La Torre de la Pelosa (Las investigaciones de Montse y Paquito 2) Capítulo 21. No era un mensaje
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Capítulo 21. No era un mensaje

Al culpable lo trajo el telediario regional, a las dos del mediodía, entre una noticia de carreteras y otra de queso.

Salvatore Murru, cincuenta y un años, antecedentes por contrabando y receptación, detenido en relación con la muerte del submarinista Efisio Meloni.

Un registro en su cobertizo de Porto Torres, motivado por «una información recibida», había encontrado un plomo de lastre y un guante de neopreno que el laboratorio vinculaba al equipo del fallecido.

La hipótesis oficial cabía en una frase y el presentador la dijo con alivio: el buzo habría sorprendido por accidente un escondrijo de mercancía de Murru; un forcejeo, una desgracia, un hombre asustado moviendo el cuerpo para alejarlo de su zona.

Caso prácticamente resuelto. El pueblo, decía la crónica, «respira tranquilo».

Apagué el televisor de la autocaravana y me quedé mirando la pantalla negra, donde aún flotaba el careto asustado de Murru entrando esposado en el cuartel.

—Demasiado a tiempo —dije.

—¿El qué? —preguntó Mar.

—Todo. —Conté con los dedos—. Piras empieza a tirar de hilos serios el martes.

El miércoles enterramos a Bachisio y esa misma tarde nos sentamos con Piras y le damos cuarenta años de munición.

Y el viernes, oh milagro, una «información recibida» le sirve un culpable en bandeja, con plomo y guante incluidos, a un fiscal deseando cerrar.

—Miré a mi hija—. Cuando el verdadero culpable nota el aliento en la nuca, no huye.

Eso es de aficionados. Compra un culpable.

Un cortafuegos con antecedentes, de esos que arden bien y no salpican.

Piras nos lo confirmó esa tarde por teléfono, con una voz que era puro alambre.

El plomo y el guante eran de Efisio, sí.

La información, anónima. Murru, que de tonto no tenía nada, no había dicho ni una palabra, y lo defendía desde la primera hora un abogado de Cagliari que cobraba por minuto lo que Murru no ganaba en un mes de contrabando menor.

¿Quién paga a ese abogado? Nadie lo sabía. Todos lo sabíamos.

—El fiscal está contento —dijo Piras, y escupió la palabra contento como se escupe una espina—.

Mi semana se ha acabado antes de empezar.

Oficialmente, esto se cierra. Oficialmente, yo debería estar archivando.

—Una pausa al otro lado, larga—. Extraoficialmente, les recuerdo lo que les pedí. Nada de mareas. Nada de llaves.

Colgó sin esperar respuesta, que es la manera que tienen los policías honrados de no oír los silencios comprometedores.

*

Vino al día siguiente, sin embargo. No podía no venir. Traía la carpeta crema y, dentro, una fotocopia de bordes quemados por los años de archivo: un expediente delgado, mecanografiado a máquina de cinta, con el escudo de la República en cabecera.

—Lo pedí a Sassari el lunes, antes del circo de Murru —dijo, dejándolo sobre la mesa de la pérgola—. Llegó ayer. Léanlo. Es corto. En 1982 las verdades incómodas se escribían breves.

Expediente relativo al hallazgo del cadáver de CARTA, Antonio, 24 años, natural de Stintino. Año 1982.

Lo leímos juntos, hombro con hombro, y era exactamente lo que la carta de Bachisio nos había contado y, aun así, leerlo en papel oficial fue otra cosa, porque el papel oficial tiene esta crueldad: convierte el horror en formulario.

El cuerpo, hallado por un pastor que buscaba una cabra desriscada, «en el interior de la torre costera denominada della Pelosa, en posición sedente, adosado al muro norte».

Causa de la muerte: «asfixia por sumersión».

Data: «no inferior a setenta y dos horas».

Y luego, el párrafo que me hizo cerrar los ojos, el esfuerzo supremo de la burocracia por no ver lo que tenía delante: «La presencia del cadáver en el interior de la torre, no compatible con la dinámica del ahogamiento, se atribuye verosímilmente a la intervención de terceros desconocidos que, hallado el cuerpo en la costa, lo habrían trasladado y compuesto por motivos presumiblemente piadosos, según costumbre local no documentada. »

Costumbre local no documentada.

—Lo escribieron —dijo Paquito, muy bajo, con el dedo sobre la frase—. Lo escribieron y lo archivaron. Un ahogado de tres días, seco, sentado en una torre cerrada, y le inventaron una costumbre piadosa para poder irse a comer.

—Cuarenta días tardaron en cerrarlo —dijo Piras—. He visto cerrar más despacio multas de aparcamiento.

Yo miraba las dos fotografías que Piras había puesto una junto a otra sobre la mesa: la del expediente del 82, granulada, gris, un cuerpo joven sentado contra una curva de piedra; y la del caso actual, nítida, a color, un cuerpo viejo sentado contra la misma curva de piedra, cuatro décadas de tecnología fotográfica para retratar exactamente la misma postura en exactamente el mismo muro.

Y lo dije, porque alguien tenía que decirlo y la libreta azul ya lo tenía escrito:

—No era un mensaje. —Me oí la voz rara, lejana—.

Llevamos semanas preguntándonos qué quería decir el asesino sentando a Efisio en la torre.

Qué simbolismo, qué aviso, qué firma. Y no quería decir nada.

—Toqué las dos fotos, una con cada mano—.

Es lo que hacen con los que miran de más.

Lo hizo el padre en el 82 y lo ha hecho el hijo ahora, igual, sin pensarlo, como se hereda una receta.

No era un mensaje, Piras. Era costumbre. Era método.

Nadie dijo nada durante un buen rato. Hasta Lolo, tumbado bajo la mesa, estaba quieto.

Lo más espantoso de los crímenes no es la pasión, que al menos es humana. Es la rutina.

*

El nombre nos lo dio la dottoressa Cossu por teléfono, en dos minutos, con su economía de siempre, cuando le pregunté quién había puesto los papeles bonitos a las piezas de sus catálogos.

—En los noventa, todas las ventas con procedencia sarda de esa franja pasaron por las manos del mismo consignatario.

Perito, tasador, intermediario. Un anticuario de Alghero.

Renzo Delitala. —Una pausa seca—. Retirado.

Intocado. Octogenario. Si van a verlo, vayan pronto, que a esa generación se le está acabando el plazo de declarar.

Y llévenle algo dulce. Los viejos malvados de esta isla son golosos, no me pregunte por qué.

Alghero nos recibió con su luz de cobre y su muralla sobre el mar, y con esa cosa que a mí me ablanda siempre el paso: el catalán en las placas de las calles, carrer , plaça , el catalán antiguo de l’Alguer sobreviviendo en una esquina de Cerdeña como una planta que nadie riega y no se muere.

La tienda — Antichità Delitala , letras doradas descascarilladas, escaparate con visillos y polvo noble— llevaba años cerrada.

Pero el camarero del café de al lado, al oírnos hablar entre nosotros, sonrió:

—¿Catalans? El senyor Delitala pren el cafè aquí cada matí. —Señaló con la barbilla la última mesa de la terraza, contra la muralla—. Allà el tenen.

Era él. Lo supe antes de llegar a la mesa, y no porque me lo hubieran descrito, que nadie me lo había descrito.

Lo supe por cómo lo encontró la mirada y ya no quiso soltarlo: un anciano pulquérrimo, de chaqueta de espiga y pañuelo al cuello, leyendo el periódico doblado en cuartos.

Y en el meñique de la mano derecha, golpeando suavemente el velador de mármol al ritmo de la lectura, clac, clac, un anillo de sello con un coral rojo, pulido y hondo como una gota de sangre antigua.

—Senyor Delitala —dije, en catalán—. ¿Nos permite un café?

Levantó la vista. Nos midió a los dos en un segundo, con unos ojos clarísimos hundidos en pliegues, y vi pasar por ellos, rapidísima, una secuencia: sorpresa, cálculo, reconocimiento de algo —no de nosotros: de lo que veníamos siendo—, y al final, lo que no esperaba: deleite.

El deleite del jugador viejo al que por fin le traen una partida.

—Catalans del Principat —dijo, en un alguerés dulce y arcaico que sonaba a misal—. Asseguin-se, asseguin-se. A la meva edat, les visites ja només vénen per dues coses: per l’herència o per la consciència. I vostès no fan cara de notaris.

Pidió tres cafés y unas seadas con miel sin preguntarnos —Cossu y su ciencia—, y durante veinte minutos fue el anfitrión más exquisito del Mediterráneo: nos habló de l’Alguer, del coral, de su abuelo corallaro, de Barcelona antes de los Juegos.

Esgrima de salón. Él sabía que nosotros sabíamos algo; nosotros sabíamos que él sabía algo; y los dos esperábamos a ver quién se cansaba antes de la floritura.

Me cansé yo, que para eso soy de Barcelona y allí el tiempo es dinero hasta jubilada.

—Senyor Delitala. Mi marido escribió una tesis en 1986.

Clac. El coral se detuvo sobre el mármol.

El viejo miró a Paquito, despacio, de arriba abajo, y por primera vez se le cayó la esgrima de la cara y quedó debajo otra cosa, más desnuda: curiosidad pura, casi hambre.

—El doctor del apèndix —murmuró—. Vaja, vaja.

—Se recostó, juntó las yemas de los dedos—.

La vaig llegir, sap? Fa molts anys. Una tesi notable.

Rigor, mesura, sensibilitat pel context…

—y aquí sonrió, una sonrisa fina como un corte de papel— …

i catorze pàgines que valien més que tot el que jo he tingut mai a les mans.

I miri que n’he tingut, de coses, a les mans.

—Usted las fotocopió —dije. No era una acusación que pudiera sostener; era un anzuelo.

Y la vanidad, que es el único músculo que no envejece, picó.

—Jo llegeixo, senyora. Llegir no és delicte.

—Abrió las manos, ofreciéndose al juicio con la serenidad del que conoce los plazos de prescripción mejor que los padrenuestros—.

Tota la meva vida he fet només dues coses: mirar i callar.

Mirar el que era bell i callar d’on venia.

¿Sap quanta gent paga per aquestes dues coses?

—Cogió un trozo de seada, lo mojó en la miel con una precisión de orfebre—.

Jo no he tret mai res de cap cova. Jo no he tocat mai cap candau.

Jo compro silencis, senyora. No els fabrico.

—¿Y a quién le compraba los silencios, senyor Delitala?

—Ah. —Masticó, paladeó, se limpió las comisuras con la servilleta de tela, todo con una calma sádica—. Això, ni mort.

Fue Paquito quien encontró la grieta. Llevaba callado toda la conversación, estudiando al viejo como estudiaba las vitrinas, y de pronto habló, y no preguntó por nombres ni por culpas. Preguntó como antropólogo, que es la manera de preguntar que abre a los vanidosos:

—Las barcas. —Lo dijo casi con suavidad—. Usted las tuvo en las manos. Yo solo vi una, hace cuarenta años, a la luz de un carburo, y no he podido olvidarla. Dígame solo una cosa, de experto a testigo: ¿cuántas eran?

El viejo se quedó inmóvil. Y le pasó lo que les pasa a los muy viejos y a los muy solos: que la pregunta correcta, hecha con respeto verdadero, les abre la puerta que treinta interrogatorios no abrirían.

Se le humedecieron un poco los ojos clarísimos, y miró el mar por encima de la muralla, y cuando habló ya no había esgrima ninguna.

—Trenta-set —dijo—. Trenta-set navicelles, quan jo vaig deixar de comptar.

Més els bronzes menors, els guerrers, les mares…

Una flota, senyora. Una flota sencera navegant quieta a les fosques des de fa tres mil anys.

—Tragó saliva, y el coral tembló un poco contra el mármol—.

Jo en vaig fer passar nou en vint anys. Nou.

A un ritme de vell prudent, una cada dos anys, perquè el mercat no s’embafés i ningú no fes preguntes.

Així es fa, així s’ha fet sempre. —Y se le agrió la cara, y llegó, por fin, la pieza, la que Cossu nos había mandado a buscar sin saber que existía—: Però fa tres setmanes em van trucar.

A mi, al vell retirat. Volien una taxació.

No d’una peça, senyora. —Levantó un dedo, y lo giró, abarcando un inventario invisible—.

De tot. Del lot sencer. De pressa. «Un comprador únic, discreció absoluta, sortida immediata.

» —Resopló por la nariz, con un desprecio infinito—.

Cinquanta anys venent a sorbets, com es ven el bon vi, i ara el fill vol liquidar el celler sencer en una nit, com un botiguer espantat.

No té ofici. No té paciència. No té respecte .

—¿El hijo? —dije, muy quieta—. ¿Qué hijo?

El senyor Delitala me miró. Recogió su esgrima del suelo, se la volvió a poner, y sonrió con el corte de papel.

—Jo no he dit cap nom, senyora. —Llamó al camarero con un gesto, pidió la cuenta de los tres, no nos dejó pagar—.

Els vells no diem noms. Diem coses com ara: que quan un guàrdia comença a mirar una costa, la costa es buida.

Sempre ha estat així. —Se levantó, con una dignidad crujiente, y se ajustó el pañuelo del cuello—.

Doctor. —Una inclinación a Paquito—. Senyora.

—Otra a mí, más honda, de otro siglo—. Ha estat el matí més interessant en deu anys. Passi-ho bé.

Y se fue muralla adelante, pequeño y perfecto, con su anillo de coral y sus nueve barcas en la conciencia, dejándonos en la mesa la cuenta pagada, las seadas a medias y la noticia más urgente de toda esta historia, servida en alguerés con miel por encima:

Solinas iba a vaciar la cámara. Entera. Ya.

*

En el coche, de vuelta, con el sol cayendo sobre la carretera de la costa, hicimos las cuentas en voz alta, los dos solos, como en los viejos tiempos de Vignola, solo que esta vez las cuentas tenían fechas y las fechas quemaban.

Murru detenido: el caso, frío. Piras, maniatado por su propio fiscal. Un tasador llamado hace tres semanas para valorar «el lote entero, salida inmediata». Y una carta de un muerto en el cajón de casa, con un encargo en el último pliego: primero baja. Trae pruebas. Una foto no tiene edad.

—Si esperamos a las vías lentas de Piras —dijo Paquito, con las manos a las diez y diez—, cuando llegue el papel del juez la cámara será una cueva vacía y bonita, y Murru pagará por todos, y las treinta y siete barcas estarán en una nave industrial de Rotterdam camino de treinta y siete salones con lucecita.

—Lo sé.

—Mar dijo que miraría las mareas.

—Ya las ha mirado. —Saqué la libreta, donde mi hija me había apuntado la tabla con su letra de instructora, clara como un parte de inmersión—. La próxima bajamar útil, con coeficiente bueno y luna nueva, es pasado mañana.

—¿A qué hora?

Miré el papel, aunque me lo sabía de memoria desde que mi hija lo escribió.

—A las cinco y diez de la madrugada.