La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2) Capítulo 22. La marea baja a las cinco y diez #2
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Capítulo 22. La marea baja a las cinco y diez #2

La cámara era una bóveda natural, alta, de roca clara, y la luz de los focos de obra la llenaba entera de una claridad blanca y cruda que no le correspondía, que era como ver un dormitorio con las luces de un quirófano.

Y por toda la cámara, en repisas y cornisas naturales de la roca, ordenadas en hileras por unas manos que llevaban tres mil años muertas, estaban las barcas.

Decenas. Pequeñas, oscuras, verdes de aquel verde que es un tiempo, cada una con su proa alzada —ciervos, toros, pájaros—, cada una mirando hacia el mismo lado, hacia donde la cámara bajaba al agua negra, como una flota fondeada esperando una orden que ya nadie sabía dar.

Quietas. Navegando quietas en la oscuridad desde antes de Roma, desde antes de los nombres, llevándose a sus muertos por un mar que solo ellas veían.

Y entre las hileras, los huecos. Sombras limpias en la piedra, rectángulos pálidos, una, dos, conté nueve, conté más, cada hueco con la forma de una barca que ahora navegaba en la vitrina de un salón de Múnich.

La flota estaba desfondada por dentro, como un regimiento después de una guerra que nadie le había declarado.

Debajo de la bóveda, la profanación tenía mesa de trabajo.

Dos hombres con polares oscuros embalaban.

Lo hacían bien, con oficio, con guantes blancos de algodón: levantaban cada barca de su repisa con las dos manos, la envolvían en plástico de burbujas, la acostaban en una caja con cuna de espuma gris recortada a medida, y cerraban la caja, y uno escribía un número con rotulador y el otro lo cantaba en voz alta y lo apuntaba en una lista.

Caja dieciocho. Caja diecinueve. Las cajas iban apilándose en una carretilla de obra, junto a una vía de tablones que bajaba hacia el agua negra del fondo, donde se adivinaba, fondeada en la oscuridad, la silueta gorda de una neumática.

A uno de los dos hombres lo reconocí por la cicatriz pequeña de la ceja. El de la farmacia. El del aire de Barcelona.

Y de pie entre los focos, con un chaleco de plumas oscuro y unas gafas de leer en la punta de la nariz, repasando la lista contra una tablilla, estaba Nicola Solinas.

Sin traje no era menos: era más. Se le veía el animal de debajo, seco y paciente.

Iba caja por caja comprobando números, y en cada caja conforme hacía una cosa que me heló más que el agua de la entrada: le daba una palmada encima.

Una palmada lenta, plana, con toda la palma.

Caja contada, palmada. Caja contada, palmada.

Las palmadas de ganadero. No las había aprendido. Las había heredado, como se hereda una receta, como se hereda un método, y ni siquiera sabía que las daba.

Saqué el móvil de la funda con unos dedos que no me obedecían del todo. Sin flash. Encuadré. La cámara, las barcas, los huecos, las cajas numeradas, la carretilla, y la cara de Nicola Solinas a la luz blanca de sus propios focos, con las gafas en la nariz y la palma sobre la caja veintiuno.

Disparé. Una, cinco, veinte veces. Para Efisio, que no llegó. Una foto no tiene edad.

Le tocaba el hombro a Paquito para irnos —lo teníamos todo y aún íbamos en hora, eran las seis menos cinco— cuando la galería entera estalló en ladridos.

*

Lolo llegó como llegaba a todas partes: entero, feliz y sin frenos.

Salió del recodo a nuestra espalda en una bola de pelo y júbilo, empapado, rebozado de arena, llorando de alegría por habernos encontrado al final del rastro más difícil de su corta carrera, y nos saltó encima, y sus ladridos de triunfo rebotaron en la bóveda multiplicados por diez, por cien, por toda la acústica de una iglesia de roca.

Los focos giraron. Una linterna nos clavó a la pared.

—¡Hay gente! ¡Ahí!

Lo que vino fue rápido y desordenado y lo recuerdo por fogonazos: manos duras, la luz blanca de frente, el móvil metiéndose solo en la funda estanca y la funda por dentro del neopreno, contra el pecho, con un gesto que no recuerdo haber decidido, Lolo gruñendo ahora de verdad, Paquito delante de mí con los brazos abiertos, y luego los tres —los dos y el perro, que no se separó ni un palmo— en el centro de la cámara, en mitad de la luz de quirófano, con las barcas de tres mil años mirándonos desde sus repisas con sus proas de ciervo, y Nicola Solinas quitándose las gafas de leer con toda la calma del mundo.

Nos miró un buen rato. A mí, a Paquito, al perro. Y no se enfadó. Eso fue lo peor. Encajó nuestra existencia allí como se encaja un retraso en un vuelo: una molestia logística.

—Los catalanes —dijo al fin—. Pues claro.

—Dobló las gafas, se las guardó en el chaleco—.

¿Saben que llegué a pensar que eran ustedes exactamente lo que parecían?

Me lo decía mi gente: son dos jubilados con un perro y una obra.

Y yo respondía: nadie es dos jubilados con un perro y una obra.

Nadie es solo eso. —Suspiró, con fastidio sincero—. Odio tener razón en todo.

—Está usted robando a los muertos —dijo Paquito.

—Estoy moviendo objetos de mi propiedad por terrenos de mi propiedad.

—Lo dijo sin énfasis, recitando de memoria un argumento que tenía pagado a buenos abogados—.

Aunque entiendo que a estas horas y con estas luces parezca otra cosa.

—Miró su reloj, y luego, con la barbilla, el agua negra del fondo de la cámara—.

El problema, señores, no es lo que parece.

El problema es la marea. Está subiendo ya, ¿lo sabían?

Y por debajo de sus palabras, como si las hubiera invocado, lo oí.

No lo había oído antes porque el generador y los nervios lo tapaban, pero una vez que el oído lo encontró ya no pudo soltarlo: un rumor nuevo, bajo, continuo, viniendo del fondo de la cámara, de la boca por donde habíamos visto la silueta de la neumática.

El agua negra de allá abajo ya no estaba quieta.

Subía. Lamía la plataforma de piedra con una lengua que antes no llegaba, y cada pocos segundos, por algún conducto que no se veía, entraba un empujón de mar con un resoplido hondo, gutural, de animal grande respirando en lo oscuro.

La galería estaba empezando a tragar. Exactamente como había dicho Mar.

Exactamente a la hora que había dicho Mar.

Miré mi reloj sin querer. Las seis y cinco. Y la voz de mi hija en la cabeza, implacable: a las siete la galería baja ya traga; a las seis y cuarto quiero veros volver, lleguéis donde lleguéis.

—En esta costa el agua no perdona a los curiosos de edad —seguía Solinas, y ahora le había vuelto la sonrisa, porque acababa de entender que no le hacía falta ordenar nada: le bastaba con entretenernos—.

Se lo dije en mi restaurante, con buen vino delante, y no me hicieron caso.

Quédense un rato más, si quieren. Discutamos.

Tenemos toda la noche. —Miró el agua—. Bueno. Toda no.

Y ahí comprendí su plan, que no era un plan, que era peor: era no tener que hacer nada.

Si nos retenía allí media hora más, hablando, el mar haría el trabajo por él, igual que se lo había hecho con Antonio y con Efisio, y al día siguiente seríamos dos jubilados imprudentes que bajaron a una cueva que no debían a una hora que no debían, y la costa, peligrosísima, se los quedó.

Sin una marca. Sin un nombre. Costumbre. Método.

—Paquito —dije, muy bajo—. Nos vamos. Ya.

Pero Paquito no se iba. Paquito dio un paso al frente, hacia Solinas, viejo y empapado y con el frontal apagado en la frente como una corona absurda, y habló con una voz que yo no le había oído nunca en treinta años, porque era su voz de ahora con toda la fuerza de la de entonces:

—Su padre preguntó una vez en el puerto quién era el catalán de la libreta.

—Respiró—. Era yo. Yo soy el catalán de la libreta.

Yo dibujé estas galerías hace cuarenta años, con un carburo y un lápiz, y las metí en catorce páginas.

Su padre ya entraba aquí antes de eso, a oscuras y por el agua, sacando un saco cada invierno como quien vacía un granero para que el amo no note el hueco.

Esa puerta la abrió él. Lo que no tenía se lo di yo: mis catorce páginas les dieron el camino seguro, las horas buenas y el papel limpio.

Les enseñaron por dónde sacar las barcas sin ahogarse y cómo hacerle creer al mundo que nunca habían estado aquí.

Ustedes ya robaban, Solinas. Yo les puse la carretera.

—Le temblaba todo menos la voz—. Y he bajado esta noche, a mis años, con la marea subiéndome por los pies, a cortarla.

Por Antonio. Por Efisio. Por Bachisio Sanna.

Y por esas barcas, que no se venden, porque el que vende la barca deja a su muerto a pie.

No sé qué habría hecho Solinas con eso, porque no le dio tiempo. Lo que pasó después pasó todo a la vez, en unos segundos que he reconstruido mil veces y que todavía me llegan en desorden.

Cogí a Paquito del brazo para arrancarlo de allí.

El hombre de la cicatriz —el de la farmacia, el que le había acariciado la cabeza a Lolo— se movió para cerrarnos el paso hacia el recodo, y lo hizo deprisa, y me puso una mano en el hombro, una mano dura, y me empujó hacia atrás con una fuerza que me sacó el aire, y trastabillé y caí sobre la plataforma mojada, de costado, contra la piedra.

Y entonces Lolo decidió que aquel hombre acababa de cometer el único pecado imperdonable de su mundo: tocar mal a los suyos.

Se lanzó. Bola de pelo, arena y dientes de leche casi estrenados, directo a la pantorrilla del hombre de la cicatriz, que aulló más de sorpresa que de daño y dio un manotazo y un paso atrás, y el paso atrás lo llevó contra el trípode de un foco, y el foco cayó con un estallido de cristal, y media cámara se fue a negro de golpe.

Y en el negro, todo fue agua y gritos.