Capítulo 18. Tabaco rubio
El domingo por la mañana, Mar quiso bajar a la farmacia de Stintino a por su ácido fólico, y yo me apunté con Lolo, que ya conocía el camino de memoria y lo recorría como un alcalde, saludando alcorques.
La farmacia era pequeña, con campanilla en la puerta y olor a eucalipto y a goma de chupete.
Mar entró; yo me quedé fuera con el perro, mirando sin mirar un escaparate de cremas solares, en ese duermevela de los recados.
Por el cristal de la farmacia veía a mi hija de espaldas, en el mostrador, hablando con la farmacéutica.
Y vi entrar al hombre.
Cuarenta y tantos, polo oscuro, manera de andar tranquila. No me fijé en él al principio; me fijé cuando, en una farmacia vacía con todo el mostrador libre, fue a ponerse exactamente al lado de mi hija. Cerca. Un palmo más cerca de lo que se pone la gente.
Entré con Lolo en brazos, con la campanilla anunciándome, y me puse a curiosear un expositor de pastillas para la garganta a tres pasos de ellos.
El hombre no se volvió. Hablaba con Mar en voz baja, en un italiano despacioso y amable, y la farmacéutica se había metido en la rebotica a buscar algo y tardaba, tardaba.
—…¿de cuánto está, si no es indiscreción?
¿Catorce semanas? —El hombre sonreía mirando al frente, a las estanterías, no a ella—.
Las primeras son las delicadas. Mi mujer lo pasó mal con el primero.
Reposo, le decían. Reposo y buen aire. —Cogió del mostrador un chupete de muestra, le dio una vuelta entre los dedos, lo dejó—.
El aire de aquí, no se crea. Mucha humedad.
Humedad de cueva, le digo yo, que sube de abajo y se mete en todo.
Malo para los huesos y peor para los que vienen.
—Y giró la cabeza y la miró por primera vez, con una cara perfectamente cordial—.
Usted que puede, hágame caso: el mejor aire para una embarazada es el de su casa.
El de Barcelona, por ejemplo. Seco. Sano. Lejos.
Mi hija no retrocedió el palmo que aquel hombre le había robado. Eso lo vi y no se me olvidará: no retrocedió. Lo miró de frente, con las dos manos sobre el mostrador, y le contestó con una voz que no le temblaba:
—Qué amable. Pero los míos van a nacer donde a su madre le dé la gana.
El hombre asintió despacio, sin perder la sonrisa, archivando la respuesta.
La farmacéutica volvió con la caja de ácido fólico.
El hombre se apartó del mostrador, pasó por mi lado, me dedicó una inclinación mínima de cabeza —«señora»— con una educación que era la firma de la casa, le hizo a Lolo, en mis brazos, una caricia corta en la cabeza que me heló la sangre más que todo lo anterior, y salió.
La campanilla sonó dos veces: una por él y otra por el silencio que dejó.
No compró nada. No había venido a comprar nada.
*
En la explanada, la rabia de Paquito fue de las que dan miedo precisamente porque no gritan.
Escuchó el relato de Mar —que lo contó entero, exacto, con detalles de profesional: estatura, acento, una cicatriz pequeña en la ceja, un reloj de más dinero que el polo— y se quedó callado, blanco, con las manos abiertas sobre la mesa como si las vigilara.
—Se acabó —dijo al fin—. Mañana a primera hora vamos a Piras y se lo cuento todo. Todo. El juramento que le aguante el luto a otro.
—¿Y qué le contamos? —dije yo, con la frialdad que me tocaba poner porque él no podía—.
Piénsalo como lo pensará Piras. Un señor educado le ha recomendado a una embarazada el aire de Barcelona.
No la tocó, no la insultó, no la amenazó.
Le habló de la humedad. —Me oí la voz y me di asco, porque estaba describiendo la perfección de aquella máquina—.
Es una amenaza hecha con materiales que no son delito.
No hay nada que denunciar. Esa es exactamente la gracia.
—¿Entonces qué? ¿Esperamos a que el siguiente recado venga con cuchilla otra vez?
—No. —Cerré la libreta—. Mañana vamos a Sassari.
Pero primero a la residencia. Le llevas su tabaco, le cuentas lo de la farmacia, y le pides que te suelte del juramento él mismo, en vida, con sus palabras.
Se lo pides por Mar. No te lo va a negar.
Y de allí, con su permiso en el bolsillo, derechos a Piras.
Veinticuatro horas, Paquito. Hacerlo bien cuesta veinticuatro horas.
El paquete de tabaco rubio ya estaba comprado desde el sábado. Estaba encima de la mesa de la autocaravana, sin abrir, con su celofán brillando al sol, esperando el lunes.
*
El teléfono sonó el lunes a las ocho y diez de la mañana, cuando Paquito ya estaba vestido y el tabaco ya estaba en el bolsillo de su chaqueta.
Era el sobrino. Lo escuché desde la puerta, sin oír las palabras, solo la voz de mi marido encogiéndose: «sí… sí… ¿cuándo?… claro… claro… gracias por avisar». Colgó y siguió con el teléfono en la mano, de espaldas a mí, mirando por la ventanilla hacia el oeste, hacia las torres.
—Esta noche —dijo—. Durmiendo. No se enteró. —Una pausa en la que cabía un mar—. Plácidamente, dice el sobrino. Plácidamente.
Sacó el paquete de tabaco del bolsillo, lo miró, y lo dejó en la mesa con un cuidado terrible, como se deja algo que pesa mucho más de lo que pesa.
El celofán brilló al sol del lunes igual que al del domingo.
Las cosas no se enteran de nada. Esa es una de las crueldades pequeñas del mundo: que las cosas no se enteran.
Lloró sin ruido, de pie, con las gafas en la mano, y yo lo abracé por la espalda y apoyé la cara entre sus omóplatos y lo dejé llorar lo que hiciera falta, que fue mucho, porque no lloraba una muerte: lloraba cuarenta años con la muerte al final.
Fue Mar, más tarde, la que hizo en voz alta la cuenta que yo llevaba haciéndome en silencio toda la mañana, porque mi hija tiene la edad en que la rabia todavía gana a la prudencia:
—El jueves vamos a la residencia. El domingo nos mandan el recado de la farmacia. Y el lunes él amanece muerto. —Nos miró—. ¿De verdad nadie va a decirlo?
—Estaba muy enfermo —dijo Paquito, sin convicción ninguna, con la voz de quien recita el parte oficial para ver si recitándolo se lo cree.
—Sí —dijo Mar—. Eso lo pone muy fácil, ¿verdad?
*
El funeral fue el miércoles en la iglesia de Stintino, y fue de los grandes: el pueblo entero, los bancos llenos y la gente de pie atrás, porque a Bachisio Sanna lo enterraban como lo que era, el último de algo que se acababa con él.
Estaban todos los de esta historia, ya que la historia los había ido juntando: el camarero con una americana que le venía estrecha de hombros; el panadero con harina todavía en una ceja, que de algún horno vendría; Bruno, sobrio de polo por una vez; y al fondo del todo, de pie junto a la pila del agua bendita, sin uniforme y sin perderse una cara de las que entraban, Piras, que vino a presentar sus respetos exactamente igual que trabaja, con los ojos.
Y vino Tore.
Lo vi entrar y tardé un segundo en ubicarlo fuera de su garaje, sin trapo y con corbata, una corbata negra anudada por unas manos que sabían de motores y no de nudos.
Cruzó la iglesia hasta nosotros, nos estrechó la mano sin decir casi nada —«la familia de mi madre, ya os dije»— y se sentó solo, en un lateral.
Y entonces vi una cosa que me removió. Durante un momento de la misa, cuando el cura nombró a Bachisio «hombre de mar y de la asociación de las torres», Tore levantó la vista del ataúd y la giró, despacio, hacia el banco de delante, hacia la nuca de Nicola Solinas.
Y se quedó mirándole la nuca un rato largo, con una cara que yo no supe leer y que me incomodó: no era odio, o no solo, y tampoco era respeto.
Era la cara de quien mira a alguien con quien comparte algo que nadie más en la iglesia comparte.
Un secreto, una cuenta, una pertenencia, no supe qué.
Y por un instante feo, ahí sentada, con el incienso y el latín, me pregunté de qué lado estaba en realidad aquel hombre del garaje que se había quedado con nuestra autocaravana, y por qué se le había parado el trapo el primer día al oír «la Pelosa», y si aquel trapo quieto había sido lástima, o miedo, o aviso, o las tres cosas.
Lo apunté en la libreta de dentro, en la página de Tore, que llevaba semanas abierta y sin terminar, y debajo escribí, porque era honesto escribirlo: No sé de qué lado está.
Y eso, en esta costa, no quiere decir que esté del malo.
Quiere decir que aún no me lo ha contado.
Aquel miércoles, en la iglesia, Tore fue solo una cara cerrada más en una costa que las tenía todas.
Lo que había detrás de aquella mirada a la nuca de Solinas me lo contaría él mismo, semanas después, debajo de la autocaravana y con un trapo en la mano.
Y no era lo que yo temía. Casi lo contrario. Pero eso es de más adelante.
Y vino, por supuesto, Nicola Solinas.
Llegó con el funeral empezado, por el pasillo central, con un traje gris marengo y el gesto medido del que sabe que todos lo miran.
Su corona de flores ya estaba allí desde antes, la más grande de todas, presidiendo a los pies del ataúd, con su cinta morada y sus letras doradas: «Al amigo Bachisio, memoria viva de nuestra costa. N. Solinas.»
Memoria viva. Yo leí aquella cinta y tuve que mirarme los zapatos un buen rato, porque hay obscenidades que solo se aguantan mirando al suelo.
A la salida, en la plaza, mientras el pueblo formaba sus corros de pésame, Solinas vino derecho hacia nosotros. Estrechó la mano de Paquito reteniéndosela un punto de más, con la otra mano encima, el apretón de los políticos y de los depredadores.
—Ustedes lo trataron al final, tengo entendido —dijo, con la cara exacta del dolor bien llevado—.
Fueron a verlo a Sassari. Eso lo honra. Los viejos como Bachisio se mueren dos veces: cuando se mueren y cuando ya nadie los visita.
—Una pausa de un segundo, la sonrisa simétrica a media asta—.
Espero que les diera tiempo a hablar de todo.
Con los muy mayores nunca se sabe cuál es la última conversación.
—Hablamos de la casa —dijo Paquito. Y yo, que llevo treinta años con su medio segundo, supe lo que le costó que no se le quebrara nada en esas cinco palabras.
—De la casa. Claro.
Y entonces hizo una cosa pequeña.
Levantó la mano —la misma que acababa de soltar la de Paquito— y le retiró a mi marido, del hombro de la chaqueta oscura, una pelusa que a lo mejor estaba allí y a lo mejor no.
Un gesto mínimo, de una intimidad absoluta, de los que solo se permite con uno un hijo, un barbero o un dueño.
Le alisó la tela con dos dedos, despacio, donde había estado la pelusa, como quien deja una superficie en orden.
Paquito se quedó completamente quieto bajo aquella mano.
Yo también. Toda la plaza siguió con su murmullo de pésames y nadie vio nada, porque no había nada que ver: un señor le quitaba una mota a otro en un funeral. La cortesía más vieja del mundo.
—Ya está —dijo Solinas, retirando los dedos, satisfecho de su pequeña obra de limpieza—.
Cuídense esa chaqueta. Y la casa. Las cosas de esta costa cogen polvo enseguida, si uno no está encima.
—Miró a Mar, que se había puesto instintivamente una mano sobre el abrigo, y le dedicó una inclinación de cabeza de una amabilidad impecable—.
Les acompaño en el sentimiento. A todos.
Y se fue a repartir su pésame por los corros.
Nos quedamos los tres en mitad de la plaza, y yo me pasé el resto del día —lo confieso— dándole vueltas a aquella pelusa.
Porque eso es lo más frío que tiene un hombre como Nicola Solinas, y lo aprendí aquella mañana, delante de un coche fúnebre: que sus amenazas no se pueden ni repetir.
Si yo le contaba a Piras «nos amenazó», Piras me preguntaría cómo, y yo tendría que decirle «le quitó una pelusa del hombro a mi marido», y Piras me miraría como se mira a una vieja asustada.
No había frase. No había gesto denunciable.
No había, en rigor, absolutamente nada. Solo un hombre que le había puesto la mano encima a mi marido con la naturalidad del que toca algo suyo, y le había hablado del polvo que cogen las cosas si uno no está encima de ellas.
¿Era una amenaza? Llevo desde entonces sin saberlo del todo, y creo que esa era exactamente la idea. Las amenazas que se entienden dan miedo un rato. Las que no sabes si lo son dan miedo para siempre.
Lo único que sí supe, con esa certeza que no viene de la cabeza sino del estómago, fue quién había mandado los recados de aquella semana —el de la farmacia y el otro, el que en ese momento entraba en un coche fúnebre camino del cementerio—.
Eso lo supe. Lo que nunca llegué a saber fue lo de la pelusa.
Y a un hombre hay que tenerle más miedo por lo que no le entiendes que por lo que le entiendes.
*
En el cementerio, cuando todo acabó y la gente empezó a irse y los sepultureros esperaban a un lado con la discreción de su oficio, Paquito pidió un momento.
Se acercó solo a la tumba abierta. Sacó del bolsillo el paquete de tabaco rubio, sin abrir, con su celofán, y lo dejó sobre la madera del ataúd, en el centro, bien cuadrado, con el mismo cuidado con que cuarenta años atrás un muchacho dibujaba galerías a la luz de un carburo.
No le oí lo que dijo. Fue muy poco, dos o tres palabras hacia abajo, y no se las pedí después ni se las pediré nunca, porque eran de ellos.
Pero cuando volvió a mi lado y echamos a andar hacia la salida, entre los cipreses, con Lolo esperándonos atado en la verja —se puso a llorar de alegría al vernos, y aquel llanto perruno y vivo, en medio de tanto mármol, nos arregló un poco la tarde a todos—, mi marido dijo, mirando al frente:
—«Mientras yo viva.» —Respiró hondo, el aire de cementerio, a ciprés y a piedra caliente—. Ya está, Montse. Ya no vive.
—Lo sé.
—Mañana, Piras. Todo.
—Mañana, Piras —dije—. Todo.
No sabíamos que no haría falta esperar a mañana.
Que aquella misma tarde, a la hora del café, llamaría a la puerta de la explanada un sobrino con un encargo que su tío le había dado el viernes, con instrucciones exactas, como se dan las instrucciones cuando uno ya sabe que se está despidiendo: un sobre lacrado, con un nombre escrito a lápiz de carpintero.
Y dentro del sobre, una carta de seis pliegos.
Y una llave.