La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2) Capítulo 22. La marea baja a las cinco y diez #3
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Capítulo 22. La marea baja a las cinco y diez #3

Paquito me levantó del suelo de un tirón —no sé de dónde sacó la fuerza, un hombre de sesenta y seis años no tiene esa fuerza, la tuvo aquella noche— y nos lanzamos hacia el recodo, hacia la galería de salida, con Lolo pegado a mis tobillos y los gritos de Solinas a la espalda ordenando ahora sí, demasiado tarde, que nos pararan.

Pero sus hombres tenían un foco menos y un perro suelto y una cámara medio a oscuras y, sobre todo, tenían lo mismo que nosotros pisándoles los pies: el mar.

Porque la galería de salida, la que habíamos cruzado seca hacía media hora, ya no estaba seca.

El agua nos recibió en el primer tramo por los tobillos, helada, y a los diez pasos por las rodillas, y empujaba, empujaba hacia dentro con cada resoplido del mar, en contra de donde nosotros íbamos.

Busqué el cabo guía con la mano, el hilo blanco de Mar, nuestra miga de pan, y lo encontré, y lo perdí: un golpe de agua de costado me arrancó el hilo de los dedos mojados y se lo llevó a lo negro, y no hubo manera humana de volver a dar con él, y entendí en un segundo por qué mi hija nos lo había atado a la entrada con tanta ceremonia y por qué no sirvió de nada: las migas de pan son para los cuentos donde no sube la marea.

Encendí el frontal con dedos que no me obedecían.

El haz tembló sobre una galería que ya no reconocía: el techo más bajo, o el suelo más alto, el agua negra subiendo por las paredes brillantes, y al fondo, lejísimos, la mancha gris del amanecer en la boca, que era la salida, que era la vida, y que parecía estar a kilómetros.

—¡No te pares! —me gritó Paquito—. ¡Si te paras, te empuja!

Avanzamos contra el agua. Era como andar dentro de un sueño malo, de esos en que corres y no te mueves: cada paso costaba el doble, el mar tiraba de las piernas, el frío mordía hasta el hueso.

En un recodo, una ola de dentro me levantó los pies del fondo y me lanzó de cabeza contra el techo, y el mundo entero sonó a plástico hueco: el casco.

El casco ridículo de mi hija recibió por mí un golpe que me habría abierto la cabeza como una sandía, y seguí andando con las orejas pitando y una gratitud feroz, de esas que se juran a oscuras.

Lolo dejó de hacer pie y se puso a nadar, y yo lo agarré por el pellejo del cuello con una mano y con la otra me agarraba a la roca, a las grietas, a lo que hubiera, y Paquito iba delante abriendo camino, palpando la pared, gritándome que no me parara.

Y entonces, en un tramo donde el techo bajaba y el agua nos llegaba al pecho, Paquito metió mal el pie.

Lo oí más que lo vi: un grito corto, ahogado, y el haz de su frontal dando un bandazo hacia el techo.

Había metido la pierna en una grieta del fondo que no se veía bajo el agua negra, y al empujarlo el mar de costado, la rodilla —la pierna entera— giró donde una rodilla no gira.

Se quedó clavado, atrapado por el pie, con el agua subiéndole, y soltó un sonido que no le había oído nunca, un sonido de animal, y supe, por cómo se le puso la cara a la luz de mi frontal, que algo se había roto de verdad.

—¡Estoy enganchado! —La voz le salía fina, blanca—. Montse, no puedo sacar el pie.

El agua le llegaba ya al pecho. Subía. Yo la sentía subir contra mí, real, viva, paciente, la misma agua que se había llevado a un chico de veinticuatro años por preguntar y a un buzo viejo por mirar, subiendo ahora por el cuerpo de mi marido en lo oscuro, sin prisa, segura de que tenía toda la noche.

No voy a contar bien esa parte, porque no la recuerdo bien, porque hay minutos que el cuerpo decide no archivar enteros para que una pueda seguir viviendo después.

Recuerdo soltar a Lolo y decirle «sube, sube» empujándolo hacia la boca, y recuerdo que el perro, por primera y única vez en su vida, me obedeció, y se fue nadando hacia el gris.

Recuerdo meter las dos manos bajo el agua negra, a ciegas, buscando el pie de Paquito en la grieta, palpando la piedra, notándole la pierna en un ángulo imposible.

Recuerdo a Paquito diciéndome que me fuera, que subiera, que ya estaba, con esa calma horrible de los que han decidido entregarse, y recuerdo contestarle algo que no se puede repetir aquí pero que tenía que ver con que treinta años aguantándolo no eran para acabar así, y recuerdo, sobre todo, el frío y el ruido del mar y la mancha gris que no se acercaba.

Le saqué el pie. No sé cómo. Le quité la bota tirando bajo el agua hasta que algo cedió, y el pie salió de la bota y de la grieta a la vez, y Paquito se desplomó contra mí con un alarido, sin poder apoyar la pierna, y los dos, abrazados, medio a flote, empezamos a avanzar los últimos metros hacia la boca, yo cargando con todo el lado malo de mi marido, él dando saltos con la pierna buena, el agua ya por la barbilla, la luz gris creciendo, creciendo, hasta que de pronto el suelo subió bajo nuestros pies, y el techo se abrió, y salimos —caímos— a la boca de la gruta, al aire libre, al amanecer, a una orilla de rocas donde el mar rompía manso e indiferente, como si no acabara de intentar matarnos, como si nunca hubiera matado a nadie.

Y allí, en la roca, esperándonos, con un foco y una manta y la cara más blanca que he visto nunca, estaba mi hija.

Detrás de ella, en el agua, dos zódiacs grises con el aspa roja de la Guardia di Finanza entraban en la cala. Y por la otra boca, la de tierra, bajaba ya el ruido de las luces azules.

Mar había llamado. Pero eso fue lo último de una cadena que reconstruimos después, envueltos en mantas, a trozos, entre su llanto y el nuestro.

Mi hija aguantó en el coche hasta las seis menos veinte.

Ni un minuto más le dio el cuerpo: bajó a la boca de la cala por el sendero, despacio, con una manta, un foco y Lolo atado con su arnés, «solo para esperar más cerca», se dijo, que es lo que se dice la gente de mar cuando va a romper una promesa por partes.

Y en la arena de la entrada, donde nuestras huellas se metían en lo negro, el cachorro clavó el hocico, encontró nuestro rastro, y se volvió loco.

Mar dice que no lo vio venir: que Lolo dio dos tirones medidos, como quien prueba una amarra, y al tercero se escurrió del arnés igual que un jabón mojado y desapareció galería adentro sin un ladrido, con una decisión que no era de cachorro.

Mi hija se quedó en la boca con el arnés vacío en la mano, embarazada de dos, delante de una cueva que empezaba a tragar, sabiendo mejor que nadie en esta isla lo que significaba cada minuto de aquella marea, y sin poder hacer la única cosa que todo su cuerpo le pedía hacer: entrar.

No entró. Le costó lo que no está escrito, pero no entró, porque mi hija es de las que saben que un rescatador que se mete donde no debe solo añade un cuerpo a la lista.

Esperó en la boca, con el foco apagado y el corazón en la garganta, oyendo al mar llenar la roca.

Y a las seis y cuarto, cuando se cumplió la hora que ella misma nos había dado y de aquel agujero no salían ni sus padres ni el perro, hizo la llamada que llevaba marcada en la pantalla desde las once de la noche, la que había preparado en secreto la víspera como quien deja una luz encendida sin decírselo a nadie.

Las seis y diecisiete, consta en el registro. Los carabinieri y la Finanza llevaban veinte minutos cerrando las dos bocas cuando nosotros salimos por los pelos de la nuestra.

Que Dios y los mellizos se lo paguen, porque yo no tengo con qué.

*

A Nicola Solinas lo sacaron por la otra boca, la del mar, en una de las zódiacs, esposado, con su chaleco de plumas y su pelo gris por una vez despeinado, y al pasar cerca de la roca donde nos atendían giró la cabeza y nos miró, y yo le sostuve la mirada por los tres muertos y por las barcas, y no encontré en sus ojos arrepentimiento, ni rabia siquiera.

Encontré sorpresa. La sorpresa intacta, genuina, escandalizada, del hombre al que nunca le habían dicho que no, y que acababa de oír un no que venía con marea, con perro, con carabinieri y con dos catalanes que tenían que haberse quedado en el fondo de su gruta y, contra todo pronóstico y contra toda su experiencia, no se habían quedado.

A Paquito se lo llevó una ambulancia a Sassari con la pierna entablillada en una férula hinchable, blanco de dolor pero vivo, agarrándome la mano con una fuerza que me dejó las marcas.

Tenía la rodilla destrozada —rotura de ligamentos, el menisco partido, un esguince de tobillo de propina—, y los médicos, al saber la edad y oír el mecanismo, pusieron la cara que ponen los médicos cuando alguien ha tenido más suerte de la que merece.

Lo operaron dos días después. Lleva desde entonces una cojera que el invierno le agria, un bastón para las cuestas, y un dolor sordo en el lado izquierdo cada vez que va a llover, que se ha vuelto en casa el parte meteorológico más fiable que tenemos.

No se queja. Solo una vez, semanas después, ya en casa, mirándose la cicatriz larga que le cruza la rodilla, me dijo una cosa que apunté en la libreta azul porque me pareció lo más cierto que había dicho en todo aquel asunto:

—Cuarenta años mirando sin mover nada, Montse. Y la única vez que bajo a mover algo de verdad, me dejo media pierna en el sitio. —Se pasó el dedo por la cicatriz—. Me parece justo. El sitio me cobró la entrada. Cuarenta años tarde, pero me la cobró.

Las barcas, mientras tanto, salían de la oscuridad después de tres mil años. Los de la Científica las acarreaban hacia los furgones con guantes blancos y muchísimo cuidado, las cajas numeradas con su espuma gris. No así. No debía ser así, en cajas de obra, en un amanecer de sirenas y ambulancias.

Pero salían hacia arriba. Y por primera vez en cuarenta años, hacia arriba era el buen camino.

Lo que pasa abajo, tarde o temprano sale arriba.

Tarde, abuelo del camarero. Tardísimo, y con la pierna de mi marido de peaje.

Pero arriba.