los ojos entre el vapor de la sopa y las llamas de los candelabros y me encuentra.

Es un juego. Lo inventé yo, y las reglas son estrictas.

Primero, la copa: la alzo a medio camino cuando él me mira y la sostengo así, sin beber, el tiempo exacto de un parpadeo, antes de que se le acabe la frase.

Después, el espárrago. Los espárragos son la comida más indecente que ha inventado la cocina inglesa y lo sabe todo el que los ha visto comer a una mujer.

Mastico el primero despacio, con los ojos en sus ojos, y veo cómo lady Ellsby, a su lado, le repite al oído una palabra que él no ha escuchado. Tiene que preguntar dos veces.

El tercero es la servilleta. Me rozo la comisura de los labios con el lino, una vez, lenta. Dos dedos de esa mano descansan sobre el cuello del vestido. A veinte pies de distancia, entre tres plumas de pavo real de un centro de mesa, el conde de Vaughan deja caer el tenedor.

—¿Qué opina usted, lord Vaughan? —le pregunta el poeta, que ha llegado al final de una frase sin que nadie se haya enterado del principio.

—Opino —responde, con un aplomo ejemplar y la boca seca— que es una idea excelente.

—Yo no he propuesto ninguna idea.

—Por eso la encuentro tan excelente.

Bee se cubre la cara con la servilleta. A mi izquierda, lord Ellsby carraspea para disimular una risa.

Me recuesto en el respaldo. Esta es la clase de victoria que más me fascina: la que no se anota en ninguna parte.

—A mi hermana le gusta decir que yo era un niño muy callado —comenta Edmund hacia el segundo plato, con esa expansión sin freno que le dan siempre el vino y la compañía de las mujeres—. Pero es mentira, porque hace nueve semanas, en casa de Bee, le comentaba yo a Sabine lo bien que...

Un golpe seco bajo la mesa. Edmund da un respingo.

—...lo bien que se está en casa de Bee en cuanto la primavera aprieta. —Termina con una dignidad admirable—. Una cena sin pretensiones. Un pollo pasable.

—Un pollo excelente —corrige Bee con una sonrisa de lobo—. Muy duro de pelar.

Vaughan alza una ceja, mira a uno, mira a otra, y lo deja pasar. Lo apunto. Un hombre que oye una frase a medio decir tiene dos opciones: preguntar o archivar. Él archiva. Peligroso. Los hombres que archivan acaban siempre sacando el expediente.

Se anuncian los segundos platos. Justo entonces, cuando los lacayos entran con las bandejas de plata, Fossett reaparece en el umbral con un color de cera en la cara y una voz que no le conocía.

—Su Gracia, la duquesa viuda de Storr.

Se hace el silencio. Es un silencio con varias capas: el de la sorpresa, el del miedo, el de la curiosidad. Los hombres se levantan, las damas se enderezan. El poeta se atraganta con un guisante.

La duquesa no se detiene en la puerta. Entra apoyada en el bastón de ébano, con el luto de cuarenta años flotándole alrededor, y recorre con un solo vistazo la mesa, los candelabros, los nombres, mi cabecera.

Se detiene en el sitio vacío que Fossett, con una pericia de maestro, ya está preparando al lado de lord Vaughan, y yo me pregunto cómo diablos ha sabido que justo ahí quedaba una silla.

—No se levanten —ordena, y los caballeros, que ya estaban de pie, vuelven a sentarse—.

Cenaré en mi casa. Pero ha llegado a mis oídos que lady Merrow daba hoy una cena con ocho comensales, y como la aritmética es la única ciencia en la que confío, he querido venir a contarlos.

Ocho a la mesa, me dicen. Nueve conmigo.

Una cifra que siempre me ha parecido corta para una cena y larga para una conspiración.

—Es un honor, Su Gracia. —Me pongo en pie con la sonrisa más afilada que me queda—. Fossett le servirá lo que desee.

—Un consomé, y que no se enfríe, que ya sé cómo cocinan en esta casa. —Se sienta junto a él, tan cerca que podría contarle las pestañas, y lo mira sin disimulo, con el peso de una pared sobre una hormiga—. Conde de Vaughan.

—Su Gracia.

—Todo Londres sabe que no tiene ni para el carbón.

Lo dice con la naturalidad con que se comenta el tiempo. Después, el silencio. Al fondo, el poeta deja caer el tenedor, esta vez de verdad. Lady Ellsby, que no oye ni la mitad, pregunta a voz en grito qué ha dicho Su Gracia, y la tía le contesta, igual de alto, que lo del carbón.

Algo se rompe dentro de mí. No es furia, no. Es peor. Es la certeza de que la duquesa lo ha hecho a propósito, delante de todos, en mi mesa, para comprobar de qué barro estamos hechos él y yo.

Vaughan baja el cuchillo. Lo coloca con cuidado junto al plato. Se levanta, no de golpe, sino con la parsimonia de un hombre que se pone en pie para un brindis, y le dedica una reverencia a la duquesa tan perfecta que cualquier maestro de baile lloraría de gusto.

—Tiene toda la razón, Su Gracia, y se lo agradezco.

Es la primera vez que una persona de su rango se interesa tanto por mis cuentas.

—Le sostiene la mirada sin pestañear—. Permítame completarle el informe, para que no tenga que pagar espías.

Tampoco tengo cochero fijo, ni mayordomo de librea, ni crédito en la mitad de los sastres de Londres.

Tengo un caballo viejo con un nombre sarcástico y una hermana de diecisiete años que cose mejor que cualquier modista de Bond Street.

Me considero, a pesar de todo, un hombre afortunado.

Los ricos no saben lo bien que se cena al calor de la chimenea de otro.

Unos segundos. Un chasquido de leña. En el rostro de la duquesa no se mueve nada, nada, y, sin embargo, en el fondo de sus ojos se enciende una lucecita que he visto antes: la de una vieja pescadora que ha sentido el tirón en el sedal.

Me toca a mí. Sé que me toca a mí. Una mujer puede defender a un hombre de dos maneras: levantando la voz o no levantándola. La primera es una declaración; la segunda, un arma.

—Su Gracia ha tenido la amabilidad de contar lo que el conde no tiene.

—Me siento despacio y tomo la copa—. Permítame contar yo lo que sí.

Un apellido que no necesita pagar a nadie para que se pronuncie con respeto.

Una lengua que no se humilla y unas manos que no tiemblan.

Cosas que en esta mesa, y créame que hay otras muy buenas, no sobran.

—Giro la copa—. En mi casa el carbón se cuenta en la cocina, Su Gracia. En el comedor se cuenta lo que arde.

Alzo la copa hacia él, sin sonreír. Es un brindis mínimo, privado. Sus ojos, desde el otro extremo de la mesa, se oscurecen un tono.

—Hágame el favor, lord Vaughan —añado, ya con voz de anfitriona de tertulia—. ¿Podría pasarme la sal?

La sal está a dos palmos de su mano. A él le separan de mí un pavo real y veinte pies de mantel. Se levanta, la toma, y nadie dice una palabra mientras recorre toda la longitud de la mesa para dejarla a mi lado. Al soltar el salero, sus dedos rozan los míos, y no se retira de inmediato.

La duquesa observa la escena como un naturalista que clasifica un espécimen raro.

—Interesante —dice, a nadie en particular, y se lleva la cuchara a la boca.

Al terminar el consomé deja el cubierto con un golpecito—.

Lady Merrow. El seis de junio doy un baile en mi casa.

Un baile grande. Espero que me honre con su presencia.

Que para entonces se haya puesto fin a ciertas dudas que corren por ahí, de modo que el anuncio que todo el mundo aguarda sea el correcto.

—Siempre procuro que los anuncios sean los correctos, Su Gracia.