Epílogo
Sabine
El sol cae oblicuo sobre el césped cuando lo veo aparecer por el sendero de grava con las mangas remangadas hasta el codo y las manos negras de tierra, y un manchurrón oscuro cruzándole la mejilla donde se ha secado el sudor con el dorso de la mano sucia.
Hace dos veranos, esta casa era una ruina con goteras y una hipoteca del tamaño de una catedral, que Pell compró, que Crandall cedió a la par el día en que Pell cayó y que Hart, con mi préstamo y su sudor, va redimiendo en trigo.
Hoy huele a heno recién segado y a las rosas que él poda los domingos con bastante más entusiasmo que arte.
—Otra vez arrancando malas hierbas como un jornalero, milord. —Dejo el libro que no estaba leyendo—. Su Gracia se revolvería en la tumba si te viera.
—Su Gracia me tiró de las orejas en vida. —Se deja caer a mi lado en el banco de madera, oliendo a tierra fresca—. Que siga haciéndolo desde donde esté.
La duquesa viuda de Storr murió en enero, de un resfriado que despreció durante once días y que no le perdonó el desdén.
Se fue sentada, en su sillón, con una taza de té frío y el bastón de ébano sobre las rodillas, según contó el mayordomo, discutiendo con el médico sobre la fecha de su propio entierro.
Dejó dicho, a través de Whitcombe, con voz de dragona y una exactitud de notaría, que el bastón era para Verena.
«Para que aprenda a pegar a tiempo». Cuando Verena lo suelta, vive en el paragüero del recibidor, con su anillo de plata alrededor de la grieta que le hizo a Pell. Mi hija lo usa de caballo.
Le tomo el rostro entre las manos, igual que se lo tomé aquella tarde lejana de otra vida, y le limpio la mejilla con el dobladillo de mi vestido, sin que me importe arruinar la tela.
—Quieto —protesto—. Vas a dejarme peor de lo que estaba.
—Imposible dejarte peor que a mí —replica él—. Soy un caso perdido.
—Este caso perdido ha pagado esta mañana su segundo recibo de trigo.
—Con intereses. Dos fanegas más del seis por ciento, sacos atados con lazo y acta del señor Nye. —Sonríe con orgullo infantil—. Debería enmarcarlo.
—Ya lo tengo enmarcado. Está en mi tocador.
Entonces la oigo. Un chillido de pura alegría que resuena desde la sombra del olmo.
Allí está Verena, que ha decidido esta misma semana que andar es poca cosa y echa a correr hacia nosotros a trompicones sobre la hierba, con el bastón de la duquesa arrastrándose detrás como un perro pequeño.
Tiene los ojos grises de su madre y la barbilla terca de su padre, de modo que cuando se cae, que es cada tres pasos, se levanta al instante sin soltar una lágrima y mira al mundo con una acusación que me recuerda mucho a alguien.
Hart la atrapa en el aire antes de que se estrelle contra el suelo y la sube en volandas. Ella suelta una risa de burbujas que a mí, que no lloraba por nada en este mundo, me arranca una lágrima tonta sin pedirme permiso.
—¡Otra vez descalza! —La voz de Bee llega desde la puerta de la cocina, escandalizada y encantada de la vida, arbolando un paño de secar como una bandera de batalla—. ¡Esta criatura se va a criar como una salvaje!
—Se cría igual que su madre —responde Hart, esquivando el trapo que le llega desde diez pasos con una puntería que a sus años sigue siendo de temer.
Bee vive con nosotros desde el primer día.
¿Cómo iba a ser de otro modo? Reconvertida en la tirana benévola de la casa y en una abuela postiza a la que Verena adora muy por encima de sus legítimos padres, no pierde ocasión de recordarme que ella lo vio venir todo desde la primerísima noche.
Es cierto. No pienso reconocérselo en voz alta mientras me quede un soplo de vida.
Es domingo, y los domingos Vaughan Court se llena.
Antes de que el sol alcance lo más alto, un carruaje modesto entra por el camino y de él se derrama media familia: Posy, con un niño de catorce meses colgado de la falda y un bulto de tres en brazos; y Gil detrás, con los cestos y con esa serenidad limpia de rector de pueblo que a los ricos nos cuesta una fortuna imitar.
Hace dos años que la levita le sienta mejor que a su dueño original.
—Llegáis tarde —les riño al salir a su encuentro—. Bee lleva desde las nueve amenazando con echarle el estofado a los perros.
—Echadle la culpa a Samuel, que se ha negado en redondo a viajar sin su caballo de madera.
—Posy me planta un beso en la mejilla y me pone en los brazos el bulto, que es una niña morena, rolliza, con los ojos muy abiertos y un lazo azul en el único mechón que tiene—.
Toma. Te toca. Esta semana no me deja dormir.
—¿Cómo se llama esta señorita?
—Bethia. —Posy me sostiene la mirada con una sonrisa temblorosa—. Bethia Halliwell. Todavía no se lo hemos dicho a Bee.
Levanto la cabeza. En la puerta de la cocina, con el paño de secar colgando de una mano, Bee ha dejado de moverse.
No dice nada. Se limpia la mano en el delantal con una lentitud sospechosa.
Se vuelve hacia la cocina. Desaparece. Un segundo más tarde se oye un estruendo de cacerolas y un hipido furioso, y Gil, que lo oye todo, murmura con las orejas rojas:
—Bendito sea Dios. La hemos matado.
—La habéis hecho feliz —corrijo, con la niña dormida contra mi pecho y un nudo del tamaño de un puño en la garganta.
Comemos fuera, en la mesa larga dispuesta bajo el olmo, y discutimos a gritos de todo y de nada.
En esta familia nuestra, discutir a voces es una de las maneras más finas que tenemos de querernos.
Gil bendice la mesa con un sermón de ocho minutos, que Bee corta a los tres con un «amén» de mando.
Verena se apodera del caballo de madera de su primo y lo defiende con una ferocidad que le celebro por dentro: a una mujer le conviene aprender pronto a no soltar lo que ha decidido que es suyo.
—Yo lo vi venir —anuncia Bee a mitad del estofado, ya recuperada, señalando a Hart con el tenedor—. Desde la primera noche. Lo dije con todas las letras: «a este lo caza». Lo cazó.
—Me cacé yo solito —replica Hart, con fingida dignidad—. Ella solo dejó la puerta abierta.
—Eso —sentencia Bee, levantando una ceja— es lo que hace una buena cazadora.
Se ríe la mesa entera. Yo me río con ellos. A estas alturas, la palabra cazadora, que durante años llevé sobre los hombros como una armadura pesada, se ha transformado en esta casa en una entrañable broma de domingo.
A los postres llega Edmund Ashcombe en un cabriolé alquilado, con un sombrero ladeado, una botella de oporto bajo el brazo y la expresión de un hombre que se ha librado un año más de la horca matrimonial.
Sigue soltero con una dedicación que lo honra.
Dice que la soltería es una vocación, y que nadie se la ha podido quitar todavía, aunque tres madres lo han intentado con crueldad.
—Traigo noticias de ultramar —anuncia, sirviéndose estofado sin que nadie lo invite—. De Sídney, nada menos. Un primo mío, capitán mercante, ha visto a cierto caballero.
Se hace un silencio de mesa. Hart deja el tenedor.
—¿Y?
—Lo han visto en un almacén de lana, junto al puerto, con un delantal.
Cuenta sacos. —Edmund moja pan en la salsa—.
Sin sello, sin guantes. Mi primo dice que no hay suma de tres cifras que le cuadre y que lo regañan por ello a diario.
Baraja, ninguna. Se la han quitado de las manos hasta los carceleros.
Hart suelta una carcajada breve, que a mí me suena más a alivio que a burla.
—Ojalá cuente bien —dice—. Que lo haga por una vez en su vida.
—Es lo más próximo a la justicia que he visto jamás —sentencia Bee, con los ojos todavía enrojecidos y una dignidad de reina destronada—. Que se le pase la vida sumando lo ajeno.
Cuando los más pequeños caen rendidos a la siesta y la casa afloja el bullicio, Posy y yo nos sentamos en el banco de madera a pelar guisantes como dos comadres, con la cesta entre las dos. Alrededor, el aire está lleno de abejas.
—¿Te acuerdas de la primera vez que me recibiste en Merrow House? —dice, echando una vaina a la cesta—. Yo temblaba como una hoja. Estaba convencida de que la famosa viuda inexpugnable iba a comerme cruda.
—Te di té y te solté unos cuantos consejos que no me habías pedido.
—Me diste una hermana —dice sin levantar la vista de los guisantes—. No lo sabías tú entonces y tampoco yo. Pero eso me diste.
No le contesto. Hay cosas que, dichas en voz alta, se me rompen por dentro.
Le paso el brazo por los hombros y ella apoya la cabeza contra mi costado.
Seguimos pelando guisantes al sol, calladas, mientras Gil, a lo lejos, intenta convencer a Samuel de que el caballo de madera no es un buen argumento teológico.
Más tarde, Hart me lleva a ver el pozo.
Lo ha hecho limpiar él mismo con dos peones, a la vuelta de la primera cosecha.
Estaba seco desde hacía diez años, tapado con tablas y zarzas, como todo en esta finca.
Ahora tiene un brocal nuevo de piedra clara, una polea, un cubo de roble, y cuando me asomo, en el fondo, a una profundidad que me da vértigo, una moneda de agua brilla negra y quieta.
—Bee dijo una vez que no dejaras que se secara por orgullo —murmura Hart a mi espalda—. Pensé que debía hacerlo literal.
—Siempre has sido un hombre práctico.
—Soy un contable arruinado. —Me abraza por detrás y apoya la barbilla en mi hombro—. Me gusta ver el agua.
Dejo caer una piedrecita. Tarda un poco en llegar. El chapoteo sube, redondo, hasta mis oídos, y algo se me ensancha en el pecho sin que sepa decir qué.
Cae la tarde despacio sobre Vaughan Court.
Se marcha el carruaje de Posy camino de la rectoría, que está a una legua y gotea, como era de esperar, aunque Gil asegura que le da carácter.
Se apagan las voces. El jardín se queda a solas con el zumbido de las abejas entre las rosas de Hart, que son, en efecto, las más feas que he visto en toda mi existencia.
Le digo que son preciosas, con un gesto burlón.
Se ríe porque sabe que miento y porque sabe que la mentira piadosa y la risa son, entre nosotros, otra forma de decirnos lo que no necesita decirse.
—Baila conmigo, mujer.
Me tiende la mano en mitad del césped, con Verena otra vez dormida a pierna suelta contra su hombro. Tiene el sombrero torcido, el chaleco desabotonado, una brizna de heno en el pelo.
—No hay música, milord.
—Nunca la hubo. —Entorna los ojos con esa sonrisa de canalla enamorado—. Siempre hemos bailado igual.
Bailamos ahí mismo, sobre la hierba recién cortada.
Un vals sin más orquesta que la que suena dentro de los dos, con la niña dormida y tranquila entre ambos.
Mientras giro despacio entre sus brazos, su mano se asienta en la parte baja de mi espalda, justo donde acaba el corpiño, y su pulgar encuentra sin buscarla la vuelta de mi muñeca.
Donde late. Donde sigue sabiendo que late.
—Te quiero —dice contra mi sien.
—¿Con pero?
—Sin pero. Se lo vendí a Crabbe hace dos años por cuarenta guineas. —Me hace girar—. No hay una sola cosa que confesarte, Sabine. Ni una. He mirado por todas partes.
—Eres un hombre aburrido.
—Soy un hombre feliz. Me han dicho que se parecen.
—Dímelo otra vez.
—Te quiero.
—Otra.
—Te quiero. Con trigo, sin trigo, con intereses.
Apoyo por fin la mejilla en su hombro. Es ese gesto mínimo que me costó dos años aprender a hacer sin sentir que me rendía en una batalla. Ahora lo hago sin pensarlo, porque he entendido la diferencia sagrada que hay entre rendirse y descansar.
Entonces la niña se mueve entre nosotros. Abre los ojos, grises y soñolientos. Estira un brazo diminuto, de puño cerrado y hoyuelos, y se queda quieta, mirándome, como si acabara de recordar algo.
—Un momento —le digo a Hart.
Subo a la casa a paso rápido, con el vestido recogido, y abro el cajón de mi tocador.
Allí está, entre pañuelos de seda y una cinta de terciopelo negro, partida por la mitad, con un nudo de capitán de fragata que ha sobrevivido a todo: el abanico, callado como la reliquia de una guerra que gané perdiéndola a propósito.
Varillas de ébano, borde de nácar. Lo he mirado muchas veces desde la noche de bodas y lo he guardado sin usarlo, esperando.
Lo cojo. Qué poco pesa para lo mucho que cargué con él.
Cuando regreso al jardín, Hart no se ha movido. Sigue en mitad del césped, con la niña en brazos y el sol poniente en el pelo. Me siento en la hierba delante de ellos. Despliego el abanico muy despacio, varilla a varilla, sin esconderme detrás. El encaje se abre como un ala.
—Es de tu madre —le digo a Verena—. Tu abuela, que se llamaba como tú, no llegó a conocerte. Durante mucho tiempo tuve miedo, mucho miedo, y me escondía detrás de esto para que nadie me lo notara. Tú no lo uses para eso. Úsalo para lo que quieras.
La niña mira el abanico con una seriedad de sabia.
Alarga la mano, agarra una varilla con el puño entero y tira, de modo que el encaje tiembla.
Después lo agita de golpe contra la cara de su padre, con un aleteo furioso, como quien espanta una mosca.
Hart parpadea, desconcertado. Verena suelta una carcajada de cascabel.
Mi mano, la que sostiene la suya sobre el nácar, no tiembla.