IV
Sabine
Reviso mi campaña como un general repasa el mapa tras la primera batalla: con enorme placer y cero piedad.
La velada de lady Ellsby salió tal como la había diseñado en mi cabeza.
Avancé lo justo, cedí lo indispensable, me retiré la primera y dejé al conde de Vaughan convencido de haber ganado un terreno que, en realidad, le había alquilado yo por unas horas.
Todo encaja en el plano. Todo, salvo un condenado detalle que no logro borrar por más que afile la pluma: en el instante preciso de darle la espalda, la mano me tembló un poco sosteniendo el abanico.
A una estratega impecable no le tiembla el pulso en mitad de una batalla.
Han pasado cuatro días y sigo preguntándome qué demonios le pasa al mío.
Cuatro días, y todavía recuerdo el roce preciso de dos nudillos subiéndome un guante por el antebrazo. Eso no figura en ningún plano.
Llueve sobre Mayfair desde el amanecer, una lluvia fina y menuda de abril que no moja lo suficiente para justificar un paraguas ni deja de mojar lo suficiente para ahorrárselo.
Los carruajes pasan por la calle con un chapoteo desganado.
Desde mi escritorio los oigo como quien oye el reloj de otra casa: sin necesidad de levantar la vista.
El gabinete es la única habitación de esta casa que he decorado a mi absoluto capricho, sin pedirle opinión a nadie, ni vivo ni muerto.
Tiene las paredes teñidas del color del musgo y un fuego estupendo que ordeno encender a diario.
Me he ganado a pulso el derecho a gastar calor en mí misma después de habérmelo ahorrado durante tantos inviernos junto a un anciano.
Lo que hay sobre el escritorio esta mañana no es un plan, sino un inventario.
Una columna de nombres en la que cada tachón es un caballero y cada espacio en blanco una pregunta sin respuesta.
El de Vaughan está al final, sin tachar.
Lo he escrito en tinta negra y lo he rodeado dos veces con un círculo, como se rodea una plaza que se quiere tomar.
El tercer círculo lo he dejado a medias.
No sé qué pretendía yo con ese tercer círculo, y no pienso averiguarlo antes de comer.
Aquí despliego mis planes sobre el escritorio como una modista extiende sus patrones. Aquí, cada mañana, me concedo media hora de estrategia a solas antes de ponerme la armadura e irme a la ciudad a fingir que no la llevo puesta.
—Vas a desgastar el papel de tanto mirarlo.
—Bee irrumpe sin que nadie la anuncie. Se arranca los guantes de un tirón y se desploma en el diván como si el mueble le debiera dinero—.
Buenos días a ti también, querida. No te levantes, no vayas a interrumpir tus maquiavélicas conspiraciones contra la paz de algún pobre desgraciado.
La observo desparramarse entre los cojines con la soltura de quien ha entrado en esta casa mil veces y piensa entrar otras mil.
Me atraviesa esa punzada de gratitud que jamás pienso confesarle en voz alta.
Bee es lo único de mi vida anterior que sobrevivió a la guerra por mi herencia sin cobrarme peaje por el camino.
Hace once años, cuando yo era una esposa de diecinueve que no sabía qué hacer con las manos en las cenas, ella, recién casada con su capitán de fragata, me sentó a su lado y me enseñó a callar con elegancia.
Me quiso cuando yo no era más que la mujer joven de un viejo desagradable, no lo que soy ahora: una viuda de fortuna descomunal con enemigos a la medida.
—No conspiro, planifico. Suena mucho más elegante y compromete menos. —Le acerco el plato de almendras garrapiñadas, que sé de sobra que detesta, solo por el gusto de verla poner cara de asco.
—Llámalo como te dé la gana. —Se inclina hacia delante con los ojos brillándole de pura malicia—. Todo Londres comenta que el martes intercambiaste cuatro frases con el Diablo de Vaughan y que lo dejaste plantado como a un colegial en mitad del recreo. Dime que es una exageración.
—Es una exageración. Fueron seis frases.
—¿Por qué pones esa cara de haber salido tan escaldada de la batalla como él?
—No pongo ninguna cara.
—La pones, la pones. A mí no me escondes una grieta ni, aunque te eches encima tres capas de polvo de arroz.
—Todo marcha según lo previsto. —Recupero mi tono de superioridad—.
Edmund me lo confirmó el viernes: el libro lleva su nombre desde el jueves por la noche.
Sembré la apuesta, mordió el anzuelo y ahora me corteja creyendo que la idea ha sido de Pell.
A mí solo me queda hacerme la difícil con arte hasta que caiga con todo su peso.
—Con todo su peso. —Bee repite mis palabras y, por una vez, abandona el sarcasmo—. ¿Qué va a pasar, Sabine, el día en que ese peso te caiga encima a ti?
La pregunta se queda flotando como el humo de una vela recién apagada. La aparto de un plumazo con la mano. Los gestos sirven para eso: para quitar de la vista lo que todavía no queremos nombrar.
—No va a caer sobre mí. El pozo de las ilusiones se me secó hace años.
¿Sabes qué aprendí cuando enterré a Merrow?
A no llorarlo, desde luego. Descubrí que sus primos ya estaban contando mis monedas antes de que a su cadáver se le enfriaran los pies.
Que un obispo con cara de santo se molestó en explicarme, con mucha dulzura, que una viuda no debía administrar sola lo que un hombre había reunido.
Como si el dinero fuera a echarse a perder en mis manos por no tener a un señor vigilándome.
—De aquella batalla saliste victoriosa, me acuerdo de sobra. —Bee deja a un lado las bromas.
—Salí victoriosa tras dos años peleando contra todos ellos, uno a uno. Dos años enteros, Bee. Dime tú ahora qué canalla de salón, por muy guapo que sea, me va a hacer temblar el pulso.
—Pues te tembló —suelta ella, con esa puntería malvada que da justo en el centro de la diana.
No le contesto. Ese silencio es la respuesta más sincera que voy a darle en toda la mañana. Me tembló, no consigo entender por qué, y una mujer que no sabe explicarse sus propios temblores haría bien en andar con ojo antes de que se le conviertan en costumbre.
«Es puro deseo y nada más», me repito, buscando un enemigo conocido y fácil de manejar. «El deseo se satisface y se olvida. Ya lo he hecho otras veces». Ojalá me creyera mi propia mentira.
La mentira tiene buena presencia, eso sí.
Está vestida de sensatez. Durante ocho años de matrimonio el deseo fue una habitación a la que otros entraban con llave, y yo aprendí a quedarme en el pasillo, con la espalda recta, contando las baldosas.
Tres años de viudez me han enseñado que la habitación es mía y que puedo abrirla cuando quiera y con quien quiera.
Lo que nadie me avisó es que alguien, sin llamar, podía abrirla por dentro.
—El plan es una obra de arte, no te lo discuto.
—Bee cruza el gabinete, se sienta en el borde del escritorio y me coge la mano, y su burla se transforma de golpe en una ternura imprevista—.
Solo le veo un fallo de fábrica, querida: que de todos los hombres de Mayfair a los que podías haber cazado, has ido a elegir al único que corría el riesgo de gustarte de verdad.
Los demás eran presas; este es un igual.
A los iguales no se les tiende una trampa sin arriesgarse a caer de cabeza en ella.
Le suelto la mano con delicadeza y me levanto a remover un fuego que no necesita que lo toquen.
Hay verdades que se escuchan mejor dándoles la espalda.
Esta, la de que a un igual no se le tiende una trampa sin pagarlo caro, lleva días rondándome.
Dejo el atizador, vuelvo a mi sillón y, justo cuando voy a soltar una respuesta ingeniosa para zanjar el tema, Fossett se materializa en la puerta con esa cara de drama que reserva para las catástrofes y para los duques.
—Su Gracia, la duquesa viuda de Storr —anuncia desde el umbral con el tono con el que anunciaría que se cae el techo del salón.
No me da tiempo ni de fingir que no estoy en casa. La de Storr no visita a nadie: hace comparecer a los mortales.
Entra apoyándose en un bastón de ébano con puño de plata que no necesita para caminar, sino para señalar a la gente.
Va envuelta en un luto de hace cuarenta años que lleva puesto como una armadura, y recorre mi gabinete con una sola mirada que tasa hasta el último cojín a precio de saldo.
Tendrá unos setenta años y se mueve como si cada uno le hubiera ganado el pleito a los demás.
Bee se levanta de un brinco y balbucea una reverencia atolondrada.
Yo me quedo sentada en mi sillón: es la única insolencia que puedo permitirme sin que me cueste la cabeza.
Se instala en la estancia un silencio denso. La duquesa se quita los guantes de piel con una lentitud calculada, para dejar claro que dispone de todo el tiempo del mundo y que me lo está regalando por pura condescendencia.
Calculo en silencio. Tiene el rostro de un halcón tallado en marfil viejo y las manos nudosas de quien nunca ha cargado nada más pesado que un abanico, ni falta que le ha hecho.
Dicen en los salones que enterró a su duque a los treinta años y que desde aquel día ha dedicado los cuarenta siguientes a regular la vida de los demás con la minuciosidad de un relojero que no soporta oír un tictac que no haya puesto él.
Nadie sabe si lo hace por amor al orden o por rencor a quien aún tiene algo que perder. Yo apuesto por lo segundo.
—No se moleste en levantarse, lady Merrow. —Se detiene frente a mí y me examina desde su altura, con unos ojos que han visto enterrar reyes sin soltar una sola lágrima—. Prefiero mirarla así. Se aprende muchísimo de una mujer por la forma en que aguanta una amenaza sin moverse de la silla.
—Aprenda lo que guste, Su Gracia. —Le señalo el sillón de enfrente con elegancia—. ¿Le sirvo una taza de té?