La trampa de terciopelo V
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V

Hart

Moratoria resopla y por poco me tira el sombrero. Con él, la frontera entre el ridículo y su ausencia es cuestión de matices.

No sé cuál de las dos prefiero, lo cual es mala señal para un cazador.

A las cinco en punto, ni un minuto antes ni uno después, aparece.

La anuncia el murmullo que recorre el paseo: tres caballeros que cambian de postura a la vez, como si hubieran oído la misma corneta.

A la altura de los olmos, un grupo de dandis se aparta.

Por el hueco avanza una yegua gris sobre cuyo lomo, con una espalda tan recta que haría llorar de envidia a un maestro de esgrima, va sentada la viuda de Merrow.

Lleva un hábito de montar verde botella, ajustado al talle y sobrio como un sermón, y un sombrerito alto con un velo de gasa que le deja la mitad del rostro en sombra.

A tres pasos, un mozo viejo y cabizbajo cierra la comitiva sobre un rucio.

Cabalga como hace todo: sin esfuerzo visible, como si el mundo se hubiera aprendido de memoria sus instrucciones.

La saliva se me vuelve ceniza. Sé de sobra de qué enfermedad es síntoma.

Dejo que llegue ella. Un cazador sensato no sale a buscar a la pieza; la espera donde sabe que va a pasar. Cuando su yegua me alcanza, tiro de las riendas hasta igualar el paso y me quito el sombrero con una inclinación que he ensayado ante el espejo hasta los calambres.

— Lady Merrow. Qué casualidad.

—Milord. —Me mira a través de la gasa, con una ceja en alto—. Tengo entendido que ha preguntado a mi mayordomo por el caballo que monto los domingos. Debió de sorprenderse mucho al enterarse de que era una yegua.

—Me honra la corrección. Me sorprendió más la puntualidad.

—Se llama Ceniza.

—Un nombre que promete un incendio.

—O que ya pasó. —Aprieta los labios—. Es sensible, no se lo tome a mal. No le gustan los ruidos, ni los sobresaltos, ni los hombres que se acercan por la derecha.

—Entonces me quedo a la izquierda.

—Muy sensato. Le vendría bien aplicar el método en otros terrenos.

Avanzamos juntos, al paso. Moratoria le lanza a Ceniza una mirada de soslayo, la de un condenado que ve pasar a una reina camino del baile. Ella ignora a mi caballo con elegancia. El mozo del rucio se retrasa un paso más, discreto como un buen testamentario.

—Su caballo —comenta al cabo de unos segundos, con neutralidad de notario— tiene un porte singular.

—Se llama Moratoria.

—¿Nombre o confesión?

—Un poco de cada. Se lo puse cuando heredé de mi padre un caballo, una silla y la deuda de ambos. Es lo único que me queda sin hipotecar, y lo sabe. Por eso no se deja ni vender ni querer.

—Es un animal con hambre.

—Come más que yo, se lo certifico.

Un destello cruza la gasa. No es una risa; es el borde de una, esa tensión del labio inferior de quien se aguanta con todas sus fuerzas. La anoto en la columna del haber.

—Le propongo una apuesta, lady Merrow. Ya ve que mis aficiones son previsibles.

—Le advierto que las apuestas, en mi presencia, suelen salir caras.

—Me consta. —Hago una pausa para que sepa que no hablo solo de lo que se escribe en White’s. No pestañea—. Si consigo hacerla reír antes de que lleguemos al final del Row, me contestará con franqueza una pregunta. Una sola.

—¿Qué ocurre si no lo consigue?

—No volveré a mencionar el tiempo en su presencia. Ni la lluvia, ni el sol, ni el calor que hace en los salones. Un sacrificio notable.

—Notable. —Ladea la cabeza—. Debo decirle que no me río, milord.

—Eso dicen los que no han oído un buen chiste.

—Ni uno malo. Lo he comprobado.

—Entonces es cuestión de método. —Me recoloco las riendas con la solemnidad de un cirujano—. Empecemos por la subasta.

—¿Qué subasta?

—La del paseo. A su derecha, el caballero de la barba negra sobre el alazán: lote nueve. Barón de Carbury, treinta y cuatro años, doce mil libras de renta y una mala digestión, con una peluca de repuesto en la silla por si el viento se lleva la otra. Se admiten ofertas por separado.

—No lleva peluca.

—Esa es la peluca de repuesto. Lote diez, a la izquierda: la duquesa de Dunsmore y su perrito. El perrito vale más que su apellido. Se adjudica por cuatrocientas guineas y un sermón. Lote once: el reverendo Pargeter, que lleva tres sermones sobre la templanza en la manga y una petaca en la bota.

Se oye un resuello bajo la gasa.

—Milord, está usted despreciando a media aristocracia del reino.

—La estoy valorando. Es lo más honroso que se puede hacer con un hombre en Londres: ponerle precio. A usted, por ejemplo, no puedo.

—¿Por qué?

—Porque la tasación se me desborda de la hoja. —Le sostengo la mirada a través del velo—. Además, tiene la mala costumbre de no ponerse en venta.

Se muerde algo por dentro. Seguimos. Voy adjudicando lotes al aire, uno por uno, al compás del paso: una viuda con un turbante del tamaño de un barril, el conde de Hartley que lleva doce años anunciando que se casa, un general que duerme con los ojos abiertos sobre su montura.

Sabine se resiste. Es tenaz; lo delata el codo, que le tiembla bien disimulado.

Al cabo de un rato descubro que me divierto más de lo que dicta mi estrategia, y que lo hago sin esfuerzo. Eso sí que me inquieta.

A unas cuarenta yardas del final, junto a la barandilla, se ha detenido un landó con un almirante de patillas blancas y nariz de langostino cocido.

En una percha de latón atornillada al asiento se mece un loro verde que me mira con la gravedad de un juez.

Cuando paso a su altura, el bicho inclina la cabeza, abre un ojo y escupe con una claridad de campana:

—¡PAGUE!

Me quedo clavado. Moratoria también.

—¡Pague, pague, pague! —repite el loro, sacudiendo las alas con un entusiasmo que compromete la integridad del landó.

—Es la primera vez en mi vida —murmuro— que un acreedor me reconoce a campo abierto y se atreve a gritármelo.

El almirante se ha puesto morado.

—Perdone, caballero, perdone, es de mi esposa, que las pasa canutas con el carnicero y el pobre bicho... —Por encima de su cabeza, el loro suelta un graznido final:

—¡PAGUE, PAGUE, PAGUE!

A mi derecha, entonces, se oye un sonido ahogado, como un hipo.

Después, otro. Me vuelvo y encuentro a la viuda de Merrow doblada sobre el pomo de la silla, con una mano en el pecho y la otra aferrada a las riendas, como si le hubieran dado un golpe en el estómago.

Los hombros le tiemblan. El velo se le agita.

Sin permiso, sin ensayo, sin una sola de las precauciones calculadas con que hace todo, estalla en una carcajada.

No es una risa de salón. Es ronca, breve, descompuesta, una risa de niña a la que han pillado en falta, que le sube desde el vientre y que ella intenta aplastar y no puede.

Se ríe con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, el sombrero ladeado, un mechón que se le ha escapado por debajo de la gasa.

Yo, que he oído reír a tantas mujeres en tantas alcobas, descubro que nunca había oído reír a ninguna.

Me quedo mirándola como un tonto. Es probable que se me caiga la baba.

El problema es Ceniza. El loro bate las alas, la risa de su amazona le hace vibrar el lomo bajo la silla y yo, que no muevo un músculo, no ayudo. La yegua da un respingo, se encabrita medio palmo y se lanza de costado con un relincho de ofendida.

—¡Quieta! —grita Sabine, toda amazona, toda muñeca, todo tendón, con la risa aún entre los dientes.

Me abalanzo sin pensar. No hay cálculo en el movimiento, solo instinto: arrimo a Moratoria por el flanco izquierdo, tal como ella me había aconsejado, alargo el brazo y atrapo la rienda por encima de sus manos.

Tiro de ella hacia mí. Murmuro algo sin sentido, un ea, ea, tranquila, bonita con la voz que usaba con los potros cuando tenía potros.

Ceniza resopla. Baja las orejas. Poco a poco, con un temblor que se le escurre por el cuello, se aquieta.

Entonces advierto que mi mano está sobre la de Sabine.

No sé cuándo ha ocurrido. Al agarrar la rienda debí de agarrar también su puño, y lo que toca mi palma no es cabritilla.

Es piel. Se le ha rasgado el guante por la costura del pulgar con el tirón, y mi viejo guante de ante, el que Tom zurció con hilo de otro color, tiene en la palma un agujero que conozco de sobra.

Una pulgada de mi piel contra una pulgada de la suya.

Es muy poco. Es una inmensidad.

Está fresca y fina. En la muñeca, bajo mi pulgar, que se ha quedado quieto como si hubiera olvidado para qué sirve, el pulso le late deprisa. Muy deprisa. A un compás que ya sé dónde buscar.

Ninguno de los dos habla. La risa se le ha apagado en la boca. Me mira desde un velo que se ha movido y deja a la vista unos ojos grises muy abiertos, sin una pizca de armadura. Un segundo. Dos. Tres. Es el rato más largo que he pasado con una mujer sin dirigirle una palabra.

Retira la mano. Un instante tarde.

—Gracias, milord. —La voz le sale ronca—. Se lo debo.

—Más bien me debe otra cosa. —Me aclaro la garganta. Retiro el brazo con la reticencia de quien devuelve un objeto de valor a su dueño—. La apuesta.

—La apuesta. —Respira hondo y compone el rostro. Una comisura le tiembla todavía—. Hizo trampa. Esa ave trabajaba para usted.

—Declaro bajo juramento que no he sobornado a ningún loro. Aunque quisiera, no podría costearlo: los loros cobran por adelantado. He ganado, lady Merrow. Se ha reído. Muy fuerte.

—Hace cinco años que no me río así. —Lo dice con una especie de sorpresa agria, y me doy cuenta de que se lo está confesando a sí misma antes que a mí—. Se me había olvidado cómo era.

—Entonces el loro y yo le hemos prestado un servicio público.

—Es usted insoportable. Pregunte de una vez.