La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2) Capítulo 24. Las habitaciones abiertas
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Capítulo 24. Las habitaciones abiertas

La casa la firmamos un jueves por la mañana, en una notaría de Sassari con aire acondicionado de más y un notario que leyó la escritura a la velocidad de los que cobran por acto y no por hora.

El sobrino de Bachisio firmó por la herencia, con su cara de buena persona desbordada, y al terminar, en la calle, nos estrechó la mano a los dos y dijo una cosa que no estaba en la escritura y valía más que la escritura:

—Mi tío bajó el precio dos veces cuando supo que eran ustedes. Yo le decía: tío, que es malvender. Y él me decía: calla, que yo no estoy vendiendo, estoy colocando. —Se encogió de hombros, con los ojos un poco brillantes—. Yo nunca entendía sus cosas. Ahora ya las van entendiendo otros por mí.

Volvimos a la Pelosa con las llaves nuevas en el bolsillo y la llave vieja, la de hierro con el ojo de trébol, envuelta en un paño en la guantera. Porque aquel día tocaban las dos.

*

Piras nos esperaba a las seis de la tarde al pie del islote, con la marea baja de la tarde, fuera de servicio y con la palabra «extraoficial» puesta en la cara antes que en la boca.

—La Científica terminó ayer. El precinto judicial se levanta el lunes y la torre pasa a la Soprintendenza, que ya está peleando los fondos para restaurarla.

—Miró el reloj, luego el mar, luego a nosotros—.

Es decir, que durante exactamente este fin de semana, esa torre no es de nadie.

—Se sacó del bolsillo la llave oficial, la del Estado, y no la usó: se la volvió a guardar—.

Tienen diez minutos. Yo no he estado aquí.

Y el perro que no escarbe, que esto sigue siendo patrimonio.

Cruzar la lengua de arena nos llevó esta vez mucho más de lo que nos llevó la primera mañana, porque Paquito, recién salido del hospital, cruzó apoyado en el bastón con una mano y en mi brazo con la otra, clavando la contera en la arena mojada a cada paso, despacio, tercísimo, negándose a que lo ayudara más de lo justo.

Piras hizo ademán de echarle una mano y mi marido lo paró con una mirada.

Esto lo hago yo, decía la mirada. Faltaría más que a esta torre, después de todo, me trajeran en brazos.

Así que tardamos lo que tardamos, los tres y el perro, con el sol cayendo dorado y manso sobre la piedra clara, y la torre, a esa luz, no vigilaba: descansaba.

Y a mí me pareció que esperaba, también ella con paciencia de piedra, a que aquel hombre cojo terminara de cruzarle la arena para venir a decirle lo que había venido a decirle.

Ante la verja, Paquito se pasó el bastón a la mano mala, se apoyó en el quicio, y desenvolvió la llave de Bachisio.

Le costó dos intentos —el hierro viejo, el pulso, la postura imposible de un hombre que no puede doblar bien una pierna— y al tercero el candado cedió con un clac profundo, y la verja chirrió su chirrido de siempre, y yo esperé, con el cuerpo entero, el gruñido.

No llegó.

Lolo pasó por delante de nosotros trotando, olisqueó el umbral con interés administrativo, entró en la torre como en un bar conocido, y se puso a investigar una esquina sin que un solo pelo del lomo se le moviera de su sitio.

Lo que aquel animal llevaba meses oliendo en la oscuridad de la roca, fuera lo que fuera, ya no estaba.

Y no me digan que los perros no entienden: entienden lo importante, que es distinto.

Dentro, la luz de la tarde entraba por la tronera en una cuchilla dorada y se posaba en el muro norte, en la curva exacta de piedra donde habían sentado a dos hombres con cuarenta años de diferencia.

La Científica se lo había llevado todo; quedaba la piedra limpia, el círculo de cielo arriba entre las vigas, y un silencio que ya no olía a nada más que a roca y a sal.

Paquito se puso en el centro de la sala redonda.

Sacó del bolsillo el último pliego de la carta, aunque se lo sabía de memoria, porque hay encargos que se cumplen con el papel en la mano.

Carraspeó. Y habló en voz alta, hacia arriba, hacia abajo, hacia la piedra, con su voz de profesor jubilado temblándole solo un poco:

—De parte de Bachisio Sanna, que presidió vuestra asociación y no os supo defender.

—Tragó—. Ya podéis iros. Ya están las barcas arriba, contadas y con su nombre.

Ya está el chico en el papel oficial, con su nombre.

Ya está todo dicho, todo, que era lo que faltaba.

—Bajó la vista al muro norte, a la curva—.

Dice Bachisio que lo siente. Y digo yo que también.

El viento hizo en la tronera ese ruido suyo de soplar en una botella, grave y redondo, y Lolo levantó la cabeza de su esquina y lo escuchó con una oreja de pie, y luego volvió a lo suyo, y eso fue todo, y fue suficiente.

Los muertos no contestan. Pero el aire de los sitios cambia cuando se les habla claro, y el de aquella torre, lo juro por mi libreta, salió con nosotros más ligero de lo que entró.

Piras nos esperaba abajo, de espaldas a la torre, mirando el mar con las manos en los bolsillos, concediéndonos la intimidad con la nuca, que es como conceden las cosas los hombres de piedra.

—¿Todo en orden ahí arriba? —preguntó, sin volverse.

—Todo en orden —dijo Paquito.

—Bien. —Echó a andar hacia la playa—. Porque es la última vez que esa llave abre ese candado. El lunes cambian la cerradura. —Tres pasos—. La llave vieja quédensela. En mi informe se perdió hace seis años. Hay objetos que han hecho méritos para jubilarse en una casa y no en un archivo.

*

A Marcel no lo llamó Paquito. Quiero que conste, porque conociéndolo es lo más importante que cuento de él en todo este libro: no lo llamó.

Tres semanas después de la bronca, con la noticia de su hijo en todos los periódicos de España y una lágrima ya seca en una camisa que yo había lavado a mano sin decir nada, mi marido seguía sin ser capaz de coger el teléfono y decirle al niño que se había equivocado.

El orgullo de los hombres de su generación es una cosa de geología: no se mueve con palabras, se mueve con terremotos.

El terremoto lo puso Marcel.

Apareció un sábado a media mañana, sin avisar a nadie —a nadie no: Mar lo sabía, claro que lo sabía, llevaba mi hija de correo entre los dos hombres toda la semana con una paciencia de santa—, en un coche de alquiler que subió el polvo del camino y aparcó al lado del nuestro.

Yo estaba en la pérgola tendiendo unos trapos.

Lo vi bajar del coche y se me cayó la pinza de la mano.

Mi hijo. En carne y hueso, en la explanada de la Pelosa, con sus vaqueros y su camisa de ciudad y su cara de no haber dormido en el ferry.

Y en las manos no traía una maleta. Traía un cesto.

Un cesto de mimbre, de los de ir al mercado, lleno hasta arriba de tomates.

Tomates rojos, feos, de ramillete, de esos que no son redondos y por eso son los buenos.

Los había comprado, supe después, en un puesto de la carretera nada más bajar del barco, porque mi hijo, que lo arregla todo con una máquina, sabía exactamente cuál era la única herramienta que iba a funcionar con su padre.

No dijo «hola». No dijo «papá». No dijo nada.

Cruzó la explanada despacio, con el cesto por delante como quien lleva una ofrenda, y Paquito, que había salido de la casa al oír el coche, se quedó plantado en el umbral, con un destornillador en la mano y la boca abierta, mirando venir a su hijo y a sus tomates sin entender todavía nada y entendiéndolo ya todo.

Marcel se paró delante de él. Le tendió el cesto. Y lo único que dijo, con la voz pequeña, fue:

—Mira qué tomates, papá. Estos no los encuentra ninguna app.

Y a Paquito se le rompió la cara.

No lloró, o sí, ya no lo sé, porque para entonces yo tampoco veía bien.

Soltó el destornillador, que cayó al suelo con un ruido tonto, cogió el cesto con una mano, lo dejó en el murete sin mirar, y con la otra agarró a su hijo por la nuca y lo atrajo y lo abrazó, fuerte, entero, con esos dos brazos que llevaban tres semanas cerrados, y Marcel hundió la cara en el hombro de su padre como cuando tenía ocho años y se caía de la bici, y los dos se quedaron así, agarrados, meciéndose un poco, sin decirse las cosas porque los hombres de esta familia no se dicen las cosas: se las abrazan.

Yo me tuve que sentar. De verdad. Se me doblaron las piernas y me senté en la silla de la pérgola con un trapo todavía en la mano, y lloré como una magdalena, en silencio, mirándolos, a mi marido y a mi hijo abrazados en una explanada de Cerdeña con un cesto de tomates en un murete, después de toda una vida de mirar y tres semanas de no hablarse y de quererse sin saber decírselo.

Lolo, que de las reconciliaciones humanas entiende lo justo pero del jaleo entiende todo, daba vueltas alrededor de los dos ladrando de pura felicidad, nombrándose, una vez más, maestro de ceremonias de algo que no comprendía pero aprobaba sin reservas.

Cuando por fin se soltaron, los dos con los ojos rojos y haciéndose los duros, Paquito cogió un tomate del cesto, lo miró a la luz, lo olió por el culo —por donde estuvo pegado a la mata, ahí está la verdad— y dijo, con la voz aún tomada pero ya con el principio de una sonrisa:

—Están maduros de verdad. —Le dio el tomate a su hijo—. ¿Sabes lo que hacemos con estos? Un pisto. Tú y yo. Y de postre te abro un melón que tengo ahí que suena a azúcar.

—Vale, papá —dijo Marcel.

Y entraron juntos en la casa, el antropólogo y el de las máquinas, a hacer un pisto, que es la manera que tienen en esta familia de decirse las cosas grandes: con un cuchillo en la mano y una cebolla delante, sin mirarse a los ojos, que de frente da vergüenza.

No hablaron de la bronca. Nunca hablaron de la bronca, que yo sepa.

No hizo falta. Hay perdones que se piden con un cesto de tomates y se conceden con una receta, y son más firmes que todos los que se piden con palabras, porque las palabras se las lleva el viento y un pisto compartido se queda en el estómago y en la memoria.