La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2) Capítulo 23. Lo que sale arriba #2
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Capítulo 23. Lo que sale arriba #2

—Lo sé —dijo Piras, que evidentemente lo sabía desde el principio y se había guardado el golpe de efecto con la crueldad amable de los que aprecian a alguien—.

Lo he sabido en cuanto he leído el apellido en el anexo.

Por eso he venido yo a contárselo, y no por teléfono.

—Se levantó, recogió su taza vacía y la dejó en la pila con la confianza del que ya es de la casa—.

Su hijo, doctor, sin pisar esta isla, sin saber lo que es una navicella, ha hecho desde un piso de Barcelona la mitad del trabajo que a usted le ha costado la vida hacer a pie.

Ustedes pusieron la cara. Él puso la estructura.

—Se puso las gafas de sol—. Han cazado al mismo lobo desde los dos extremos del bosque, padre e hijo: usted a pie, cuarenta años, y él con su máquina, meses, sin saber ninguno de los dos que era el mismo lobo.

Hasta que su hija les juntó los caminos con un nombre.

—Ya en la puerta de la explanada, sin volverse—: Yo no soy quién para decirle nada a nadie de su familia. Pero si fuera usted, lo llamaba.

Mi marido se quedó muy quieto. Y vi cómo aquella frase le entraba y le buscaba acomodo entre cuarenta años de culpa, y no lo encontraba del todo, porque la culpa vieja es un inquilino con contrato, pero le abría, al menos, una ventana.

Y aquello —lo de cazar al mismo lobo desde los dos extremos del bosque— se le quedó clavado en la cara durante el resto de la tarde, porque era exactamente lo que había pasado, y porque hacía tres semanas, en aquella misma pérgola, le había dicho a ese hijo que su abuelo se moriría de vergüenza.

Esa noche, en la libreta azul, escribí una cosa que llevaba días madurándome dentro y que la visita de Piras terminó de poner en su sitio:

Mi hijo cree que se hizo hombre de números para huir de las libretas de su padre.

Escogió las pantallas contra los cuadernos, los datos contra las personas, la ciudad contra el campo, todo lo contrario de todo, con esa precisión con que los hijos eligen lo contrario.

Y ha acabado dedicando su máquina, sin proponérselo, a perseguir a los que roban exactamente lo que su padre se pasó la vida estudiando.

Meses cartografiando a los ladrones de patrimonio, él, el hijo del antropólogo, convencido de que era un encargo como otro cualquiera.

La herencia es un río. Puedes taparla por un sitio, y ella no discute: sale por otro. Solinas heredó de su padre las palmadas y la cañería. Mar heredó el mar. Y Marcel, que juraría ante notario no haber heredado nada, heredó la vocación entera, solo que le cambió las tapas al cuaderno.

En esta historia todo el mundo ha resultado ser hijo de alguien. Es lo que tienen las costas viejas: que no hay manera de empezar de cero.

*

La dottoressa Cossu nos citó esa misma semana en un hangar de la Soprintendenza, en un polígono de Sassari, y aquello fue lo más parecido a una resurrección que pienso presenciar en esta vida.

Mesas de caballete cubiertas de paño blanco, en filas.

Luz buena. Y sobre el paño, una a una, con su etiqueta y su número, las barcas.

Veintiocho recuperadas de las cajas, más los bronzetti, los guerreros de cuernos, los arqueros, la madre con el niño.

Técnicos con guantes moviéndose entre las mesas con esa lentitud de los sitios donde lo que se toca importa.

Y Cossu en medio, con una bata azul y un lápiz detrás de la oreja, mandando en voz baja, veinte años de denuncias archivadas convertidos de golpe en el inventario más importante de su vida.

—Necesito un favor —le dijo a Paquito, sin saludar, que era su manera de saludar—.

El contexto. Usted es el único vivo que vio la cámara intacta, o casi, hace cuarenta años, y el único que la documentó.

El TPC necesita un informe de contexto para las rogatorias y yo necesito uno para la memoria de excavación.

—Le tendió una carpeta vacía y un lápiz—.

Le estoy pidiendo que vuelva a escribir el Apéndice C, doctor. Esta vez para nosotros.

Y mi marido cogió la carpeta y el lápiz con las dos manos, como se coge un sacramento, y no pudo decir nada, y no hizo falta.

Fue recorriendo las mesas despacio, una por una, con Cossu al lado tomando notas de lo que él recordaba —esta repisa, esta orientación, esta junto a esta otra—, y en la cuarta mesa se paró en seco.

Allí estaba. Entre dos barcas de proa de toro, con su etiqueta, reperto n.º 12 : el casco fino, los pájaros en la borda, el cuello largo y la cuerna abierta como un árbol de invierno, con la punta de arriba partida en limpio.

El centinela. La primera. La que un pescador joven le enseñó a un doctorando flaco a la luz de un carburo, la que montó guardia en su hueco desde antes de los apellidos.

Paquito la miró mucho rato. Pidió permiso con los ojos; Cossu le dio unos guantes.

Y la levantó con las dos manos, apenas un palmo, lo justo, y la sostuvo en el aire un momento, aquel poco peso de bronce y de tres mil años, y le dijo algo en voz tan baja que solo lo oyeron la barca y yo, que para eso llevo treinta años especializada en sus silencios:

—Perdona la tardanza.

*

Tore vino el sábado, sin avisar, con su furgoneta y un tubo de combustible nuevo del bueno, «que aquel apaño del chaval no era para fiarse», y se pasó la mañana debajo de la autocaravana, que era su manera de venir a hablar.

Habló al final, con el café de después, mirando el motor y no a nosotros, limpiándose las manos con un trapo.

El mismo gesto de siempre. Solo que esta vez el trapo no se paró: esta vez fue él quien lo dejó, doblado, sobre el guardabarros, como quien suelta por fin una herramienta que lleva años pesando.

—El primo de mi madre andaba en las descargas.

En los setenta. —Lo dijo así, sin preámbulo, porque los hombres como Tore no tienen preámbulos, tienen revisiones pendientes—.

Beppe, se llamaba. Yo era crío. Un verano dejó de venir a las fiestas, y en mi casa se dijo lo que se decía: que el mar se lo había quedado.

—Bebió café—. Mi madre no volvió a pisar esa costa.

Y a mí, cuando dijisteis la Pelosa en el taller, el trapo se me paró solo. Las manos se acuerdan antes que uno.

—¿Y nunca se supo nada? —pregunté.

—Se supo lo que se sabía de todos. —Se encogió de hombros, un movimiento de montaña—. Que preguntó.

Piras, cuando se lo contamos, sacó su libreta pequeña y apuntó el nombre —Giuseppe, Beppe, años setenta— debajo de otros dos o tres que ya tenía, porque resulta que desde que el caso salió en los telediarios le estaban llegando nombres así de toda la provincia, primos y cuñados y vecinos que un día preguntaron y a los que el mar se quedó.

La cuenta de aquella costa iba a salir larga.

Las costumbres no documentadas siempre salen largas cuando por fin alguien las documenta.

*

La última visita de aquella semana la hicimos al cementerio de Stintino, una tarde de viento limpio, los tres y el perro, con un ramo de flores del campo que recogió Mar por el camino, hinojo incluido, que a Lolo le pareció un detalle excelente.

El nicho de los Carta estaba en la pared del fondo, contra el mar.

Arriba, una foto oval, desvaída por cuarenta veranos: un chico moreno riéndose de algo fuera de cuadro, con el pelo de los años setenta y un diente un poco montado.

Antonio Carta, 1958-1982. Y debajo, en el mismo mármol, la madre: Carmela Carta, 1933-2011.

Esperó veintinueve años y se fue sin saber.

Esa cuenta también la hice delante de la piedra, y es de las que duelen en un sitio para el que no hay palabra.

Mar puso las flores. Yo no dije nada, porque lo que había que decir no era mío.

Paquito se acercó al mármol, despacio, con el bastón, y se quitó las gafas, que es lo que hace cuando quiere ver de verdad.

Y le habló al chico de la foto en voz baja y de pie —apoyado en el bastón, que ya no se quitaba ni para las distancias cortas—, sin teatro, como se le habla a alguien de la familia con quien se tiene una conversación pendiente desde hace demasiado:

—Yo lo escribí, en el ochenta y cuatro. Lo tuyo.

Tres páginas. Lo escribí y lo quemé, y me fui en un barco, y tardé cuarenta años en volver.

—El viento le movía el pelo blanco y él lo dejaba—.

Ya no te sirve de nada, ya lo sé. Pero quería que lo oyeras de mí antes que del telediario: ya se sabe, Antonio.

Lo tuyo ya se sabe entero, con tu nombre, en papel oficial, sin costumbres inventadas.

Han tenido que pasar dos muertos más y toda mi vergüenza, pero ya se sabe.

—Se puso las gafas—. Y a tu madre dile que el banco de la iglesia sigue siendo suyo. Me he encargado de preguntarlo.

Volvimos andando hasta el coche por el camino de los cipreses, callados, con el perro delante y el mar al fondo poniéndose de tarde.

En casa, antes de entrar, me paré como me paro siempre delante de la parra. La hoja terca ya no estaba sola ni eran dos ni eran cinco: conté siete, y un zarcillo nuevo, verde claro, agarrado ya al hierro de la pérgola con esa fuerza ridícula y total de lo que acaba de empezar.

Quedaba lo de dentro. Quedaban nuestras habitaciones, las de la familia, las que ningún carabiniere abre.

Pero eso ya era cosa nuestra, y tenía su propio capítulo.