II #2
—Comprobando. —Levanta los ojos. En el té cargado de sus pupilas hay una pizca de oro, y no la había visto hasta ahora—. Dicen que es usted de mármol. Me parecía importante verificar la información.
—¿Qué concluye, entonces, lord Vaughan?
—Que el mármol late muy deprisa, milady .
Me suelta. El guante queda abotonado, perfecto, mejor puesto que antes. Me da vergüenza reconocerlo: con la mano vestida me quedo más desnuda que cuando la tenía al aire.
Debería fulminarlo con una frase. Lo sé. Tengo diez preparadas, de repuesto, en el bolsillo del corsé. Pero la boca me traiciona y me sale la única que no ensayé.
—Será mejor que no se acostumbre.
—Jamás me acostumbro a nada que me gusta —responde—. Es mi única virtud.
Se me escapa una respiración que se asemeja demasiado a una risa. La aplasto antes de que nazca. Pero él la ha oído, cómo no, y la sonrisa que le sube a la boca es, por primera vez en toda la noche, la sonrisa de un hombre y no de un conde.
Aquí tengo el verdadero problema. Esto es lo que ninguno de mis minuciosos planes había previsto.
No lo he escogido solo por su bancarrota, que me lo pone fácil, ni por su fama de canalla, que hará su caída mucho más sabrosa.
Lo he elegido porque es el primer hombre en años que me mira como a una igual a la que hay que vencer en buena lid, no como a un cofre del tesoro que hay que reventar a la fuerza.
Un cofre no despierta el menor deseo; un adversario de su inteligencia despierta muchísimo.
Esa es una debilidad que haría muy bien en no confesarme ni a mí misma en la soledad de mi dormitorio.
El maldito cuerpo, como de costumbre, se pasa por el forro las órdenes tajantes de la cabeza.
La quemadura de aquella mirada en la fiesta de los Wrexham arde de otra manera ahora que lo tengo a un palmo.
Huele a cuero, a jabón limpio y a hombre despierto.
Me saca cabeza y media, y me presta una atención tan absoluta que no existe nadie más en este abarrotado salón.
Es justo la clase de devoción que finjo despreciar y que ninguna mujer olvida jamás.
«Conserva la cabeza, Sabine», me ordeno, mientras él espera mi siguiente movimiento con los ojos encendidos. «Recuerda quién es la cazadora y quién la presa, no te vayas a enredar en tu propia trampa».
Medir y calibrar es lo mío. Lo hago con la precisión de un maestro relojero ajustando una pieza cara.
Si le concedo demasiado, lo perderé, convencido de que la fortaleza cae sin necesidad de asediarla; si no le doy nada, se irá a buscar presas más fáciles.
La medida exacta, ese granito de esperanza que lo mantiene encadenado a mi lado sin llegar a saciarlo, es la única jugada que importa esta noche.
Lo peor no es que me pase a mí, que al fin y al cabo sé disimularlo bajo mil capas de hielo.
Lo peor es que él sospeche que hay algo escondido.
Por fortuna para mi estrategia, lo interpreta al revés: cree que mi indiferencia es un guante lanzado a la cara que acaba de recoger.
Se ve tomando mi castillo por asalto, y le brilla en la cara esa autosuficiencia dulce del cazador que ha dado con el rastro fresco.
Que lo disfrute mientras pueda. Lo necesito justo ahí: mordiendo el cebo despacio.
De modo que me permito regalarle una sola cosa real. Una sola. Dejo caer mi coraza durante medio segundo, lo bastante para que atisbe a la mujer de carne y hueso que respira bajo la viuda intocable, y le dedico una sonrisa que, por una vez, no he ensayado frente al espejo.
Observo cómo el impacto le llega hasta el fondo y cómo cambia algo en su forma de mirarme. Acabo de clavarle el anzuelo a él, no a mí. Toda mi estrategia resumida en un solo gesto.
Justo después me cierro con la misma soltura con la que se pliega un abanico de seda. Me despido antes de que a él se le pase por la cabeza hacerlo. Quien se retira primero mantiene el control de la batalla.
—Ha sido una velada casi interesante, lord Vaughan. Repare, se lo suplico, en el «casi».
Lo analizo de reojo mientras se aleja, entre bailes que no bailo y conversaciones que no escucho.
Es guapo hasta rayar en lo peligroso, con esa hermosura desgastada de los que han vivido deprisa, y bastante más listo que la media de los mentecatos que me cortejan.
Pero detrás de su sonrisa fácil hay un hombre que cuenta de cabeza los cubiertos de la mesa y calcula el precio de las arañas de cristal sin darse cuenta.
Eso me regala la victoria: sé de sobra lo que busca.
Cruza el salón con paso firme, creyendo haber ganado la primera ronda. Lo dejo marchar convencido de su triunfo porque me conviene. Lo que no sabe, y no sabrá hasta que tenga el agua al cuello, es que esta noche no ha decidido nada. He elegido yo, como siempre.
«Que te diviertas, milord», pienso, mientras el corazón se me desboca. «Yo me lo estoy pasando en grande».
Solo cuando me da la espalda y nadie en el salón me mira, me concedo el único lujo que no figuraba en mis cálculos. Cierro la mano en torno al abanico negro, aprieto las varillas de ébano hasta que me duelen los dedos y dejo que me tiemble un poco la mano, a salvo entre los pliegues de la falda.