La trampa de terciopelo V #2
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V #2

Salto de Moratoria y llego a su estribo antes de que el mozo, que se ha quedado atrás, pueda moverse.

Ella desmonta apoyándose en mi mano, y no creo que lo haya pensado.

Se agarra a mi antebrazo con la buena y a mi hombro con la rasgada, y durante un momento nuestras caras quedan a una cuarta.

Su pelo huele distinto que en los salones: no a azahar ni a agua de rosas, sino a algo más seco, a hierba pisada, a tarde.

Cuando sus botas tocan el suelo, la cintura del hábito sigue entre mis manos.

La suelto con cuidado, como una copa llena.

Dejamos los caballos al cuidado del mozo, que sigue sobre su rucio, y nos alejamos cuarenta pasos, hacia la sombra de los castaños.

A la vista de todos, pero lo bastante lejos para que nadie nos oiga.

Camina con las manos juntas por delante y la gasa recogida sobre el sombrero, y le cuesta mantener la expresión indiferente.

—Bien, milord. Haga su pregunta.

Tengo veinte preparadas. Preguntas astutas, pulidas durante toda la semana: cómo se llama su abogado, cuántas haciendas tiene en el norte, qué opina de los segundos matrimonios. Ninguna me sirve. Cuando abro la boca, sale otra.

—¿Qué piensa de verdad cuando me ve entrar en un salón?

Se detiene. Me examina con una atención que dura bastante más de lo que dicta la cortesía.

—Que es el único hombre de la sala que no se acuerda de mi fortuna hasta la tercera frase —responde con voz neutra—. Que me cuenta las arañas y las velas, pero no las monedas que llevo en el bolso. Eso me desconcierta.

—Es un buen principio.

—Es un defecto de método. Ahora me toca cobrar a mí. —Me mira de frente—. ¿Por qué sonríe así?

—¿Así cómo?

—Como quien paga con una moneda falsa y espera que nadie la muerda.

La imagen me atraviesa como un cuchillo. Es mía. Mi metáfora, mi vergüenza privada, la que me repito ante el espejo cada mañana desde hace años. No me ha leído el pensamiento, me ha leído la sonrisa. Eso es peor.

Podría contestarle cualquier cosa. Una ocurrencia, una de esas frases pulidas que se me dan tan bien. Pero esos ojos grises, sin velo, me quitan las ganas de mentir. Quizá sea la risa, que no se le ha apagado del todo. Quizá solo se me hayan acabado las existencias.

—Porque es lo único que me queda para pagar.

Pasa un jinete al trote. Alguien, lejos, ríe. Sabine no me quita la vista de encima.

—¿Pagar qué?

—Todo. Las deudas de mi padre, las mías, las del apellido. Los vestidos de mi hermana. La lumbre de las habitaciones. Cuando uno no tiene nada, lady Merrow, sonríe a cuenta. Es la única divisa que nadie ha encontrado todavía la manera de embargar.

—Alguien debería morderla.

—Muerda. —Le tiendo la mano abierta, la del guante zurcido, con una sonrisa que no es de hojalata—. Ya hay quien ha perdido un diente.

Mira la mano. Después mi cara. Por un segundo creo que va a hacerlo, que va a posar la boca sobre mis dedos para comprobar de qué metal está hecho el gesto, y el corazón me sube a la garganta con tal fuerza que lo oigo.

Pero no. Se baja el velo con pulso firme y habla en voz baja.

—No tengo por costumbre morder lo que no he comprado.

—¿Se vende?

—Todo se vende, milord. Lo difícil es saber quién acaba pagando. —Da un paso atrás—. Me ha hecho reír y me ha dicho una verdad. Una hazaña para un domingo. No me atrevo a pedirle más.

—Entonces pediré yo. No la dejo cabalgar sola hasta el final del Row.

—Cuarenta yardas. —Una comisura se le arruga—. Mi mozo sabe acompañarme.

—Su mozo se ha dormido sobre la silla.

Mira. Es verdad: el viejo cabecea sobre el rucio con la barbilla en el pecho. La risa que se le escapa esta vez es breve, de contrabando, un soplido por la nariz. Pero es una risa, la segunda del día, y la anoto con los ojos cerrados.

—El miércoles ceno en casa con ocho personas —dice a bocajarro mientras recoge la falda del hábito—. Falta un caballero que sepa tratar con loros. Si le interesa, sea puntual. A las siete.

—Cena para ocho —lo repito despacio, para que no se me note el entusiasmo.

—Mi cocinera hace una ternera estofada que ha derribado ministros. —Me mira con inocencia, como si no supiera de sobra que acaba de describirme el cielo—. ¿Tiene usted algún reparo con la ternera, milord?

El estómago me traiciona con un gruñido tan sonoro que un jinete que pasa vuelve la cabeza.

—Ninguno —respondo con toda la dignidad de que soy capaz—. Soy un hombre sin prejuicios gastronómicos.

Esta vez no se ríe. Pero tiene los ojos tan encendidos que no necesita hacerlo.

El mozo, ya despierto, la sube a la silla, y yo me quedo en el suelo con el sombrero en la mano, mirando cómo se aleja la yegua gris por el Row, al paso, con la espalda recta y la mano rasgada pegada al costado para que nadie la vea.

Junto a los castaños se detiene. Vuelve la cabeza.

No sonríe, pero levanta dos dedos hasta el ala del sombrero, un saludo mínimo, de soldado a soldado.

Después trota hasta perderse entre los carruajes.

Monto a Moratoria como puedo. Sigo con la mano abierta, la del agujero, como si todavía la tuviera ahí. Me la miro. Ha dejado de ser mía.

Algo me obliga a volver la vista hacia la verja del parque.

Allí, a treinta yardas, sobre una yegua negra, sentado con la espalda de un señor que no tiene prisa, está lord Pell.

Lleva un buen rato mirándonos; lo sé porque cuando nuestras miradas se cruzan, no aparta la suya.

Levanta una mano en un saludo irónico. Después se inclina para decirle algo a un hombre que camina a pie junto a su estribo.

Un hombre bajo, pálido, con chaleco raído, los dedos manchados de tinta y sombrero de ala ancha de burgués. Habla con Pell como se habla con quien debe dinero o lo cobra, con una mano en el pecho y la otra extendida. Por un momento el sol le da en la cara. Sonríe. Sonríe con todos los dientes.

Crabbe.

Hace dos años que no veo esa sonrisa, y no es un hombre que salga de su despacho con olor a papel mojado.

Un prestamista en Hyde Park a la hora de los carruajes es una gaviota en el desierto.

«Todo Londres le debe algo a alguien», me digo con la lógica de la desesperación.

«Pell debe a Crabbe. Es normal. Es lo más normal del mundo».

El hombre de la sonrisa dentuda alza la cabeza, me ve y se lleva dos dedos al ala del sombrero con la cortesía de un acreedor que reconoce a un buen cliente. Desde la yegua negra, lord Pell me guiña un ojo.

Moratoria bufa. Es el único de los dos que ha entendido la factura.