La trampa de terciopelo III
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III

Hart

Llevo tres días enteros sin poder quitarme de encima una maldita sonrisa.

Me exaspera reconocerlo, la verdad. No hablo de la sonrisa que reparto yo por los salones, esa me la conozco al dedillo y la tengo bien ensayada frente al espejo, sino de la otra.

La que me regaló la viuda de Merrow al final de la fiesta de lady Ellsby.

Fue apenas medio segundo. Un gesto mínimo, propio del que deja caer una moneda al suelo para comprobar si el otro se agacha a recogerla.

Yo me he agachado. Ahí está la madre del cordero.

Llevo noches en vela repasando en la oscuridad una sonrisa sin saber si era real o puro teatro.

Un hombre de mi oficio debería distinguir a la legua una moneda de oro de una de hojalata, y aquí me tienes: perdiendo el sueño como un muchachuelo novato.

Peor todavía es lo otro. Lo que pasó antes, en el rincón de las ventanas, con aquel guante de cabritilla que se le escurrió por el brazo.

Podría haberme limitado a subírselo. Eso habría hecho cualquier caballero.

Pero tuve que rozarle la muñeca, y bajo la piel, finísima, como la de un pájaro, un pulso me contestó a destiempo.

La viuda de mármol, la intocable, la que despacha a los pretendientes con media sonrisa.

El mármol late muy deprisa. Se lo dije en voz alta.

Aún me pregunto de dónde saqué el valor, o la insensatez.

¿Desde cuándo me quita a mí el sueño el gesto de una mujer?

He besado y he olvidado a media ciudad sin que me temblara el pulso.

Sin embargo, aquí sigo, sentado ante mis columnas de números en el despacho sin lumbre, incapaz de sumar dos más dos porque entre cifra y cifra se me cuela la curva exacta de esa boca.

Estoy empezando a confundir la cacería con las ganas.

Esa es la primera regla que jamás debe olvidar un cazador, y me temo que ya tengo medio pie metido en el cepo.

No creas que me he pasado estos días solo suspirando.

He aprovechado el tiempo para investigar con todo el disimulo del mundo.

He averiguado lo mismo que susurra todo Mayfair tras las plumas: que enterró a un marido cuarenta años mayor, que espanta a los pretendientes como a moscas y que, en dos temporadas completas, a ningún hombre le ha concedido más que una frase afilada a costa de su orgullo.

Cualquier tipo sensato daría un paso atrás. Yo, lejos de desanimarme, tengo el apetito más vivo con cada dato. En lugar de un muro insuperable, lo que veo es un desafío diseñado a la medida exacta de mi vanidad.

Mi distinguido padre me enseñó a llevar la bancarrota con la barbilla muy alta.

Fue casi lo único que se dignó enseñarme antes de morir debiéndole dinero a medio Londres y sonriendo en los mismos clubes donde firmó los pagarés que me tocó heredar.

El arte de disimular lo mamé desde la cuna.

A veces me pregunto si la verdadera herencia de los Vaughan no será el título ni las tierras hipotecadas, sino esta rara habilidad para arder por dentro sin dejar que se vea ni una voluta de humo por fuera.

«La viuda de Merrow va a arder igual cuando termine con ella», me juro para acallar al demonio de mi conciencia. Solo tengo que enseñarle el fuego que guarda bajo la escarcha y del que se defiende con uñas y dientes.

Para poder pegar ojo las pocas horas que duermo, me repito que existe una frontera clarísima entre ser un libertino y ser un miserable.

Siempre me he mantenido en el lado correcto de la raya: seduzco a quien desea ser seducida y no miento más de lo que miente cualquier caballero en un salón de baile.

Cazar a una mujer por una apuesta jugosa, en cambio, acercarme a ella con una sonrisa encantadora y el cuchillo escondido a la espalda, cruza la raya de un salto acrobático.

Lo sé de sobra. Aun así, la cruzo sin pestañear, porque las necesidades de mi hermana pesan en la balanza muchísimo más que mi maltrecho sentido del honor.

Con la viuda, además, no pienso cometer el error de los mentecatos que me precedieron.

Esos idiotas la trataron como a un trofeo y acabaron con el apellido pisoteado en la lista de vencidos.

A una mujer que se defiende con el ingenio no se la conquista con poesías baratas; se la desarma usando sus propias armas, devolviéndole el filo golpe a golpe hasta que el duelo de mentes se transforme en algo bastante más interesante.

Empezaré por hacerla reír. La risa es la grieta por la que caen hasta las fortalezas mejor custodiadas. Después... ya veremos.

Vaughan House, en Marylebone, amanece siempre más helada que la propia calle.

Tenemos clausuradas las tres cuartas partes de la casa para ahorrar carbón, con el ala este cerrada a cal y canto, y nos apretamos en las pocas habitaciones que un conde puede caldear sin que se note la penuria.

Eso sí, el aldabón de bronce de la puerta principal reluce como una joya; mando frotarlo cada semana.

Un caballero puede permitirse cualquier desastre menos que la miseria le asome a la fachada antes de tiempo.

—Estás espantoso. —Mi hermana Posy aparece en el umbral con esa franqueza salvaje que solo se permiten las hermanas pequeñas y los cirujanos—. ¿Has dormido algo o te has pasado la noche peleándote con tus papeles?

—He dormido como un lirón, gorrión.

—Mientes de pena por las mañanas, Hart. Se te nota en la forma de fruncir las cejas.

—Cruza la estancia con la ligereza de un soplo de aire fresco y se acomoda en el sillón de enfrente.

Trae un vestido arrugado sobre el regazo y empieza a descoser un volante con la soltura de haber hecho ese trabajo un millón de veces—.

Por las noches disimulas mejor. Se ve que la práctica da oficio.

—¿De qué discutía yo con mis papeles, según tú? —le devuelvo la pulla, prefiriendo mil veces su curiosidad a su piedad.

—De aritmética. Los números y tú no os ponéis de acuerdo. Pero diles que se den prisa, porque son los que me tienen que llevar a Almack’s este mes —lo suelta con la fe ciega de quien jamás ha tenido enfrente a un acreedor furioso.

Esa fe inocente me duele más que cualquier cifra de mi libro contable. Es justo lo que estoy obligado a proteger a capa y espada.

La miro descoser la tela en silencio y se me aprieta el nudo del estómago.

Diecisiete años, una risa limpia que contagia a cualquiera y unos dedos rapidísimos sobre una tela raída que ha reformado un millar de veces merecerían un padre menos irresponsable y un hermano menos embustero.

Ella finge que la tela estaba pasada de moda y yo aparento creérmelo.

Así nos pasamos los días: engañándonos por puro amor.

La única moneda que nunca se nos agota en esta casa.

Desde la cocina, amortiguada por los pasillos vacíos, nos llega la voz de la señora Pruitt echándole un broncazo a Tom, el único lacayo que nos queda.

—¡El carbón no se tira por la ventana, muchacho, que lo que no ves es lo que más te cuesta!

Ese ruido cotidiano me recuerda cuánta gente depende de que yo sostenga esta comedia un mes más.

Bajo este techo lleno de corrientes viven, además de Posy, la señora Pruitt, que guisa, friega y manda a partes iguales; Tom, que pasó de lacayo a cochero, a mozo de cuadra y a bufón de la casa en el mismo trimestre; y el viejo Hobbs, el jardinero, que riega unas rosas que ya nadie ve.

Cobran tarde, pero me sirven con una lealtad inquebrantable.

Ninguno merece irse al traste el día que mi barco termine de hundirse.

«Una razón más para conseguir la bolsa de la apuesta», me digo. «Una razón más para cazar a la viuda».

—Si le pongo un encaje nuevo en las mangas —anuncia Posy alzando la prenda a la luz para examinar su obra—, nadie reparará en que es el modelo del año pasado.

Para triunfar en Almack’s lo de menos es el vestido, lo que importa es la entrada.

Así que dime que la vamos a conseguir, anda.

Dímelo, aunque me tengas que mentir otra vez.

—La tendremos. —Suelto la promesa con una soltura que asusta; a estas alturas mentir no me cuesta nada—. Vas a estrenar la seda que quieras, gorrión. Del color que se te antoje.

—Del color del vino de Borgoña. —Decide al instante, con los ojos brillándole de ilusión—. Para que las madres me miren con cara de pocos amigos y sus hijos no me quiten ojo.

Suelto una carcajada. Con ella es imposible no reírse, aunque por dentro me ponga a calcular cuántos sacos de carbón cuesta una sola vara de seda de Borgoña.

—A que no adivinas quién me sacó a bailar dos veces el otro día en casa de los Danbury. —Se le encienden las mejillas con un rubor que no me gusta un pelo.

—Sorpréndeme.

—Lord Pell. Dos veces, Hart. Me trajo un vaso de limonada, me habló de sus caballos de carreras como si yo fuera una experta y me dijo que tenía los ojos más despiertos de todo el salón.

Se me eriza la piel de pies a cabeza.

Pell. Pell sacando a bailar a mi hermana.

Pell trayéndole limonada a una muchacha sin un penique de dote.

Ese buitre huele la vulnerabilidad a leguas.

Un tipo así jamás derrocha amabilidades sin un interés oscuro detrás.

Si se ha mostrado atento con la niña no es por sus ojos bonitos, sino porque ha descubierto que Posy es mi único punto débil.

El resquicio por el que puede doblarme la espalda.

Quien sabe dónde te duele guarda ese puñal bien afilado para clavártelo cuando más le convenga.

Hasta esta mañana me engañaba pensando que tenía mis dos mundos bien separados: los salones de baile por un lado y mi casa por el otro; la apuesta del club a un lado y la seguridad de mi hermana al otro.

Descubrir que Pell ha cruzado esa línea sin pedir permiso me aterra más que la ruina.

Una cosa es jugarme el pellejo con las cartas en la mano, en las mesas de White’s, y otra muy distinta que mi hermana termine, sin saberlo, convertida en una ficha de su tablero.

—Es un caballero muy atento —consigo decir, con una calma que dista mucho de lo que me bulle por dentro—. Pero baila con demasiadas debutantes, gorrión. No le regales tus bailes al primero que te traiga un vaso de limonada. Que se los gane, si de verdad los quiere.

—Hablas igual que una carabina de ochenta años.

—Se ríe, ajena por completo al terremoto que acaba de provocarme, y vuelve a su aguja tarareando una cancioncilla desafinada.

Después, sin levantar la vista, añade con malicia—: Todas las doncellas del barrio dicen que lady Merrow monta en el Row los domingos a las cinco.

Que luce como una amazona de grabado y que nadie se atreve a acercarse a su caballo.

Se me detiene el pensamiento en seco.

—¿De qué hablas tú con las doncellas?

—De todo lo que tú no me cuentas. —Alza la barbilla, inocente como una gata—. Es muy instructivo.

Me levanto antes de que vea lo que debo de llevar escrito en la cara.

Me retiro al patio trasero con la excusa de ver cómo andan los establos, que es mucho decir, porque el establo de Vaughan House alberga un solo huésped.

Moratoria, lo bauticé yo mismo, cuando heredé de mi padre un caballo de sesenta guineas, una silla de cien y una deuda por ambas.

Es un bayo de once años, de pelaje apagado y paciencia infinita, que no ha sido vendido porque nadie ofrece por él ni lo que cuesta el heno.

—La pobre bestia no vale ni para el pienso —gruñe el viejo Hobbs, que ha dejado las tijeras de podar para cepillarle la crin—. Pero ha comido esta semana más que usted, milord.

—Eso no es ningún mérito, Hobbs. Hasta tus rosas comen más que yo.

—Mis rosas dan flores. —Me lanza una mirada de reproche con los ojos legañosos—. Esta bestia solo da disgustos.

—Un domingo de estos le va a dar a su amo una tarde de gloria. —Le rasco el cuello a Moratoria, que me tolera con una dignidad de duque en quiebra—. Entonces, viejo amigo, verás cómo cantan hasta los cuervos de la chimenea.

—Los cuervos no cantan, milord.

—Pues van a aprender, Hobbs. Tiempo al tiempo.

Hobbs escupe a un lado y sigue cepillando sin pronunciar la palabra que se le ve en la cara: «bobada». Pero cuando me alejo con las manos en los bolsillos, lo oigo hablar con el bayo, en un susurro cómplice: «Ya lo has oído. A ver si no nos dejas en mal lugar».

Por la noche, antes de volver a encerrarme con mis cuentas imposibles, subo a la habitación de Posy.

Duerme a pierna suelta con la vela consumiéndose en la mesilla y una novela de biblioteca circulante abierta sobre el pecho.

No tiene la menor idea de que su hermano se está jugando la reputación y el futuro en los salones de la alta sociedad.

Diecisiete años y ni una miserable libra de dote: en esta jauría de hienas eso es una sentencia a cadena perpetua.

Una condena que firmó mi padre con su mala cabeza y que yo he prorrogado con la mía.

Le quito el libro de las manos con cuidado, la arropo hasta la barbilla y apago la llama de un soplo.

Bajo las escaleras a oscuras con una determinación nueva, terca y feroz que se me asienta en el estómago. Un hombre es capaz de tragar mucho veneno antes de ver a su hermana pagar por los errores de su familia. Yo estoy dispuesto a tragarme el frasco entero.

Para lograrlo necesito la fortuna de la viuda de Merrow.

Punto. El deseo que despierta en mí y mi deber hacia Posy se acaban de fundir en una sola fuerza indestructible.

Ya no sé dónde termina el hombre que desea a Sabine y dónde empieza el hermano desesperado que la necesita.

Pero me da igual. Un hombre que duda pierde la batalla, y yo no puedo permitirme dudar.

«Cueste lo que cueste», me juro en la penumbra. Las cuatro palabras me dejan en la boca el mismo sabor amargo de la noche en que acepté la apuesta.

Saco de la mesilla del recibidor la tarjeta de visita más gastada que tengo, la única que conserva todavía el canto dorado.

Mañana, en cuanto sea hora decente, la dejaré en la bandeja de plata de Merrow House, como manda la cortesía después de un baile, y le preguntaré al mayordomo, con la cara de cordero más convincente que me sepa, qué caballo monta lady Merrow los domingos.