La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2) Epílogo. La flota
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Epílogo. La flota

Los mellizos nacieron en Barcelona un martes de septiembre, a las cuatro de la madrugada, con veinte minutos de diferencia y caracteres ya incompatibles: la niña salió gritando su opinión sobre el procedimiento y el niño salió mirando, muy serio, a ver quién era toda aquella gente.

La niña se llama Júlia, por nadie, porque a Mar le gustaba.

El niño se llama Antoni.

Cuando mi hija nos lo dijo, en el pasillo del hospital, con la criatura en brazos y la cara de las cuatro de la madrugada, no dio explicaciones, y Paquito no las pidió, porque no le salía la voz.

Hay nombres que se quedan cuarenta años en el fondo, como las barcas, esperando.

Y a veces alguien baja, lo encuentra, lo sube con las dos manos y se lo pone a alguien que empieza.

No conozco mejor manera de devolver nada.

La prueba de sangre no se hizo nunca. Lo sé porque se lo pregunté a Mar, una sola vez, con la prudencia en la boca, y mi hija me contestó que Aleix la había parado en seco la única vez que ella la mencionó.

«Ya sé de quién son», dijo el ingeniero, que no se prodiga.

«Míos. Lo demás es papeleo.» Y siguió montando la cuna, que le estaba ganando la batalla, porque hay hombres que dicen las cosas enormes con una llave Allen en la mano y mirando las instrucciones.

*

La sala se inauguró en Sassari en noviembre, un sábado de lluvia fina, y fuimos todos: Mar y Aleix, Marcel, los dos cochecitos, y Lolo, que viajó como un señor y se quedó atado en el pórtico del museo con un empleado sobornado con media ensaimada, ladrando su indignación por turnos, porque a los museos de este mundo todavía no han llegado los perros y es un atraso.

Marcel vino desde Barcelona para la ocasión, y la dottoressa Cossu, que sabía perfectamente quién era —el del anexo técnico, el de la red europea, el chico cuya máquina había hecho posible la mitad de aquellas rogatorias—, lo recibió con una deferencia que no le había visto gastar con nadie, ni siquiera con el director del museo.

Lo llevó del brazo a ver las tres vitrinas de las piezas recuperadas del extranjero y le explicó, pieza por pieza, cómo habían vuelto.

Y yo vi a mi hijo, el de las máquinas, el que no necesitaba salir de casa para saber del mundo, quedarse callado delante de una barca de bronce de tres mil años que había vuelto a casa gracias a él, y mirarla largo rato, en silencio, sin sacar el móvil, sin guardarla en ninguna cajita.

Mirándola y ya está. Como su abuelo miraba el mar.

Le di un codazo a Paquito para que lo viera, y Paquito lo vio, y no dijo nada, pero le brillaron los ojos, porque había entendido lo mismo que yo: que aquel hijo suyo, al final, también sabía mirar sin guardar, y que a lo mejor el antropólogo y el de las máquinas no eran tan distintos, y que a lo mejor nunca lo habían sido.

La flotta ritrovata , decía el cartel. La flota recobrada.

Dentro, en una sala en penumbra calculada, las barcas navegaban otra vez.

Veintiocho sobre soportes invisibles, cada una con su luz cenital fina, todas con la proa hacia el mismo lado, hacia una fotografía enorme de la cámara de la roca que ocupaba la pared del fondo, de modo que la flota entera parecía ir saliendo de la cueva hacia la luz, en formación, tres mil años después de zarpar.

La dottoressa Cossu, que había montado aquello pieza a pieza, llevaba un traje de chaqueta que le sentaba como una bata y la cara más cerca de la felicidad que le permite su carácter, que es a unos dos metros.

—Treinta y una —nos dijo por todo saludo, señalando con la barbilla tres vitrinas nuevas, algo apartadas, con cartelas en dos idiomas—.

Esas tres llegaron el mes pasado: una de Basilea, dos de Múnich.

El TPC va catálogo por catálogo, tirando del hilo de las catorce páginas.

—Miró a Paquito—. Su apéndice, doctor, se ha convertido en el documento más citado en rogatorias internacionales del año. La ciencia es esto: tarda, pero cobra.

En el centro de la sala, en una vitrina propia, más alta, montando guardia ante todas las demás, estaba el centinela.

Reperto n.º 12. Navicella con protome di cervo.

Y debajo, en una peana de piedra clara traída, supe después, de la propia costa de la Pelosa, una placa de bronce nuevo, ya con ganas de pátina:

A la memoria de Antonio Carta (1958-1982) y Efisio Meloni (1949-2024), hombres del mar de esta costa, que bajaron a comprobar lo que nadie quería saber. Y de Bachisio Sanna (1951-2024), que guardó la puerta cuarenta años.

Lo que pasa abajo, tarde o temprano sale arriba.

Paquito se quedó delante de aquella placa mucho rato.

De pie, con una mano en el bastón y la otra a la espalda, en su postura de museo de siempre, solo que ahora con el bastón formando parte de la postura, como si lo hubiera tenido toda la vida.

La gente pasaba a su lado, leía, seguía.

Él no. Fuera se oía, amortiguado por la piedra y la lluvia, el ladrido rítmico y ofendido de Lolo, dos pisos más abajo, recordándole al patrimonio de la humanidad que había prioridades.

Mi marido sacó del bolsillo interior un papel doblado en cuatro.

Lo conocía: era la servilleta. La caja de lata se la habíamos dado a Piras con todo lo demás, pero la servilleta nos la devolvieron con el resto de efectos cuando la causa ya no la necesitó, y Paquito la llevaba encima desde entonces, no me pregunten para qué, para esto.

La desdobló. Miró el dibujo a bolígrafo —el casco, los pájaros, la cuerna— y miró la barca de bronce de la vitrina, la de verdad, la del carburo de 1984, y estuvo un momento con una en cada mirada, el muerto y la salvada, la promesa y el pago.

Luego volvió a doblar la servilleta, se la guardó junto al pecho, donde llevan los hombres mayores las cosas que ya no piensan explicar, y vino hacia nosotros, hacia los cochecitos, y cogió en brazos a su nieto, que se llamaba como la placa.

—Mira, Antoni —le dijo, en voz baja, girándolo hacia la sala—. Barcas.

Y el niño, que tenía dos meses y no entendía nada, miró las luces con los ojos muy abiertos y muy serios, a ver quién era toda aquella gente, y a mí me pareció suficiente comprensión para empezar.

*

Lo de Menorca fue culpa de Cossu, para que conste.

Fue en la comida de después, en una trattoria cerca del museo, cuando la dottoressa, entre el primero y el segundo, comentó con la ligereza de quien comenta el tiempo que un colega suyo del museo de Maó llevaba años escribiéndole sobre un asunto raro: piezas talayóticas apareciendo en colecciones francesas, una naveta con un expolio antiguo nunca aclarado, y un archivo municipal con más huecos que páginas.

—Menorca —dijo, pinchando un ñoqui— es Cerdeña en pequeño: piedras antiguas, mar antiguo y silencios antiguos.

Mi colega dice que allí nadie escucha. Yo le he dicho que conozco a dos jubilados que escuchan profesionalmente.

—Levantó la vista del plato, nos miró por encima de las gafas, y juro que aquella mujer sonrió, técnicamente—. Sin compromiso.

Se hizo un silencio en la mesa. Mar me miró. Aleix miró a Mar. Y Marcel, que estaba sentado al lado de su padre, soltó el tenedor y dijo, con una sonrisa de medio lado que conozco porque es la mía:

—Si quieres, papá, te hago una app que rastree expolios en Menorca. Le metes el archivo municipal y te dice en diez minutos qué falta.

—Ni se te ocurra —dijo Paquito, pero le bailaba la boca—.

Eso se hace andando. Hablando con la gente.

Comiendo sobrasada con un payés hasta que se le suelta la lengua.

—Se dio una palmada en la pierna mala con el puño del bastón—.

Aunque ahora ando más despacio, así que tardaré más en resolverlo. Mejor. Más sobrasada.

—Tú andando y yo con la app. Las dos cosas.

—Las dos cosas —concedió Paquito, a regañadientes, y los dos se miraron un segundo, y en ese segundo cupo todo: la bronca, el cesto de tomates, el lobo cazado desde los dos extremos del bosque y, sobre todo, la tregua nueva, la buena, la que no necesita que nadie tenga toda la razón.

Y los dedos de Paquito, sobre el mantel, le hicieron, suave, un compás corto de piano mudo.

—Ni hablar —dije yo—. Dijimos descanso. Lo dijimos en esta misma vida, hace ocho meses, delante de un arroz.

—Lo dijimos perfectamente —dijo Paquito.

—Cosas sensatas, dijimos.

—Sensatísimas.

Y ninguno de los dos dijo que no, y todos en la mesa lo oyeron, y Lolo, atado a la pata de mi silla, levantó la cabeza y nos miró a los dos con una oreja de pie, como diciendo que él ya iba haciendo las maletas.

Las dijimos bien, las cosas sensatas. Lo que pasa es que el mar, cuando llama, llama cuatro veces.

Y en esta familia, a la cuarta, contestamos.

FIN

Montse y Paquito volverán.