La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2) Capítulo 22. La marea baja a las cinco y diez
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Capítulo 22. La marea baja a las cinco y diez

A Mar se lo contamos el martes por la noche, con el mapa ya dibujado, y mi hija nos dejó terminar sin interrumpir ni una vez, que es su manera de ir cargando.

—No —dijo, cuando acabamos.

—Mar…

—No. Y os lo voy a decir como lo diría en el centro de buceo, para que no haya dudas de en calidad de qué hablo.

—Se puso de pie, apoyó las dos manos en la mesa—.

Eso de ahí no es snorkel ni es una cala bonita.

Es una cueva marina que se inunda, de noche, con corriente de llenado, pasos bajos y una ventana de marea que se cierra sola.

Espeleología, se llama, y las cuevas son de las cosas que más gente matan en mi oficio, gente joven, entrenada y con equipo de verdad.

Vosotros tenéis sesenta y seis años, cero formación y una linterna.

Como instructora, mi respuesta es no. No os autorizo, no os acompaño y no os preparo la salida. No.

Se hizo un silencio. Paquito miró el mapa un momento, sus galerías a lápiz, y luego levantó la vista y habló sin dramatismo, que fue lo que lo hizo definitivo:

—Tienes toda la razón. En todo. Y voy a bajar igual, hija. El viernes que viene esa cámara estará vacía y esto no habrá pasado nunca. Llevo cuarenta años sin bajar a cerrar esa puerta. Si no es en esta marea, no es. —Le sostuvo la mirada—. Preferiría bajar con tu ayuda. Pero voy a bajar.

Mar miró a su padre. Me miró a mí, buscando la alianza de siempre, y encontró lo que ya sabía: que yo bajaba con él.

Cerró los ojos, se pasó la mano por la cara, y cuando la retiró ya no estaba la hija: estaba la profesional haciendo lo que hacen los profesionales cuando no pueden impedir una insensatez, que es reducirla.

—Está bien. —Voz plana, de quirófano—. Entonces se hace a mi manera o no se hace. Yo elijo el equipo, yo pongo los horarios, yo dicto las reglas, y la primera regla que se salte cualquiera de los dos, os juro por estos dos que llevo dentro que subo a esa cueva a sacaros de las orejas. ¿Aceptado?

—Aceptado —dijimos los dos, a la vez, como los alumnos que éramos.

*

El equipo lo compró Mar en la tienda de buceo de Stintino, dos días antes, con lista de profesional: dos neoprenos enteros de cinco milímetros, escarpines de suela dura, dos cascos ligeros con soporte de frontal —«el techo baja y la piedra no avisa»—, dos frontales, un frontal de repuesto, una funda estanca para el móvil, y un carrete de cabo guía de setenta metros, fino y blanco, «que en una cueva la luz se puede ir, pero el hilo se queda».

Cuando el chico de la tienda preguntó, por dar conversación, que para qué querían todo aquello dos señores de nuestra edad, mi hija contestó sin pestañear que para hacer snorkel en mayo, y yo añadí que por si el tejado nos aburría, y el chico se rió, y así quedó registrada en la contabilidad de la isla la mentira más barata de toda esta historia.

La charla fue esa noche, en la mesa de la autocaravana, con el mapa delante.

El mapa era nuevo y tenía cuarenta años: Paquito lo había vuelto a dibujar de memoria en dos pliegos de papel de embalar, galería a galería, cota a cota, corrigiéndolo con los datos de la carta de Bachisio, y daba un poco de miedo ver lo intacto que lo tenía todo ahí dentro, como si el Apéndice C no hubiera salido nunca de su cabeza, que es donde debió quedarse siempre.

Mar nos dio la charla con voz de instructora, que es su voz de verdad con un uniforme puesto:

—Bajamar a las cinco y diez. Coeficiente alto, luna nueva.

La boca queda practicable desde las cinco menos cuarto, con agua por los muslos como mucho.

Tenéis hasta las seis y media, ni un minuto más, porque a las siete la galería baja ya traga.

A las seis y cuarto quiero veros volver, lleguéis donde lleguéis.

—Fue contando con los dedos, implacable—.

Cascos puestos desde la boca, no desde donde os parezca que hace falta.

El cabo se ancla en la entrada y no se suelta: una mano en el hilo siempre que el techo baje.

Frontales. Repuesto. El móvil en la funda, y las fotos sin flash, que un flash en una cueva se ve desde Córcega.

Si el agua os pasa de la cintura en cualquier punto, os dais la vuelta.

Si oís voces, os dais la vuelta. Si dudáis, os dais la vuelta.

—Una cosa no me cuadra —dijo Paquito, mirando el mapa—. Si aquí la marea es de dos palmos, como dice todo el mundo, ¿cómo va a inundarse una galería por dos palmos de agua?

—Porque no es la marea la que la inunda, papá.

Es el mar entero empujando por un agujero pequeño.

—Mar lo dijo con la paciencia del que ha dado mil veces la misma clase—.

La marea sube dos palmos, sí, pero esos dos palmos, en una costa tan plana, mueven el nivel de toda la bahía.

Y cuando ese nivel sube por encima de la boca, el agua entra a presión por el conducto estrecho, como cuando tapas a medias una manguera.

No es la altura: es la fuerza. Con marea alta y un poco de oleaje de fondo, esa galería de ahí se llena en cuestión de minutos, aunque el mar de fuera solo haya subido un palmo.

—Dio un golpecito en el mapa, en el ramal bajo—.

Por eso hay una ventana y se acaba. No la cierra la marea. La cierra la física.

Paquito asintió, convencido a su pesar, y yo apunté en la libreta de dentro, porque me pareció una de esas cosas que conviene saber: la trampa no es el agua que sube. Es el agua que empuja. Casi todas las trampas son así.

—Si nos damos tantas vueltas no llegamos —dijo Paquito.

—Esa es la idea, papá.

Mi hija se quedaba arriba, en el coche, sobre la cala, con los prismáticos y el teléfono: apoyo de superficie, lo llamó, y los dos entendimos que era su manera de no quedarse en casa sin desobedecer del todo a su cuerpo.

Lolo se quedaba con ella, encerrado en el coche, condición innegociable de todos.

Quedaba lo último, y lo pidió Paquito, muy serio, cogiéndole la mano a su hija por encima del mapa:

—Y a Piras, ni una palabra. Prométemelo. Si Piras se entera, nos para; y si nos para con ruido, mañana esa cueva está más limpia que la vitrina del restaurante. Prométemelo, Mar.

Mi hija miró a su padre a los ojos, con esa cara seria que pone desde los nueve años cuando jura algo.

—Prometido —dijo.

*

Salimos de la casa a las cuatro y media, con la noche más negra del mes encima —la luna nueva no estaba ni para despedirnos— y bajamos a la cala del oeste por el sendero de cabras, los frontales en rojo y luego apagados del todo, guiándonos por la memoria de Paquito y por el rumor del agua.

El mar, en la bajamar grande, se había retirado como se retira una sábana: dejaba al aire una orilla nueva, brillante, de rocas con barba de algas y charcos donde temblaban estrellas que arriba no se veían.

Cruzamos con el agua helada por las rodillas, luego por los muslos, agarrados a la roca y el uno al otro, y el frío me subió por dentro de los huesos y me instaló en el cuerpo una lucidez antigua, de animal, que no he vuelto a tener ni espero.

La boca estaba donde el mapa decía. Donde llevaba esperando desde antes de que yo conociera a Paquito.

Un tajo negro a ras del agua, más bajo que en los recuerdos de mi marido porque los recuerdos siempre agrandan las puertas.

Paquito ancló el cabo guía a un diente de roca de la entrada, con dos vueltas y el nudo que le había enseñado su hija la tarde anterior, haciéndoselo repetir seis veces como a un niño, y yo me ajusté el casco, que me quedaba ridículo y me daba una vergüenza absurda que se me pasó exactamente en el primer sitio donde el techo me lo hizo sonar.

Y entramos agachados, el carrete desovillándose a mi espalda con un siseo fino, y el mundo cambió, como él me lo había contado en el espigón: el rumor de fuera se volvió eco de dentro, el aire se volvió frío y espeso, y empezó el plinc de las gotas, multiplicado, ese reloj de la roca que lleva diez mil años dando la misma hora.

Encendimos los frontales.

Y vi la galería. La nave de iglesia pequeña, las paredes con su brillo de polvo de estrellas, la plataforma de piedra pulida por generaciones de pies.

Paquito se quedó parado en mitad del haz de luz, con el agua goteándole del neopreno, mirando todo aquello con una cara que no era de miedo ni de asombro, sino de algo para lo que no hay palabra buena: la cara de un hombre al que su propia juventud le abre la puerta y le dice pasa, te estaba esperando.

Fue hasta la pared de la derecha. A la altura del pecho de un hombre. Levantó la luz.

El hueco estaba vacío.

En la roca quedaba la sombra: un rectángulo más claro, limpio, sin pátina de siglos, con la forma exacta de una barca pequeña que había montado guardia allí desde antes de todos los apellidos del pueblo. Se habían llevado hasta al centinela.

Paquito tocó el borde del hueco con dos dedos, muy despacio, como se toca una cama deshecha que ya no calienta nadie. No dijo nada. Yo tampoco. Hay profanaciones que se entienden mejor por el hueco que dejan.

Miré el reloj. Las cinco y veinte.

—Vamos —susurré—. Las fotos.

*

La bifurcación estaba a cuarenta metros, y el ramal bueno, el de la carta, subía suavemente hacia el interior del cabo, dejando el agua atrás.

La roca se secaba bajo los pies. Y a medida que avanzábamos, agachados, con los frontales en lo mínimo, empezó a llegar lo que no debía estar allí: una claridad blanca rebotada en los recodos, un zumbido grave de generador, y voces.

Voces tranquilas. De trabajo. Una de ellas decía algo del Cagliari y de un penalti.

Apagamos los frontales. Lo que quedaba de camino lo hicimos a tientas y de memoria, pegados a la pared, hacia la luz, y el último recodo lo doblé yo primero, medio cuerpo, lo justo para ver.

Y vi el cielo bajo tierra.