IV #2
—No he venido a beber su té. —Apoya ambas manos en la empuñadura del bastón y clava su mirada en la mía—.
He venido a advertirle, que a mi edad es la única cortesía que todavía me resulta entretenida.
Una viuda rica es un caramelo para los cazadores de fortunas, y con eso la sociedad sabe lidiar desde que el mundo es mundo.
Pero una viuda rica que además hace lo que le da la gana, que rechaza a quien le apetece y recibe a quien quiere sin rendir cuentas a nadie...
eso, querida, ya no es un caramelo: es un pésimo ejemplo.
Los malos ejemplos, cuando cunden, incendian la temporada y se la llenan de hijas respondonas.
—¿Qué piensa hacer con este mal ejemplo en concreto, Su Gracia?
—Ponerle un plazo. —Sonríe sin la menor calidez—.
Londres perdona a una viuda un año de libertad, quizá dos si es discreta.
Usted lleva tres, y no se ha molestado en ser discreta.
Oigo que el conde de Vaughan la persigue.
Un hombre guapo, sin carbón y con peor fama que usted.
Cuidado, lady Merrow: no tengo nada en contra de los guapos arruinados, siempre que se les escoja con la cabeza y no con el capricho.
—Me halaga que Su Gracia siga mis capítulos con tanto interés.
—Los sigo porque sé cómo acaban. —Golpea el suelo con la contera—.
Tiene un mes. Un solo mes para poner fin a su viudez ante el mundo, con un marido, se entiende, no con una escolta de admiradores.
Si para entonces sigue paseándose por esta ciudad con una piedra en cada mano, no seré yo quien le tire la primera.
Seré yo quien abra las ventanas de par en par para que todo Londres vea cómo se apedrea usted solita. Piénselo con calma.
—Supongamos que prefiero no pensarlo.
—Entonces lo pensaré yo por usted. —Se encoge de hombros, lo que en ella equivale a una declaración de guerra—. Buenos días.
Le sostengo la mirada sin pestañear. Bajar los ojos ante una víbora así sería como enseñarle el cuello a un lobo. Por un segundo, algo en el fondo de sus ojos ancianos se divierte con mi insolencia, como si hubiera venido buscando justo esto: una rival con agallas y no una víctima fácil.
Se marcha igual que ha entrado, sin despedirse, dejando en el aire un pestazo a alcanfor y a poder rancio. Bee se desploma de nuevo en el diván con un resoplido de alivio.
Treinta días. He negociado con obispos y albaceas en menos tiempo y con peores armas, pero entonces tenía algo que defender: mi dinero, mi libertad, mi nombre. Ahora defiendo una cosa distinta, que no sé cómo se llama. Tampoco sé quién me autoriza a que me tiemble el pulso por él.
—Un mes —susurra Bee—. Te ha dado un mes para buscarte marido, Sabine.
—Me ha dado un mes para elegirlo. Es distinto.
—Me froto la sien—. Lo que la duquesa ignora es que mi plan no es casarme con nadie.
Es que él me pida la mano, en público, de rodillas, delante de media Inglaterra.
Después... —Dejo la frase colgada. Ni siquiera yo soy capaz de terminarla con tanta alegría como el martes.
Bee me mira con un silencio cargado de sermones que, por una vez, se traga.
Yo no respiro. Acabo de darme cuenta de que he heredado, sin buscarla, una segunda partida en mi tablero. Voy a tener que jugarla a la vez que la primera, con las mismas piezas y en la misma mesa.
Me quedo un momento en mitad del gabinete.
El tictac del reloj y el bastón alejándose por el pasillo son los únicos sonidos.
Dejo que el fuego me caliente las manos mientras organizo en mi cabeza las dos batallas: la del conde de Vaughan y la de la duquesa.
Tan distintas en la superficie y tan idénticas en el fondo.
En ambas me juego lo mismo: que nadie, ni un canalla guapo ni una vieja arpía vestida de luto, vuelva a decidir por mí lo que debo hacer con mi vida.
Bee vuelve a advertirme, en voz baja, de que esta vez me he buscado un enemigo a mi altura y que los hombres inteligentes tienen la mala costumbre de devolver los golpes cuando menos te lo esperas.
No la escucho. O hago como que no la escucho, que para el caso es lo mismo.
Tengo la estrategia dibujada en la cabeza, cada paso calculado para que sea él quien se crea el cazador mientras lo llevo mansito de la brida.
Lo único que no he metido en mis cálculos es la posibilidad de que la cazadora termine enamorándose de la presa. Pero eso, me digo con la chulería de quien jamás ha perdido una batalla, no les pasa a las mujeres como yo.
Paso el pulgar por el borde de nácar de mi abanico negro y me descubro sonriendo para mis adentros.
«Muy bien, Su Gracia», pienso, y la sonrisa se me afila sola. «Dos partidas simultáneas. Ya empezaba a temerme que una sola se me iba a quedar corta para pasar la temporada».
Fossett vuelve a asomar por la puerta. Esta vez no trae cara de catástrofe, sino la de un hombre al que han puesto en un compromiso que no sabe cómo resolver con dignidad.
—El conde de Vaughan, milady . Ha dejado esta tarjeta en la bandeja, como manda el decoro, y se ha negado a marcharse del vestíbulo sin hacerme una pregunta. —Carraspea—. Quiere saber, con una expresión que no consigo llamar de otro modo que angelical, qué caballo monta milady los domingos.
Desde el diván, Bee aguanta la risa con una concentración que en cualquier otra circunstancia merecería un premio.
Se le pone roja la punta de la nariz. Fossett, que lleva veinte años de servicio sin que se le haya movido una sola ceja en horario laboral, estudia con devoción el nudo de su propia corbata.
Bee estalla en una carcajada que se traga con las dos manos. Yo cojo la tarjeta de la bandeja que sostiene Fossett. El canto dorado está gastado de tanto sacarla del bolsillo; la letra, impecable. Al pie, una sola línea escrita a mano: «Con la esperanza de ser menos aburrido».
—Dígale que espere cinco minutos —ordeno.
Después, con la misma voz con la que despediría a un lacayo—: Luego dígale que lady Merrow monta una yegua gris llamada Ceniza.
Que la monta el domingo próximo, no este, a las cinco, en el Row.
Que el domingo de esta semana lo tiene comprometido con el aburrimiento más absoluto.
—Muy bien, milady .
La orden se me ha escapado con la misma naturalidad con la que se pide el chocolate, y solo cuando Fossett cierra la puerta advierto lo que acabo de hacer: he revelado el escenario, la hora y el nombre de la yegua.
He regalado, sin que nadie me obligue, la mitad de la plaza.
Pero no me desdigo. Una general no cambia el parte de guerra porque le hayan temblado las manos.
Me acerco a la puerta, sin que Bee se atreva a decir nada, y miro por la rendija hacia el vestíbulo.
Allí está, sombrero en mano, contando con los labios las losas del suelo.
Pasados los cinco minutos, cuando Fossett le transmite el recado alza la cabeza, y mira hacia arriba, justo hacia la rendija donde estoy yo, como si hubiera sabido desde el principio dónde buscarme.
Sonríe. No es la moneda falsa. Es la otra.
Retiro la cabeza con el corazón dándome golpes contra las costillas, cierro la puerta y me quedo con la espalda apoyada en ella, abanicándome sin aire, con la tarjeta en la mano y ocho días de espera por delante.