Capítulo 23. Lo que sale arriba
Los días siguientes, la explanada de tierra volvió a parecer un aparcamiento, solo que esta vez con más matrículas de Roma que de Sassari.
El caso saltó a los telediarios nacionales con un nombre que no inventamos nosotros pero que se quedó: il caso delle navicelle .
Y el pueblo, que durante semanas no había sabido nada de nada, descubrió de la noche a la mañana que en realidad lo había sabido todo siempre: el panadero recordaba ahora conversaciones enteras, el estanco recordaba caras, y hasta los viejos del muro, que en marzo eran esfinges, daban declaraciones a las cámaras con una soltura de tertulianos.
Los pueblos son así, y no se lo reprocho: el silencio es un abrigo que se lleva mientras hace frío.
Piras vino al tercer día, cuando pudo, y por primera vez desde que lo conocíamos llegó sin carpeta.
Se sentó en la pérgola, aceptó el café antes de que se lo ofrecieran —ya éramos de café, no había vuelta atrás— y nos hizo la cuenta completa, despacio, con esa manera suya de pagar las deudas en información.
—Su hija me llamó a las seis y diecisiete de la mañana —empezó, mirando a Mar, que sostuvo la mirada sin pestañear—.
Y ahora les voy a contar lo que no saben: nosotros ya estábamos allí.
Llevábamos dos noches vigilando las calas del oeste, desde que la denuncia de Barcelona me puso el expediente al rojo, porque ustedes no son los únicos de esta costa que saben leer una tabla de mareas, y una bajamar grande de luna nueva, para gente que mueve cosas por el agua sin que se vea, es día de mercado.
Aquella noche monté el dispositivo con la Finanza a las tres de la madrugada, dos equipos, y esperamos a que la marea nos trajera la faena.
Lo que no teníamos era la cueva. Esa costa tiene once bocas practicables en bajamar grande y nosotros éramos ocho hombres: estábamos sobre la cala de poniente, a seiscientos metros de ustedes, vigilando un agua que aquella noche no llevaba nada.
Lo que la marea no me dijo, y su hija sí, a las seis y diecisiete, fue la boca exacta, y que dentro de ella, además de la mercancía de Solinas, estaban ustedes dos y un perro.
—Bebió café—. Me dio los tiempos de la galería al minuto, y me dijo, cito textualmente, que si sus padres no salían de allí enteros me las tendría que ver con ella, que estaba embarazada de dos y muy irritable.
Valoré la amenaza. La encontré creíble. Adelanté la entrada.
—Dejó la taza—. Y ahora escúchenme, porque esto lo voy a decir una sola vez y después negaré haberlo dicho.
Si ustedes me hubieran hecho caso y no hubieran bajado, yo habría llegado a esa cueva con mi orden y mi paciencia, y a lo mejor los pillaba con las cajas, y a lo mejor me encontraba una catedral vacía y limpia, que con los abogados de ese hombre nunca se sabe.
Los pillé dentro, con las cajas abiertas, con la mercancía en las manos y con dos ciudadanos reteni…
presentes. Flagrancia de libro. El fiscal que la semana pasada me archivaba el caso ahora me llama por mi nombre de pila.
—Se pasó la mano por la cara, y debajo de la mano, durante un segundo, hubo una sonrisa—. Gracias. No vuelvan a hacerlo nunca.
Nos contó el resto sin que hiciera falta preguntar.
Los dos empleados hablaban. Los asalariados hablan siempre, dijo Piras; los que embalan patrimonio hablando de fútbol, cantan.
El de la cicatriz había reconocido ya el recado de la farmacia y la cuchilla del tubo de gasolina, y el otro, el más joven, había estado presente una madrugada de hacía un mes en la que se subió «un bulto grande» por el túnel de la torre.
La luz que yo vi desde la autocaravana tenía ya nombre, apellidos y abogado de oficio.
Murru salió en libertad sin cargos, y la «información recibida» que lo encerró estaba siendo rastreada hacia donde todos sabíamos.
El caso Meloni se había reabierto, y el caso Carta también: cuarenta y tres años después, un juez había ordenado retirar del expediente de 1982 la frase de la costumbre local no documentada.
A Bachisio, en cambio, Piras nos lo dijo de frente, sin adornos: el primo del viernes seguía sin cara y probablemente seguiría sin ella.
«Esa me la quedo a deber», dijo, y por cómo lo dijo supimos que era de las deudas que un hombre como él no archiva.
Y luego estaba lo de Roma.
—Ha llegado el TPC —dijo, y como nos vio las caras, tradujo—: Comando Carabinieri per la Tutela del Patrimonio Culturale.
Los del arte. Son pocos, son raros y son los mejores del mundo en lo suyo, y lo digo con la envidia sana del que persigue contrabandistas de tabaco mientras ellos persiguen Caravaggios.
—Se permitió un segundo de placer profesional—.
Se quedan con el hilo internacional. Rogatorias a Suiza, a Inglaterra, a Alemania.
Y van a recuperar piezas, ¿saben por qué?
Por los papeles. Cada barca vendida iba acompañada de su dossier de procedencia, y cada dossier, para darse pedigrí, citaba la misma tesis doctoral de 1986.
—Miró a Paquito—. Sus catorce páginas, doctor.
Las que abrieron la puerta. Ahora son el rastro de migas: el TPC está localizando las piezas vendidas buscando, catálogo por catálogo, dónde se cita su apéndice.
Lo que sirvió para blanquearlas va a servir para encontrarlas, una por una.
—Pero los papeles viejos no bastaban —siguió Piras, y aquí me miró a mí, y luego, un segundo más largo de lo normal, a la silla vacía donde solía sentarse Mar—.
¿Se acuerdan de lo que les dije la tarde de la carta?
Que la tesis era historia, no delito. Que necesitaba algo de este siglo, con fecha de este mes, para poder tocar a un hombre como Solinas.
—Dejó la taza—. Lo tuve. Y no me lo dio ningún cuartel.
Me llegó de Barcelona, de un fiscal de delitos económicos, tres días antes de la cueva.
Una denuncia con un anexo técnico que reconstruía, sociedad por sociedad, toda la red de blanqueo: el restaurante que tapa pérdidas, la constructora que factura obra fantasma, la sociedad gris de servicios, la fundación de Liechtenstein, el vehículo de Luxemburgo.
Todo dibujado, fechado, con los movimientos cruzados.
Un trabajo que a mi unidad le habría llevado dos años, y estaba hecho.
—Negó despacio con la cabeza, todavía sin creérselo—.
Y aquí viene lo que me tuvo dos noches sin dormir cuando lo leí entero.
El analista que firma ese anexo llevaba meses cartografiando, por un encargo profesional, una red europea de blanqueo de patrimonio: fundaciones culturales, sociedades pantalla, seis países.
La tenía casi entera. Le faltaba una pieza: un nodo del sur, pequeño, discreto, que movía poco y muy fino, y que no había manera de identificar.
Meses rondándolo sin poder ponerle cara.
—Piras se inclinó hacia delante—. Hasta que alguien le dio un nombre para probar.
Nicola Solinas. Y la pieza encajó en el agujero al primer intento, con toda su cañería.
El nombre, según consta en el propio anexo, se lo facilitó «una fuente de entorno familiar con conocimiento directo del territorio».
—Volvió a mirar la silla de Mar, y esta vez se permitió casi una sonrisa—.
El chico no pescó a mi pez de casualidad, señores.
Llevaba meses siguiendo el rastro de mi pez por media Europa sin saber cómo se llamaba.
Y el nombre se lo dieron ustedes, desde una pérgola, una noche de domingo.
Esa denuncia es lo que convirtió mi corazonada en una causa.
Sin ella, yo no tenía nada con fecha de hoy.
Con ella, tenía la estructura entera, y solo me faltaba pillarlos con las manos en la cámara.
Que es donde entraron ustedes, para mi desgracia y mi suerte.
Paquito se había quedado muy quieto. Y yo, que sí sabía —que llevaba días sabiéndolo, desde una siesta bajo la torre y una manchita húmeda sobre una camisa—, vi el momento exacto en que mi marido entendió de quién hablaba Piras.
Vi cómo le subía a la cara, vi cómo abría la boca para decir un nombre, y vi cómo no lo decía, porque las cosas grandes de mi marido se le quedan siempre atascadas en la garganta antes de salir.
—¿El analista tiene nombre? —pregunté yo, despacio, sabiendo la respuesta, solo para que la dijera él.
Piras consultó su libreta, esa que no necesita consultar.
—Lo tiene. Y es curioso, ahora que lo pienso. —Levantó la vista, y por una vez aquel hombre de piedra parecía a punto de sonreír—. Catalán, como ustedes. Un tal Marcel. El apellido lo tengo aquí… —pasó una hoja—. Vaya. El mismo que el suyo, doctor.
Silencio en la pérgola.
—Es mi hijo —dijo Paquito. Y la voz le salió rota por la mitad, no de pena: de las otras roturas, las de cuando algo es demasiado grande para que la voz lo aguante entero—. Es mi hijo, Piras.