La trampa de terciopelo II
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II

Sabine

Llevo tres cuartos de hora interpretando el papel de la mujer más aburrida de todo Londres y te aseguro que requiere un esfuerzo descomunal.

Mantener una indiferencia perfecta es un arte bastante más agotador que bailar tres valses seguidos.

Hay que administrar el hastío con cuentagotas, servirlo en bandeja de plata y disimular el trabajo que cuesta sostener la pose.

Sobre todo, cuando al otro lado del salón de lady Ellsby acaba de cruzar la puerta el hombre al que llevo semanas tejiendo la red. En cuanto asoma, todo en mí se pone en guardia como una guarnición militar que oye las cornetas a lo lejos.

Nadie en su sano juicio diría que su presencia aquí ha sido obra mía, y ahí radica justo la belleza del asunto.

Un comentario inocente deslizado en el oído adecuado, un rumor envenenado por allá, y las corrientes de la temporada lo han arrastrado de cabeza a esta fiesta, esta misma noche, sobre el terreno que yo he escogido.

Todo bajo la apariencia impecable del azar.

El destino es un excelente sirviente cuando una mujer sabe ser paciente.

Edmund se presentó el viernes a la hora del té con el sombrero en la mano y una sonrisa de oreja a oreja.

—Se ha anotado —me dijo, sin molestarse en sentarse—. Jueves por la noche, en White’s, con Pell frotándose las manos como una mosca. Vaughan lo aceptó con la cara de quien se traga una píldora amarga y se la pasa con brandy.

—¿Dudó?

—Lo justo para parecer un caballero. Después pidió que lo anotaran, y preguntó por ti. —Edmund sonrió, rubicundo—. Dime, querida Sabine, ¿qué clase de brujería es esta?

—La clase que se hace con paciencia —respondí, y le serví una taza de té que él detesta, por el gusto de verlo beberla.

Ahora el hechizado está aquí, y me lo estoy poniendo muy difícil a mí misma.

El salón huele a cera caliente, a ponche especiado y a las gardenias que la anfitriona ha mandado traer de su invernadero para restregarle a la concurrencia que puede permitírselo. Bajo ese perfume empalagoso lo veo abrirse paso.

No viene directo hacia mí, no; es demasiado listo para un error tan burdo.

Se mueve en órbita. Saluda a un viejo vizconde, le regala una sonrisa de compromiso a una dama, se deja ver sin buscarme.

Es la táctica que yo usaría. Me descubro, con cierto fastidio, admirando el talento de mi adversario antes de haber intercambiado una palabra con él.

Lo estudio con la calma calculada del tasador que examina una joya carísima que no tiene la menor intención de comprar. Hombres apuestos los hay a patadas en cualquier fiesta de Mayfair, pero él posee algo muchísimo más peligroso que la belleza: la certeza de gustar.

Esa seguridad felina empuja a las madres a estrechar a sus hijas contra el pecho mientras las muchachas se sueltan con disimulo para verlo pasar.

Dos debutantes lo siguen con la mirada por encima de las plumas de sus abanicos; una matrona respeta las formas fingiendo que no existe, y no le quita ojo.

Él lo sabe. Camina sobre esa marea de miradas como si le hubieran tendido una alfombra roja.

«Un hombre demasiado acostumbrado a ser deseado», concluyo, y me guardo la información en el bolsillo. A los que lo han tenido todo a mano es a los que más les duele que les nieguen el postre.

De cerca va a ser un peligro serio. Sus ojos, que de lejos parecían oscuros sin más, resultan tener el tono exacto del té cargado.

Sus manos, al gesticular, se mueven con la precisión económica de un espadachín, no de un petimetre de salón.

Registro cada detalle. Guardo las cartas de mi rival antes de sentarme a la mesa.

—Respira, querida, que se te va a notar hasta en el corsé. —Bee se abanica a mi espalda con su sorna habitual—. Tienes cara de gato frente a un plato de nata.

—Tengo cara de aburrimiento supremo, que es la que exige la etiqueta —contesto sin mover un músculo, con el abanico negro cerrado contra la falda.

—Tienes pinta de ir a cenarte a alguien, a mí no me engañas. —Se acerca a mi oído—. Ándate con ojo, Sabine, no vaya a ser que el plato de nata tenga dientes.

No le respondo, porque el dichoso conde ha completado su trayectoria. Se ha valido de la propia anfitriona para que nos presente con toda naturalidad. Tomo nota: el cazador torpe se abalanza sobre la presa; el bueno deja que la víctima ni sospeche que el cerco está cerrado.

— Lady Merrow, permítame presentarle a lord Vaughan —trina lady Ellsby, vestida de gardenias hasta las orejas—. Un caballero encantador. Debe usted hablar con él, querida, es la única persona de esta casa que no me ha preguntado todavía cuánto cuestan las cortinas.

—Todavía —murmura Vaughan, e inclina la cabeza con una gravedad perfecta—. Pero me he fijado en que son de damasco.

Se vuelve hacia mí. Su reverencia es impecable, clavada, sin un ápice de más.

—Me habían jurado que era usted la única mujer de Londres a la que nada logra divertir, lady Merrow. Empiezo a temer que voy a ser yo quien se lo confirme esta noche.

—No se preocupe, milord. —Le tiendo los nudillos con la desgana mejor calculada de mi repertorio—. Para aburrirme tendría primero que sorprenderme, y hasta el momento ni siquiera lo ha intentado.

Se inclina sobre mi mano. Me roza la piel el segundo exacto, ni uno más.

Ese dominio del tiempo me arranca, muy a mi pesar, una chispita de respeto.

Sabe dosificarse tan bien como yo. Cuando se endereza, la sonrisa que me ofrece ya no es la moneda falsa de hojalata que ha repartido por el salón, sino otra más afilada, reservada a los adversarios que de verdad merecen la pena.

Es un piropo y una advertencia servidos en la misma bandeja.

—Se rumorea que es usted una mujer peligrosa.

—Se rumorea con bastante acierto, para variar.

—Sin embargo, aquí me tiene, sin haber salido corriendo.

—Aquí sigue. —Ladeo apenas la cabeza, como si lo examinara al trasluz—. Porque todavía no le he dado un motivo para huir. No confunda mi cortesía con clemencia, milord. Son cosas muy distintas, y solo una de ellas le conviene.

Se ríe. No es la carcajada ensayada que reparte entre las demás; es una risa breve, franca, que se le escapa antes de que pueda detenerla.

Ahí, justo ahí, reside el auténtico peligro.

Un seductor profesional jamás debería reírse sin haberlo planeado.

Ese pequeño desliz vale por una confesión entera.

—Empiezo a comprender por qué han fracasado tantos caballeros antes que yo. —Da un paso hacia mí, con el descaro de quien sabe manejar las distancias cortas—. Ninguno la tomó por una rival. Todos la trataron como a un trofeo.

—¿Piensa usted tratarme de otro modo?

—Como a la partida más fascinante de la temporada. —Baja la voz hasta convertirla en un susurro íntimo que me eriza la piel de la nuca—. Con una diferencia respecto a mis predecesores: yo no juego para perder.

—Qué feliz coincidencia. Yo me he especializado en que los demás pierdan.

Se crea entre los dos uno de esos silencios cargados que dicen más que cualquier discurso.

Lo dejo estirarse a propósito. Aprendí hace años que un silencio bien administrado es un arma que casi ningún hombre sabe devolver.

Él, para su crédito, no se precipita a taparlo con un piropo de repuesto.

Aguanta, mirándome a los ojos, empeñado en leerme con la misma intensidad con la que yo lo descifro a él.

—Es bastante distinta de como me la habían descrito.

—Ah, ¿sí? ¿Cómo le dijeron que era?

—Fría.

—Lo soy.

—No del todo. —Lo dice con una voz tan suave, con una certeza tan tranquila, que durante un parpadeo temo que haya visto bajo mi coraza más de lo que me conviene.

Hasta que me doy cuenta, aliviada, de que solo está tanteando a oscuras, tirando la red a ver qué pesca.

—Cuatro arañas de cristal y ciento veinte velas —replico, para cambiar de terreno, mientras él alza una ceja—. Las ha contado usted dos veces desde que entró. La segunda moviendo los labios.

—Soy hombre de números, lady Merrow.

—Es hombre de cuentas, que no es lo mismo. Los números son la razón; las cuentas, el miedo.

Entonces se le para la sonrisa. Medio segundo, nada más. El tiempo justo para que yo sepa que he acertado y para que él sepa que lo sé. Después la sonrisa regresa a su sitio, tan limpia como si no se hubiera movido.

—Me cuesta recordar cuándo fue la última vez que alguien me desarmó con tan buena puntería —confiesa—. ¿Me concederá la próxima contradanza, o también le molesta que sepa contar?

—No bailo con hombres que cuentan los candelabros.

—Entonces dígame qué puedo contar. ¿Las estrellas, si lo prefiere?

—Las estrellas no pagan rentas, milord. Es una frase que ya he gastado esta semana con otro admirador del firmamento.

Hace una reverencia de jugador que paga una deuda de honor y me ofrece el brazo para pasear hasta las ventanas.

No lo tomo. Quizá me puede la costumbre de no dejar que el último gesto sea suyo; me adelanto un paso, como si la idea fuera mía, y el guante, ese guante largo de cabritilla que me abotono en el codo cada noche con la paciencia de una penitente, se me resbala por el antebrazo como un animal asustado.

No lo arreglo. Me quedo parada con la mano en alto y el guante hecho un acordeón alrededor de la muñeca, desnuda a ojos de doscientas personas.

Vaughan no hace ninguna broma. Eso es lo que me desarma.

—Permítame.

Se quita el guante derecho, se lo guarda en la levita y toma el borde de cabritilla con dos dedos.

Sus nudillos me rozan la cara interior del antebrazo mientras lo sube hacia el codo, pulgada a pulgada, con la minuciosidad de un hombre que desenrolla un pergamino valioso.

Tiene las yemas ásperas. Callos de espadachín, de riendas, de pluma.

Al pasar por la muñeca se detiene un instante, y yo sé de sobra por qué: allí abajo, bajo la piel pálida, el pulso me late como un pájaro dentro de una caja.

—Está contando —digo. Me sale más grave de lo que pretendía.