Capítulo 24. Las habitaciones abiertas #2
Esa noche cenamos los cuatro —Mar, Marcel, Paquito y yo— el mejor pisto que he comido en mi vida, que estaba para chuparse los dedos y que en realidad estaba para llorar, y nadie dijo una palabra de máquinas ni de humanismo ni de quién tenía razón, porque a aquella mesa, por fin, no le faltaba nadie y no sobraba ningún reproche.
Lo de la IA, esa guerra, no se acabó aquella noche.
Esas guerras no se acaban: Paquito seguiría despreciando los aparatos hasta el último de sus días, y Marcel seguiría construyéndolos, y seguirían discutiendo en cada comida de Navidad durante años.
Pero discutirían de otra manera. Discutirían como discute la gente que ya se ha dicho una vez lo peor y ha sobrevivido, y ha aprendido, a base de un susto, que se puede tener razón y estar equivocado a la vez, y que dos personas pueden ir a por lo mismo desde orillas distintas sin saberlo, y encontrarse en el centro, y abrazarse, y no haber dejado nunca, ni en lo más hondo de la pelea, de quererse.
*
Lo de Mar fue esa misma noche, y no porque la torre tuviera nada que ver, aunque a lo mejor sí, porque las valentías se contagian por proximidad.
Cenamos los cuatro en la pérgola, y después mi hija cogió su teléfono, dijo «no me esperéis despiertos» con una voz que desmentía la broma, y se fue andando hasta el borde del terreno, donde la tierra cae hacia la playa, y estuvo allí de pie, a oscuras, hablando, una hora larga.
La veíamos desde la mesa: una silueta contra el mar, el brazo libre moviéndose a ratos, quieto a ratos, y una vez llevándose la mano a los ojos.
Volvió con la cara lavada por dentro, que es una cara que no se puede fingir, se sentó, se sirvió agua, y nos lo dijo en cuatro palabras, mirando el vaso:
—Se lo he contado. Todo.
—¿Y? —preguntó Paquito, con el corazón en la pregunta.
—Y ha dicho que necesita pensar. —Le tembló la barbilla y la sujetó a tiempo—.
Y tiene razón. Y derecho. Así que ahora, a esperar.
—Levantó la vista, y debajo del miedo había otra cosa, firme, recién estrenada—: Pero ya está fuera, mamá.
Ya no lo llevo yo sola. Pase lo que pase, ya no es una gruta. Es una conversación.
Esperamos dos días. Los dos días más largos de aquella primavera, que ya es decir.
Mar los pasó ayudando a Cossu por teléfono con la traducción al catalán de unos documentos del TPC, porque mi hija espera trabajando, como su madre, y Paquito los pasó en una silla a la sombra de la parra, con la pierna operada en alto sobre un taburete y un cojín, lijando a mano los postigos viejos de las ventanas que el albañil le iba bajando, quitándoles décadas de pintura con una violencia terapéutica que el hombre aprobaba con la cabeza cada vez que pasaba con una teja.
Mi marido necesitaba destrozar algo despacio con las manos, y como el tejado se le había prohibido —se le había prohibido todo lo que tuviera escalera, por una larga temporada—, le tocó la madera.
Quien haya tenido cerca a un hombre acostumbrado a moverse al que de pronto le clavan en una silla, sabe que aquello, más que terapia, era una manera piadosa de que no nos volviera locos a todos.
Al tercer día, a media mañana, un coche de alquiler levantó el polvo del camino y aparcó torcido en la explanada, y de él bajó Aleix, despeinado del ferry nocturno, con una bolsa de deporte al hombro y la cara de no haber dormido pero haber decidido.
Mar se quedó de pie junto a la pérgola, muy quieta, con las dos manos sobre los dos que venían.
Aleix cruzó la explanada hasta ella. Se paró a un paso. Y dijo, con la voz rota de orgullo mal planchado, la frase más bonita que ha dicho nunca ese chico, que es ingeniero y no se prodiga:
—He venido a ayudar con el tejado.
Y resultó que hacía falta, porque el único hombre de la casa que sabía de tejados estaba sentado bajo la parra con una pierna en alto y prohibición médica de mirar siquiera una escalera, así que la frase, que Aleix había dicho como metáfora, era además literal, y eso le hizo a mi marido todavía más gracia.
Mi hija se rió y lloró a la vez, todo junto y sin orden, y se abrazaron encima de la barriga, con cuidado y sin cuidado, y Lolo dio tres vueltas alrededor de los dos ladrando de júbilo, nombrándose padrino, y Paquito, desde su silla, con la pierna en alto, fingió con muchísima dignidad que se le había metido algo en los dos ojos a la vez.
*
Aquella noche, la última que cuento de aquella primavera, no pasó nada. Por eso la cuento.
La casa a oscuras, oliendo ya un poco a nosotros.
Los chicos dormidos en la autocaravana, que les habíamos cedido con la solemnidad de quien cede un palacio.
El perro al pie de nuestra cama nueva, roncando su ronquido fino.
Y nosotros dos despiertos en la oscuridad, como aquella noche de Barcelona, solo que sin fingir dormir, que ya no hacía falta.
—Montse.
—Dime.
—¿Te acuerdas de lo que escribiste en la libreta? Lo de la habitación cerrada que tenía dentro.
—Me acuerdo de todo lo que escribo. Es mi defecto profesional.
Se quedó un rato callado. La respiración le iba lenta y de verdad, sin medir, sin aduana.
—Ya no está cerrada —dijo—. Y lo raro es que pensé que al abrirla entraría el frío. Toda la vida pensándolo: no la abras, que entra el frío. —Buscó mi mano bajo la sábana y la encontró a la primera, después de treinta años de práctica—. Y ha entrado la familia.
No contesté, porque hay frases que se estropean si se les contesta.
Me quedé mirando el techo nuevo y viejo de nuestra casa nueva y vieja, oyendo el mar de la Pelosa hacer su trabajo de siempre ahí abajo, y pensé en todas las habitaciones de esta historia: la de Paquito, cuarenta años cerrada, ventilándose.
La de Mar, abierta a tiempo, con un ingeniero dentro arreglando el tejado.
La de Bachisio, abierta por carta, con lacre de vela común.
La de la roca, abierta con focos y sentencias por venir.
Hasta la de Tore, abierta con un trapo doblado sobre un guardabarros.
Y escribí mentalmente, para pasarla a la libreta azul por la mañana, la última entrada de aquel cuaderno, que cierro aquí porque ya está amaneciendo en este relato y las libretas, como las mareas, tienen su tabla:
Una familia no es una casa sin habitaciones cerradas. Eso no existe, y la que lo parezca, miente. Una familia es una casa donde las llaves están puestas por dentro. Donde se puede abrir cuando se pueda, tarde si hace falta, cuarenta años tarde si hace falta, y al abrir no entra el frío.
Entra el aire.
Y las verdades, de una vez, del tamaño que son.